«Es más fácil militarizar a los civiles que civilizar a los militares», pensando en este comentario atribuido a Rafael Caldera salí de la sala de cine donde vi Tiempos de dictadura de Carlos Oteyza, un documental que se embarca en la tarea (no muy difícil, la verdad) de establecer los paralelismos entre los gobiernos del dictador Marcos Pérez Jiménez y el de Hugo Chávez, los cuales comparten en común la jefatura de gobierno en un militar, la exacerbación del nacionalismo, la glorificación de las fuerzas armadas y la indiferencia de una sociedad domesticada que a través del miedo y la subordinación a los militares terminó siendo cómplice de la barbarie de un régimen militar opresor y oprobioso que a cambio de su exigua libertad le ofreció una creencia de «normalidad» y «progreso», sustentadas en el caso del gobierno de Pérez Jiménez en grandes obras de infraestructuras que servían para crear un país espejismo. Un país espejismo para ocultar la Venezuela de verdad, la Venezuela de los presos políticos, del analfabetismo, de la desnutrición y del saqueo sin pudor de la hacienda nacional por parte de una camarilla de militares corruptos.

Se repite como letanía que quien no aprende de la historia está condenado a repetirla. Pues luego de ver Tiempos de dictadura queda claro que la historia que enseñan en los colegios fue incapaz de advertir a los niños  sobre los peligros de abrirle las puertas del gobierno a militares empecinados en creerse salvadores de patria. Quizá yo exagere, quizá nunca hemos tenido interés por erradicar la admiración por lo castrense, por los caudillos, por los próceres. Quizá nosotros los civiles no deseamos tener control sobre los militares porque nos consideramos pertenecientes a un país débil que necesita ser mandado por un hombre fuerte que ponga orden en este caos. Allí está el germen de la repetición, de la falta de arraigo de valores democráticos, de nuestra carencia de identidad civilista, de nuestra constante deriva en malos gobiernos que se nutren del imaginario guerrerista de nuestros próceres, y del militarismo que exudamos los venezolanos. Porque en aquella frase atribuida a Caldera está uno de los males que mayor tiempo deberá dedicarle cualquier futuro gobierno que pretenda cambiar las cosas en el país: el de la militarización de la sociedad venezolana, la cual ha alcanzado niveles escandalosos en esta quinta república que ha invertido ingentes cantidades de dinero en dotar a las fuerzas armas de nuevo equipamiento mientras destina partidas residuales a educación, salud y vivienda.

De lo militar viene la subordinación. De la subordinación se pasa al silencio, a la orden debida. De las órdenes acatadas se pasa a la eliminación de la opinión. Y de aquí por último se llega al control férreo de la sociedad por parte de una cúpula militar corrupta y que solo ejerce el poder por el poder mismo. El ciudadano pierde su capacidad de elegir, pierde el carácter crítico que le corresponde dentro de una sociedad democrática, se convierte en soldado listo para servir a sus superiores, pierde su independencia, su consciencia, su libertad. (Al parecer estas son cosas que se valoran poco en las filas de un gobierno que llama a sus simpatizantes a corear la primitiva, ególatra, esquizoide y fascistoide consigna: «Yo soy Chávez».)

La eliminación del militarismo plantea un cambio conceptual de cómo se imparte la historia en nuestras escuelas. Implica empezar a cuestionar figuras históricas que han sido tratadas de manera divina. Porque parte del militarismo implantado viene del culto a los próceres y sus gestas bélicas que se hace en las escuelas. El hombre que se alza en armas y combate en feroces batallas para independizar países pasa del mero personaje histórico a sembrarse en la consciencia de los niños en un modelo a seguir: el del combatiente, el del jefe militar, el del uso de la fuerza contra la razón. La versión criolla de muera la inteligencia y viva la muerte.

Una vez un amigo descendiente de portugueses me comentaba que en el pasaporte de sus padres figuran imágenes de hombres de la cultura como Fernando Pessoa. Miremos nuestro pasaporte venezolano y notaremos que su arte hace referencia a batallas, a personajes militares. Ante el mundo nos enorgullecemos de mostrar nuestra identidad basada en la guerra, en la sangre, en lo militar. Es esta la verdadera batalla que como venezolanos situados en el siglo XXI debemos llevar a cabo: la de acabar con el militarismo en todas sus formas y empezar a hacer valer nuestro carácter civil y deliberante, la de «enterrar» esa glorificación de la historia bélica y analizarla en el contexto de una época bárbara y que afortunadamente ya quedó atrás. A Venezuela le urge entrar en una época donde la educación y la investigación sean pilares del desarrollo de un país, y envainar los sables antes de que los gobernantes sigan usando esa manera militarista de ver la historia para rellenar sus discursos y vaciar las cabezas de sus ciudadanos.