Toronto. Viernes, 6 de noviembre de 2015

Llevo desde el pasado martes en Toronto y mi impresión está próxima a lo que imaginaba: una ciudad muy tranquila, de arquitectura victoriana hacia las afueras y de rascacielos en el downtown, con fuerte impronta europea. Sus habitantes dan claras muestras de no inmiscuirse en la vida de los demás; acá la cultura del trabajo dista mucho de la flexibilidad del sur, y pareciera que la gente solo se ocupa de mantenerse a sí misma en jornadas de largas horas. Esto, por supuesto, los sumerge en sus mundos particulares. Llegué justo durante la toma de posesión del nuevo primer ministro, el liberal Justin Trudeau, y la transición no pasa de ser un mero trámite administrativo. Acá no hay épicas políticas, y por eso la gente vive su vida sin sentirse arrastrada por la Historia —como ocurre en los traspasos de poder en las naciones latinoamericanas, tan dadas a crear revoluciones y a inventarse finales de tiempo.

No es de esperar que las personas te den los buenos días al entrar en un ascensor, lo cual en lo personal no me choca como sí choca a otros venezolanos. La emigración venezolana sigue siendo escasa, pero, como se ve en otras partes, está compuesta por gente joven y profesional que huyó de la Venezuela chavista y llegó a Toronto con pocos recursos y se ha debido habituar a un nuevo clima y a las costumbres anglosajonas, en claro conflicto con la cultura caribeña.

Todo es organizado, las calles tienen trazado rectangular, los medios de transporte abundan por todas partes aunque acusan señales de envejecimiento. La población, al menos en el downtown, es multicultural, con predominio de las poblaciones asiáticas, en particular la sijista. El canadiense «típico» es más bien bajo. El clima para noviembre me lo esperaba más frío de los 10 a 15 grados que están promediando.

En cuanto a vivir, creo que sería la primera opción en caso de buscar un sitio apacible. Muy apacible.

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