Escrito por Álvaro Rafael en Relatos

Caracas negra

1

Dejo correr el disco hasta que termine. Últimamente, me acuesto en la cama y dejo que el reproductor lance canciones al azar. Pasa una, pasa otra. No le presto atención a ninguna; sólo es ruido que intenta mitigar mi intranquilidad. Esta noche suena Psychocandy de Jesus and Mary Chain. No quiero que el disco termine. Después de la última canción ya no tendré en qué ocuparme. Pero ocurre, termina y decido salir a caminar. Son casi las 9 pm y mi cabeza es un hervidero. Es el viernes que termina una semana de inquietud tal vez exagerada. Exagerar. Cuando no quedan más atributos que hallar en una ciudad como la nuestra o en la vida propia lo único que queda es exagerar. Tomo las llaves y salgo de mi apartamento, sin pensar en los riesgos que, según dicen, corremos por la insolencia de querer pasear por nuestras calles.

Salir a caminar un rato quizá me alivie. Llegar hasta Subway de El Rosal y comer hasta que las sillas volteadas sobre las mesas me indiquen que ya debo irme. Esta noche los empleados toman formas menos discretas: pugnan a gritos entre ellos para ver quién cierra la caja, suben la música hasta el borde de la sordera y recuerdan con mofa a algún cliente del día. Gritar. Burlar. Cuando pasas todo un día recibiendo órdenes de cientos de personas los últimos treinta minutos de la jornada deben ser los más esperados para recobrar el orgullo.

2

Camino hasta Chacaíto y me siento en plaza Brión para observar a la gente que la ha adoptado como suya: parejas sin dinero ni espacio propio que aprovechan la oscuridad para llevar una mano indiscreta sin ser juzgada, vagos que hurgan en la basura la comida aún fresca y putas que empiezan a salir a ganarse la vida.

Pasa a mi lado un joven predicador que anda entregando volantes para su iglesia: me mira y sigue de largo hasta interrumpir el silencio de otra persona. A sus ojos mi alma ya no tendrá remedio.

3

Transcurren unos minutos. Un joven desarrapado salta las cadenas de Beco, se sienta junto a las escaleras mecánicas apagadas y saca de su bolsillo una pipa de crack. No lo juzgo. En cierta medida huimos de la misma realidad. Me levanto y camino en dirección a Sabana Grande. Un antiguo cine ha sido tomado por una poderosa iglesia evangélica. Enfrente la feria de comida Broadway me conduce a mi infancia cuando los domingos mi mayor preocupación era elegir el restaurante de turno. Ahora un casino o bingo ha ocupado los lugares y los trabajadores, con esos ridículos trajes de colores, se arremolinan en la salida. La jornada ha concluido para algunos y entre gritos de felicidad planifican la rumba de la noche: ir a beber o bailar salsa o vallenato en alguna discoteca de la avenida Solano. Claro, es día de paga y hay que hacer uso de ese dinero. La semana que viene es aún lejana, la preocupación por no tener un centavo durante esos días puede esperar.

Llego hasta la esquina, el semáforo peatonal está en rojo, me detengo, observo el edificio en cuya planta de día hay una restaurante. De noche se abren las puertas del Volta, donde hombres entran y salen buscando las putas baratas de este famoso burdel. Una motocicleta de la policía estacionada indica que son permisivos o que cobran por la seguridad. Siempre he creído que si los policías son arrastrados al crimen es por el abandono al que son sometidos.

El olor a basura pegada en las aceras me irrita y me produce náuseas. Decido regresar a Chacaíto y entro a la estación de Metro y sorpresa: el parlante anuncia que el retraso de más de quince minutos se debe a que un desequilibrado ha entrado a los túneles. Minutos después voz diferente indica que por problemas eléctricos causados por el nuevo apagón general debemos desalojar la estación. La improvisación se ha apoderado del Metro incluso para mentir. Maldita sea. Salgo y los taxis de la línea no dan abasto a la demanda.

Entonces camino, no hay más remedio que cruzar el bulevar de Sabana Grande. Cuando estás abstraído en tu propio infierno no piensas en la famosa peligrosidad de las calles. Incluso a veces he soñado en salir a buscar una riña. Molestar a algún borracho o intentar entrar a la fuerza a un bar. Que te apuñalen es mejor que ahorcarse. La reencarnación y el karma son siempre opciones que no se pueden despreciar.

