Escrito por Álvaro Rafael en Relatos

Caracas negra

1

Dejo correr el disco hasta que termine. Últimamente, me acuesto en la cama y dejo que el reproductor lance canciones al azar. Pasa una, pasa otra. No le presto atención a ninguna; sólo es ruido que intenta mitigar mi intranquilidad. Esta noche suena Psychocandy de Jesus and Mary Chain. No quiero que el disco termine. Después de la última canción ya no tendré en qué ocuparme. Pero ocurre, termina y decido salir a caminar. Son casi las 9 pm y mi cabeza es un hervidero. Es el viernes que termina una semana de inquietud tal vez exagerada. Exagerar. Cuando no quedan más atributos que hallar en una ciudad como la nuestra o en la vida propia lo único que queda es exagerar. Tomo las llaves y salgo de mi apartamento, sin pensar en los riesgos que, según dicen, corremos por la insolencia de querer pasear por nuestras calles.

Salir a caminar un rato quizá me alivie. Llegar hasta Subway de El Rosal y comer hasta que las sillas volteadas sobre las mesas me indiquen que ya debo irme. Esta noche los empleados toman formas menos discretas: pugnan a gritos entre ellos para ver quién cierra la caja, suben la música hasta el borde de la sordera y recuerdan con mofa a algún cliente del día. Gritar. Burlar. Cuando pasas todo un día recibiendo órdenes de cientos de personas los últimos treinta minutos de la jornada deben ser los más esperados para recobrar el orgullo.

2

Camino hasta Chacaíto y me siento en plaza Brión para observar a la gente que la ha adoptado como suya: parejas sin dinero ni espacio propio que aprovechan la oscuridad para llevar una mano indiscreta sin ser juzgada, vagos que hurgan en la basura la comida aún fresca y putas que empiezan a salir a ganarse la vida.

Pasa a mi lado un joven predicador que anda entregando volantes para su iglesia: me mira y sigue de largo hasta interrumpir el silencio de otra persona. A sus ojos mi alma ya no tendrá remedio.

3

Transcurren unos minutos. Un joven desarrapado salta las cadenas de Beco, se sienta junto a las escaleras mecánicas apagadas y saca de su bolsillo una pipa de crack. No lo juzgo. En cierta medida huimos de la misma realidad. Me levanto y camino en dirección a Sabana Grande. Un antiguo cine ha sido tomado por una poderosa iglesia evangélica. Enfrente la feria de comida Broadway me conduce a mi infancia cuando los domingos mi mayor preocupación era elegir el restaurante de turno. Ahora un casino o bingo ha ocupado los lugares y los trabajadores, con esos ridículos trajes de colores, se arremolinan en la salida. La jornada ha concluido para algunos y entre gritos de felicidad planifican la rumba de la noche: ir a beber o bailar salsa o vallenato en alguna discoteca de la avenida Solano. Claro, es día de paga y hay que hacer uso de ese dinero. La semana que viene es aún lejana, la preocupación por no tener un centavo durante esos días puede esperar.

Llego hasta la esquina, el semáforo peatonal está en rojo, me detengo, observo el edificio en cuya planta de día hay una restaurante. De noche se abren las puertas del Volta, donde hombres entran y salen buscando las putas baratas de este famoso burdel. Una motocicleta de la policía estacionada indica que son permisivos o que cobran por la seguridad. Siempre he creído que si los policías son arrastrados al crimen es por el abandono al que son sometidos.

El olor a basura pegada en las aceras me irrita y me produce náuseas. Decido regresar a Chacaíto y entro a la estación de Metro y sorpresa: el parlante anuncia que el retraso de más de quince minutos se debe a que un desequilibrado ha entrado a los túneles. Minutos después voz diferente indica que por problemas eléctricos causados por el nuevo apagón general debemos desalojar la estación. La improvisación se ha apoderado del Metro incluso para mentir. Maldita sea. Salgo y los taxis de la línea no dan abasto a la demanda.

Entonces camino, no hay más remedio que cruzar el bulevar de Sabana Grande. Cuando estás abstraído en tu propio infierno no piensas en la famosa peligrosidad de las calles. Incluso a veces he soñado en salir a buscar una riña. Molestar a algún borracho o intentar entrar a la fuerza a un bar. Que te apuñalen es mejor que ahorcarse. La reencarnación y el karma son siempre opciones que no se pueden despreciar.

Es una noche movida: el Caracas FC ha jugado un partido adelantado y los fanáticos se esparcen por las proximidades del estadio olímpico. Es un grupo bullicioso, aunque el equipo no haya ganado. Se concentran frente al McDonald’s de Plaza Venezuela niños con sus padres. Para mí la ubicación es diferente: se concentran sin saberlo frente al Bar-Hotel Tiburón, bar de chicas donde se grabó El pez que fuma.

