Escrito por Álvaro Rafael en Reseñas, Viajes

Retorno

And what exactly is a dream?

And what exactly is a joke?

Jugband Blues

Pink Floyd

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El río Manzanares no me parece tan impresionante como lo describí en un relato. Es otoño y la brisa levanta las hojas al paso de un hombre de mediana edad que recorre la ribera. El hombre, que luce abatido, se sienta en una banca, enciende un cigarrillo y al cabo de unos minutos se fija en una pareja joven que ríe y se besa en otra banca.

Se les acerca y le pregunta al chico:

—¿Amas a tu chica?

El chico, a pesar de la sorpresa, sonríe ante el extraño y no responde de inmediato. Mira a su chica como buscando en ella una aprobación para responder o no. Cuando lo hace no titubea en afirmar:

—Claro. La amo mucho.

Me detengo en esa frase.

Tengo tiempo sin recordar este relato. En realidad, no lo había escrito hasta este momento. Era simplemente una idea que arrastraba con los años y que iba unida a Syd Barrett, autor de Jugband Blues, y cuyo desenlace me resulta ahora mismo incongruente.

El hombre sonríe. La dicha le resulta tan extraña que se le garabatean pliegues desconocidos en el rostro. Dice:

—Entonces cuida mucho lo que tienes. Eres afortunado.

Se aleja hasta llegar a la barandilla. Del otro lado, el río caudaloso.

Me cuesta ahora terminar este relato. Es mi penúltimo día en Madrid y he salido a caminar. Necesito aire fresco, me dije, y salí. Sin notarlo en los últimos días le he seguido los pasos a este personaje de ficción hasta llegar a la ribera del río Manzanares.

El personaje, al igual que yo, hacía un viaje a Madrid en solitario. La historia previa a su llegada al río Manzanares, donde está a punto de tomar una decisión irrevocable, no la cuento en el relato y no me importan esos detalles.

En mi caso los detalles son otros: hasta llegar aquí le di muchas vueltas a Madrid. Fui dos veces al Parque de El Buen Retiro, un lugar donde hubiera situado mejor a la pareja de mi relato porque allí dos personas la hubiesen pasado mejor que una. Y fui dos veces porque la segunda traté de llegar a un Mercadona que en el mapa aparecer junto al parque y terminé llegando sin querer a Atocha.

Posiblemente el personaje de mi relato hubiese ido a los museos a los que fui. Lo que no yo hubiera escrito en el relato fue la sorpresiva e inesperada admiración que presencié en el Museo de El Prado, donde Las Meninas hizo llorar a varios visitantes. No es para menos cuando te enfrentas a esa monumental referencia cultural pintada por Velázquez. Seguro también hubiera ido al Reina Sofía con la única intención de ver el Guernica de Picasso. En el relato hubiera expuesto mi admiración hacia ese cuadro que, en la realidad, me pareció un poco más pequeño pero igual de fascinante en un museo con obras de Liechtenstein y también una famosa lata de Mierda de artista de Manzoni.

No me equivocaba al afirmar el tiempo en Madrid me quedaría corto. Mis visitas eran guiadas por cronómetro. Un momento en el Museo del Palacio Real, otro en el estadio Santiago Bernabéu, una foto en Plaza de Castilla.

Porque Madrid es una ciudad de extensas avenidas que parecieran pensadas para el recorrido (tal como Valencia, pero a una escala mayor): desde el edificio donde me alojé me bastaba ir de la Calle Alcalá a la Plaza Cibeles, tomar hacia el paseo de Recoletos, cruzar la Plaza de Colón y de allí el paseo de La Castellana hasta llegar a sus famosas torres inclinadas Kio. Terminabas con el gusto de saberte a mitad de una gran ciudad. Pero también pensaba en muchas cosas. Por ejemplo, pensaba en el desenlace de mi relato.

Ese desenlace, les confieso, al principio de mi viaje a Madrid, seguía siendo el mismo que originalmente planteé. Pero no quería escribirlo aún, quería llegar hasta aquí para terminar de redactarlo. Mientras tanto me preocupaban los gastos que producen un viaje. Esta clase de ideas son las que arruinan un viaje. Aunque son inevitables cuando en los últimos días la tarjeta de crédito empieza a resentirse, además de que, como venezolanos, vamos ya cortos de euros.

La joven pareja mira con estupor al extraño subirse sobre la barandilla.

