Escrito por Álvaro Rafael en Reseñas, Rock venezolano

Cayayo, la permanencia de su legado

Cuando hace unos años publiqué el disco de Dermis Tatú era muy poco lo que se hablaba del legado de Cayayo Troconis. Uno que otro evento, una que otra versión de sus canciones, pero poco pasaba del momento. Ese fue el principal motivo por el que hablaba que, desde este blog (cuyo nombre sale de la canción H), realizaba un modesto recordatorio y homenaje al publicar esa joya musical —pero imposible de conseguir por vías tradicionales— titulado La violó, la mató, la picó.

Los años, no obstante, fueron abriendo el apetito por redescubrir el trabajo de Cayayo Troconis y la voracidad (la buena voracidad) fue cada vez mayor al encontrarse quienes hasta entonces sólo tenían vagas referencias musicales y anecdóticas de él frente a un músico con una obra brillante y original dentro de la música contemporánea venezolana. Gusto que, por los comentarios que he tenido en este blog, ha sido particularmente mayor en quienes estaban muy jóvenes para comprender la música de Dermis Tatú o PAN y mucho menos la de Sentimiento Muerto. Esta necesidad por conocer y conseguir música de Cayayo revitalizó una figura que amenazaba con perderse entre pocos pero fieles seguidores cada vez más entrado en años y casetes viejos y grabaciones olvidadas de un tiempo en el que el rock venezolano no gozaba de buena salud como hoy en día (o, al menos, una posición mucho menos desfavorable que hace diez años).

Como lo demuestra la semana temática «Cayayo, la permanencia de su legado», una retrospectiva musical muy bien organizada y que pocos artistas venezolanos (de cualquier género musical) han podido disfrutar. Una iniciativa llevada a cabo por muchas personas y organizaciones, entre ellos la Fundación Nuevas Bandas, Oidossucios, La Mega, Ladosis, CdBox, Cultura Chacao, y que como seguidor de la obra de Cayayo Troconis no me queda más que agradecer porque tareas como estas sirven para enriquecer, al final, el panorama musical venezolano.

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Fordelucs – Terrenal

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Sentimiento Muerto – Agradable calor (cantada por Cayayo Troconis)

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Calendario de lo que fue Cayayo, la permanencia de su legado aquí.

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Semana tributo a Cayayo Troconis, Fordelucs tributo a Dermis Tatú, Viniloversus tributo a Sentimiento Muerto, Chuck Norris tributo a PAN, Marcelo Toutin tributo a Cayayo Troconis, Fundación Nuevas Bandas.

Planeta en fuego llega a su cuarto aniversario en línea. Desde que nació como alvarorafael.blogspot.com (extinto) hasta convertirse en planetaenfuego.net, este blog ha pasado por varias etapas y ha mantenido una constancia en la publicación que incluso a mí mismo sorprende. De la misma manera que me sorprende la receptividad que tienen los artículos (unos más que otros, claro) y la interacción que consigo con mis lectores. A diferencia de otros autores y blogueros que parecen despreciar con mucho gusto a sus lectores —¿entonces para qué diablos publican?—, agradezco de ustedes el interés y les invito a seguir pasando por este blog en búsqueda de un momento de lectura diferente. PD: Destaco en este enlace un premio otorgado por el blog donalejocorazon a Planeta en fuego. El comentario que aparece más abajo fue trasladado desde otra entrada a esta, ya que me parece más adecuado que esté aquí. (1)

Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Literatura, Relatos

Un regalo para Julia

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Resumen: Francisco Massiani nos cuenta en Un regalo para Julia la experiencia del primer amor (inseguro, ingenuo y un poco torpe) a través de la búsqueda por parte del inseguro, ingenuo y un poco torpe Juan de un objeto especial para regalarle a Julia en su cumpleaños, la chica que le gusta a escondidas. Tras citarla en una fuente de soda para entregarle ese «regalo especial» que resultó ser, en medio de la improvisación, un pollo, el temor y la inexperiencia de Juan le impide entregarle el regalo prometido.

Personajes:

1. Juan: la personalidad de este chico se presenta en dos facetas: la primera, la del narrador que cuenta en primera persona la historia con una personalidad arrolladora e impetuosa, aunque contradictoria en base a las emociones que siente (primero es defensor de Julia ante el bocón de Carlos, para luego, al sentirse despreciado y frustrado por ver cómo se desbaratan sus planes de entregarle un objeto especial a Julia, odiarla y servírsela a Carlos para peores cosas. La segunda faceta es la del chico temeroso y muy sensible, intimidado frente a la chica que le gusta (como se revela cuando miente al decir que tiene poco tiempo esperándola en la fuente de soda).

