Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Bocetos, Botella a la mar, Breviario, Misery Loves Company, Relatos

Torso desnudo

Torso desnudo (2005),

Álvaro Rafael.

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En el enorme cartel sin adornos

se leía en enormes y planas letras azules:

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NO HAY POESÍA

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Había sido colocado en la tarde por

dos trabajadores fatigados

incapaces de comprender

el significado aun sin no estarlo.

El cartel se leía desde muy lejos,

pero cuando Antón salió a mirar por la ventana,

tras una jornada terrible en su trabajo

creyó que era para él.

«¿Es que acaso alguien me pagará de alguna forma

la pureza de mis pensamientos», pensó vagamente.

«El tiempo pasa,

y la paradoja del amor está

en que mientras el que ama dedica todo su tiempo

en pensar en su amor,

en ese mismo momento quien es amado dedica su tiempo

a su vida y nada más».

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Caracas, 2000

Álvaro Rafael

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Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Bocetos, Breviario

Rubia sentada en una cama

Rubia sentada en una cama (2001),

Álvaro Rafael.

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Estoy mirando y analizando viejos textos que he escrito (textos anteriores al año 2004). Como eran muchos para colocarlos en una sola entrada decidí crear una categoría llamada Breviario. Allí iré colocando todos esos textos que no deseo que se empolven ni que por cualquier motivo personal nunca se lleguen a ver (y escribir para que nadie te lea es una pérdida de tiempo).

Trataré de cumplir algo: no borrar ninguno.

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Escrito por Álvaro Rafael en Administración, Asides, Bocetos

Tiffany (2008),

Álvaro Rafael.

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Actualización (26 de agosto de 2008): Durante unos minutos de esta mañana el blog estuvo fuera de línea. Al parecer, la empresa que me brinda el hospedaje anda en tareas diarias de mantenimiento de sus servidores, así que puede que (especialmente durante las mañanas y fines de semana) la página tarde en cargar o esté fuera de línea. No se corten las venas: esta medida dura apenas unos minutos.

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Planeta en fuego está en proceso de limpieza y depuración. Considerando el hecho que tendré varios días libres los invertiré en algo divertidamente provechoso: limpiar de este blog (eufemismo: borrar, eliminar, quitar, tal vez modificar) vínculos rotos, entradas innecesarias, etiquetas redundantes y afines inutilidades que pululan por esta página. Quizá modifique algunas entradas, quizá modifique mínimamente el diseño. Eso sí: no eliminaré comentarios (es una descortesía mayúscula incluso para alguien como yo), aunque sí aparecerán menos comentarios en el conteo de la página de Inicio ya que pienso eliminar algunas entradas con varios trackbacks y pingbacks.

¿A qué diablos viene todo esto? Pues el servidor se está cargando de un basurero (o chiripero, Alf dixit) que ralentiza la página en general. Ah, por cierto, pronto escribiré nuevas entradas y subiré nuevos dibujos.

Escrito por Álvaro Rafael en Bocetos, Relatos

La tenista (2008),

Álvaro Rafael.

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1

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Cinco minutos antes de la hora prevista para nuestro encuentro, mientras sacaba dinero de un cajero automático en Parque Central para una cita que esperé mucho que se diera, sonó mi teléfono celular. Era ella. Era la voz de ella. Era la voz que daba forma a las palabras que durante más de nueve meses recibí de ella. El hola que me dio no me pareció tan aniñado y su voz era la de una joven. Quizá, pensé, no sólo sus pensamientos son maduros. No recuerdo qué dije…, tampoco perdí el control: el protagonismo de la llamada era suyo y yo sólo estaba para recibir la información de que me esperaría cerca del medallón de Bellas Artes; el Museo de Bellas Artes, donde inicialmente nos encontraríamos, cerraba antes de las seis, me dijo.

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3

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Al llegar al Ateneo, en medio de la barahúnda que se forma los fines de semanas, comencé a mirar rostros. Buscaba esos enormes lentes que había visto en las escasas fotos que fueron formando la figura de ella. ¿Cómo le parecería yo? Ella también debió formar, con las menos fotos que tuvo de mí, una figura.

La chica de lentes.

La chica de lentes sentada detrás del medallón. Esa fue la primera imagen de ella: sentada sobre un murito, con sus pies calzados en unas delicadas y bonitas sandalias, sobre un suelo seco sin grama.

Allí estaba ella: mi apreciada voz de palabras que al fin se formaba en una coqueta figura. Era ella y ninguna otra más.

Intentamos un abrazo que se sofocó en quizá nuestros nervios que estallaron en el momento. Oía su voz de cerca, su preciosa voz y la miraba a los ojos. Miré su lunar como alguna me dijo que tenía. Le pregunté si había comido, si tenía sed. Me dijo que tenía sed. Caminamos unos pasos: le pregunté por su corrector de espalda, por su pie. A fin de cuentas, teníamos muchas historias que proseguir. Pero descubrimos que la palabra articulada puede ser más difícil de pronunciar que la que se queda contenida en la garganta y se expresa en un alfabeto. Durante algunos momentos permanecimos en silencio…, tanteando la situación, saboreando una realidad desconocida durante nueve meses de virtualidad.

Allí estábamos: dos personas que se conocían «íntimamente» en largos discursos pero que recién se miraban a los ojos. Ella: sus enormes lentes de pasta gruesa y su atractiva manera de mirar con sus ojazos negros. Era una mirada dulce, a mitad entre la ironía y la sensualidad, como muy seguramente hay sólo en las miradas de las mujeres que empiezan a comprender sus sensaciones. Una mirada que delataba su juventud de la misma manera que algunas de sus palabras que me dijo antes de entrar a una función de teatro que se retrasó hasta poco antes de la nueve: no estaba acostumbrada a salir con chicos, nunca había estado tan tarde en la calle, desconocía mucho de los licores y otros le sabían mal. Toda ella era una adorable y bonita chica joven. Incluso nuestro segundo abrazo, más aparatoso que el primero, daba luces de su graciosa edad. Fue cuando me dio mi regalo: un disco que horas después descubriría.

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Cuando la conocí a ella, descubrimiento de emociones, relatos de la primera vez que te vi, el medallón de Bellas Artes