Multinivel Venezuela

Salvador Villamizar, hombre de pasado confuso y presente cuestionable, cuyos orígenes se pueden rastrear a partir de la s final absorbida en algún lugar de la costa caribeña, dedica su tiempo a los oficios del alma.

Un domingo por la mañana, antes de iniciar el repaso de los párrafos de las sagradas escrituras que repetirá hasta el paroxismo desde el púlpito, se percata de un detalle para nada insignificante: contabiliza las cabezas de fieles que acuden a misa y descubre con preocupación la disminución de fieles en su iglesia de Chacaíto. El reggaetón, el alcohol y las putas están alejando a los fieles, le dice preocupado a su asistente Camilo, señalando las puertas abiertas que conducen a la lúgubre casa del pecado, el Volta, en el edificio aledaño. Camilo guarda silencio: son el alcohol y las putas, más bien, los que acercan a los pecadores a la iglesia, incluido a Salvador.

Salvador se lleva las manos a la cabeza, luego a la billetera. No aguantaría esa sangría de fieles que mermarían sus ya precarias cuentas, repartidas entre hijos a los que no quiso nunca pero unen lazos estrictamente judiciales. Mira la chapa que Camilo lleva puesta en la camisa: «¡Pierda peso! Pregúnteme cómo», le pregunta que qué diablos es eso al gordo Camilo, y ante la respuesta de su asistente Salvador da en el clavo.

La Iglesia de Los Pastores Divinos en el Sagrado Cielo, ubicada de Chacaíto, inicia un agresivo programa de multiniveles para captar nuevos fieles. Bajo la chapa «¡Salve su alma! Pregúnteme cómo», un grupo de fieles se lanza a las calles a captar nuevas almas impuras para llevar al cielo: mientras más almas captes y lleves a la iglesia, te aseguras un mejor lugar en los altares celestiales. El paquete de inscripción incluye un libro sagrado y un DVD con los consejos de Salvador para salvar almas, todo por el módico precio de Bs. 400 sin devolución.

El negocio prospera, Salvador y Camilo revisan en la trastienda las redes que van tejiendo sus aventajados vendedores, la Iglesia de Los Pastores Divinos en el Sagrado Cielo empieza abrir sucursales, clubes de rezo, algún poderoso miembro compra un club de fútbol e impone el nombre de la iglesia como exclusiva publicidad, el fisco se hace la vista gorda ante las cuentas cada vez más negras de la iglesia, estrellas de cine hablan de los beneficios de pertenecer a la iglesia, desempleados consiguen la salvación propia y contribuyen a la del prójimo, Salvador delega el aburrimiento de la misa dominical a Camilo, quien a su vez delega la misma función en otro sujeto para irse a fundar un club en la Riviera maya. Por las calles de la ciudad prosperan chapas con el famoso eslogan «¡Salve su alma! Pregúnteme cómo», los escépticos de siempre dicen que el alma de estos embaucadores no tiene salvación, empiezan a brotar como esporas iglesias copia, venden un paquete similar pero más barato y ofrecen de retribución parcelas en los diferentes cielos de diferentes religiones, Salvador mueve sus tentáculos y aparecen incendiadas las iglesias de la competencia cuyas fotografías adornarán discos de black metal nacional.

Las autoridades, conscientes del creciente y descontrolado poder que tiene Iglesia de Los Pastores Divinos en el Sagrado Cielo, toman cartas en el asunto. Imponen impuestos, tratan en vano de ilegalizar el paquete divino, y es cuando en la historia intervienen unos narcos para saldar cuentas. «Si mi enemigo compró tu paquete y lo vendió a la fuerza a sus clientes, ¿de qué me vale cocerlo a tiros si vivirá a mi lado en los cielos?», dice un tipo de aspecto despreciable, la pistola en el cinto y la cara salpicada de gotas de grasa y los bigotes tensos como cuerdas de arpa. El tiro al aire obliga a Salvador a lo impensado: utiliza a Camilo como testaferro para que inicie una iglesia del Mal, se llamará Los Satánicos del Rock de Chacaíto, epicentro del vicio, la corrupción, el reggaetón y las putas, con un tentador paquete de multinivel: engaña a tu comprador, preferiblemente que sea tu mayor enemigo, y garantiza que vaya directo al infierno.

