Joy Division

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El gustoso placer de la individualidad

El siguiente es un texto francamente autobiográfico (es decir, un texto egotista), así que, fiel a mi estilo narrativo, trataré de que no sea sencillo y de que tenga muchos cambios temporales.

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1

—¿Qué mierda es Yoi División?

Heme aquí, trece años después, mirando en los labios gruesos de la secretaria una pregunta similar que me hizo sacar la misma mueca malévola de aquel entonces. El tiempo detuvo en el aire la pregunta y todo volvió al año oscuro de 1995:

Entonces yo era un adolescente friki, solitario y asocial (ahora por fortuna dejé de ser adolescente) y me consideraba arrogantemente como de los primeros (y escasos bichos raros) seguidores de Korn en este país; cuando tienes 12 años y te identificas con canciones como Clown lo menos que puedes hacer es convertirte en un alienado seguidor de la banda de Jonathan Davis y certificar, con una sonrisa de desprecio, que estás rodeado de puros necios cuando tu mejor amigo (?) te pregunta: «Korn, ¿qué mierda satánica es esa?»

Cuatro años más tarde ese mismo amigo (?) —seguidor de The Noise y el demás basurero musical que quienes nacieron en los noventa tuvieron el gusto de no conocer— lo vi tarareando Freak on a Leash. Fue como un sacrilegio que de pronto me introducía en la misma conjura de esos necios: lo que años atrás me individualizaba, ahora me unía a un seguidor del proto-reggaeton y el techno basura (si es que acaso no es basura casi toda la música electrónica). Respiré profundo, aún había escapatoria… no, no la había: Hot 94 y La Mega ya colocaban a Korn en su programación y proliferaban bandas clónicas.

2

Respiré profundo ante las muy remotas (sino imposibles) posibilidades de que a la secretaria salsera le gustara el post-punk y así mi sonrisa, tanto de ironía, era como de placer por mantener una diferencia hacia ese tipo de gente.

Desde muy pequeño supe que había en la diferenciación del resto la esencia de crear lo nuevo y negar lo ordinario, la apatía y el gustoso placer de lo cotidiano. Dentro de una sociedad que aceptaba la vida sin cuestionamientos y le sonreía como necia a la misma, había en mí un distanciamiento hacia eso que me aburría, me daba asco y me despertaba la apasionada lucha por ser distinto. Nunca he sentido simpatía hacia las modas ni por los gustos comunes. Bajo ese influjo, todas mis predilecciones (musicales, culturales, de vestimenta, por determinado tipo de mujer) fueron desarrollando tal particularidad que a veces era tachada de exotismo, una diferenciación propia que se veía manchada cuando se hacía común o frivolizaba (el chico que tararea canciones de Korn).

No.

Yo buscaba algo diferente. Algo distinto a lo que daba placer a la mayoría y más bien buscaba el gustoso placer de la invidividualidad.

Son los pocos los que buscan una trascendencia en medio del vacío circundante, y son como los héroes anónimos de un romanticismo sucio, los que no aceptan la felicidad simple de un mundo que no aporta nada, de una sociedad que sólo deshumaniza y convierte en un número más de estadísticas cotidianas.

Yo no quería nada de eso que me ofrecía lo común.

Me negaba a aceptar ese modo de vida.

Me importa un bledo la sociedad y sus parámetros de éxito: una familia, una profesión, un culto a las virtudes cívicas. A mí todo eso me parece necio e insustancial. Entre miles de calles con nombres de próceres, que si hubiera tenido enfrente les habría escupido sus caras, transcurre la vida de cientos que me rodean. Tomen a un puñado de gente y verán que el 99% de ellos no aporta nada nuevo: son tan prescindibles que el mundo no cambiaría en lo absoluto con su ausencia.

Es eso contra lo que un día me rebelé en silencio: no deseo formar parte de esa masa informe que veo a diario. No quiero aceptar la felicidad de los otros que les arranca una sonrisa estúpida. No quiero aceptar la charla necia de cualquiera y tener que sonreír como necio en beneficio de lo que llaman cortesía; me importa nada lo que los otros piensen, porque sus pensamientos mismos me parecen tan superfluos como sus propias pasiones. No me interesa la amistad ni la compañía si ello implica mendigar el aprecio. No dependo de nadie, ni me interesa conseguir a nadie.

Mi batalla es más modesta que la búsqueda de un ejecutivo importante tratando de sobresalir con un informe o la de una chica detrás de su ídolo que, al final de todo, sólo persiguen el reconocimiento del otro y la aprobación del otro a una existencia propia que saben insípida e intrascendental. No, mi búsqueda, aunque silenciosa, va más allá de todo ese vacío por el que me muevo cada día: busco una trascendencia para satisfacer mi individualidad, es un deseo de liberar mis pasiones para satisfacerme a mí mismo, es mi búsqueda de la belleza pero no la belleza común por la que muere la gente… es una belleza más allá de toda comprensión lógica, es un deseo que arde en el interior de mis entrañas, es una trascendencia que me libera de toda la cotidianidad que me rodea.

Es así que, bajo esa lámpara acaso tenebrosa, se ilumina la razón de mi gustoso placer por la individualidad y se explica por qué de mis desilusiones cuando siento que invaden mi propia diferenciación. Joy Division…, hate, hate, hate… Esa palabra inscrita en la franela de Ian Curtis fue el génesis de Joy Division. Bajo el halo de luz que proyecta esa lámpara, oír Joy Division acá es más bien la conexión hacia ese modesto batallón de defensores de la individualidad.

Sonreí, hice una pausa, y le dije a la secretaria, simplemente:

—Olvídalo.

En mi interior, en mi mueca incomprendida, había una batalla silenciosamente ganada.

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