Un hogar para Mónica

1

Matías suelta el alzapaño y la brisa de la mañana dominical penetra sacudiendo las cortinas. ¡Qué gustosa vista! Desde su ventana se aprecia gran parte de la ciudad y abajo en el jardín del edificio la hierba resplandece y se mueve con deleite. Matías se sienta en el vano de la ventana para observar ese diminuto baile. La hora temprana en la que los demás vecinos todavía descansan le confiere a esa danza un aire de intimidad, de que lo hacen sólo para él. La brisa entra al apartamento, se escurre entre las copas vacías puestas sobre la mesa y levanta levemente las sábanas bajo las cuales Mónica aún duerme plácida en un mundo tan ajeno a él. Ella llegó ayer con implementos para la decoración de su pequeño apartamento de un solo ambiente y se ha quedado a dormir. Aún la recuerda la tarde anterior bailando detrás de unas cortinas rojas que ella compró por sorpresa. Pintando. Colocando nuevas alfombras. Matías la miraba en todo momento con una mezcla de deleite y temor que no supo cómo contarle lo que quería: hace un mes la casera le llamó para informarle que su hijo terminó de estudiar y regresaría la semana siguiente a la capital para ocupar el apartamento.

Matías al principio sintió despertar una rabia que no sentía desde la adolescencia, pero pronto una especie de resignación optimista le llevó a aceptar que no era la primera vez que le echaban de un apartamento. Vive solo desde que cumplió la mayoría y siempre ha salido adelante. Le daría la noticia a Mónica y sería la ocasión para vivir juntos. Para inyectar nueva energía a una relación que empieza a languidecer en la rutina. Por eso la invitó a pasar el fin de semana en su apartamento. Por eso compró una botella de champaña para celebrar. Pero nunca esperó que fuese ella quien se adelantara con otra noticia: acaba de recibir una oferta de trabajo tentadora —y, aunque no se lo dijo, es seguro que tenga que marcharse del país—. Mónica le abrazó con alegría, le besó en la frente y descorchó la champaña para celebrar su posible ascenso, y al oído le susurró a Matías que de ahora en adelante las cosas serían mejores.

La mira en la cama y quiere que no despierte, quiere que siga viviendo en el extraño tiempo del sueño. Quiere dilatar una confesión que acabaría con la fantasía de la decoración y de la noticia de Mónica. Y que acabaría con muchas cosas más. Duerme. La realidad suele contener palabras amargas.

2

Sabe muy bien que toda esta decoración es el principio del final, porque ya lo ha vivido en el pasado. Hijo único de un comerciante desafortunado, su hogar (siempre de alquiler) había variado por el azar de los negocios de su padre y por la voluntad caprichosa del casero de turno. Todas las esquinas de la capital las había recorrido junto con sus padres hasta llegar a sentirse de ninguna parte. Las personas de su alrededor no eran más que los transeúntes de una realidad efímera y al mismo tiempo desagradable. Así, sus amigos eran pocos, pasajeros y uno que otro le reprochaba sin querer que él y su familia vivían a las justas y a la deriva de los disparates comerciales de su padre. Porque en todo momento pesaba sobre su familia la angustiosa amenaza del desalojo y sus padres, para disfrazar ese sentimiento, frecuentaban decorar el apartamento para dar la impresión de un mañana que esperaba muy lejos, un futuro tranquilo y estable. «De ahora en adelante las cosas serán mejores», le decía su madre. Matías sin embargo no se dejaba persuadir por ese optimismo maternal y en cambio nunca sintió esa estabilidad propia de quien se sabe con un hogar. Nunca les faltó nada, pero tampoco tuvieron nada.

Cada diciembre, mientras sus amigos se dedicaban a redactar largas cartas para la Navidad, Matías contaba los días en que el dueño del apartamento de entonces llegaría para renegociar el contrato. Una vez se escondió detrás de las cortinas y oyó que la dueña de uno de sus apartamentos preferidos y en el que estuvo más tiempo le dijo a su padre:

—Podemos llegar a un acuerdo sobre el nuevo precio del alquiler. No es mi intención que usted y su familia terminen en un rancho.

Matías la odiaba y quiso saltar sobre aquella mujer que había llegado a ver como una bruja de cuentos de hada. Esa amenaza abstracta de vivir en un sitio que la vieja describía con una inyección de asco, fracaso y compasión le inquietaba, pero tanto menos que ver a su padre abatido y derrotado ante una viuda marchita en una profunda tristeza. Sentía una complicidad silenciosa hacia él y una deuda ante sus sacrificios que sólo podía retribuir mediocremente con cariño que, sin embargo, su padre no compensaba: cada vez que llegaba del trabajo, Matías saltaba sobre él con los brazos abiertos. Su padre, tan cansado, apenas si podía corresponder con una sonrisa débil y luego se desfasaba de los brazos de su hijo. En realidad nunca había sido afectuoso con su familia, a veces el amor familiar es el primer afectado cuando las cuentas marcan en rojo. Su madre al menos tenía una sonrisa hermosa dispuesta para su hijo, esa sonrisa del mejor mañana, de que no había nada que pudiera vencer a una familia unida, de que todas las cosas serían mejores aunque ya las cajas para una nueva mudanza estuviesen listas y esperando.

