Imgeve de Chacao.

En esta tienda compré mi primer televisor hace muchos años. Con frecuencia solía pasar por acá para comprar cualquier electrodoméstico que me necesitara.

Hoy caminaba por la zona cuando vi que en la tienda no quedaba nada. La fotografía, por razones de seguridad y eso de no andar sacando el teléfono en la calle, es mala pero muestra los anaqueles vacíos de una tienda que tiene sus días contados, como muchas empresas más. Lo sabemos, esto está pasando en muchas partes, no escribo nada nuevo. El golpe es mayor cuando toca una tienda vinculada con tu pasado. Ese lado donde tu ego reside en paz se sacude cuando ves esto, te sientes culpable, sabes que esto no debería estar pasando. Me quedo paralizado frente a la tienda, mirándola con estupor, como cuando hace años, de camino a la universidad, el autobús que me llevaba pasó junto a un cadáver de alguien de mi edad que minutos antes de sufrir el accidente que acabó con su vida pensaba en lo que haría mañana.

Así me sentí, frente a una tienda cuyo personal pensaba días atrás lo que harían en diciembre y ahora son eso: un cadáver, un cuerpo que impacta a quien lo mira, impotente ante algo que se ha perdido y no hay manera de recuperarlo.

Una empresa levantada con esfuerzo y horas de trabajo y que de la noche a la mañana es llevada a la quiebra, como irán muchas más, por la máxima del socialismo de arruinar a todo aquel que piense en progresar con el esfuerzo individual y privado y no quiera mendigarle nada al Estado.

Cierto era que los precios de muchos artículos en varias tiendas eran impagables. Pero ¿por qué se llegó a esto? ¿Capricho de empresarios dispuestos a perder clientela para «tumbar» al Gobierno? ¿No era más sencillo pensar que el cerco a la empresa privada y el catastrófico manejo de la economía llevaría a que no hubiera oferta y la demanda por productos cada vez más escasos encarecería los precios?

No.

El gobierno combate el desbarajuste económico yendo contra los síntomas de la enfermedad y no contra su causa, porque eso implicaría autodestruirse.

La situación es triste, más si ves que en la tienda unos dos empleados (de los diez que había regularmente) observan cómo la santamaría ya está abajo a pesar de ser hora laborable. Y seguirá así unos días más hasta que un muro de concreto cubra toda la fachada.