Es una noche movida: el Caracas FC ha jugado un partido adelantado y los fanáticos se esparcen por las proximidades del estadio olímpico. Es un grupo bullicioso, aunque el equipo no haya ganado. Se concentran frente al McDonald’s de Plaza Venezuela niños con sus padres. Para mí la ubicación es diferente: se concentran sin saberlo frente al Bar-Hotel Tiburón, bar de chicas donde se grabó El pez que fuma.

4

Tantas noches para caminar y he elegido esta del caos. Noche del caos. Caracas negra. Un tipo extraño se me acerca y me pregunta la hora. Subo mis mangas para indicarle que no llevo reloj. Se marcha. Sobre nosotros se levanta la torre La Previsora con su enorme reloj electrónico que marca la medianoche. Quizá me analizaba para un robo. De ser así perdí la oportunidad que buscaba de pelea. Por fin pasa un taxi y estiro la mano: como siempre ocurre, la solidaridad de los taxistas huye cuando el Metro colapsa y el precio que me da triplica la tarifa normal. Detengo otro, luego otro; espero al taxista menos deshonesto y entonces subo.

El taxista me cuenta generalidades: las fallas del metro cada vez más continuas, la política, temas que son de su interés en este momento pero yo ni siquiera finjo ni me interesa fingir que le presto atención. Miro en cambio las luces de la fuente de Plaza Venezuela. Un vago está dormido a mitad de la plaza. Sobre él hay un cartel de Caracas segura o algo así. Imagino cuánta gente se abstiene de salir a caminar por Caracas porque sienten la hoja del cuchillo en la garganta. En ese momento me veo a mí mismo: salir a caminar me ha costado mucho. Tal vez mañana vuelva a caminar. No lo sé. Esta ciudad se empeña en alejarnos de ella.

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Escrito por Álvaro Rafael en Relatos

Un hogar para Mónica

1

Matías suelta el alzapaño y la brisa de la mañana dominical penetra sacudiendo las cortinas. ¡Qué gustosa vista! Desde su ventana se aprecia gran parte de la ciudad y abajo en el jardín del edificio la hierba resplandece y se mueve con deleite. Matías se sienta en el vano de la ventana para observar ese diminuto baile. La hora temprana en la que los demás vecinos todavía descansan le confiere a esa danza un aire de intimidad, de que lo hacen sólo para él. La brisa entra al apartamento, se escurre entre las copas vacías puestas sobre la mesa y levanta levemente las sábanas bajo las cuales Mónica aún duerme plácida en un mundo tan ajeno a él. Ella llegó ayer con implementos para la decoración de su pequeño apartamento de un solo ambiente y se ha quedado a dormir. Aún la recuerda la tarde anterior bailando detrás de unas cortinas rojas que ella compró por sorpresa. Pintando. Colocando nuevas alfombras. Matías la miraba en todo momento con una mezcla de deleite y temor que no supo cómo contarle lo que quería: hace un mes la casera le llamó para informarle que su hijo terminó de estudiar y regresaría la semana siguiente a la capital para ocupar el apartamento.

Matías al principio sintió despertar una rabia que no sentía desde la adolescencia, pero pronto una especie de resignación optimista le llevó a aceptar que no era la primera vez que le echaban de un apartamento. Vive solo desde que cumplió la mayoría y siempre ha salido adelante. Le daría la noticia a Mónica y sería la ocasión para vivir juntos. Para inyectar nueva energía a una relación que empieza a languidecer en la rutina. Por eso la invitó a pasar el fin de semana en su apartamento. Por eso compró una botella de champaña para celebrar. Pero nunca esperó que fuese ella quien se adelantara con otra noticia: acaba de recibir una oferta de trabajo tentadora —y, aunque no se lo dijo, es seguro que tenga que marcharse del país—. Mónica le abrazó con alegría, le besó en la frente y descorchó la champaña para celebrar su posible ascenso, y al oído le susurró a Matías que de ahora en adelante las cosas serían mejores.

La mira en la cama y quiere que no despierte, quiere que siga viviendo en el extraño tiempo del sueño. Quiere dilatar una confesión que acabaría con la fantasía de la decoración y de la noticia de Mónica. Y que acabaría con muchas cosas más. Duerme. La realidad suele contener palabras amargas.

