Héctor Rodríguez, ministro para el Deporte, repitió hoy la posibilidad de que las selecciones deportivas de Venezuela cambien de color. Estas declaraciones desafortunadas de Rodríguez no deben tomarse sólo como una muestra de desprecio absoluto hacia el arraigo que tiene este color en la población venezolana, tampoco como ignorancia supina cuando alega que los países juegan con los colores de sus banderas (¿acaso hay azul en la bandera italiana, blanco en la de Alemania y Ghana?), sino que deben tomarse como una señal poderosa del poder ilimitado que tiene el Gobierno y de que ellos pueden hacer lo que les da la gana y no hay quien los detenga. En realidad, a ellos no les interesa el color de la Vinotinto, tampoco el deporte, simplemente quieren desmoralizar a la población (chavista o no), porque un pueblo desmoralizado es más fácil de dominar. Estas declaraciones poco inteligentes de Rodríguez me recordaron Invictus, cuando seguidores radicales del ANC querían cambiarle el nombre y los emblemas a los Springboks, hasta que la aparición de Mandela evitó esto. Y el alegato de Mandela fue simple: los símbolos se respetan por su importancia psicológica para las personas. En el caso de la Vinotinto, somos muchos los que hemos tomado este color como sello que nos identifica en el mundo deportivo. Es como si un día alguien propusiera cambiarle los colores al Barcelona FC o los colores al AC Milan. Cambios han tenido a lo largo de su historia los equipos, pero cuando unos colores y unos símbolos se arraigan en la cultura, eso merece todo el respeto. Ojalá y reaccionen, no veo el día en que nuestro uniforme sea similar a los de las selecciones de Colombia y Ecuador. Pero como ya cambiaron bandera, escudo y nombre del país... (0)

Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social

Adivinadores

No siempre se siente una satisfacción malévola cuando alguien se retracta y admite que tú tenías razón. Hace diez años la política se metió para siempre en las vidas de los venezolanos y las aulas de los colegios no rehuyeron a los debates que se entablaban entre quienes apoyaban a los candidatos Chávez (alumnos y profesores) y Salas Römer (una compañera de clase y yo).

Siendo un colegio de clase media (baja), el argumento de los profesores y los alumnos para apoyar al teniente coronel era que, siendo un militar como Pérez Jiménez (dictador al que citaban con orgullo y desparpajo), acabaría con la inseguridad y aumentaría los salarios de los profesionales (preocupaciones de clase media). Mientras todos ellos pintaban un futuro brillante y prometedor, mi compañera de clase —hija de adeca es adeca hasta que se muera… y, por cierto, su madre se murió adeca— y yo —hijo de copeyanos decepcionados— éramos las ovejas negras del salón, los enemigos del cambio, los rebeldes antibolivarianos y por el contrario advertíamos sobre lo que ocurriría si ganaba el actual presidente: un gobierno autoritario próximo a Cuba y al socialismo fracasado en Europa (comunista), restricciones a la libertad de expresión, liquidación de la diversidad política, control monopólico del poder, militarización de la sociedad, ataque a la Iglesia católica (cosa que a mí sinceramente no me preocupaba ni me preocupa, pero a mi compañera sí), acorralamiento a la iniciativa privada, etcétera. El resto del salón nos tachaba de alarmistas y de dejarnos llevar por campañas de temor que organizaba el antiguo sistema que se resistía a morir. «Nada de eso pasará, no se alarmen, que si él hace un mal gobierno en las siguientes elecciones se vota por otro candidato».

Pues lamento reconocer que mi compañera y yo nunca estuvimos equivocados. Pese a nuestra juventud (tendríamos alrededor de quince años) logramos vislumbrar las intenciones que se veían detrás de la apariencia de cordero con la que se presentó Hugo Chávez por allá a finales de los noventa. Lo increíble es lo que ha ocurrido en estos años con mis compañeros y profesores: todos se han arrepentido, todos. En los últimos días me conseguí con mi mejor amigo, uno de los más radicales entonces —incluso dejó de hablarme por mi oposición original al proyecto de Chávez… que no nació en 1999 sino que se remonta a 1992, cuando Chávez fue sólo una parte de toda una conspiración antidemocrática que propició dos golpes de Estado—, y entre los muchos temas que tratamos salió la política. Le pregunté si seguía apoyando este gobierno, y me contestó que él se había equivocado y que yo tenía la razón. Recordé así a la gran cantidad de venezolanos que votaron por un proyecto que finalmente resultó ser otro; la cantidad de venezolanos que hoy se arrepienten de haber votado por Chávez es tan numerosa que dudo que haya podido vencer en las elecciones de 1999. Personajes que le dieron su respaldo fueron desde Miquilena hasta Orlando Urdaneta (o ¿se olvidan de cómo inclinó su programa de entrevistas en la joven Globovisión al apoyo del entonces candidato del MVR?).

En otra situación hubiese fastidiado pesadamente a mi amigo por darme la razón; en otra ocasión, hubiésemos votado en las siguientes elecciones por otro candidato, pero ahora vemos que el mandato del actual presidente no tiene fecha clara de expiración. En este caso, lamento haber tenido la razón.