4

Tantas noches para caminar y he elegido esta del caos. Noche del caos. Caracas negra. Un tipo extraño se me acerca y me pregunta la hora. Subo mis mangas para indicarle que no llevo reloj. Se marcha. Sobre nosotros se levanta la torre La Previsora con su enorme reloj electrónico que marca la medianoche. Quizá me analizaba para un robo. De ser así perdí la oportunidad que buscaba de pelea. Por fin pasa un taxi y estiro la mano: como siempre ocurre, la solidaridad de los taxistas huye cuando el Metro colapsa y el precio que me da triplica la tarifa normal. Detengo otro, luego otro; espero al taxista menos deshonesto y entonces subo.

El taxista me cuenta generalidades: las fallas del metro cada vez más continuas, la política, temas que son de su interés en este momento pero yo ni siquiera finjo ni me interesa fingir que le presto atención. Miro en cambio las luces de la fuente de Plaza Venezuela. Un vago está dormido a mitad de la plaza. Sobre él hay un cartel de Caracas segura o algo así. Imagino cuánta gente se abstiene de salir a caminar por Caracas porque sienten la hoja del cuchillo en la garganta. En ese momento me veo a mí mismo: salir a caminar me ha costado mucho. Tal vez mañana vuelva a caminar. No lo sé. Esta ciudad se empeña en alejarnos de ella.

_____________________

Caracas de noche, lugares nocturnos de Caracas, prostíbulos de Caracas, burdeles de Caracas, puticlub Caracas, «Bar Tiburón» de Plaza Venezuela Caracas, «Hotel Tiburón» de Plaza Venezuela Caracas, putas del Volta Chacaíto, Chacaíto de noche, fallas en el Metro de Caracas, problemas en el Metro de Caracas, crónica Metro de Caracas.

Escrito por Álvaro Rafael en Relatos

Un hogar para Mónica

1

Matías suelta el alzapaño y la brisa de la mañana dominical penetra sacudiendo las cortinas. ¡Qué gustosa vista! Desde su ventana se aprecia gran parte de la ciudad y abajo en el jardín del edificio la hierba resplandece y se mueve con deleite. Matías se sienta en el vano de la ventana para observar ese diminuto baile. La hora temprana en la que los demás vecinos todavía descansan le confiere a esa danza un aire de intimidad, de que lo hacen sólo para él. La brisa entra al apartamento, se escurre entre las copas vacías puestas sobre la mesa y levanta levemente las sábanas bajo las cuales Mónica aún duerme plácida en un mundo tan ajeno a él. Ella llegó ayer con implementos para la decoración de su pequeño apartamento de un solo ambiente y se ha quedado a dormir. Aún la recuerda la tarde anterior bailando detrás de unas cortinas rojas que ella compró por sorpresa. Pintando. Colocando nuevas alfombras. Matías la miraba en todo momento con una mezcla de deleite y temor que no supo cómo contarle lo que quería: hace un mes la casera le llamó para informarle que su hijo terminó de estudiar y regresaría la semana siguiente a la capital para ocupar el apartamento.

Matías al principio sintió despertar una rabia que no sentía desde la adolescencia, pero pronto una especie de resignación optimista le llevó a aceptar que no era la primera vez que le echaban de un apartamento. Vive solo desde que cumplió la mayoría y siempre ha salido adelante. Le daría la noticia a Mónica y sería la ocasión para vivir juntos. Para inyectar nueva energía a una relación que empieza a languidecer en la rutina. Por eso la invitó a pasar el fin de semana en su apartamento. Por eso compró una botella de champaña para celebrar. Pero nunca esperó que fuese ella quien se adelantara con otra noticia: acaba de recibir una oferta de trabajo tentadora —y, aunque no se lo dijo, es seguro que tenga que marcharse del país—. Mónica le abrazó con alegría, le besó en la frente y descorchó la champaña para celebrar su posible ascenso, y al oído le susurró a Matías que de ahora en adelante las cosas serían mejores.

La mira en la cama y quiere que no despierte, quiere que siga viviendo en el extraño tiempo del sueño. Quiere dilatar una confesión que acabaría con la fantasía de la decoración y de la noticia de Mónica. Y que acabaría con muchas cosas más. Duerme. La realidad suele contener palabras amargas.