2. Julia: a través de la narración de Juan, se presenta como chica que destaca por su aparente dejadez y falta de atención. Es el único personaje del cuento en quien el narrador se detiene para ofrecernos una «descripción enamorada».

Narradores: en Un regalo para Julia estamos frente a un narrador-personaje (Juan), el cual nos cuenta de principio a fin un suceso pasado (la búsqueda de un regalo de cumpleaños para la chica que ama a escondidas y posteriormente cómo no se lo entrega).

Acá va un ejercicio literario contando a partir del personaje femenino del cuento (Julia):

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Juan me había citado en la fuente de soda de la esquina para darme un regalo de cumpleaños. La verdad que no había pensado qué sería ese regalo que para él era «especial». Total, es Juan. Hay veces en que le hablo porque es mejor hacerlo que tenerlo a tu lado en silencio. En molesto silencio. Ustedes saben cómo son los chicos. Ustedes saben cómo es Juanito, ¿no? Sí, es así: más de una vez, estando con Carlos, lo descubría de pronto con la mirada fija en mí y la boca sellada. Palabra que era así. Por eso me extrañó cuando ayer me invitó a venir a la fuente de soda para darme un regalo de cumpleaños. Era la primera vez que lo hacía, y por eso le pregunté que por qué no lo llevaba a mi casa, por qué me lo debía dar en privado. Balbuceó algo y como no dijo más le pregunté si a las tres y media estaba bien. Y ahora balbuceó , como quien dice algo y luego trata de recoger las palabras sueltas, ¿saben?

Tres y media. Mientras me ponía mi vestido alucinante recordé que me había preguntado por Carlos. ¿Qué tendría Juan contra Carlos? Tan buena gente que es Carlos conmigo, incluso creo que pronto se me declararía. ¿Será por eso que Juan lo odia y siempre tiene que competir contra él? Ayer me preguntó no sé qué cosa sobre un disco y Carlos. Ah, de seguro sería un disco lo que me regalaría, eso es. Tan previsible como siempre Juanito. Pues mientras me arreglaba frente al espejo pasó mi mamá y me preguntó:

—Julia, ¿no te encontrarías hoy con Juan?

«¡Tres y media!», exclamé para mis adentros, mirando que ya era la hora. Palabra que lo estaba olvidando, pero es que mi vestido es impresionante… Terminé de retocarme frente al espejo, le pedí a José, el chofer, que prendiera el carro y salí de mi habitación para cumplir el compromiso.

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Mi vestido era más corto de lo que imaginaba. Mira al viejo José, no pierde la ocasión de mirar mis piernas por el bendito retrovisor. A ver si en lugar de mirarme se apura en llegar, que de seguro Juan ya me quita mucho tiempo mientras espero a que abra la boca para decir pío. Oh, allí está, el pobre, se nota que tiene rato esperando. José se detuvo junto a la fuente de soda y le dije que esto sería rápido. El tipo me miró y me sonrió, viejo verde.

—Ajjj Dios mío —dije, recordando la cara de José. Cambié el tema para que me invitara algo, me diera el regalo y todo finalizara pronto—: Me estoy muriendo de sed. ¿Llevas mucho tiempo aquí?

—No. Acabo de llegar —me dijo, y ni él mismo se lo creía.

¡Qué calor, qué bochorno! Iba a sudar si permanecía mucho tiempo aquí, me vería mal en mi fiesta de cumpleaños. Mi pobre vestido y yo acá con este calor insoportable en una fuente de soda a mitad de la tarde. Palabra que me moría de calor. Luego un mozo se me acercó a preguntarme si deseaba algo, y noté que me miraba peor que José. Le pedí que me trajera una Pepsicola, no, fue Cocacola…, mejor era un helado de chocolate, mira cómo me mira, ah lo que sea. Ya estaba perdiendo la paciencia… el calor, el mozo y Juan callado y no dice nada. Miré su cara y estaba verdoso, seguro que se sentía mal porque no dejaba de agarrarse el pecho.

—¿Oíste? —le pregunté por un extraño ruido. No me dijo nada, porque miraba una caja que había sobre la mesa como si le fuesen a salir alas si le quitaba los ojos de encima. Allí estaba el regalo; la caja es muy pequeña para ser un disco; veamos Juanito, con qué me sorprendes—: ¿Ese es el regalo?

