Escrito por Álvaro Rafael en Misery Loves Company, Relatos

Los árboles

Recordando, recordándome

distraído, disfrazándome

El payaso

Sentimiento Muerto

Nota: este es un ejercicio literario sobre una experiencia real; sin embargo, los demás personajes no son necesariamente reales.

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Observo la fila de árboles adornados con lucecitas que bordea la oscura avenida. Cierro mi chaqueta, es la semana más fría que recuerde y estoy aquí, de pie a la puerta de su edificio, esperando que sean las 10.00 pm. Es muy temprano para llegar, trato de esperar con tranquilidad; aunque, sospecho, también estaría esperándome con ansiedad desde que nos conseguimos, de manera casual, la semana pasada. Los detalles del encuentro no los recuerdo, la sorpresa tiene la capacidad de difuminar los momentos que tantas veces soñamos y que, cuando ocurren, deseamos cumplir con oficinesca frialdad. Sé que le pregunté si seguía viviendo en Montecristo; , me respondió. No sé cómo fue la invitación, pero ahora voy a su apartamento y le llevo el disco de Sentimiento Muerto que me prestó años atrás, justo el día anterior a que discutiéramos y se esfumara sin que yo imaginara que los días se convertirían en años.

La vida suele encerrarnos en un círculo de pocos escenarios: a los cinco años viajaba arrastrado por mis padres para pasar la Navidad en el apartamento de unos amigos en Montecristo, y en ese momento mis hermanos oían en sus walkmans canciones de Sentimiento Muerto. A los veinticinco años leía en el taller de narrativa un cuento improvisado sobre mi [falso] primer recuerdo titulado Los árboles, y que trataba de cuando viajaba arrastrado por mis padres para pasar la Navidad en el apartamento de unos amigos en Montecristo. Diez años después de la lectura atroz de ese cuento que deseché, la temperatura tan baja de ahora sirve para evocar mi auténtico primer recuerdo: una enfermedad sin diagnosticar y en la que padecí alucinaciones, y mientras tanto en mis audífonos revienta Sin sombra no hay luz, el disco que devolveré en unos minutos tras un largo tiempo empolvándose en la estantería de sus memorias.

Recuerdo que el cuento Los árboles comenzaba:

Observo la fila de árboles adornados con lucecitas que bordea la oscura avenida. El auto se detiene, mis hermanos apagan sus walkmans y las caras sonrientes de una pareja, amigos de mis padres, se asoman por la ventana. Varios regalos nos reciben en lo que sería la velada más aburrida de cada diciembre.

En aquel diciembre del cuento, sin embargo, omití contar que estaba convaleciente de la enfermedad. Tal vez por ello la pareja fue generosa con mis regalos y la atención que me dieron fue, a mi pesar, muy efusiva. En realidad ni tuve oportunidad de resistirme a tanto cuidado: estaba agotado y tenía tanto frío que regresé a la habitación de la clínica. Los médicos, para bajar la fiebre alta de la enfermedad, me sumergían cada día en aguas heladas. De esos baños emergía como en un pozo, frío y profundo, y pronto caía al final otra vez. En la parte superior una enfermera me observaba, y entonces dejaba caer un cubo que contenía el frasco de compota con el que me alimentó durante la estancia en la clínica. Una semana después salía sano y sin secuelas, y los médicos despacharon el diagnóstico como una virosis. Pero el recuerdo de esa experiencia nunca curada regresa vivamente en cada momento de frío intenso, que me deja paralizado y me lleva a perder incluso la noción del tiempo y el espacio. Ya entiendo por qué en Los árboles preferí centrarme, en cambio, en esta anécdota:

Entonces el padre de familia, disfrazado ridículamente de San Nicolás, culminaba la velada sacando de su bolsa enorme y flácida caramelos que lanzaba al aire para que sus hijos y mis hermanos se mataran por recogerlos del piso. Yo, al contrario, los miraba desde un lado.

El disco llega a su final. Consulto la hora en mi reloj y veo que es muy tarde: han pasado varias horas sin que yo lo notara, es casi medianoche. Mi pulso es caótico por el frío y, titilando, camino a trompicones hacia su apartamento. Pienso si aquel recuerdo falsamente primigenio que escribí en Los árboles realmente ocurrió o si fue producto de la fiebre. Quizás cuando llame a la puerta, y ella aparezca, yo despierte en mi casa temblando en una noche muy fría y descubra que este momento es, como me ocurre en muchos momentos de frío desde aquella enfermedad, una simple alucinación.

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Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Estado social, Misantropías

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1

Christopher Titus es un maestro del tuning y comediante californiano protagonista del vitriólico y autobiográfico sitcom homónimo Titus (cancelado en 2002). Hijo de divorciados, Titus mostraba en la serie a su padre como un alcohólico e incorregible mujeriego y a su madre como una esquizofrénica e irresponsable ama de casa que dio a parar en un asilo mental.

En uno de sus monólogos más ingeniosos, Titus comentaba que más del 60% de la población estadounidense actual ha crecido en un hogar disfuncional, por lo cual la imagen de la familia feliz y sonrosada que se reúne entorno a una mesa con un enorme pavo para la cena de Navidad es… ¡anormal! (expandir para ver nueva familia disfuncional).

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2

Hace poco recibí la llamada de M.

Así como yo, M. pertenece a esa primera camada de los divorcios/separaciones masivos de finales de los ochenta y principios de los noventa. Así como yo, tiene unas creencias anticonvencionales con las que analiza el mundo de manera distinta (o perversa, diría la gente) a cómo lo hacen quienes aún giran entorno a una mesa y se divierten con la rutina. Dentro de nuestra «normalidad», hay determinadas fechas que no van con nosotros. Dentro de nuestro modo de analizar la vida, la Navidad constituye la mejor muestra de anormalidad.

La felicidad preempaquetada, las sonrisas forzadas y las felicitaciones por un año entrante que juramos sin argumentos que «nos irá mejor» son etiquetas que en nuestro empaque vital no se adhieren. «Es más de lo mismo: tan sólo cambiamos un mes por otro y todo sigue igual», agregó M. Consumismo desbordado en tintes rojos con figuras adiposas de un invierno nevado y distante. Renos made in China. Pinos de plástico. Odiosas hallacas, odiosas gaitas. Necesidad de aparentar felicidad ante cualquiera así el mundo se esté desmoronando bajo nuestros pies y la inflación venga a reclamar el próximo año lo que gastamos hoy. Ingredientes de un convencionalismo más añejo que una botella del terriblemente malo Ponche Crema.

Este paroxismo de alegría impuesta no va con quienes razonablemente no compartimos (ni queremos compartir) tales convencionalismos. Quizá sea un poco de escepticismo que llega después de los veinte, pero mirando en retrospectiva notamos que en aquellos años en los que «disfrutábamos» la venida del falso niño Jesús éramos parte de una muy elaborada representación en la que incluso nuestros padres venían con felicidad preempaquetada (lo que llamo emoción plug-in). Con los años, hemos aprendido a reconocer las obras simuladas y el encanto navideño ya se agotó.

No es necesario que llegue el mes de diciembre para sentirse satisfecho ni como excusa para saludar a alguien que realmente se aprecie (particularmente, todo el año una llamada, un mensaje de texto que envíe o reciba, una invitación a salir es bien valorado). No vengan con que en diciembre uno es (o debe ser) más feliz… Quizá el frío tense la boca y eso parezca una sonrisa, pero no lo es. Seguramente esa noche, como M., salga como todos las noches a caminar un rato y mire patinatas y encuentre reuniones.

Así como Christopher Titus, estaré viendo la mejor representación de lo no-normal.

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