2

Sabe muy bien que toda esta decoración es el principio del final, porque ya lo ha vivido en el pasado. Hijo único de un comerciante desafortunado, su hogar (siempre de alquiler) había variado por el azar de los negocios de su padre y por la voluntad caprichosa del casero de turno. Todas las esquinas de la capital las había recorrido junto con sus padres hasta llegar a sentirse de ninguna parte. Las personas de su alrededor no eran más que los transeúntes de una realidad efímera y al mismo tiempo desagradable. Así, sus amigos eran pocos, pasajeros y uno que otro le reprochaba sin querer que él y su familia vivían a las justas y a la deriva de los disparates comerciales de su padre. Porque en todo momento pesaba sobre su familia la angustiosa amenaza del desalojo y sus padres, para disfrazar ese sentimiento, frecuentaban decorar el apartamento para dar la impresión de un mañana que esperaba muy lejos, un futuro tranquilo y estable. «De ahora en adelante las cosas serán mejores», le decía su madre. Matías sin embargo no se dejaba persuadir por ese optimismo maternal y en cambio nunca sintió esa estabilidad propia de quien se sabe con un hogar. Nunca les faltó nada, pero tampoco tuvieron nada.

Cada diciembre, mientras sus amigos se dedicaban a redactar largas cartas para la Navidad, Matías contaba los días en que el dueño del apartamento de entonces llegaría para renegociar el contrato. Una vez se escondió detrás de las cortinas y oyó que la dueña de uno de sus apartamentos preferidos y en el que estuvo más tiempo le dijo a su padre:

—Podemos llegar a un acuerdo sobre el nuevo precio del alquiler. No es mi intención que usted y su familia terminen en un rancho.

Matías la odiaba y quiso saltar sobre aquella mujer que había llegado a ver como una bruja de cuentos de hada. Esa amenaza abstracta de vivir en un sitio que la vieja describía con una inyección de asco, fracaso y compasión le inquietaba, pero tanto menos que ver a su padre abatido y derrotado ante una viuda marchita en una profunda tristeza. Sentía una complicidad silenciosa hacia él y una deuda ante sus sacrificios que sólo podía retribuir mediocremente con cariño que, sin embargo, su padre no compensaba: cada vez que llegaba del trabajo, Matías saltaba sobre él con los brazos abiertos. Su padre, tan cansado, apenas si podía corresponder con una sonrisa débil y luego se desfasaba de los brazos de su hijo. En realidad nunca había sido afectuoso con su familia, a veces el amor familiar es el primer afectado cuando las cuentas marcan en rojo. Su madre al menos tenía una sonrisa hermosa dispuesta para su hijo, esa sonrisa del mejor mañana, de que no había nada que pudiera vencer a una familia unida, de que todas las cosas serían mejores aunque ya las cajas para una nueva mudanza estuviesen listas y esperando.

El afecto familiar se agrietó con los años y la adolescencia de Matías apuntó la culpa hacia su padre. En cuanto cumplió los dieciocho años, sus padres se cansaron de simular una vida feliz y se divorciaron y siguieron rumbos separados. Entre vivir arrimado con unas tías y su madre o con su padre y su nueva esposa en el apartamento de ella, Matías optó por vivir solo. Nunca más ha vuelto a conversar con su padre y rechaza cada llamada que le hace.

Desde entonces el peso de la angustia es propio y sin intermediarios.

3

Mónica sigue durmiendo en la cama. Sabe que la quiere mucho, pero también que todo va a la ruina. Ella busca la estabilidad y el confort. Una vida que él no quiere negarle y que nunca ha conocido. Vivir solo desde muy joven implica renunciar a la irresponsabilidad gustosa de creerse sin futuro. De que la vida es el placer de hoy. ¿Qué gustos podía darse o darle a ella cuando la mayor parte su salario se iba en gastos similares a los de un padre de familia, sin tener familia? Cada mes que finaliza hace un balance de sus privaciones y con irónica indignación comprueba que es el único saldo azul de su vida. Cuando por fin se cansó de imaginar un mañana mejor dejó de importarle que también vive a las justas como su padre. La verdad es que echa de menos la estabilidad precaria que le brindaba un hogar familiar.

Una estabilidad y una certeza que ahora ha conseguido Mónica. Y él no figura en esos planes. Él se ha convertido en un obstáculo. Años atrás sus padres fingían vivir feliz sólo por él; decoraban, le decían que las cosas irían mejor, mientras las cajas para un destino errante ya estaban preparadas. Su novia trajo ayer por sorpresa unos utensilios para decorar el apartamento y le sonríe y le repite que todo va mejorar, mientras las cajas de la mudanza de ella esperaban por ser llenadas. Quiere un hogar para Mónica. Un hogar donde vivan juntos y donde el futuro llegue sin sobresaltos.