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PD: En este momento en que el Gobierno cierra 34 estaciones de radio (y de seguro, serán más) bajo el flojo argumento de democratizar el espacio radioeléctrico, de la amenaza a Internet después de la exitosa campaña #FreeMediaVE en Twitter y de la propuesta de delitos mediáticos presentada por la fiscal general Luisa Ortega Díaz que pretende criminalizar a la propia sociedad al mejor estilo de 1984, es tiempo de expresar y manifestar con claridad, sin miedo ni vergüenza nuestras opiniones políticas. No es tiempo de ambigüedades sino de definiciones. Toda la solidaridad desde este modesto blog a quienes hoy sufren la persecución política, pronto podemos necesitarla nosotros mismos.

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Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política

Leviatán en Puerto Cabello

Lo primero que te enseñan cuando entras a cualquier facultad de Derecho es que la Constitución nacional tiene primacía sobre las demás normas jurídicas del país (pirámide de Kelsen, supremacía constitucional). De esa manera, ninguna Ley o Decreto presidencial puede estar por encima de la Constitución. Lo que acotan algunos profesores es: pero estamos en Venezuela.

Y, en efecto, estamos en Venezuela y sólo en Venezuela ocurren cosas como éstas. En los últimos días hemos visto cómo la siempre sumisa e inservible Asamblea Nacional modificó la Ley de descentralización (que llamarse así ahora es irónico) para revertir los logros que el país había conseguido con la descentralización y transferir la competencia de los puertos y aeropuertos al Ejecutivo nacional… el cual, digamos que «sorprendido» por esta reforma del muy independiente Poder Legislativo, no tuvo «más remedio» que firmar el ejectúse a la reforma de la Ley publicarla de inmediato en Gaceta Oficial.

Los argumentos son totalmente falsos y una bofetada a la inteligencia: desde que 1) tales instalaciones eran utilizadas para fines ilícitos (si esto es así, ¡pues que investiguen primero!) hasta 2) su mal uso por parte de las autoridades locales, yendo a 3) la extraordinariamente estúpida idea de que con esto se buscaba revertir el modelo neoliberal de la descentralización promulgada en la IV República y 4) reunificar el Estado. Ahora bien, habría que decirle a quienes argumentan que fueron ellos mismos quienes aprobaron en 1999 esa Constitución que establecía un modelo político-territorial federal y descentralizado y que el artículo 164 numeral 10 es claro cuando dice lo siguiente:

Artículo 164. Es de la competencia exclusiva de los estados: 10. La conservación, administración y aprovechamiento de carreteras y autopistas nacionales, así como de puertos y aeropuertos de uso comercial, en coordinación con el Ejecutivo Nacional.

Es decir, que si desean que los puertos y los aeropuertos regresen al control del ejecutivo… ¡primero deben modificar la Constitución! Y para los que lo olvidan: esto estaba en la reforma constitucional que fue rechazada electoralmente. ¿En qué cabeza cabe que se puede dictar una Ley que desconoce lo que está escrito en la Constitución? ¿Qué interpretación tan superficial ha hecho el TSJ para que esto sea así? Esto no pueden hacerlo, es un Golpe de estado a la Constitución. Pero, claro, como no contamos con Poderes públicos decentes e independientes, ¿qué ocurre? Silencio absoluto, mutis general.

La razón es sencilla, no deberían mentir tanto nuestros señores diputados, ministros y presidente: quieren quitarle poder a los gobernadores que no son afectos a su Gobierno. Esto es bueno que lo entiendan los amigos europeos que creen que Chávez es demócrata porque llama a elecciones: es verdad, llama a elecciones y el mundo enfoca sus cámaras de televisión y envía sus reporteros a cubrir las elecciones y referenda en Venezuela para que ellos mismos vean la salud de la democracia venezolana, que permite incluso que opositores lleguen al Poder. Pero en cuanto se marchan los periodistas extranjeros, ocurre que el todo poderoso Estado nacional desmantela a las Gobernaciones y Alcaldías ganadas por la oposición. ¿Es esto democracia?

Lamentablemente, Venezuela avanza hacia un Estado cada vez más personalista, en el cual el Poder está en las manos de una sola persona, una sola persona que cada día está más fuera de control y no hay quien le ponga límites, porque a eso lleva la falta de equilibrio de poderes: a la corrupción total de las instituciones del Estado. Es grave. Sólo en Venezuela.

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Grandiosa noción que tenemos del valor de nuestra propia ciudadanía que Vicente Díaz, rector del CNE, anuncia que «vamos a [estar] sorteando una laptop [y] un carro 0 km entre todos los miembros de mesa que lleguen muy temprano». Sabemos que a los venezolanos nos gustan los juegos de azar, ¿no es lo que hemos estado haciendo cada vez que vamos a elecciones desde 1958, apostar el país al peor número? En fin, como un organismo del Estado apela al vicio nacional del juego para que cumplamos con nuestros deberes cívicos, propondría que el sorteo se abriera a todos nosotros, sufridos electorales, que por infinita vez en 10 años nos obligan a ir a las urnas. Personalmente no pido esos premios, me conformo con ganar la renovación de mi pasaporte. (0)