2

Sabe muy bien que toda esta decoración es el principio del final, porque ya lo ha vivido en el pasado. Hijo único de un comerciante desafortunado, su hogar (siempre de alquiler) había variado por el azar de los negocios de su padre y por la voluntad caprichosa del casero de turno. Todas las esquinas de la capital las había recorrido junto con sus padres hasta llegar a sentirse de ninguna parte. Las personas de su alrededor no eran más que los transeúntes de una realidad efímera y al mismo tiempo desagradable. Así, sus amigos eran pocos, pasajeros y uno que otro le reprochaba sin querer que él y su familia vivían a las justas y a la deriva de los disparates comerciales de su padre. Porque en todo momento pesaba sobre su familia la angustiosa amenaza del desalojo y sus padres, para disfrazar ese sentimiento, frecuentaban decorar el apartamento para dar la impresión de un mañana que esperaba muy lejos, un futuro tranquilo y estable. «De ahora en adelante las cosas serán mejores», le decía su madre. Matías sin embargo no se dejaba persuadir por ese optimismo maternal y en cambio nunca sintió esa estabilidad propia de quien se sabe con un hogar. Nunca les faltó nada, pero tampoco tuvieron nada.

Cada diciembre, mientras sus amigos se dedicaban a redactar largas cartas para la Navidad, Matías contaba los días en que el dueño del apartamento de entonces llegaría para renegociar el contrato. Una vez se escondió detrás de las cortinas y oyó que la dueña de uno de sus apartamentos preferidos y en el que estuvo más tiempo le dijo a su padre:

—Podemos llegar a un acuerdo sobre el nuevo precio del alquiler. No es mi intención que usted y su familia terminen en un rancho.

Matías la odiaba y quiso saltar sobre aquella mujer que había llegado a ver como una bruja de cuentos de hada. Esa amenaza abstracta de vivir en un sitio que la vieja describía con una inyección de asco, fracaso y compasión le inquietaba, pero tanto menos que ver a su padre abatido y derrotado ante una viuda marchita en una profunda tristeza. Sentía una complicidad silenciosa hacia él y una deuda ante sus sacrificios que sólo podía retribuir mediocremente con cariño que, sin embargo, su padre no compensaba: cada vez que llegaba del trabajo, Matías saltaba sobre él con los brazos abiertos. Su padre, tan cansado, apenas si podía corresponder con una sonrisa débil y luego se desfasaba de los brazos de su hijo. En realidad nunca había sido afectuoso con su familia, a veces el amor familiar es el primer afectado cuando las cuentas marcan en rojo. Su madre al menos tenía una sonrisa hermosa dispuesta para su hijo, esa sonrisa del mejor mañana, de que no había nada que pudiera vencer a una familia unida, de que todas las cosas serían mejores aunque ya las cajas para una nueva mudanza estuviesen listas y esperando.

El afecto familiar se agrietó con los años y la adolescencia de Matías apuntó la culpa hacia su padre. En cuanto cumplió los dieciocho años, sus padres se cansaron de simular una vida feliz y se divorciaron y siguieron rumbos separados. Entre vivir arrimado con unas tías y su madre o con su padre y su nueva esposa en el apartamento de ella, Matías optó por vivir solo. Nunca más ha vuelto a conversar con su padre y rechaza cada llamada que le hace.

Desde entonces el peso de la angustia es propio y sin intermediarios.

3

Mónica sigue durmiendo en la cama. Sabe que la quiere mucho, pero también que todo va a la ruina. Ella busca la estabilidad y el confort. Una vida que él no quiere negarle y que nunca ha conocido. Vivir solo desde muy joven implica renunciar a la irresponsabilidad gustosa de creerse sin futuro. De que la vida es el placer de hoy. ¿Qué gustos podía darse o darle a ella cuando la mayor parte su salario se iba en gastos similares a los de un padre de familia, sin tener familia? Cada mes que finaliza hace un balance de sus privaciones y con irónica indignación comprueba que es el único saldo azul de su vida. Cuando por fin se cansó de imaginar un mañana mejor dejó de importarle que también vive a las justas como su padre. La verdad es que echa de menos la estabilidad precaria que le brindaba un hogar familiar.