Anoche salí a caminar hasta la Plaza de Colón y la Calle Génova para conocer la sede del Partido Popular. Llegué muy tarde a mi casa, con la convicción de que hoy me levantaría temprano para conocer las últimas partes de Madrid que podía conocer. Pensé que no me daría tiempo llegar al río Manzanares. Pensé que dejaría inconcluso mi relato. Debía regresar temprano para preparar mi maleta, sin embargo quería ver cómo atardecía junto al Manzanares.

Llegué hace unos minutos. Caminé por el puente sobre el río y me acerqué a la barandilla. Hacía una buena brisa y el sol estaba escondiéndose en el horizonte. En ese instante tuve una asombrosa calma. Una calma como pocas veces he sentido. Estaba allí solo, de cara al sol y a la brisa, y entonces me di cuenta de la insignificancia de muchas de las preocupaciones que solemos tener. Estoy aquí ahora, al término de un viaje que en un principio temí si debía hacerlo o no, y me doy cuenta que ha valido la pena. Ha valido la pena cada día que he pasado, y sobre todo ha valido la pena viajar con ella. Me siento afortunado, tontamente afortunado de tener los pies aquí ahora, de ver cómo avanza un río que es muchas veces más pequeño de cómo lo describía, afortunado de poder sentir cada instante y de que ella forme parte de mi vida a su manera y de cada día que llevo conociéndola.

Para poder culminar el relato era necesario que yo llegara hasta aquí, porque entonces ese personaje, al principio abatido, de seguro se hubiera sentido como yo en este momento y en lugar de subirse a la barandilla le hubiera dicho al chico que tuviera el valor de decirle a su novia que cada día la ama más, que le pida perdón por las veces que ha sido desconsiderado con ella y que le haga saber lo importante que es ella en su vida. Todo esto quizá parezca tonto, pero termina cambiando el desenlace original de mi relato.

Por fin lo termino de escribir. Ese giro del relato me ha sorprendido, tal vez lo publique en mi blog cuando regrese a Venezuela. Regresar. Mañana regreso a Venezuela, aunque la verdad es que quisiera quedarme aquí. Al menos me voy como me siento ahora, y eso aplaca cualquier angustia que pudiera aparecer.

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Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social

Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

Estatua de Colón

Resumen:

La idea de que los europeos sólo trajeron a estas tierras desgracias y corrompieron el paraíso terrenal en el que vivían los indígenas es un mito muy europeo: el mito del buen salvaje. El mito del buen salvaje (que, a su vez, viene de la creencia judeocristiana del paraíso terrenal corrompido por Adán y Eva) plantea que los indígenas de estas tierras vivían en una sociedad utópica en la que reinaba la paz y la armonía hasta que llegaron los bárbaros (y barbados) europeos a saquear estas tierras (Galeano dixit) y a sembrarla de enfermedades.

Esta idea es de consumo sencillo, de consumo para seres fácilmente impresionables y que juegan el papel de gente comprometida. Pero es completamente falsa: en estas tierras nunca hubo tal paz: los caribes eran caníbales y arrasaron a los arawacos, los incas y los mexicas libraban guerras de conquistas en sus zonas de influencia y los mayas realizaban sacrificios humanos para satisfacer a sus dioses (pero, sobre todo, a su casta religiosa).

Las prácticas llevadas a cabo por los europeos al llegar a este continente no eran, en su época, nada infrecuentes, más bien, la barbarie era común en todos los pueblos del mundo (y sigue siendo aún en estos días). Si van a juzgarlos a ellos por todos sus actos cometidos, pues creo que deberían juzgar a toda la humanidad.

Con la llegada de los europeos, sobre estas tierras se estableció una nueva cultura, la americana (la blanca y protestante en el norte y la mestiza y católica en el sur), cuya búsqueda de su independencia política, económica y cultural derivó en los procesos independentistas. De esta cultura nueva, que se desarrolló en nuevas tierras, provenimos nosotros (aunque para algunos cueste admitirlo), por lo que, en efecto, y visto desde nuestra perspectiva de criollos, como tal el 12 de octubre de 1492 hubo un descubrimiento.

