Adivinadores

No siempre se siente una satisfacción malévola cuando alguien se retracta y admite que tú tenías razón. Hace diez años la política se metió para siempre en las vidas de los venezolanos y las aulas de los colegios no rehuyeron a los debates que se entablaban entre quienes apoyaban a los candidatos Chávez (alumnos y profesores) y Salas Römer (una compañera de clase y yo).

Siendo un colegio de clase media (baja), el argumento de los profesores y los alumnos para apoyar al teniente coronel era que, siendo un militar como Pérez Jiménez (dictador al que citaban con orgullo y desparpajo), acabaría con la inseguridad y aumentaría los salarios de los profesionales (preocupaciones de clase media). Mientras todos ellos pintaban un futuro brillante y prometedor, mi compañera de clase —hija de adeca es adeca hasta que se muera… y, por cierto, su madre se murió adeca— y yo —hijo de copeyanos decepcionados— éramos las ovejas negras del salón, los enemigos del cambio, los rebeldes antibolivarianos y por el contrario advertíamos sobre lo que ocurriría si ganaba el actual presidente: un gobierno autoritario próximo a Cuba y al socialismo fracasado en Europa (comunista), restricciones a la libertad de expresión, liquidación de la diversidad política, control monopólico del poder, militarización de la sociedad, ataque a la Iglesia católica (cosa que a mí sinceramente no me preocupaba ni me preocupa, pero a mi compañera sí), acorralamiento a la iniciativa privada, etcétera. El resto del salón nos tachaba de alarmistas y de dejarnos llevar por campañas de temor que organizaba el antiguo sistema que se resistía a morir. «Nada de eso pasará, no se alarmen, que si él hace un mal gobierno en las siguientes elecciones se vota por otro candidato».

Pues lamento reconocer que mi compañera y yo nunca estuvimos equivocados. Pese a nuestra juventud (tendríamos alrededor de quince años) logramos vislumbrar las intenciones que se veían detrás de la apariencia de cordero con la que se presentó Hugo Chávez por allá a finales de los noventa. Lo increíble es lo que ha ocurrido en estos años con mis compañeros y profesores: todos se han arrepentido, todos. En los últimos días me conseguí con mi mejor amigo, uno de los más radicales entonces —incluso dejó de hablarme por mi oposición original al proyecto de Chávez… que no nació en 1999 sino que se remonta a 1992, cuando Chávez fue sólo una parte de toda una conspiración antidemocrática que propició dos golpes de Estado—, y entre los muchos temas que tratamos salió la política. Le pregunté si seguía apoyando este gobierno, y me contestó que él se había equivocado y que yo tenía la razón. Recordé así a la gran cantidad de venezolanos que votaron por un proyecto que finalmente resultó ser otro; la cantidad de venezolanos que hoy se arrepienten de haber votado por Chávez es tan numerosa que dudo que haya podido vencer en las elecciones de 1999. Personajes que le dieron su respaldo fueron desde Miquilena hasta Orlando Urdaneta (o ¿se olvidan de cómo inclinó su programa de entrevistas en la joven Globovisión al apoyo del entonces candidato del MVR?).

En otra situación hubiese fastidiado pesadamente a mi amigo por darme la razón; en otra ocasión, hubiésemos votado en las siguientes elecciones por otro candidato, pero ahora vemos que el mandato del actual presidente no tiene fecha clara de expiración. En este caso, lamento haber tenido la razón.

·

PD: En este momento en que el Gobierno cierra 34 estaciones de radio (y de seguro, serán más) bajo el flojo argumento de democratizar el espacio radioeléctrico, de la amenaza a Internet después de la exitosa campaña #FreeMediaVE en Twitter y de la propuesta de delitos mediáticos presentada por la fiscal general Luisa Ortega Díaz que pretende criminalizar a la propia sociedad al mejor estilo de 1984, es tiempo de expresar y manifestar con claridad, sin miedo ni vergüenza nuestras opiniones políticas. No es tiempo de ambigüedades sino de definiciones. Toda la solidaridad desde este modesto blog a quienes hoy sufren la persecución política, pronto podemos necesitarla nosotros mismos.