Una estabilidad y una certeza que ahora ha conseguido Mónica. Y él no figura en esos planes. Él se ha convertido en un obstáculo. Años atrás sus padres fingían vivir feliz sólo por él; decoraban, le decían que las cosas irían mejor, mientras las cajas para un destino errante ya estaban preparadas. Su novia trajo ayer por sorpresa unos utensilios para decorar el apartamento y le sonríe y le repite que todo va mejorar, mientras las cajas de la mudanza de ella esperaban por ser llenadas. Quiere un hogar para Mónica. Un hogar donde vivan juntos y donde el futuro llegue sin sobresaltos.

Matías se baja del vano de la ventana. La brisa ha dejado de soplar. Todo está en una molesta calma. Abre la puerta con mucho cuidado. Baja las escaleras del pequeño edificio y llega al jardín para respirar aire fresco, para escapar de una conversación con Mónica cuando despierte. Se sienta en un banco y observa que la hierba también ha dejado de bailar. A lo lejos puede verse una hilera nueva de ranchos que crece al pie de la montaña. Hogar. Puede comprender el amor que aferra a un humilde a su precaria casa en lo alto de una montaña: eso es tener un hogar, saber adónde aferrarse, caminar con tranquilidad porque se conoce adónde ir. Él, por el contrario, nunca ha tenido esas bases, nunca ha andado con la certeza de saber dónde vivirá el próximo mes. El mes para desalojar el apartamento se ha acortado a una semana. Está cansado y ya no le importa salir adelante como antes. Quiere que todo se termine de arruinar. Está cansado como su padre; lo comprende, comprende el esfuerzo que hacía, comprende su rabia, su dejadez, su falta de ánimo para demostrar cariño, cuando por dentro una bomba había estallado y vuelto añicos su voluntad de luchar. No sabe qué será de él, pero Matías lo comprende y siente que no lo puede odiar más.

Enciende un cigarrillo y mira hacia la ventana de su apartamento: las cortinas están quietas como la rigidez de un cadáver a la espera de ser velado. Su relación ha muerto desde hace mucho, por más que ellos posterguen el final. Duerme un poco más. No despiertes. Vive en el sueño. Pero Mónica se asoma por la ventana y le sonríe con algo de pereza.

—Anda ven, sube —le dice, y desaparece entre las cortinas nuevas.

Matías lanza el cigarrillo sobre la hierba y lo pisa. Su novia ha sido siempre tan previsible. Sabe muy bien lo que ella le dirá en unos minutos y teme subir. Se entretiene unos minutos con el encendedor. Hubiera querido que su padre actuara con la misma certeza que ella. Hubiera querido crecer sabiendo qué ocurriría el próximo mes. Hubiera querido tener un lugar adonde ir y que le acompañaran. La angustia y el desarraigo son sin embargo el peor patrimonio que le han dejado. Su novia le espera en el apartamento. Tiene algo más que decirle. Las cosas serán mejores. Siempre han sido mejores.

Escrito por Álvaro Rafael en Misery Loves Company, Relatos

Los árboles

Recordando, recordándome

distraído, disfrazándome

El payaso

Sentimiento Muerto

Nota: este es un ejercicio literario sobre una experiencia real; sin embargo, los demás personajes no son necesariamente reales.

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Observo la fila de árboles adornados con lucecitas que bordea la oscura avenida. Cierro mi chaqueta, es la semana más fría que recuerde y estoy aquí, de pie a la puerta de su edificio, esperando que sean las 10.00 pm. Es muy temprano para llegar, trato de esperar con tranquilidad; aunque, sospecho, también estaría esperándome con ansiedad desde que nos conseguimos, de manera casual, la semana pasada. Los detalles del encuentro no los recuerdo, la sorpresa tiene la capacidad de difuminar los momentos que tantas veces soñamos y que, cuando ocurren, deseamos cumplir con oficinesca frialdad. Sé que le pregunté si seguía viviendo en Montecristo; , me respondió. No sé cómo fue la invitación, pero ahora voy a su apartamento y le llevo el disco de Sentimiento Muerto que me prestó años atrás, justo el día anterior a que discutiéramos y se esfumara sin que yo imaginara que los días se convertirían en años.

