Mientras realizaba una limpieza conseguí en una vieja caja un juego de memoria en versión de banderas. Éste, junto con el Almanaque mundial que mis padres compraban cada año (recuerdo una edición de 1988 como la primera), estimularon mi curiosidad por aprender más de geografía y política. No me bastaba con memorizar la ubicación de cada par de banderas para ganar el juego: necesitaba saber más sobre los países que representaban esos colores. Así, con 8 años de edad ya era capaz de decir la capital de casi todos los países del mundo y ubicarlos en el mapa, y sabía también sobre sus gobernantes y un poco acerca de la historia de cada uno.

Flag_of_South_Africa_(1928-1994).svgUna pieza llevaba a la otra e iba uniendo un rompecabezas de explicaciones: ¿Por qué Sudáfrica (país que ya me llamaba la atención) tenía por aquel entonces una bandera que contenía la bandera británica? La explicación me hizo conocer sobre el apartheid, sobre los bantustanes, sobre los bóeres, sobre las guerras anglo-bóer, sobre la colonización británica en África, y así, una sucesión en cadena para tratar de comprender las cosas.

El sistema educativo primario (y hasta el secundario) debería enfocarse en fomentar la observación y la curiosidad de los niños, darles las piezas sueltas para que sean ellos mismos quienes busquen cómo armar un rompecabezas mucho más amplio de lo que están viendo (es con la curiosidad y la observación que se conseguirán adultos críticos, creativos e independientes). Pero también es deber de los padres esta tarea. Está en los padres determinar si quieren que sus hijos simplemente sigan lecciones de otros o sean ellos mismos quienes se eduquen a sí mismos. La educación, tal como está planteada ahora, busca que los niños adquieran información, pero es solo eso, información, información aprendida para aprobar exámenes y que se olvidará a la larga, porque no es fuente de conocimiento ni curiosidad.

Tengo la suerte de tener dos padres que de pequeño me dieron las herramientas para ser autodidacta. Casi todo lo que sé lo aprendí en casa y no en el colegio (ni en la universidad), y ahora que lo veo en retrospectiva, mientras tengo en mis manos aquel viejo juego que conseguí al azar, me doy cuenta de que el gusto que hoy tengo por la historia, por la geografía, por la política, por las artes, se remonta a algo tan sencillo como un simple juego de memoria.