Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social, Reseñas

Die Welle

En Die Welle (La ola, Dennis Gansel, 2008) surgen dos pilares que soportan el peso de la sorpresa que carga el espectador a lo largo de la película: el primero aparece ante la pregunta de si en la actualidad podría surgir un Gobierno autocrático con características similares al Tercer Reich; el segundo, está relacionado con la temática nazi en el cine: lejos del lenguaje moralizante y el heroísmo de los vencedores, Die Welle es contada no sólo por alemanes, sino por las otras víctimas de la Segunda Guerra Mundial: los jóvenes descendientes que han cargado con las culpas de sus abuelos.

Tales planteamientos soltados al comienzo de la película penden brevemente sobre sus protagonistas, quienes rechazan sin vacilación la posibilidad de una nueva dictadura, se despachan de culpas con el fastidio de un chico que no quiere mirar a un pasado del cual sólo oye las voces del reproche, y mira apaciblemente hacia su futuro sabiéndose en una sociedad estancada en los mecanismos naturales de renovación sin sobresaltos de la democracia liberal.

Creyendo superadas las condiciones que originaron la ascensión hitleriana, un profesor de ideología anarquista (encargado de llevar a cabo en su aula un proyecto en la semana dedicada a los beneficios de la democracia) concibe el plan de interpretar una sociedad autocrática, para lo cual involucra a su desinteresada clase en unos procesos de «cambio» y «revolución» que poco a poco van aplacando la conciencia individual en favor de una conciencia colectiva fuertemente jerarquizada y donde él mismo es una suerte de caudillo.

Ante la sorpresa de unos pocos desertores o, más bien, execrados alumnos de la clase que en vano buscan alertar los peligros de la permeabilización psicológica de los jóvenes alumnos, el proyecto va avanzando hasta desbocarse de su ámbito escolar y extenderse a la violencia callejera de claro tinte neofascista. Lo que al principio era tomado casi como una representación casi lúdica, como un proceso pedagógico necesario y hasta moralizante, se descubre ante su creador con todo el horror de la violencia y la brutalidad de las masas incontroladas.

Die Welle es una película incómoda. El final es amargo y en su tragedia están los peligros ante los cuales se enfrentan las sociedades modernas y, en particular, las sociedades que buscan constantemente su refundación guiados por políticos a los cuales no se les puede acusar de desconocer la Historia y de estar condenados a repetirla: más bien, pareciera que lo que los guía es su imparable afán de repetir, con sutiles mejoras, el dominio de las masas. Die Welle alerta sobre los peligros de la facilidad con que una sociedad puede ser manipulada y llevada con docilidad a la consecución de una sociedad dictatorial donde el poder no es el medio para un fin sino que es el fin mismo. Una película basada en el libro The Wave de Todd Strasser, ubicada originalmente en una secundaria estadounidense en el año 1969, pero adaptada a la actualidad y en Alemania por Dennis Gansel. Sin embargo, su argumento puede ser fácilmente extrapolado a cualquier sociedad actual y de cualquier parte del mundo donde los peligros de una sociedad totalitaria aún permanecen vivos.

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PD: Ignoro si esta película se estrenó en Venezuela, lo cierto es que es difícil conseguirla en video original. Con el fin de acompañar el texto y servir en la difusión de su mensaje, les coloco el vínculo para que vean esta película en línea acá. Agradezco a Virginia Palomo por sugerirme esta película que, como a ella, ha impactado hondamente.

