Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política

Diputados del PPT

En la década pasada a un fallecido diputado del MVR le fue impedido el acceso al Parlamento italiano porque no llevaba corbata. Hay una fábula china que habla de no juzgar a las personas por sus vestimentas, pero llegar al Parlamento vestido con tanto desorden, como en la foto se ve a los diputados del PPT, me resulta una muestra de improvisación, dejadez e indiferencia para quienes tienen la tarea de crear las leyes que van a regular el comportamiento de la sociedad (aunque bueno, estamos en Venezuela y las normas acá no las hace el Legislativo sino el Ejecutivo y, de paso, esas leyes son peores que las vestimentas de quienes pueblan la Asamblea Nacional).

En los Parlamentos de los países estables no hay una sola alteración en la manera de vestir y, cuando las hay, son titulares de prensa. En otros países, en especial los de tradición anglosajona, a determinados actos se acude con toga. Si bien los uniformes pudieran parecer una muestra de sumisión a la autoridad y anulación de la individualidad, en el caso parlamentario (así como en el judicial) la uniformidad destaca la igualdad ante la Ley que debe regir en los países que pretenden ser serios. No se puede pretender asumir que el descuido sea progresista o revolucionario, ni podemos esperar que la Ley sea firme, solemne y rigurosa cuando quienes la crean dan la impresión contraria. Cada vez que miro a nuestros diputados, siento vergüenza de la falta de solemnidad que demuestran. No es para menos que tengamos el país sumido en tal desorden cuando quienes tienen el poder de gobernar dan tan mal ejemplo.

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Escrito por fabiancoelho en Estado de política

Rómuli Gallegos - Los poderes

Por Rómulo Gallegos

Para determinar de un solo rasgo el carácter de nuestros gobiernos bastaría apenas indicar, en el desequilibrio de los tres poderes que lo forman, cuál de sus funciones respectivas tiene preeminencia en la función total.

Nuestros gobiernos han sido esencialmente ejecutivistas. Al poder Ejecutivo han estado siempre subordinados los otros dos, Legislativo y Judicial, debido a una inversión de los términos cuyo origen pareciera estar en la misma Constitución, aunque su verdadera causa está en la propia alma nacional.

El expediente de la refrendación que incumbe al Ejecutivo, de las leyes promulgadas por el Poder Legislativo, ha sido la brecha abierta a la irrupción del personalismo.

Este ha dado todo lo que de por sí podía dar, favorecido por el amplio espíritu liberal de las instituciones —cuya bondad se ha convertido en próvida fuente de males—, y por el otro expediente familiar de las revoluciones armadas como único camino abierto a todos hacia el poder. Aquel espíritu de republicanismo puro, declara a todo ciudadano capaz de ejercer el poder supremo; esta forma de lograrlo, favorece en más la audacia del aventurero, que los méritos y aptitudes de quien acrisoló su destreza en el estudio y su conciencia en el deber.

De aquí la paradoja política de nuestra República; liberalismo en la ley, autocracia en su aplicación, y de aquí que haya sido siempre cuestión de azar, obtener un gobierno capaz de orientar por rumbos de patriotismo una labor cuya iniciativa ha estado reservada a un hombre solo.

Y será cuestión de azar mientras un hombre sea la solución y una voluntad la única capaz de realizar el prodigio. Entre tanto, nada valen las fórmulas, constitucionalidad o dictadura significan lo mismo; siempre habrá que esperarlo todo de quien las ejerza, siempre tendrá quien las ejerza todos los caminos abiertos, y el calificativo será siempre del hombre y no del sistema.

Extraviados van también los que pretenden llevar a cabo reformas, dando a este rasgo personal de nuestra nacionalidad que parece definirla, entidad de carácter irreductible, sin tener en cuenta que este nuestro ejecutivismo, no es más que un producto del momento histórico, un estado de transición hacia ulteriores formas definitivas y luego que nada habremos ganado elevando a la categoría de derecho el abuso, sancionado este funesto predominio del Ejecutivo porque el mal no proviene de que las funciones de éste se hallen coartadas por las del otro Poder Legislativo, sino de lo contrario precisamente y en este sentido es que deben orientarse las aspiraciones de los reformadores.

Nuestro ejecutivismo no es un producto de una causación social, sino la forma más fácil de preponderancia de un individuo y si algo hay que destruir es esta funesta privanza, elevando los otros poderes a la categoría de entidades reales.