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Antes de empezar a leer el siguiente artículo hágase una pregunta sencilla: ¿En qué idioma está leyendo usted esta nota? La respuesta que ya tiene en mente reafirma que usted forma parte de una cultura propia —la cultura hispanoamericana— que tiene su origen en la cultura Occidental europea. Seamos blancos, negros o mestizos, somos hispanoamericanos y pertenecemos al mundo Occidental (aunque a algunos les irrite aceptarlo).

Aunque este artículo es escrito desde la perspectiva de Venezuela, su contenido trata de abarcar nuestra cultura hispanoamericana y defenderla en una época en la que la corrección política y el avance de la izquierda militarista y radical ha puesto de moda el cuestionamiento de la hispanidad tanto en España como en Hispanoamérica, alentando un tipo de indigenismo peligroso y divisor y obligándonos a reprochar nuestra cultura sui generis a favor de una cultura ajena (la cultura prehispánica).

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12 de Octubre: Entre el Descubrimiento de América y el antihispanismo

Una reivindicación de la hispanidad en la era de la mitificación indigenista

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1. Demoliendo el pasado: la utilización política del odio como construcción de una nueva historiografía

La estatua, hasta entonces olvidada en un bulevar peligroso, es encadenada por una turbamulta que canta y baila salvajemente alrededor. No pasan de un puñado de los mismos irreductibles de siempre: jóvenes en su mayoría, deseosos de drenar el resentimiento sembrado en una figura inerte y que años atrás era el símbolo abstracto de una fecha que pasaba entre la indiferencia absoluta de muchos y la manipulación demagógica de pocos. Pero con los años, esos sectores políticos hasta entonces marginales se disfrazaron, crecieron en base al engaño y la manipulación y conquistaron el poder con un discurso que se fue desenmascarando poco a poco hasta mostrar todos sus complejos y maniqueísmo.

No se trata de la estatua quebrada de Saddam Hussein durante la invasión de Irak, ni de las estatuas retiradas de Franco en la España de hoy: el hecho ocurrió un 12 de octubre de 2004 en Venezuela; el hecho, enmarcado en un «juicio popular», culminó con el derribo de la caraqueña estatua de Cristóbal Colón y su posterior destrucción frente al Teatro Teresa Carreño, sitio de cultura donde en ese mismo momento se apologizaba el indigenismo más retorcido; era el clímax de una anticelebración que había iniciado voluntariosamente el Gobierno revolucionario semanas antes, entre declaraciones a cada cuál más descabellada, y un cambio de nombre que convirtió el 12 de octubre en «Día de la resistencia indígena».

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2. Día de la resistencia indígena: falsificando la historia

El Gobierno venezolano ordenó el cambio de nombre del 12 de octubre a Día de la resistencia indígena. Con todo el uso de la fuerza de la propaganda, el Gobierno revolucionario ha proyectado fuera de las fronteras la imagen de redimir la cultura indígena agredida salvajemente por los conquistadores europeos. Una propaganda muy bien recibida principalmente por los grandes medios de izquierda de los países conquistadores (red Voltaire, Le Monde diplomatique), quienes apoyan en los llamados «países tercermundistas» a políticos populistas y carismáticos que ellos jamás elegirían para sus propios países. Pero lo que no conviene para la causa, lo que no será televisado ni escrito, es que se sepa que irónicamente los descendientes de los indígenas ahora llevan una vida de indigentes por las calles de Caracas, resistiendo la vida, ante el pavoroso desinterés gubernamental, ese mismo desinterés que lleva al mismo gobierno a hacer mutis ante la destrucción de su patrimonio cultural.

Pero en su revisión maniqueísta de la historia el Gobierno revolucionario se colocó del lado equivocado: ya que no podemos precisamente nosotros conmemorar una supuesta resistencia indígena porque todos nosotros y hasta nuestro Gobierno (por malo que sea) no es indígena: es criollo. Además, no hubo como tal una resistencia porque finalmente se impuso el modelo europeo de sociedad que persiste hasta el día de hoy, con sus matices, en las tierras que vinieron a llamarse América.

El día en que los países de América (y particularmente Venezuela) cambien nuestro idioma español por dialectos indígenas, y en que nuestra sociedad como tal adopte las costumbres precolombinas, entonces será el día en que la resistencia indígena habrá valido la pena. Entonces, ya leeré en la nueva historia escrita por la resistencia cómo el hombre blanco cruzó los mares para traernos el dolor y la miseria a estas tierras de gracia.

