Si faltaba una prueba que demostrara lo esnobista que somos los venezolanos, ésta apareció de la mano de los handheld BlackBerry (es probable que el 99% de los usuarios venezolanos de BlackBerry ni siquiera sepa qué demonios es un handheld). Ya lo escribía hace tiempo: a los venezolanos nos molesta tener dinero y buscamos formas para deshacernos de él. Pero esta moda por los BlackBerry ya sobrepasa el límite del absurdo y la insensatez: dentro de poco tiempo olvidaré el nombre de mis contactos de messenger que lo han sustituido por el famoso BB PIN. Porque la moda de tener un handheld BlackBerry es el famoso pin. «¿Tienes BB pin?» Los esnobistas que tienen un BlackBerry pontifican el uso del BlackBerry diciendo que gracias al pin pueden comunicarse gratuitamente con otros usuarios de BlackBerry. Pero olvidan que para disfrutar de este servicio deben contar con la afiliación a un plan telefónico, y si a eso le sumas que debes mandar mensajes de texto a otras personas que no tienen un BlackBerry, bingo: te has hecho acreedor de una considerable renta mensual para presumir de tener un aparato que, estéticamente, es horrible. Este último detalle se puede pasar por alto si fuese un teléfono útil… pero no es el caso del handheld BlackBerry: si quieres teléfonos buenos compra un Nokia o un Sony Ericsson: cuestan mucho menos y desde estos puedes realizar las mismas funciones: navegar por Internet, enviar correos, enviar mensajes y tomar fotos que serán mejores que las pésimas que toma el handheld BlackBerry. Como ejemplo, esta entrada la redacté y la subí a mi blog usando mi teléfono Sony Ericsson c902. Si quieres reírte un rato sobre este nuevo episodio de nuestra venezolanidad, haz clic en este vínculo. (2)

Aparentar ser ecologista está de moda entre los que actúan el papel de comprometidos y con conciencia por la sociedad y el medio ambiente. El ser ecologista está entre los primeros lugares del ranking para este tipo de personas. El otro día estaba saliendo del mercado y me conseguí a uno. Miró mis bolsas. Torció las cejas y me dijo: «¡Álvaro, estás usando bolsas de plástico! ¿Sabes lo contaminantes que son? Usa bolsas de papel, ¡pardiez!» Entonces le pregunté que cuántos árboles tienen que tumbar para crear una bolsa de papel. Mi amigo ecologista mi miró con profundo odio. Por unos momentos imaginé que mi amigo imaginó que me ahorcaba con una soga 100% de algodón. La paradoja del hombre ecológico es que es capaz de imaginar cómo matar a otro hombre cuando, al mismo tiempo, apoya la preservación de otras especies. Frunció el ceño y se marchó rojo como un tomate de la rabia. La paradoja del hombre ecológico está en que para preservar una cosa tiene que destruir otra. Conozco bien a mi amigo ecologista, y en él hay una autoculpación por el progreso humano. En sus sueños, desearía regresar a épocas primitivas. Es vegano furibundo porque no puede «dañar a un ser vivo», pero al mismo tiempo cuando comíamos juntos por su boca pasaba un holocausto vegetal: sus ensaladas eran de una frondosidad orgiástica y sin piedad. La paradoja del hombre ecológico está en que la vida misma para preservarse requiere alimentarse de otro ser vivo. (5)

Escrito por Álvaro Rafael en Estado social, Misantropías

Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

Parte II

Buenos seres humanos

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Parte I – El precio de la solidaridad

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El deseo de aquel futuro colega de renunciar a todo para ayudar a los más necesitados podría parecer loable, de no ser porque su gestualidad encajaba en el patrón de quien intenta parecer buen ser humano. Muchas veces —sino todas—, bajo el altruismo y las buenas acciones de algunas personas se esconde la vanidad y la egolatría ante la ilimitada posibilidad que tienen de demostrar generosidad y compasión ante un niño desnutrido, una mujer golpeada, un monje budista apaleado, una foca atravesada por un pico.

Imágenes que ciertamente impactan a esas personas, pero por hacerles sentir como seres bondadosos, y que suelen olvidar cuando el interés particular se distrae en otras cuestiones. Imágenes que componen el mosaico de lo que Kundera llama «la historia universal del kitsch» y que llevan a tales personas a conformar un cada vez más numeroso grupo social: los «esnobistas de conciencia».

Lo que mueve realmente al esnobista de conciencia no es la presión moral de ayudar al prójimo (si es que la hay), sino su propia vanidad. Su deseo de verse glorificado. De sentirse el Mesías. Para figurar dentro de la comedia de la solidaridad busca estar rodeado de aquel cuya debilidad sirva para resaltar su «bondad» y sus «buenas acciones», convirtiendo al necesitado en alimento de su vanidad y egolatría. Como el esnobista de conciencia comprende que la vanidad es criticable, la difumina en organizaciones sociales aceptadas; es por ello que el esnobista de conciencia ha encontrado su punto de reunión natural en ONG o fundaciones que, ya sean de derechas o de izquierdas, representan (para el mundo ante quien personifica su papel de «buen ser humano») una causa justa. El esnobista de conciencia publicita ampliamente su colaboración en dichas causas, ya que así es como se integra en la sociedad del espectáculo que es, en definitiva, la que le consagra definitivamente como buen ser humano.