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Cassandra's Dream - Woody Allen. Acabo de ver esta película en la Cinemateca Nacional (en realidad fui para ver The Wrestler, pero un cambio de última hora en la cartelera nos sorprendió a todos). Quitando la atipicidad de esta película de Woody Allen (ya había tocado el tema del asesinato y la culpabilidad en Crimes and Misdemeanors, aunque siempre con tono de humor, elemento ausente en Cassandra's Dream) me fui con la impresión de que este film tuvo un final improvisado a los machetazos, con un extraño moralismo en el que los hermanos protagonistas terminan pagando por la libertad del culpable de su infortunio. Calificación personal: (0)

Libertador Morales, de la directora Efterpi Charalambidis, es el título de la nueva película producida por la Villa del Cine, productora perteneciente al Estado venezolano. La película (cuyo trailer ya se ve en los cines nacionales) cuenta las andanzas de Libertador Morales, un mototaxista caraqueño que de día se empeña en enseñar costumbres ciudadanas y de noche se convierte en un justiciero popular. La Villa del Cine, una vez más, recurre al humor con dosis revolucionarias que ya pudimos apreciar en Comando X, y esta vez la dicotomía simplificadora y moralista entre buenos-malos se traslada al mundo de los superhéroes. Lo irónico de todo es el Estado venezolano financie una película en la cual se deba recurrir a una superhéroe, es decir, la máxima expresión de la búsqueda de la justicia cuando los mecanismos del Estado fallan. En otras palabras, ante el fracaso de las políticas de seguridad por parte del Estado, debe aparecer un superhéroe que se aparte de las leyes y haga todo lo que al Estado le corresponde hacer pero no hace. No esperen una gran producción, mucho menos buenas actuaciones. Estamos ante un cine de propaganda, que lejos de entretener o incluso de transmitir un mensaje inteligente, lo importante es el discurso simple y manido fácilmente digerible para las masas más susceptibles de creer en lo que llamen socialismo del siglo XXI. (5)

Escrito por Álvaro Rafael en

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Lexy Summers

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1

La imagen de la actriz porno típica es una rubia anglosajona. Nos imaginamos de inmediato un pasado arquetípico de una familia disfuncional: la pobre hija de divorciados que creció en un pueblucho miserable del Sur profundo o el Midwest, una madre infeliz que desperdicia su vida como ama de casa o camarera y un padre alcohólico obrero de la construcción. La muchacha no vislumbra un futuro prometedor, la pobreza la agobia y los estudios le resultan insufribles, por lo que acepta la propuesta de un novio mucho mayor, más pobre y vividor que la lleva a una fotógrafa de segunda.

Sin estudios y sin dinero, su belleza rústica decorará portadas de revistas para white trash como Hustler. Algún camionero, en sus largos y tediosos viajes por las interestatales, alargará excesos de noches de soledad en fantasías por aquel rostro que, gracias a la exposición de la naciente Internet —que permite el acceso a la pornografía a quienes antes miraban de soslayo una revista erótica—, empieza a ser reconocido en lugares tan lejanos como Manila o Buenos Aires.

La muchacha se abruma, recién cae en la realidad de su creciente fama en el inframundo de una industria solapada, criticada pero ampliamente conocida gracias a una cofradía de silenciosos amantes de las «mujeres de fantasía». Se niega a aumentar la paga a su novio reconvertido en agente, termina con él, el dinero empieza a rellenar sus manos y algún productor se le acerca, la invita a cambiar su nombre dixie por algo más erógeno —así dice— y es de esa manera que cae del cielo del erotismo su nueva identidad: Lexy Summers. Usando malas maneras, casi chantajeándola, el mismo productor le dice que una vez dentro de la industria ya no puede salir…, frases rebuscadas, toscas, pero manidas que sólo quieren decirle que ya no puede caer más bajo de lo que está, que su rostro es ampliamente conocido en el mundo softcore pero que ahora exigen más de ella, un poco más, porque ya ¿qué importa que aparezca a gatas mientras un negro la persigue?

Ganaría mucho más en su salto al hardcore, pero ¿la dignidad? ¿Cuál dignidad, dónde está? Mi nombre. ¿Tu nombre? Tu nombre ya no interesa a nadie desde que eres Lexy Summers, ya no eres aquella fracasada de un pueblo sin nombre. Rompe con los precarios lazos que aún la unían con sus padres…, o no tanto, simplemente se marcha a la Gran Ciudad.