La milenaria lucha entre el bien y el mal se traslada al mundo de los multiniveles. Compre el bien, arruine con el mal.

Salvador es apenas consciente ahora del monstruo que ha creado. La poderosa Iglesia de Los Pastores Divinos en el Sagrado Cielo es fraccionada en cientos de iglesias independientes por tribunales internacionales. Líderes regionales se pelean por la titularidad de la jefatura, aparecen papas negros o reformistas del multinivel no-violento, mientras tanto protestas alrededor del mundo exigen la proscripción de esta secta maldita, ataques terroristas son atribuidos a células autónomas del grupo, Tyler Durden reclama la autoría y aparece muerto con señales de tortura, probablemente por los cabezacalientes de los comerciantes informales de paquetes adulterados en los bajos fondos. Salvador sale en televisión y reclama la disolución de la iglesia, habla de que la publicidad es engañosa, que no hay constancia de que ninguna alma se salve por comprar el paquete, de hecho, ni siquiera hay constancia de que el cielo exista.

Pero ya es muy tarde: estallan nuevos motines alrededor del mundo, los gobiernos se muestran incapaces de contener el poderío de los ejércitos irregulares del multinivel, que se van formando mediante la captación en redes de nuevos voluntarios. Algunos desilusionados dicen «si esto no era verdad, ¿para qué seguir viviendo?» y se lanzan desde puentes, otros más desesperados compran los últimos paquetes del multinivel ahora proscrito, los precios de estos suben hasta los cielos reales, gente temiendo sucumbir en el caos busca comprar su salvación, pero nunca llega, el mundo entero enloquece ante los multiniveles del alma, los pilares que mantienen la sociedad amenazan con el colapso definitivo, hasta que Salvador, en su último intento de redención, ingenia crear la verdadera salvación: aparece en público con la Pulsera contra la Perdición, de llamativo color turquesa, se coloca en la muñeca y balancea el espíritu contra las fuerzas desatadas del Mal.

Salvador cambia la camisa blanca de mangas cortas, la corbata y el pantalón azul petróleo de lino por una túnica blanca, se deja crecer el cabello, la barba, los inciensos pueblan sus conferencias alrededor del mundo para explicar cómo salvó la humanidad con la Pulsera, una corte de hermosas mujeres le siguen, él les cambia el nombre y las bautiza con nombres orientales, o aparentemente orientales, organiza meditaciones colectivas, aboga por el abandono del consumo de carnes, por dejar el carro y montarse en la bici, por el uso racional de la energía mientras en los hoteles de lujo donde se aloja ruedan los filetes y la música a todo volumen para que sus damas bailen al son de la música del momento antes de ir a discotecas en novísimos autos deportivos.

Se convierte en bestseller de la autoayuda, el mundo que él ha salvado entra en el reino de la paz, el aburrimiento abarca los cinco continentes y Salvador, retirado ya de las pantallas por un cuerpo que ya no le da más fuerza, piensa en su próximo libro. En una de las últimas entrevistas que dará antes de morir de un infarto en Miami, en ocasión de la presentación de Salva al mundo, pregúntame cómo, revela la clave de su éxito. La respuesta es tan contundente que ante el entrevistador de la BBC, un inglés de aspecto desaliñado y gafas de pasta, queda por simplón: «Cada persona quiere creer o no creer en algo; el éxito está en que otra persona le venda en qué creer o no creer».

Villamizar muere una mañana en el Cedars Medical Center de Miami; las ganancias por las ventas de la Pulsera contra la Perdición alimentarán una fundación global que lucha contra la desesperanza. Con los años, se volvería una religión.

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