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3. La Destrucción de las Indias: del mito del paraíso terrenal a la corrupción europea

Mucho se insiste en la figura de unos conquistadores despreciables que llegaron de aborrecibles tierras lejanas para saquear e imponer religiones y sembrar a su paso la destrucción y la miseria en unas tierras de gracia (sin embargo, se omite deliberadamente que esos mismos «saqueadores» provinieron de un continente que había ayudado al desarrollo de la humanidad, que se quedaron acá y fundaron ciudades [Ciudad de México, Lima] que florecieron a la par de las grandes ciudades europeas, construyeron universidades [Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1551] y con los años independizaron a nuestros países). Es el tema de la destrucción del paraíso terrenal por parte de los europeos.

La creencia de que los pueblos prehispánicos vivían en un paraíso terrenal corrompido por los europeos proviene de la propia cultura europea y del mito del Buen salvaje. La idea del Buen salvaje era una manera con la que los europeos empezaron a culparse ante la posibilidad de haber «corrompido el paraíso terrenal encontrado en el Nuevo Mundo, habitado por seres ingenuos y nobles» (otra idea, la del paraíso terrenal, proveniente de la tradición judeocristiana que llegó con los europeos).

Pues nada más falso que eso: antes de la llegada europea ya en estas tierras había guerras de conquista, enfermedades, formas de colonización, crueldad, codicia, maldad (véanse Guerras floridas). La maldad y la violencia es inherente al ser humano, y las culturas precolombinas no estuvieron exentas de ellas: los incas conquistaron pueblos vecinos, los aztecas traficaban con esclavos, los caribes practicaban el canibalismo y los mayas hacían orgías de sangre buscando el favor de sus dioses (cuando en realidad era la manera para mantener el poder de una casta religiosa). Entonces, nada más alejado de esa utopía de pueblos pacíficos y dóciles que vivían en una tierra de paz y armonía que fue corrompida.

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4. La responsabilidad histórica de América: noción de la pobreza y el subdesarrollo actual como resultado de la «conquista» de América

Del mito del paraíso terrenal se pasó al sentimiento de culpa de los «conquistadores» por corromper esta tierra de gracia, y ese sentimiento de culpa pasaría luego a convertirse en una responsabilidad histórica asumida por muchos que creen que nuestra pobreza y subdesarrollo es producto de la corrupción inicial, de la «conquista» y el «saqueo» (Las venas abiertas de América Latina), entendiéndose que «nuestra pobreza es la forma de expiar las culpas ancestrales», de la misma manera como en el cristianismo se afirma que el sufrimiento de los hombres es culpa del pecado original.

En realidad, esto no es más que un pretexto para ocultar nuestros propios fracasos como naciones: diciendo que somos «producto» de la explotación, de la corrupción, de haber sido invadidos por unos expoliadores e incultos, tomamos un papel de casi víctimas del destino y así evitamos asumir que la corrupción y la responsabilidad de nuestras desgracias vinieron mucho después y que nosotros mismos tenemos la culpa.

Porque la culpa la tenemos nosotros mismos, ya que el verdadero origen de la pobreza y el subdesarrollo latinoamericano no está en la influencia europea, sino en los numerosos caudillos que hemos provocado (Pérez Jiménez, Pinochet) o hemos padecido (Perón, Velasco Alvarado), muchos de los cuales han reivindicado nuestro «glorioso pasado indígena». Son realmente estos malos gobernantes quienes han corrompido a nuestras sociedades con males mayúsculos como el militarismo y el caudillismo.

¿Por qué Estados Unidos y Canadá son las naciones históricamente más prósperas de nuestro continente? ¿Por qué explotaron a sus vecinos? En efecto, la doctrina Monroe y el corolario Roosevelt son reales, pero el éxito de esas naciones no se debe a la expoliación sino a que supieron contener el militarismo y el caudillismo. Nosotros, en cambio, no. La noción autoritaria de hacer la política en América Latina contribuyó al fracaso de nuestras naciones y así, en lugar de asumir nuestros errores, preferimos culpar a los «imperialistas» (llámense «conquistadores» o Estados Unidos, pero siempre tendremos a alguien a quien verter nuestros errores).

Hoy en día, veamos un avance de los «buenos» de la historia, de los descendientes y justicieros de los pueblos corrompidos, y se trata de aceptar la idea de que el 12 de octubre fue el inicio de siglos de miseria que hoy en día vienen a reparar los gobiernos de la nueva izquierda.