En ese paroxismo de vanidad, muchas ONG y fundaciones fichan a personajes públicos en un afán publicitario para atraer más espectadores a su buena causa, el tipo de persona cuya implicación es más simbólica que real. El hombre afortunado de un país del primer mundo que dedica parte de su vida a las penurias del mundo subdesarrollado es el icono de esta cultura del buen ser humano. Basta con ir unas veces a África y comprar niños en una aldea para llevárselos a una «vida mejor», basta con fotografiarse con la familia multirracial en una revista rosa de ventas millonarias, basta con desnudarse o teñir de rojo la ropa de otros, basta con representar falsos espectáculos en grandes plazas para simpatizar con la causa justa, para ser un buen ser humano.

En la era en la que el espectáculo mueve a las masas, no es difícil imaginar que se haya impuesto la moda por ser mejores seres humanos y la crítica a tales conductas sean tomadas como falta de sensibilidad y ética. En la liturgia que predican muchas ONG, fundaciones o personajes públicos, lo que importa es el ánimo de figurar más por lo que podemos aparentar que por lo que realmente somos. Entonces, la vanidad deja de brillar, barnizada con esta moral del nuevo ser humano.

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Escrito por Álvaro Rafael en Estado social, Misantropías

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Historia real sobre los esbonistas de conciencia y falsedad e hipocresía de las ONG en la sociedad del espectáculo

Parte I

El precio de la solidaridad

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1

Hace no mucho caminaba por las calles de Chacao junto con un futuro colega cuando observamos pegado en una pared el anuncio de una ONG internacional para hacer voluntariado en África.

En una extraña iluminación altruista mi futuro colega se vio a sí mismo en la sabana africana o en el desierto del Sahara, postergando su graduación o cualquier interés particular para darle valor a su pequeña vida en la ayuda a los más necesitados. Bajo el irritante sol caraqueño me sentí momentáneamente acompañado por un Bob Geldof criollo, del que le irradiaban rayitos de amor y bondad de su cabeza coronada por un aura mágica.

Durante varios días más pasé por la misma calle y durante todos esos días pensé que muchos más de los que vieron ese anuncio sonrieron con la misma aura angelical y mesiánica: la vanidad es uno de los motores del Progreso Humano, como diría Sabato transfigurado en el perverso y misántropo Juan Pablo Castel de El túnel, y «se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad». Es la vanidad de la modestia en acción.

—Tengo que llamar, ¡necesitamos ayudar! ¿No entiendes que el Mundo te llama a veces? —diría mi futuro colega; pero como no sé qué diablos pasó por su cabeza, imaginemos que algo así habría pensado porque en efecto anotó el número, lo guardó y al cabo de unas horas llamó a la ONG de ayuda africana.

Imaginemos también cómo fue el cortocircuito que apagó los rayitos de su aura en cuanto comprobó cómo era el asunto.

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2

El asunto es que tenías que pagar 4 mil dólares para recibir un curso de voluntariado en una paradisíaca isla caribeña, rodeado seguramente de negritas en minifalda y con sostenes de coco sirviéndote un mamajuana. Un momento…, lo olvidaba: el pasaje y la estadía por tres meses los pagabas tú aparte, es decir, para realizar tu voluntariado debías desembolsar voluntariamente un promedio cercano a los 6 mil dólares.

Todo sea por amor al prójimo. Pero… y ¿cuándo nos vamos a África?

Espera: una vez concluido el curso, tendrías que regresar a tu casa y esperar (sentado mirando la CNN) que la ONG probablemente te llamara para solicitar la aplicación de tus conocimientos en caso de un probable conflicto bélico.

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3

Es decir, que luego de hacer un curso de 6 mil dólares para aprender a amar al prójimo, debías cruzar los dedos y rezar para que estallara una brutal y sangrienta guerra en algún país africano para ir a amar más aun y en persona al prójimo.

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4

Entonces regresarías de nuevo a la paradisíaca isla caribeña y de allí volarías a África eso sí… ¡esta vez gratis!, lo cual debería compensar el hecho de que abandonas a las negritas caribeñas en cocos para ver a otras negritas menos saludables.

Considerando que nuestro país toma un rumbo de necesitar pronto, no que enviemos venezolanos a hacer voluntariado en otros países, sino que vengan de otros países a hacer voluntariado en Venezuela, y tomando en cuenta que si no eres una señorona que viaja en un Audi con un perrito en su cartera para hacer Tai-Chi en algún club de Valle Arriba (o tal vez en el Petare Country Club), muy pocos en este país (incluido mi futuro colega, como finalmente ocurrió) se pueden dar el lujo de ser buenos seres humanos.

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Parte II – Buenos seres humanos

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