La vida suele encerrarnos en un círculo de pocos escenarios: a los cinco años viajaba arrastrado por mis padres para pasar la Navidad en el apartamento de unos amigos en Montecristo, y en ese momento mis hermanos oían en sus walkmans canciones de Sentimiento Muerto. A los veinticinco años leía en el taller de narrativa un cuento improvisado sobre mi [falso] primer recuerdo titulado Los árboles, y que trataba de cuando viajaba arrastrado por mis padres para pasar la Navidad en el apartamento de unos amigos en Montecristo. Diez años después de la lectura atroz de ese cuento que deseché, la temperatura tan baja de ahora sirve para evocar mi auténtico primer recuerdo: una enfermedad sin diagnosticar y en la que padecí alucinaciones, y mientras tanto en mis audífonos revienta Sin sombra no hay luz, el disco que devolveré en unos minutos tras un largo tiempo empolvándose en la estantería de sus memorias.

Recuerdo que el cuento Los árboles comenzaba:

Observo la fila de árboles adornados con lucecitas que bordea la oscura avenida. El auto se detiene, mis hermanos apagan sus walkmans y las caras sonrientes de una pareja, amigos de mis padres, se asoman por la ventana. Varios regalos nos reciben en lo que sería la velada más aburrida de cada diciembre.

En aquel diciembre del cuento, sin embargo, omití contar que estaba convaleciente de la enfermedad. Tal vez por ello la pareja fue generosa con mis regalos y la atención que me dieron fue, a mi pesar, muy efusiva. En realidad ni tuve oportunidad de resistirme a tanto cuidado: estaba agotado y tenía tanto frío que regresé a la habitación de la clínica. Los médicos, para bajar la fiebre alta de la enfermedad, me sumergían cada día en aguas heladas. De esos baños emergía como en un pozo, frío y profundo, y pronto caía al final otra vez. En la parte superior una enfermera me observaba, y entonces dejaba caer un cubo que contenía el frasco de compota con el que me alimentó durante la estancia en la clínica. Una semana después salía sano y sin secuelas, y los médicos despacharon el diagnóstico como una virosis. Pero el recuerdo de esa experiencia nunca curada regresa vivamente en cada momento de frío intenso, que me deja paralizado y me lleva a perder incluso la noción del tiempo y el espacio. Ya entiendo por qué en Los árboles preferí centrarme, en cambio, en esta anécdota:

Entonces el padre de familia, disfrazado ridículamente de San Nicolás, culminaba la velada sacando de su bolsa enorme y flácida caramelos que lanzaba al aire para que sus hijos y mis hermanos se mataran por recogerlos del piso. Yo, al contrario, los miraba desde un lado.

El disco llega a su final. Consulto la hora en mi reloj y veo que es muy tarde: han pasado varias horas sin que yo lo notara, es casi medianoche. Mi pulso es caótico por el frío y, titilando, camino a trompicones hacia su apartamento. Pienso si aquel recuerdo falsamente primigenio que escribí en Los árboles realmente ocurrió o si fue producto de la fiebre. Quizás cuando llame a la puerta, y ella aparezca, yo despierte en mi casa temblando en una noche muy fría y descubra que este momento es, como me ocurre en muchos momentos de frío desde aquella enfermedad, una simple alucinación.

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Escrito por Álvaro Rafael en Administración

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Kabuki

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1

La semana anterior llegó un fax: colegas con quienes el doctor Kabuki mantuvo durante toda su carrera un odio recíproco habían dictado un veredicto que le galardonaba por una obra magna, robusta y que cimentaba la psiquiatría nacional. Mientras leía la impresión del fax dos cosas se arremolinaron en su cabeza: la primera, era algo perfectamente inoportuno para el momento que vivía: desahuciado por su casero y recién divorciado de su mujer, había decidido en secreto recluirse en su viejo consultorio para poder concluir sin perturbaciones el libro definitivo que, precisamente, dinamitaba esos cimientos ahora premiados. La segunda, que reconocer su obra al borde de sus ochenta años le parecía una invitación bien considerada a dejarle morir en paz.

Así que en cuanto terminó la lectura rompió la impresión, quemó los trozos, maldijo a los remitentes y apresuró su decisión de marcharse al consultorio de un edificio parcialmente abandonado porque se caía a pedazos. Su secretaria, la última persona que lo vio antes de su desaparición, insistió que aceptara el reconocimiento y el dinero para curar su maltrecha economía. Pero Kabuki, con la acritud de los años, le replicó que hacía mucho había llegado a la conclusión privada de que su tiempo lo perdió construyendo una obra en la que él mismo ya no creía, y que si pudiese quemaría cada ejemplar de sus veinte libros publicados.