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¿Una actriz porno ama? Esa pregunta la acecha, al parecer son vestigios de su pasado. Una vez que aceptas que has caído, que ya no tienes nombre y que tu cuerpo es el receptáculo de la depravación ¿cuán más bajo se puede caer?

Vana pregunta cuando sólo sigues rodando hacia la propia destrucción. Pero sirve el dinero para acallar ese nombre que a veces suena en el oído. ¿Acaso podrá resurgir aquella criatura? Ser madre…, risa…, sólo me provoca risa la imagen de la puta paseando de la mano con la pequeña niña de bucles dorados. ¿Cómo explicar a la hija la mirada de los padres de las compañeritas de clase? Muecas de burla se contagiarían al entrar al salón durante las reuniones escolares. ¡Canallas! ¡Hipócritas! Algún padre metodista no se contendría y le prohibiría a su hija esa amistad diciéndole la verdad: que la niña de bucles dorados es hija de la perversión.

Mientras dos hombres la manosean en el plató, pasea por su mente una mediocre metáfora sobre la fruta podrida: cuántos hombres soñarían con el brillo cegador de su cuerpo, mientras por dentro todo huele mal. ¡Sí, sí se podía caer más bajo y ya no hay redención para una puta!

Podía hacer más dinero, se retiraría de este medio repugnante después del viaje de trabajo a Budapest y simularía una vida imposible. Regresaría el nombre, escaparía una vez más de su vida.

3

¿Quién hubiera pensado que con la caída del Telón de Acero el mundo descubriría una nación de mujeres hermosas y empobrecidas capaces de cualquier cosa por un mendrugo? Allá, detrás de los escombros, había una fila de muchachas macilentas y con los ojos ansiosos, bastaba un retoque, pensaba ella, la desplazarían, servirían para aniquilarla, y esto no la entristecía. Al fin al cabo, esta es una industria sedienta de caras nuevas y cada vez más jóvenes, con los angulosos rasgos de la fisonomía eslava o magiar y con nombres como Olga o Vlada, y ella ya estaba de retirada: su edad era fuego que la purificaría.

De regreso en el avión soñaba con este viaje vertiginoso de apenas unos años: la miseria la había obligado a escapar y ahora escapaba otra vez de la miseria. Qué ridículo sonaba todo dentro de ella: todo se había podrido, pensaba, nada tenía sentido, ya no había nada por qué luchar dentro de ese cuero curtido por la humillación. Una imagen se sobreponía sobre la anterior como nebuloso dolor que la acompañaba en su tragedia. Años atrás hubiera llorado, ahora una lágrima valía más de lo que recogía de cada escena que filmaba.

Cuán insoportable le resultaba imaginarse a su primer novio de secundaria. ¿Qué estaría haciendo? ¿Se habría casado? ¿Tendría hijos que mantiene con el salario de vendedor de electrodomésticos? Por lo menos ella sobresalió del resto que la menospreciaba. ¡Qué patético resultaba todo!

¿Para qué reír?

¿Para qué llorar?

Mientras regresaba a su casa en Los Ángeles, en un Mercedes o en un Mustang en el que jamás hubiera colocado un pie aquel nombre despreciado de su juventud, imaginaba, sin formular palabras para la escena, su final:

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Leería en la prensa que Hungría es la nueva capital de la pornografía, la aterrorizaría más descubrir que entre la lista negra de un brote de VIH en la industria está un compañero reciente. Sería un simulacro de horror, lo sabe, correría con una simulada premura al laboratorio y tres días después simularía un desmayo ante la mejicana gorda que asentó que sí, había un fondo al que se llega después de tanto caer.