Matías se baja del vano de la ventana. La brisa ha dejado de soplar. Todo está en una molesta calma. Abre la puerta con mucho cuidado. Baja las escaleras del pequeño edificio y llega al jardín para respirar aire fresco, para escapar de una conversación con Mónica cuando despierte. Se sienta en un banco y observa que la hierba también ha dejado de bailar. A lo lejos puede verse una hilera nueva de ranchos que crece al pie de la montaña. Hogar. Puede comprender el amor que aferra a un humilde a su precaria casa en lo alto de una montaña: eso es tener un hogar, saber adónde aferrarse, caminar con tranquilidad porque se conoce adónde ir. Él, por el contrario, nunca ha tenido esas bases, nunca ha andado con la certeza de saber dónde vivirá el próximo mes. El mes para desalojar el apartamento se ha acortado a una semana. Está cansado y ya no le importa salir adelante como antes. Quiere que todo se termine de arruinar. Está cansado como su padre; lo comprende, comprende el esfuerzo que hacía, comprende su rabia, su dejadez, su falta de ánimo para demostrar cariño, cuando por dentro una bomba había estallado y vuelto añicos su voluntad de luchar. No sabe qué será de él, pero Matías lo comprende y siente que no lo puede odiar más.

Enciende un cigarrillo y mira hacia la ventana de su apartamento: las cortinas están quietas como la rigidez de un cadáver a la espera de ser velado. Su relación ha muerto desde hace mucho, por más que ellos posterguen el final. Duerme un poco más. No despiertes. Vive en el sueño. Pero Mónica se asoma por la ventana y le sonríe con algo de pereza.

—Anda ven, sube —le dice, y desaparece entre las cortinas nuevas.

Matías lanza el cigarrillo sobre la hierba y lo pisa. Su novia ha sido siempre tan previsible. Sabe muy bien lo que ella le dirá en unos minutos y teme subir. Se entretiene unos minutos con el encendedor. Hubiera querido que su padre actuara con la misma certeza que ella. Hubiera querido crecer sabiendo qué ocurriría el próximo mes. Hubiera querido tener un lugar adonde ir y que le acompañaran. La angustia y el desarraigo son sin embargo el peor patrimonio que le han dejado. Su novia le espera en el apartamento. Tiene algo más que decirle. Las cosas serán mejores. Siempre han sido mejores.

Escrito por Álvaro Rafael en Relatos

La habitación iluminada

Imagen tomada de Flickr

·

¿A qué hora apagará la luz de una habitación a las dos de la mañana? Bajo la lectura de una vieja edición de Hambre de Knut Hamsun, distraída más bien despreocupada, imagino a su protagonista, un pobre escritor desamparado vagando por las frías calles empedradas de la antigua Cristianía y pienso cuántos hombres y mujeres duermen en el parque detrás de mi edificio. Alguna vez recorrí sus plazas y jugué alrededor de un viejo olmo talado. La noche caía en el parque y las luces en las habitaciones proyectaban sombras humanas. Una mujer que baila, un hombre que levanta los brazos… un grito.

La lectura va apagándose en el frío de mi insomnio. Llevo ya tres días sin dormir y las figuras humanas se dilatan. Lo que parece ser una silueta en la habitación iluminada podría ser una lámpara que cuelga del techo. ¿Cuántas historias de amor, odio, pasión y muerte ocurren detrás de las cortinas que escoden una ventana? Segundo a segundo mi desesperación se acentúa y voy camino a mi ventana. El reloj golpea una, dos, tres veces. La pared es como un gran tambor que repercute en mi pecho y entonces un grito. Una mujer que grita. Si estuviera aquí, a mi lado como cada noche olvidada a mi pesar, el sonido de la noche sería menos atroz. Las lecturas se precipitarían hacia finales esperados. La emoción de una letra no sería la emoción de sentir tus manos rodeando mi cabello. Grito. Grito. ¿Acaso es este sonido real una noche?

