Este blog cumple siete años en línea, y como verás empiezan a escasear las publicaciones. Entre una entrada y otra hay una distancia de días, a veces de semanas. No es que haya dejado de escribir; pasa más bien que he encontrado otras vías para expresar mis opiniones (o me he adaptado a ellas), vías más instantáneas y directas que las de explayarme en párrafos que poca gente tiene tiempo de leer en esta época donde la información ha sabido resumirse en pocas palabras sin perder la calidad. Es por ello que me suelo hacer la pregunta: ¿Para qué mantener, hoy en día, un blog personal? ¿Para qué tener un blog personal que obliga al autor a crear una base de lectores, la mayoría llegada de la nada, casi como náufragos en la red que se consiguen con esa isla de palabras, cuando hay herramientas como Twitter, Tumblr o Facebook, que garantizan mayores grados de «fidelidad» o al menos que te «lean» tus followers? La explosión blogspot hace tiempo que se extinguió. Esa manera artesanal de usar el lenguaje en HTML para armar una plantilla se volvió una muestra de la rápida evolución de la «red», que convierte a los pocos años la novedad en expresión rudimentaria. Revisa una tarde la lista de perfiles en Blogger o WordPress al azar y encontrarás un cementerio de blogs; verifica cómo un blogroll da hacia páginas en blanco; descubre cómo los directorios como to2blogs o Veneblogs han mutado hacia otra cosa. A menos que sea un blog corporativo, grupal o de un personaje público relevante, los blogs personales ya no surgen como setas, y los que quedan ya no son tan actualizados como antes. Entonces ¿para qué seguir con esto? Quizá porque los blogs son una voz diferente, una manera ordenada e imperecedera de transmitir un pensamiento. Especulo, quizá deba seguir buscando las razones que me han mantenido unido a Planeta en fuego durante estos siete años, y que aún me mantienen publicando acá.