Escrito por Álvaro Rafael en Reseñas, Viajes

Barcelona

Barcelona es una ciudad que te enamora. Nada más antipático que afirmar que uno conoce una ciudad cuando apenas está de paso unos días. Por lo cual no puedo decir que conocí la ciudad condal, pero sí que me encantó haberla elegido como apertura de mi viaje de este año. Porque la capital catalana tiene un encanto que muy bien sabe vender con su carácter bohemio y cosmopolita.

Barcelona es una ciudad global, multicultural (a pesar del celo demostrado hacia su identidad, como el uso prioritario de la lengua catalana en todos sus ámbitos) y dotada con unos atractivos turísticos que hacen que tu agenda de viaje siempre quede corta. Lo notas al poner tu pie fuera de alguna de las estaciones de su Metro, parte de un sistema de transporte (Fig. 0) general con una efectividad y puntualidad desconocidas para alguien que llega de una ciudad tan caótica como Caracas. Su sistema de transporte municipal (metro, autobuses, etcétera) es preciso, rápido y conecta de un extremo a otro de la ciudad en apenas minutos. Con tales presupuestos es de esperar que, en mis cinco días de estadía, nunca observara una cola (atascamiento) en las calles o avenidas barcelonesas.

Llegué a Barcelona en tren desde Madrid (ciudad que cierra mi viaje); el plan inicial estaba en viajar en avión desde la capital española hasta Girona y de allí conectar en autobús con Barcelona, donde me encontraría con Virginia Palomo (Fig. 1), mi compañera en parte del viaje, pero tuve que cambiarlo ya que no podía dejar Venezuela (ironías ahora que hablo de lo puntillosos que son los catalanes, ¿no?) sin librarme de nuestras tan características muestras de impuntualidad e ineficacia demostradas con el retraso de cinco horas de Santa Bárbara Airlines.

Si viajan con el presupuesto limitado (y si son venezolanos castigados por Cadivi, serán de esos viajeros) y la aventura no les da asco, la mejor opción de alojamiento son los muchos hostales que prestan servicios mayoritariamente a jóvenes mochileros. Nos alojamos en un hostal llamado Albergue Estudio, ubicado cerca de la estación de metro L6 Reina Elisenda. Si esperas atención al estilo Hilton o Marriot este no es tu lugar: las habitaciones son pequeñas, compartidas y el desayuno es mejor comprarlo en los siempre salvadores supermercados Carrefour o Mercadona para evitar así esos dos trozos de pan-rompe-dientes que un huésped australiano llamó sin sutilezas crap (los venezolanos usamos otro término: tremenda mierda).

Como buenos barcelonistas que somos, debíamos empezar nuestra peregrinación catalana por el templo del equipo que es más que un club: el Nou Camp (Fig. 2).

Entrada del Nou Camp

Fig. 2. Entrada del Nou Camp.

Un estadio al que por una cifra cercana a los €20 accedes a su museo repleto de copas (Figs. 3 y 4) y al campo por el que tantas glorias del balompié han pasado (Fig. 5). Para ser franco, el campo me pareció más pequeño de lo que luce en pantalla (Fig. 6). Pero debe ser por la disposición de las butacas, que ayudan a que tengas una muy buen visual del terreno así estés sentado en la última fila. Una experiencia grandiosa y que vale la pena vivir así no te guste el fútbol, aunque es seguro de que saldrás cantando:

Tot el camp

és un clam

som la gent blaugrana

Tant se val d’on venim

si del sud o del nord

ara estem d’acord, ara estem d’acord,

una bandera ens agermana.

Blaugrana al vent

un crit valent

tenim un nom

el sap tothom:

Barça, Barça, Baaarça!

Tras ese éxtasis deportivo, al día siguiente tomamos la ruta hacia el imponente Monumento a Colón (Fig. 7) y terminamos en el Puerto de Barcelona (Figs. 8 a la 11), un ejemplo de cómo un lugar que fácilmente puede caer en la depresión económica es vigorizado al ser transformado en un paseo con el gran centro comercial Maremagnum de fondo (era imposible no asociar lo que se podría hacer en La Guaira si no tuviésemos un gobierno declarado enemigo del capitalismo). De allí el Teleférico del Puerto (Fig. 12, vista) te lleva hasta la montaña de Montjuïc (Fig. 13, vista) (la cual, ya por cansancio, no recorrimos completamente).

