Últimamente South Park se está convirtiendo en mi mayor referente. Entre su humor escatológico, ramplón y polemicista se dejan colar críticas a muchos estereotipos universales. Como en el episodio que vi hace poco. Hay obras de arte que están rodeadas de un halo de misterio y casi atemorizan con su sola mención. Una de esas obras es El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, novela mayormente conocida por estar asociada a Mark David Chapman, el asesino de John Lennon, y por ser la obra referente de ciertos personajillos que se consideran a sí mismos como rebeldes e iconoclastas (iconoclastas pero que admiran este ícono desactualizado de rebeldía). Particularmente El guardián entre el centeno me parece una novela tediosa, innecesariamente extensa y nada escandalosa para quienes nacimos a partir de los años ochenta (y estamos saturados de temas relacionados con drogas, violencia y sexo). Si pretendes leerla esperando encontrar imágenes impactantes o porque la has oído citada por esos mismos personajillos de poses rebeldes y lenguaje para adolescentes cabezahuecas (imagino que ya sabes a quién me refiero), saldrás como los personajes de la serie: mortalmente decepcionado y preguntándote ¿dónde el misterio? Puedes leerla, pero como documento histórico de lo que era ser antisocial en los años cincuenta.