Ernesto Sabato fue para muchos un autor imprescindible de la adolescencia. Con personajes como Martín de Sobre héroes y tumbas puso voz a nuestras inseguridades, a nuestras angustias y a los cuestionamientos que empezaban a surgir luego de abandonar la placidez de la infancia, pero también a nuestras aspiraciones y deseos por alcanzar un significado que nos hiciera saber que la resistencia tenía sentido. Con Juan Pablo Castel en El túnel muchos descubrimos el dolor por el desengaño, los celos, la violencia que habita en cada uno de nosotros y las consecuencias terribles que provoca cuando dejamos de controlarla. Hoy con la muerte de Sabato, a las puertas de alcanzar los cien años de vida, de algún modo aquella etapa que ya muchos habíamos superado, cronológica y emocionalmente, se aleja de manera definitiva. Ya hemos crecido, ya vemos el mundo de un modo diferente a cuando éramos adolescentes, lo comprendemos de una manera mejor (o esos intentamos) e incluso hemos descubierto que debajo de las obras de Sabato, entre el pesimismo de la muerte y la decepción, latía un vitalismo incuestionable de un hombre que nunca se resignó al cansancio ni a la fatiga, y que nos enseñó la inquebrantable necesidad de nunca rendirse.