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5. Descubrimiento y nacimiento de América: reivindicando nuestra cultura

Los términos resistencia indígena o destrucción de la cultura prehispánica denotan un reproche mismo a nuestra cultura y un enaltecimiento a sociedades falsamente idealizadas.

El 12 de octubre de 1492, una fecha que ahora es popularmente desfigurada, merece ser reivindicado ante la mentira y la infamia, principales herramientas de todo gobierno demagógico. He aquí, pues, cuando debemos plantearnos la importancia que tiene para nosotros, los hispanoamericanos, esta fecha por tanto tiempo olvidada o difamada.

Una fecha que tanto escozor provoca al punto de contar con diversos nombres, muchos de los cuales son meros ejercicios de hipocresía. Pero ¿por qué escarbar entre los más ridículos eufemismos para no llamar las cosas por su nombre? ¿Por qué escandalizarse por llamar al descubrimiento de américa eso, descubrimiento?

Pues ese hecho ocurrido el 12 de octubre de 1492 —que tanto sonroja a algunos hasta el grado de querer borrar esta fecha de la historia— significó la entrada, a estas tierras, del mundo Occidental y cristiano, y, se quiera aceptar o no, la implantación de todo un modelo social, religioso, político y económico sobre otro. ¿Por qué engañarnos a nosotros mismos ocultando que nuestra actual cultura y nuestros valores provienen mayoritariamente de quienes descubrieron estas tierras y formaron e impusieron una cultura sobre un nuevo continente?

Porque cuando hablamos de Descubrimiento de América han tratado de manipularnos diciéndonos que no pudo haber tal descubrimiento en un territorio ya habitado, ocultando la importancia del tema en un hecho territorial cuando en realidad va mucho más allá: fue el génesis de nuestra cultura actual, hija de la europea, que habría de fructificar con las revoluciones criollas que no buscaron el retroceso hacia lo indígena sino, con sus fallas, la continuación y perfección de los valores de origen occidental (con fallas, como supra el tema de los caudillos). Una cultura de marcado origen europeo (y, particularmente, hispánico) que conservó su idioma, su religión, sus costumbres, para levantar de la nada nuestros actuales Estados que nada le deben al elemento indígena.

Una cultura nuestra que hoy una revolución se empeña ridículamente en destruir. ¿Qué busca el actual gobierno cuando le concede las herramientas legales necesarias a quienes no se sienten venezolanos ni hispanoamericanos para que desarrollen una autonomía que inexorablemente les llevará a cuestionar su permanencia dentro del propio Estado? Este indigenismo que hoy fomenta el gobierno revolucionario es enemigo de la venezolanidad y de todo aquello que sea hispanoamericano (tan peligroso es que vastos sectores de la izquierda radical buscan su apoyo claramente destructivo para demoler las instituciones a las que no pueden llegar con la razón). No es más que otra muestra de la ambigüedad y manipulación de esta revolución.

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6. La moda de la «reparación de daños» salpica a los «conquistadores» y a «conquistados»: hacia la autocondena

Viendo todo esto, no se puede menos que encontrar muchas similitudes con las herramientas similares que el tragicómico gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, en España, ha dado a los soberanistas catalanes, gallegos y vascos. Tales condiciones no harán más que terminar desmembrando a España en medio de un batiburrillo de confusas nacionalidades.

Porque cuando el señor Rodríguez Zapatero tenga el agua en el cuello, cuando lo asfixie la realidad de ser el jefe de un gobierno sin gobernados, cuando la España que él desgobierna sea un hervidero de reivindicaciones nacionalistas cada vez más radicales, ahí lo veremos planeando con su característica torpeza el cómo y el por dónde aplica su tan cacareado diálogo de civilizaciones.

Mientras, aquí, nuestro país seguirá con su fanática marcha hacia su destrucción, y seguirá difamando aquel día en que una cultura descubrió una nueva tierra para desarrollarse, una fecha en la que se debería celebrar con todo orgullo el origen de quienes somos hoy en día. Porque si queremos responsabilizar a los hombres blancos que cruzaron los mares por sus actos cometidos, entonces también deberíamos juzgar a toda y cada una de las civilizaciones. De exigir responsabilidades por los actos humanos, todas las civilizaciones terminarían siendo duramente juzgadas, desde el principio de la humanidad hasta nuestros días.

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