El afecto familiar se agrietó con los años y la adolescencia de Matías apuntó la culpa hacia su padre. En cuanto cumplió los dieciocho años, sus padres se cansaron de simular una vida feliz y se divorciaron y siguieron rumbos separados. Entre vivir arrimado con unas tías y su madre o con su padre y su nueva esposa en el apartamento de ella, Matías optó por vivir solo. Nunca más ha vuelto a conversar con su padre y rechaza cada llamada que le hace.

Desde entonces el peso de la angustia es propio y sin intermediarios.

3

Mónica sigue durmiendo en la cama. Sabe que la quiere mucho, pero también que todo va a la ruina. Ella busca la estabilidad y el confort. Una vida que él no quiere negarle y que nunca ha conocido. Vivir solo desde muy joven implica renunciar a la irresponsabilidad gustosa de creerse sin futuro. De que la vida es el placer de hoy. ¿Qué gustos podía darse o darle a ella cuando la mayor parte su salario se iba en gastos similares a los de un padre de familia, sin tener familia? Cada mes que finaliza hace un balance de sus privaciones y con irónica indignación comprueba que es el único saldo azul de su vida. Cuando por fin se cansó de imaginar un mañana mejor dejó de importarle que también vive a las justas como su padre. La verdad es que echa de menos la estabilidad precaria que le brindaba un hogar familiar.

Una estabilidad y una certeza que ahora ha conseguido Mónica. Y él no figura en esos planes. Él se ha convertido en un obstáculo. Años atrás sus padres fingían vivir feliz sólo por él; decoraban, le decían que las cosas irían mejor, mientras las cajas para un destino errante ya estaban preparadas. Su novia trajo ayer por sorpresa unos utensilios para decorar el apartamento y le sonríe y le repite que todo va mejorar, mientras las cajas de la mudanza de ella esperaban por ser llenadas. Quiere un hogar para Mónica. Un hogar donde vivan juntos y donde el futuro llegue sin sobresaltos.

Matías se baja del vano de la ventana. La brisa ha dejado de soplar. Todo está en una molesta calma. Abre la puerta con mucho cuidado. Baja las escaleras del pequeño edificio y llega al jardín para respirar aire fresco, para escapar de una conversación con Mónica cuando despierte. Se sienta en un banco y observa que la hierba también ha dejado de bailar. A lo lejos puede verse una hilera nueva de ranchos que crece al pie de la montaña. Hogar. Puede comprender el amor que aferra a un humilde a su precaria casa en lo alto de una montaña: eso es tener un hogar, saber adónde aferrarse, caminar con tranquilidad porque se conoce adónde ir. Él, por el contrario, nunca ha tenido esas bases, nunca ha andado con la certeza de saber dónde vivirá el próximo mes. El mes para desalojar el apartamento se ha acortado a una semana. Está cansado y ya no le importa salir adelante como antes. Quiere que todo se termine de arruinar. Está cansado como su padre; lo comprende, comprende el esfuerzo que hacía, comprende su rabia, su dejadez, su falta de ánimo para demostrar cariño, cuando por dentro una bomba había estallado y vuelto añicos su voluntad de luchar. No sabe qué será de él, pero Matías lo comprende y siente que no lo puede odiar más.

Enciende un cigarrillo y mira hacia la ventana de su apartamento: las cortinas están quietas como la rigidez de un cadáver a la espera de ser velado. Su relación ha muerto desde hace mucho, por más que ellos posterguen el final. Duerme un poco más. No despiertes. Vive en el sueño. Pero Mónica se asoma por la ventana y le sonríe con algo de pereza.

—Anda ven, sube —le dice, y desaparece entre las cortinas nuevas.

Matías lanza el cigarrillo sobre la hierba y lo pisa. Su novia ha sido siempre tan previsible. Sabe muy bien lo que ella le dirá en unos minutos y teme subir. Se entretiene unos minutos con el encendedor. Hubiera querido que su padre actuara con la misma certeza que ella. Hubiera querido crecer sabiendo qué ocurriría el próximo mes. Hubiera querido tener un lugar adonde ir y que le acompañaran. La angustia y el desarraigo son sin embargo el peor patrimonio que le han dejado. Su novia le espera en el apartamento. Tiene algo más que decirle. Las cosas serán mejores. Siempre han sido mejores.