Figs. 0 a la 13.


Algo que no podía dejar fuera de este viaje era conocer en persona la obra de Gaudí. Como buen turista (que no suelo ser uno de ellos, ya que me gusta en cambio lo menos turístico) pasemos por el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia (Figs. 14 a la 17), esa imponente obra inacabada que puede verse desde gran parte de la ciudad. Para escapar de las largas colas de acceso al museo entramos por la puerta trasera al interior de la iglesia para presenciar un bautizo. De allí nos perdimos en la L5 y comprendimos que la inseguridad es también común en las grandes ciudades cuando un agente de policía y un inmigrante africano sacaron a rastras del vagón a un hombre drogado. Los otros edificios emblemáticos gaudianos se me escaparon por falta de tiempo, pero logramos llegar al Park Güell (Figs. 18 a la 22), con sus miles de turistas montados sobre el famoso dragón (Fig. 23).

Turistas haciendo de turistas; lástima que el dragón no sea de verdad

Fig. 23. Turistas haciendo de turistas; lástima que el dragón no sea real.

Figs. 14 a la 22.

Otros lugares que visitamos fueron el Palau Nacional, sede del Museu Nacional d’Art de Catalunya (Figs. 24 a la 27), un edificio imponente visto desde la cercana Plaza España (Fig. 28), el barrio gótico, la Torre Agbar (Fig. 29), las playas barcelonesas (Fig. 30), el Museo d’Art Contemporani de Barcelona (Fig. 31).

Torre Agbar

Fig. 29. Torre Agbar.

Figs. 24 a la 31.

Barcelona es interminable. Mires desde donde la mires, Barcelona se impone como un destino que te quitará varias horas en largas caminatas retribuidas por esa fascinación plasmada en la fase de Woody Allen: «Barcelona es la mejor ciudad del mundo». Siendo honesto, quien escribe no puede aproximarse a esa afirmación de alguien que ha recorrido medio mundo, pero debe estar cerca de la realidad cuando comparas en ella todo lo que podría ser tu propia ciudad (en mi caso, Caracas) si sus autoridades se dedicaran a gobernar de manera ordenada y eficaz.

Dejamos Barcelona en un tren al sur con destino a Valencia. Me quedaron ganas de regresar pronto a la capital catalana. Seguro nos veremos de vuelta.

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Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Personales, Viajes

La Sagrada Familia

El próximo mes de julio estaré viajando a España (y, posiblemente, a algún otro país europeo). En los planes está recorrer Madrid, Girona, Barcelona y Valencia (y luego iré a Malta).

En cierta medida es un viaje exploratorio. Aunque conozco bastante bien la situación crítica que atraviesa España, quiero analizar posibilidades de estudio e incluso de trabajo (sí, otro inmigrante más). Ya les estaré contando cómo me va en el viaje, el primero que hago fuera de nuestras fronteras en diez años (algo inaceptable para quien le gusta la idea de viajar y conocer nuevos lugares).

¿Alguna recomendación para cuándo esté por allá? ¿Alguna invitación de los lectores españoles de Planeta en fuego? Estaré llegando a Madrid el 15 de julio y estaré de vuelta a Caracas, en teoría, el 5 de agosto.

PD: Para fin de año estimo hacer otro viaje, esta vez más al sur de nuestro continente. ¿Aceptas la invitación?

*

Reseña de la primera parte del viaje: Barcelona.

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Escrito por Álvaro Rafael en Relatos

El apostador

1

Todo en la vida es una apuesta de alto riesgo, me comentó mientras mirábamos la tarima. La emoción que los días previos demostraba por el concierto de The Misfits se había ido. No me quiso contar lo que había sucedido esa tarde, pero igual pensé de qué se trataba todo. Las cosas pueden salir bien, mal o simplemente no darse como uno quisiera, agregó, pero es de cobardes no intentar hacer algo. Entonces me invitó a jugar a las cartas mientras esperábamos que iniciara el concierto.

