Tirarás con cuantos quieras, pero el amor no lo harás jamás. Canción suave (Despecho No. 2), Caramelos de Cianuro. 1 — Hubo un tiempo en que la mención de esta banda no causaba irritación: eran los tiempos de Harakiri City, el cual considero uno de los mejores discos de rock venezolano, con canciones tan emblemáticas como la anterior y que ha sido el soundtrack de muchos despechados (que nunca fue mi caso, pero me gusta igualmente). 2 — En esta época de sexo fácil y donde abunda por espacios como este la idealización del sexo per se, donde la sobreexposición del erotismo termina por trivializar el juego entre una pareja y, en fin, el sexo se convierte en un cascarón al que se patea sin remordimiento, me uno a la lista de los que consideran el sexo sin amor/cariño o casual como la peor muestra del vacío en que hemos caído. 3 — El sexo sin amor (o, medianamente, sin cariño) es una experiencia terrible y mecánica, la reducción a la simple bestialidad, la renuncia a lo que somos como seres humanos y la bala en la recámara de un revólver que tarde o temprano atravesará nuestras cabezas porque una vez que el hombre entra en el plano de una existencia sin sentido, donde algo tan maravilloso como el sexo se transforma en una rutina de fácil consumo, donde los polos de la vida (Kundera dixit) se tocan, la vida misma no tiene valor. (0)

Escrito por Álvaro Rafael en Anticuarios, Estado social, Misantropías

Av. Bolívar

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Run to the hills

run for your lives!

Run To The Hills*

Iron Maiden

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Cada vez que veo un turista extranjero siento compasión. Con muy pocas excepciones regionales, Venezuela no es un país que trate bien a los turistas (ni siquiera a los nuestros, si no me creen vayan de paseo por el calvario de cualquier terminal de transporte nacional).

Al parecer, cuando vemos un turista nos empeñamos en portarnos peor: una vez presencié cómo un mesonero se burlaba gestualmente de unos japoneses, y, hace algún tiempo, cómo en otro restaurante el cajero le cobraba a unos holandeses el doble. Casos que parecen leves si los comparamos con la experiencia que pasó la agrupación portuguesa Madredeus cuando quedó en medio de una balacera y un intento de asalto en una misma noche y de cómo un comerciante italiano perdió más que su Rolex en la autopista.

Esta tarde, llegando a mi casa, observé a una pareja sueca a punto de atravesar la gran avenida y crucé los dedos esperando que lo hicieran sin llevarse una mala impresión de nosotros.

Pues todo esto que contaré ocurrió meticulosamente así, sin exageraciones: cuando el semáforo peatonal cambió a verde ellos y yo cruzamos, un motorizado que se comió la luz casi se lleva a la chica; del susto y porque la rapidez con la que cambia el semáforo de esta avenida te obliga a correr, nos quedamos parados en la isla de la avenida y, allí mismo, ¡hay un perro muerto desde hace dos semanas! En fin, ya sólo quedaba cruzar tres carrilles para llegar al otro lado, y en eso un hombre que corre se come la luz roja y casi causa un choque múltiple, ganándose el corredor la grosería respectiva que empieza por m… Cuando el semáforo peatonal cambió a verde otra vez… cuatro automóviles se comieron la luz.

Al final, cuando por fin terminamos de cruzar la avenida, el chico sueco le dijo algo gracioso a la chica (todavía nerviosa) para aliviarla. En ese momento, pensé en la anécdota de Nietzsche y el caballo según la versión que cuenta Kundera en La insoportable levedad del ser: estando en Italia, el filósofo alemán presenció la agresión de un caballo y entonces corrió hacia él y lo abrazó para protegerlo y pedirle perdón por la crueldad de los humanos. En ese mismo momento, me provocó correr y abrazar a esa chica sueca y pedirle perdón por comportarnos así con los turistas. ¿Ya ven por qué siento compasión por los turistas?

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* Si conocen la letra de esta canción notarán la parábola.

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Escrito por Álvaro Rafael en Estado social, Misantropías

Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

Parte II

Buenos seres humanos

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Parte I – El precio de la solidaridad

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El deseo de aquel futuro colega de renunciar a todo para ayudar a los más necesitados podría parecer loable, de no ser porque su gestualidad encajaba en el patrón de quien intenta parecer buen ser humano. Muchas veces —sino todas—, bajo el altruismo y las buenas acciones de algunas personas se esconde la vanidad y la egolatría ante la ilimitada posibilidad que tienen de demostrar generosidad y compasión ante un niño desnutrido, una mujer golpeada, un monje budista apaleado, una foca atravesada por un pico.

Imágenes que ciertamente impactan a esas personas, pero por hacerles sentir como seres bondadosos, y que suelen olvidar cuando el interés particular se distrae en otras cuestiones. Imágenes que componen el mosaico de lo que Kundera llama «la historia universal del kitsch» y que llevan a tales personas a conformar un cada vez más numeroso grupo social: los «esnobistas de conciencia».