—Me pasó algo, Julia.

Listo. Sabía que me haría perder el tiempo. Mira esa cara…, cada vez se pone más verde. Se siente mal, de seguro se desmayó y partió el regalo. Igual le pregunté qué había pasado, dónde se cayó. En una escalera fue la cosa. Palabra que se habría dado un porrazo porque se veía muy mal. Llegó todo dolorido, con ganas de ir al baño pero se quedó esperándome. Conozco suficiente a Juanito para saber que podría aguantarse por mí. El pobre tenía una cara, y además sudaba frío. Bueno, vi que no haría mucho estando aquí: me había citado para un regalo que dañó o quién sabe. Le pregunté si quería regresar conmigo, y otra vez el silencio incómodo. ¿Será que es muy difícil para un chico dirigirse a una chica? En fin, este vestido es muy hermoso para que sólo lo vean el mozo y José. Me puse de pie, dejé que las pepas de mi vestido le destellaran la vista a ver si, por fin, se decidía a venir conmigo. Pero nada. Estaba muy mal para decir pío.

—Bueno, Juanito. Te espero en casa. No faltes —le dije, pero algo me decía que no le vería en días.

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Escrito por Álvaro Rafael en Bocetos, Relatos

La tenista (2008),

Álvaro Rafael.

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Cinco minutos antes de la hora prevista para nuestro encuentro, mientras sacaba dinero de un cajero automático en Parque Central para una cita que esperé mucho que se diera, sonó mi teléfono celular. Era ella. Era la voz de ella. Era la voz que daba forma a las palabras que durante más de nueve meses recibí de ella. El hola que me dio no me pareció tan aniñado y su voz era la de una joven. Quizá, pensé, no sólo sus pensamientos son maduros. No recuerdo qué dije…, tampoco perdí el control: el protagonismo de la llamada era suyo y yo sólo estaba para recibir la información de que me esperaría cerca del medallón de Bellas Artes; el Museo de Bellas Artes, donde inicialmente nos encontraríamos, cerraba antes de las seis, me dijo.

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Al llegar al Ateneo, en medio de la barahúnda que se forma los fines de semanas, comencé a mirar rostros. Buscaba esos enormes lentes que había visto en las escasas fotos que fueron formando la figura de ella. ¿Cómo le parecería yo? Ella también debió formar, con las menos fotos que tuvo de mí, una figura.

La chica de lentes.

La chica de lentes sentada detrás del medallón. Esa fue la primera imagen de ella: sentada sobre un murito, con sus pies calzados en unas delicadas y bonitas sandalias, sobre un suelo seco sin grama.

Allí estaba ella: mi apreciada voz de palabras que al fin se formaba en una coqueta figura. Era ella y ninguna otra más.

Intentamos un abrazo que se sofocó en quizá nuestros nervios que estallaron en el momento. Oía su voz de cerca, su preciosa voz y la miraba a los ojos. Miré su lunar como alguna me dijo que tenía. Le pregunté si había comido, si tenía sed. Me dijo que tenía sed. Caminamos unos pasos: le pregunté por su corrector de espalda, por su pie. A fin de cuentas, teníamos muchas historias que proseguir. Pero descubrimos que la palabra articulada puede ser más difícil de pronunciar que la que se queda contenida en la garganta y se expresa en un alfabeto. Durante algunos momentos permanecimos en silencio…, tanteando la situación, saboreando una realidad desconocida durante nueve meses de virtualidad.

Allí estábamos: dos personas que se conocían «íntimamente» en largos discursos pero que recién se miraban a los ojos. Ella: sus enormes lentes de pasta gruesa y su atractiva manera de mirar con sus ojazos negros. Era una mirada dulce, a mitad entre la ironía y la sensualidad, como muy seguramente hay sólo en las miradas de las mujeres que empiezan a comprender sus sensaciones. Una mirada que delataba su juventud de la misma manera que algunas de sus palabras que me dijo antes de entrar a una función de teatro que se retrasó hasta poco antes de la nueve: no estaba acostumbrada a salir con chicos, nunca había estado tan tarde en la calle, desconocía mucho de los licores y otros le sabían mal. Toda ella era una adorable y bonita chica joven. Incluso nuestro segundo abrazo, más aparatoso que el primero, daba luces de su graciosa edad. Fue cuando me dio mi regalo: un disco que horas después descubriría.

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Cuando la conocí a ella, descubrimiento de emociones, relatos de la primera vez que te vi, el medallón de Bellas Artes