Nos sentamos en un espacio al final de la sala del CECIM de City Market habilitada para una noche de horror punk. Repartió las cartas y me comentó, como para sacarme de mis dudas, de que su vida había entrado esa misma tarde en un «punto y aparte». La explicación que vino después no fue clara, pareció querer justificar la actitud de su chica que yo nunca entendí. Habló de etapas de cuestionamientos, de que ella buscaba reconsiderar las cosas y que ahora necesitaba soledad, perderse un tiempo fuera del país y luego regresar para replantearse sus necesidades. Así que él no insistió más.

2

Jugábamos al póquer y sus manos habían sido buenas hasta entonces, cuando dijo que había apostado a replantear las cosas y seguir. Me comentó que eran más las cosas que los unían que las que los separaban. Entonces pensé ¿para qué perder una relación así?, pero no se lo dije. Dejé que hablara, necesitaba hablar más que nunca.

Dijo que había aprendido mucho con ella, y creía que el aprendizaje había sido mutuo y que sentía que quedaban muchas cosas más por descubrir juntos. Los conozco a los dos y sé que son personas maduras y tienen trabajos que les sirven para vivir con independencia. A veces él se quedaba en su casa o ella en la casa de él. Quise seguir, me dijo, aposté, siempre he sido un apostador, pero no gané en esta ocasión. Ahora hay que seguir, dijo, y lanzó una buena mano con la que ganó la ronda.

Mientras miraba mis cartas malas y a la gente que empezaba a llenar la sala, me comentó que las cosas duelen. Evidentemente, duelen, insistió. Aunque sabía que era una reacción natural y temporal ante la ausencia de un ser querido. Pensé que quizá demoraría más en equilibrarse por esa facilidad que tiene para apegarse a determinadas personas. Pero sé que seguirá, pensé, cuando las luces se apagaron y empezó a sonar el intro macabro del concierto. Recogimos las cartas, nos pusimos de pie y corrimos para mezclarnos entre el público.

3

El peor sonido que hemos escuchado. Salimos con una mezcla de rabia y tristeza, con la certera indignación de que podemos decir que estuvimos y no estuvimos a la vez en The Misfits en Caracas. Las canciones pasaban una tras otra con mucho ruido y nuestro máximo logro era adivinar cuál era.

Mientras desalojamos el centro comercial, nos topamos con una pareja que salía también del concierto y discutía airadamente. Un vigilante miraba de lejos, dudando entre seguir sentado o intervenir entre un chico con cabeza llena de pinchos y una chica con la cara pintada de calavera. Finalmente esperó que la pareja saliera entre gritos del centro comercial. Mi amigo me comentó que ellos nunca habían peleado por cosas serias, que incluso la conversación en que pusieron las cosas en claro fue amistosa y por instantes llena de risas por el recuerdo de los momentos vividos.

Mientras recorríamos el bulevar de Sabana Grande hacia la avenida principal lo noté con un toque de melancolía y calma. Supongo que estaba claro de que debía adaptarse a la situación en la que estaba. Sabía que todo sería aburrido ahora que debía replantear las cosas: el viaje a Europa con ella quedaba suspendido, así como vivir juntos, así como tener una mascota juntos. Al menos, me dijo, tenía el consuelo de que no hay alguien por allí que le odia ni que el quedó tan herido como para odiar a alguien (aptitud inmadura que vemos en otras personas cuando suspenden o terminan sus relaciones). Por eso mismo, me dijo, hablaba al comienzo de que esto había sido «un punto y aparte». El futuro seguro les tenía reservado una tarde con un café de por medio y de recordar los buenos momentos.

Por ahora, a él sólo le quedaba seguir apostando. Las partidas no debían parar, había que seguir apostando, por ella, por quien sea o por lo que sea. Aún nos faltaba para llegar a la gran avenida. El peligro del bulevar a esas horas se mantenía. Pero había que seguir. Siempre hay que seguir apostando.

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Escrito por Álvaro Rafael en Sonidos del mar

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Cerati en Caracas. Sin más palabras. Esperemos que las cosas mejoren.

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