¿Cómo puede un autor escapar de su pasado cuando muchas bibliotecas guardan algún libro con su nombre y generaciones de estudiantes acuden a plagiar sus ideas? Muy orgulloso como para enviar una carta pública en la que apostatara de su obra, Kabuki había concebido hacía años escribir un libro que le revindicara, un libro definitivo que desmintiera los argumentos de aquellos libros apilados unos sobre otros en su biblioteca particular. Llevaba escritas 9.999 páginas y estaba en la última del último capítulo. Algo abstracto para finiquitar el manuscrito se le escabullía; faltaba la pieza final de un manuscrito que de tanto releer y corregirlo había terminado por quemar con sus ojos varias líneas y por último muchas versiones enteras.

2

Cuando cada noche en su nuevo hogar el doctor Kabuki se sentaba al escritorio para hallar esa pieza, detrás de él las voces burlonas de su pasado le hablaban desde su biblioteca. ¿Cómo concentrarse en concluir un manuscrito mientras sus viejos libros le acosaban?

Sin embargo, otro hecho un tanto más inoportuno acudió para perturbarle su tarea. Una mañana le despertó un temblor que tumbó sus cosas. Con las horas, las entrañas del edificio no dejaron de crujir; a media mañana se asomó por la ventana de su consultorio y vio una cuadrilla de bomberos precintando el edificio: irremediablemente sería desalojado por completo ante la amenaza de derrumbe. ¡Que la vida era injusta no tenía réplica! Aceptar el permiso de sus enemigos para morir tranquila y discretamente en una playa lejana, con un jugoso cheque bajo el brazo que sellaba su retiro, era menos afrentoso que morir enterrado junto con veinte libros horrendos con su nombre; salir de aquel edificio abandonado significaría terminar como un abuelo ocioso que decidió jugar a las escondidas para no aceptar sus compromisos y, reventados sus nervios, jamás concluiría su magnum opus.

Delante de su biblioteca, Kabuki ideó algo que serviría más que un solo manuscrito para salvar su honor: quienes le leyeron habían memorizado línea por línea sus libros, pero si «sustituía» las ideas escandalosas por líneas inéditas del manuscrito purificador obligaba a una revisión general de su obra. De esa manera, en cuanto recogieran entre los escombros del edificio caído su biblioteca particular, el mundo descubriría que sus viejos libros se habían transformado en veinte obras maestras ampliadas y corregidas.

El tiempo apremiaba: la tarea de diseccionar un manuscrito de 9.999 páginas y pegar tiras de frases sueltas sobre las páginas de veinte libros era terriblemente laboriosa. No debía dejar rastro a los obreros que retiraban grandes piezas del interior del edificio, porque avisarían a la corte de aduladores que le buscaba para imponerle el premio. Cuando los obreros entraron al consultorio lo hallaron casi vacío: la noche anterior Kabuki usó su inquebrantable fuerza para subir un módulo de la biblioteca a la azotea. Los temblores se sucedieron por seis días más, y al séptimo día en el manuscrito de Kabuki quedaba por cortar la última página, cuyo final aún no estaba definido.

Esa mañana parte de la fachada del edificio se desplomó. Alguien golpeó la puerta de la azotea; los bomberos, avisados por los obreros del descubrimiento en el piso de marcas recientes del módulo de la biblioteca mientras era arrastrado, venían a rescatarle. Si tan sólo le dieran unas horas, pensó, terminaría esa página final que luego cortaría y pegaría en diferentes libros de su numerosa e improvisada obra maestra de veinte volúmenes. Pero ¿qué faltaba en su manuscrito para concluirlo?

Discretamente, Kabuki comprendió que hacía tiempo huía de un veredicto. Pero ese veredicto no había sido dictado por ninguna organización ni había sido hecho público. Envejecido y retirado de la vida pública como estaba, la pieza faltante de su manuscrito era el final de su propio destino, al que se negaba a llegar porque en su vida ya nada tendría sentido después del punto final. Si lo terminaba, el libro definitivo que culminaba su obra y le revindicaba también le invitaba a morir en paz, a desaparecer definitivamente, a dejarse olvidar. Así que dejó a un lado la última página del manuscrito y se sentó a esperar. El edificio se derrumbaría en poco tiempo y su trabajo quedaría inconcluso; sin embargo, pensó Kabuki, la irresolución de su obra maestra le aseguraba interpretaciones infinitas y así su nombre, con los años, sobreviviría al olvido. Ese era el mejor de todos los finales.