La experiencia nos acaba de enseñar otra vez, cómo fue de fatales consecuencias para el país, aquella atribución omnímoda que se arrogó el ex-presidente [Cipriano] Castro, de legislador y juez supremo, creando leyes que a él sólo le favorecieran, administrando justicia según su propia conveniencia.

Y Castros habrá mientras el presidente de la República no vea en torno suyo más que hombres dispuestos a todas las transacciones y nombres sin valor de poderes irrisorios, y —es necesario decirlo— bondad será de quien ejerza el Ejecutivo reconocer en los otros la soberanía que hasta ahora no han tenido.

Para dársela sería necesario que el pueblo escogiera los hombres que han de representarlo en el Legislativo, libremente y entre los que no tomen parte en la política militante del momento y sean capaces de triunfar de todas las insinuaciones para el cumplimiento del deber; y será necesario escoger los jueces entre los íntegros… Para que estos poderes, el Legislativo y el Judicial, conserven su soberanía y sean autoridad sobre el Ejecutivo, será necesario que el pueblo no delegue la suya incondicionalmente en las manos de un solo hombre.

Y será necesario que la prensa se apreste a llenar el vacío que ha dejado su misión, capacitada de su deber ilustrando las multitudes en la noción de sus deberes y derechos, encaminando los pasos del tropel ignaro por senda de convicciones, cultivando el antiguo heroísmo en nuevas cepas de civismo.

En la revista La Alborada, número 4, marzo, 1909.

Nota: se ha mantenido total fidelidad al original. Los subrayados son nuestros.

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Rómulo Gallegos, ensayos, opiniones políticas

Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social

Asamblea Nacional de Venezuela

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Manipulaciones sobre la reelección continua en Europa » Uno de los argumentos más empleados por el Gobierno para justificar la reelección indefinida-continua-perpetua es decir que en Europa también hay reelección indefinida.

Dentro de esta argumentación hay varias manipulaciones y verdades a medias dirigidas a engañar al ciudadano promedio que sabe muy poco o nada sobre la política europea o internacional.

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1. En efecto, la mayoría de los sistemas políticos europeos no limita la cantidad de veces que un funcionario puede aspirar al mismo cargo (reelegirse). Sin embargo, el Gobierno nacional omite deliberadamente el hecho que en Europa hay sistemas parlamentarios y no sistemas presidencialistas como el nuestro.

2. Los sistemas parlamentarios son flexibles y están ampliamente regulados, controlados y limitados en sus funciones, a diferencia de los sistemas presidencialistas que son rígidos y en los que el Poder se concentra casi absolutamente en un solo hombre.

3. Los sistemas parlamentarios pueden llegar a su fin antes de las fechas pautadas para las siguientes elecciones, según las circunstancias sociales y políticas del momento. Es por ese dinamismo que se permite la reelección continua, como manera de estabilizar gobiernos, ya que son sistemas cuyos parlamentos están en constante renovación (a diferencia de nuestro estático sistema que no permite adelanto de elecciones).

4. Los períodos de gobierno en Europa suelen ser cortos y ningún político de la Europa occidental (que se coloca de modelo para justificar acá la reelección indefinida) aspira permanecer más de 20 años en el Gobierno (como lo ha declarado con desparpajo nuestro Presidente).

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Cuando el Gobierno saca a relucir este argumento falaz de la «reelección en Europa» lo que busca es desvirtuar las críticas provenientes de países europeos para una enmienda que lo que busca claramente es entronar a un hombre en el Poder político venezolano hasta el fin de sus días. Y para ello, el Estado no se ruboriza en manipular a sus ciudadanos con historias a medio contar ni siente culpa de engañar a los que no conocen la realidad europea y la conveniencia de los sistemas parlamentarios.

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Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social

Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

Desfile militar

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1. El militarismo latinoamericano

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Mientras el mundo en general progresa de la mano de la tecnología, Latinoamérica, en general, sigue viviendo en un profundo retraso económico, político, cultural y social. Dejemos a un lado las excusas complacientes y centrémonos unos minutos en nuestra historia común.