El reloj golpea una vez más y me precipito hacia la calle. Los ruidos han cesado pero la ventana sigue iluminada en lo alto del edificio. De pronto ocurre lo inesperado. La puerta del edificio se abre suavemente; quizás la brisa terminó de abrirla a mis pies. Penetro en la oscuridad helada de un edificio que conozco desde niño. Recuerdo las puertas del parque se cerraban a mis espaldas en aquellos años, y el recorrido flanqueado de árboles hacia mi casa ocultaba las ventanas iluminadas. Años más tarde estaba en aquel edificio y la puerta se cerró a mi entrada. Mis pasos golpean el suelo mientras subo la escalera y llego hasta la habitación iluminada. La palma de mi mano rodea la perilla de la puerta. ¿Sería un grito o el ruido de una vieja lámpara nada más? La madrugada es engañosa como un sueño, pensé. El joven protagonista de Hambre abría los ojos y se hallaba sin recordarlo, como engañado, en algún parque innominado. Tal vez yo cierre el libro esa madrugada, simule un sueño después de horas de fatiga, y tal vez descubra, tras la puerta de aquella habitación iluminada, un cuerpo. No me apresuro en abrir la puerta: sé, a mi pesar, que ese final esperado me acompañará en las siguientes noches porvenir.

Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Breviario, Relatos

Imagen tomada de Flickr

·

La fecha de este amanecer no podía ser más premonitoriamente paradójica: primero de enero, un nuevo año que empezaba.

En la urbanización todo, o aparentemente todo, era calmo. El rugido constante de las máquinas de la envejecida y desamparada zona industrial cercana había cesado unos cuantos días atrás, y el tráfico de las autopistas era bajo e inconstante. Tan sólo se oía lejano el crujir del riachuelo sucio como indicativo de una persistente continuidad en una durmiente ciudad paralizada por los festejos prolongados de la noche anterior.

—Voy a caminar.

En los edificios, entre sus estrechas calles particulares y sus plazuelas vacías, tal era el silencio que retumbaban los murmullos árabes de una discreta familia maronita. Un pájaro, alguno pequeño y luchando contra el viento, se atrevía de cuando en cuando a revolotear por los cielos, y su canto parecía hermoso.

La noche la había pasado conversando con Alejandra. Desde que meses atrás dejó rencorosamente a su familia, ella era la única persona que él tenía. Y por momentos había sido extraordinariamente feliz; como anoche, mientras conversaban gratamente sentados al filo del balcón, musitándose al oído las palabras de los jóvenes enamorados.

El día había cambiado…, y algo lo había impulsado a abandonarla.

—Cierto desagrado —se decía, sentándose pesadamente en la banca de una plazoleta.

No quería herirla…, ¿cómo podría herirla? Porque en realidad lo que quiso decirle fue: «Hoy quiero estar solo». Pero no lo hizo no por discreción, que nunca la tuvo, sino por el más elemental conocimiento de la contradictoria naturaleza humana que oscila rápidamente entre territorios beligerantes, entre la alegría y la tristeza, entre el deseo de compañía y la soledad absoluta.

«¿Era esto lo que habías buscado desde pequeño?… Siempre lo consideré esquivo para mí —pensó, mirando su reflejo en un charquito de lluvia a sus pies. Había llovido la noche anterior y llovería los días siguientes—. ¿Acaso era esto lo que esperabas, capaz de mover el alma hacia una existencia más gloriosa? Y ahora, todo parece tan ordinario como resulta una conversación sobre cualquier trivialidad. Todo queda reducido a la precariedad de lo real. Dónde quedan esos momentos de felicidad (si alguna vez existieron). Tal vez nunca dejé de ser el mismo torpe y lo dejé pasar frente a mis ojos…

«¿Hacia dónde voy con ella? Ella no se merece alguien como yo, un torpe como yo incapaz de ver la grandeza en lo más ordinario. Quizá eso sea el amor: alegrarse con lo pequeño. Yo, en cambio, desde la oscuridad veo todo llenó de intolerables imperfecciones humanas. Hace pocos años me sentaba aquí y miraba con extravagante desagrado cómo dos jóvenes se acariciaban las manos, manos que minutos antes podían estar con barro y sangre; cómo se besaban ingenuamente, y todo eso me parecía tan grotesco…, ¡y aun así quería vivir mi amor!

«Porque eran parte de mis sueños…, cuando el amor para mí era sueño y grandeza, y no ahora, cuando vivo en la realidad con una mujer hermosa y todo me parece terrible. No hago más que engañarla…, en sus ojos y palabras encuentro la dulzura que siempre esperé de una mujer, el aprecio y el respeto…, tan sólo para un simple idiota como yo que trato de reflejar sus sentimientos. Antes me dolía no tener a nadie a mi lado…, ahora lo tengo y no lo quiero. Mira hacia los lados, el silencio verdadero me atrae. El amor, el verdadero, el sublime y fantástico, el capaz de engendrar la auténtica belleza, tan sólo vive en la imaginación. El otro, el de carne y hueso, es imperfecto y muere como todo lo humano».

—Hoy diré adiós.

______________________

cuentos de Montalbán Caracas, historias de Montalbán, Urbanización Juan Pablo II Caracas