La noticia correría entre las primeras planas de los tabloides sensacionalistas y think thak conservadores utilizarían su nombre fabricado, antes desdeñado por ellos mismos, como una cruzada de cabildeo contra la pervertida industria del entretenimiento para adultos. Ella aceptaría ser la vocera de ese movimiento de restauración moral, se dejaría persuadir y repetiría los discursos sobre la explotación de muchachas pobres por grandes corporaciones y no sin dificultad y con poca credibilidad repetiría la melodramática frase:

—Ahora tengo un nuevo amante, y él se llama sida, es un amante con el que viviré el resto de mi vida —diría, y dejará correr una lágrima bien remunerada por un rostro demacrado por el virus y acentuado por algún pastor evangélico manipulador y que ella estimaría como un antiguo admirador de su obra.

Ja…, tanto huir de la miseria para al final dejarse manipular por unos fanáticos de la ultraderecha religiosa.

Esa sería su nueva vida, su viejo nombre regresaría para acompañar su cadavérico rostro en las ediciones de 60 minutes o Primetime…, hablarían de su triste infancia, aparecería la infaltable referencia de un abuso sexual en su niñez, el novio chulo resucitado gozaría de sus quince minutos de fama aunque sea como el villano de esta sórdida película.

Qué ridículo era todo, su muerte después de años batallando otra vez en la pobreza y el anonimato ocuparía un pequeño banner de un portal amarillista. ¿Quiénes acudirían a su entierro? ¿Deudos de cuál nombre? ¿De su nombre real o de Lexy Summers? ¿Su madre, algún hermano, alguna puta entrañable o el novio chulo del brazo de alguna heroinómana? Y en el funeral, adornado al mejor estilo de Las Vegas, no faltarían las fotos en tamaño familiar de cuando era una niña tierna que mudaba los dientes, y su madre —previamente enfocada por una cámara— se lanzaría contra el ataúd, lo abriría, expondría el cuerpo y gritaría por qué, en qué fallamos…

¡Basta!

Merecía ahora mismo corroerse, dejarse comer por la podredumbre como lo haría una manzana el suelo. Algo surgiría de ella en silencio y sin testigos: ¿Una flor? Fue apenas una pérdida de tiempo, un accidente del tiempo que únicamente decoró los bajos deseos humanos. Su vida valió mucho menos de lo que pagaban por una mediocre sesión de softcore.

Otro tipo de muerte sería para ella más glorioso: tomaría un revólver, se reventaría la cabeza, su vida es tan necia que se daría un mal disparo y tendría tiempo para llamar al *911 y pedir auxilio…, esa grabación agonizante y desesperada ocuparía un lugar importante en la edición de alguna reconstrucción exagerada de su vida para la televisión, llegarían los paramédicos y en la ambulancia la llevarían aún con vida. Moriría al llegar al hospital, no faltaría quien a su lado la reconociera y tomara fotografías del cuerpo que luego publicaría en algún portal snuff o algún sujeto que comentara su belleza malograda y de manera cursi se echara a llorar al pie de la camilla donde ella se elevó a los aires como cisne.

No, no merecía una muerte tan espectacular, pensaba mientras entraba a una casa enorme en Los Ángeles, su fin sería más modesto, se apagaría, su cuerpo se apergaminaría y sus tetas caídas despertarían cuando no la gracia, el rechazo de productores sin interés en películas MILF. Se miraba en el espejo peruano de la antesala: era hermosa, lo cómico es que algún admirador joven y tímido estaría en ese preciso instante pensando ¿Cómo una mujer tan hermosa se dejó desperdiciar por esa industria? La respuesta era demasiado larga para articularla, le bastaba con recorrer su vida en imágenes desenfrenadas y tragicómicas, estaba muy cansada.

Además, la belleza es pasajera, todo se derrumba y se pudre. Ella, algún día, se decía a sí misma, mientras se adormecía sola en su inmensa cama en forma de corazón, también desaparecería. En un viaje de trabajo por Ibiza entró en una tienda de obsequios y leyó una edición bilingüe de un libro titulado Life is a Dream. No lo compró, en su vida jamás había leído por completo un libro, pero pensar que la vida es un sueño la fascinó. Quizá, algún día, despertaría en una vida mejor. Por supuesto, nunca ideó esa frase. Tenía mucho sueño.

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