¿Por qué mientras Estados Unidos es el país más avanzado del mundo sus vecinos del sur seguimos en el atraso? Basta con ver la Historia: mientras los revolucionarios estadounidenses una vez acabada su Guerra de Independencia dejaron las armas y subordinaron el poder militar al poder civil, en nuestro caso ocurrió lo contrario: el poder civil nunca creció y siempre, hasta nuestros días, estuvo sometido ante un poder militar que, sin sonrojarse, se creyó dueño y continuador de nuestras luchas independentistas, lo cual lo facultaba para acceder y controlar al poder.

En la mente de nosotros, los latinoamericanos, se fue conjugando la dependencia absoluta al elemento militar. Eran los militares a quienes los civiles recorrían para salvar patrias o para refundarlas. Las leyes, en lugar de recoger el afán civilizador, se convirtieron en manuales de uso a discreción para los caudillos de turno.

Hace unos años los venezolanos votaron a favor de un militar que traería orden a un país arruinado por «gobiernos civilistas corrompidos». Fue un error. Ahora, muchos de esos venezolanos claman el retorno de otro militar para que solucionen el problema que muchos de esos mismos venezolanos causaron.

La solución no está en los militares, los militares son la causa del problema.

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2. ¿Para qué sirven los militares?

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Ahora, para nada. El militar latinoamericano se formó no tanto para la guerra (que, al fin y al cabo, nunca las hemos sufridos como los europeos, quienes aun así han logrado levantarse para vivir en la prosperidad) sino para dos cosas: controlar el poder mediante golpes de Estados o acceder a posiciones de poder que les beneficien personalmente. Así de sencillo. El hombre latinoamericano que ingresa en la milicia no lo hace para defender a su querida patria de guerras posibles: entra a la milicia para acceder al poder o para ubicarse en posiciones que le sirvan personalmente.

En los actuales momentos, un golpe de Estado es una acción política desprestigiada y reprochable. Sea de derechas o de izquierdas, ningún dictador, en los actuales momentos, podrá escapar de la condena internacional, la cual se propagará con una rapidez que no había anteriormente cuando había golpes a diario. Un Pinochet en la era de la Internet, de la televisión satelital masificada o de la justicia globalizada no habría durado meses en el poder.

La función actual de los militares, así, se ha dirigido exclusivamente a la ubicación en zonas de poder, con toda la podredumbre que ello implica. Un militar de hoy, sabiendo la imposibilidad de las guerras, dirigirá su atención al control de lo único que justifica su existencia actual: el poder, el poder político. Resulta ingenuo creer que un militar hará un buen gobierno porque un militar no actúa como un civil, está construido para no pensar (y pensar es el requisito fundamental para hacer un buen gobierno). El civil disiente, escucha; un militar, no. El militar está hecho para obedecer órdenes y darlas. En su pensamiento altamente jerarquizado radica la facilidad con la que se le corrompe: el militar tenderá a situar en lugares de poder a sus allegados, a los cuales dirigirá de forma cuartelaria, que es la única forma natural que conoce. Un militar, a diferencia de un civil, no dialoga: decreta, impone, ordena, su voz no puede ser contrariada porque ello sería un desacato a sus órdenes, y así, con tanto poder en sus manos que va acumulando, la corrupción es el resultado a esperar.

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3. Los militares no son la solución, son el problema

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Venezuela, y Latinoamérica en general, ya no necesita de ejércitos. Para avanzar como naciones civilizadas, lo que debemos es desterrar de nosotros la figura del caudillo y construir un verdadero hombre nuevo que no se levante en base a las armas sino al respeto absoluto a las leyes. La figura del militar bueno, la figura del militar progresista, seguirá engendrando más problemas y ninguna solución. Nuestros militares, en la actualidad, ante la ausencia de guerra (su motivación existencial) están únicamente para dominar de manera corrupta y absoluta el poder.

La salida para el actual gobierno no es la sustitución del teniente coronel Chávez por otro militar (un supuesto militar bueno), ya que ello sólo estaría legando un problema a nuestras futuras generaciones, les estaría arrogando a ellos nuestros errores. Estamos padeciendo en estos momentos la culpa de nuestras generaciones anteriores, tratemos entonces de extirpar de nuestras conciencias la ingenua e imposible concepción del caudillo bueno y comencemos a desarrollar un espíritu cívico y democrático que se oponga a todo tipo de militarismo que, por su simplificación de las cosas (parafraseando a un colaboracionista-militar venezolano), es esencialmente antidemocrático y totalitario.

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