Lo que mueve realmente al esnobista de conciencia no es la presión moral de ayudar al prójimo (si es que la hay), sino su propia vanidad. Su deseo de verse glorificado. De sentirse el Mesías. Para figurar dentro de la comedia de la solidaridad busca estar rodeado de aquel cuya debilidad sirva para resaltar su «bondad» y sus «buenas acciones», convirtiendo al necesitado en alimento de su vanidad y egolatría. Como el esnobista de conciencia comprende que la vanidad es criticable, la difumina en organizaciones sociales aceptadas; es por ello que el esnobista de conciencia ha encontrado su punto de reunión natural en ONG o fundaciones que, ya sean de derechas o de izquierdas, representan (para el mundo ante quien personifica su papel de «buen ser humano») una causa justa. El esnobista de conciencia publicita ampliamente su colaboración en dichas causas, ya que así es como se integra en la sociedad del espectáculo que es, en definitiva, la que le consagra definitivamente como buen ser humano.

En ese paroxismo de vanidad, muchas ONG y fundaciones fichan a personajes públicos en un afán publicitario para atraer más espectadores a su buena causa, el tipo de persona cuya implicación es más simbólica que real. El hombre afortunado de un país del primer mundo que dedica parte de su vida a las penurias del mundo subdesarrollado es el icono de esta cultura del buen ser humano. Basta con ir unas veces a África y comprar niños en una aldea para llevárselos a una «vida mejor», basta con fotografiarse con la familia multirracial en una revista rosa de ventas millonarias, basta con desnudarse o teñir de rojo la ropa de otros, basta con representar falsos espectáculos en grandes plazas para simpatizar con la causa justa, para ser un buen ser humano.

En la era en la que el espectáculo mueve a las masas, no es difícil imaginar que se haya impuesto la moda por ser mejores seres humanos y la crítica a tales conductas sean tomadas como falta de sensibilidad y ética. En la liturgia que predican muchas ONG, fundaciones o personajes públicos, lo que importa es el ánimo de figurar más por lo que podemos aparentar que por lo que realmente somos. Entonces, la vanidad deja de brillar, barnizada con esta moral del nuevo ser humano.

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Escrito por Álvaro Rafael en Anticuarios, Botella a la mar, Relatos

Luxemburgo

Atardecer en Luxemburgo (2008),

Ana Victoria Morales.

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Se preguntarán qué hace una artista venezolana en Luxemburgo; pues si lo hacen es porque estuvieron atrapados en una cápsula del tiempo por allá en 2002 y no llegaron a enterarse de que PDVSA (y el país en general) se convirtió en la primera exportadora de venezolanos (padres, madres e hijos venezolanos se mueven por los rincones más exóticos en busca de nuevos empleos).

Me pongo últimamente bastante íntimo en este blog. Ya que me lo permito y ustedes son fieles y estimados lectores que siguen leyendo, unas cuantas cosas que contar, ya que estamos en intimidad: mañana cumplo años… veamos cuántos se acuerdan o mandan mensajes. Oh sí, el peso infinito del ser signo cáncer (¿cuál era mi signo en el calendario maya? No me acuerdo, sonaba a todo volumen la voz de Kuámasi aquella vez que mi lectora del tarot sacó mi signo y no se lo he vuelto a preguntar porque, después de aquella extraña noche, desapareció… ¿Será que ha tomado precauciones extremas de esconderse para esperar el fin del mundo según los mayas?).

Otra cosa: he descubierto la razón de por qué esta entrada se está llenando de comentarios en las últimas semanas: es porque si escriben la palabra CICPC en google.com.ve, ¡mi blog aparecerá en la primera página! Hagan clic aquí para que vean el ejemplo. En todo caso, esta entrada se está convirtiendo en una válvula de escape de quejas.

Post-otra cosa: si son buenos lectores de mi blog habrán descubierto que en la barra lateral (barra lateral —>) hay una ¡NUEVA SECCIÓN! Se llama Al borde, y allí colocaré las entradas que me den ladilla extender y/o las muy personales que me den más ladilla extender y/o las referentes a la administración de esta página o las minientradas que no valgan la pena extender. Ok, pero no era eso lo que les quería contar: sino que si son buenos lectores habrán notado que estoy haciendo trabajo comunitario (?) en la Fiscalía General de la República (pues sí, la misma por donde se mueve aka Giovanni Vásquez y los demás culebrones penales), lo cual me tiene en una de David Blaine contra el sueño.

Epílogo: como colofón de esta entrada insustancialmente personal, les comento que sigo leyendo La ignorancia de Milan Kundera, Frankenstein de Mary W. Shelley, releo mi biblia La insoportable levedad del ser también de Kundera, escribo este ejercicio literario y hago este dibujo que tiene importancia para mí. Por algún motivo ando escuchando música lenta estas noches, quizá trate de querer detener el tiempo; pero, ¿de qué vale hacerlo si todas las noches duermo solo como las otras noches? —sí, es un plagio burdo de I Know It’s Over de The Smiths, una de esas canciones que ando reproduciendo constantemente por acá; qué mal ejemplo soy: ¡pido que no escuchen la canción que yo escucho todos los días!—. Por cierto, quería que la Eurocopa la ganara los Países Bajos (ahora voy a España). En fin, nada más que contar en estos momentos, estoy cansado, buenas noches…

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