Hay canciones que terminan por definir esa vaga imagen que te has ido creando de tu tiempo y de tu ciudad, sembrando tu gusto por una banda. Es la canción definitiva, es la banda que a partir de ese momento inesperado sabes que se consagrará como de culto. Eran mediados de los noventa cuando empecé a oír El chillido de los taxis en la programación habitual de Rockadencia.

Rockadencia, Aldea Global, El hueco, eran tres programas radiales que sonaban al caer la alta noche y que tenías que seguir con religiosidad si te gustaba esa música que en Venezuela todavía era algo underground y de bichos raros. Eras un niño que mientras oías estos programas sabías que allá afuera la gente se batía hasta el amanecer en locales como Doors o Rockatanga, sabías que había una ciudad llena de luces de neón y que los taxis cruzaban enfurecidos la ciudad.

Esa imagen de una ciudad soñada cobró forma en El chillido de los taxis, y Dermis Tatú se convirtió, al menos para mí, en la banda que definió aquella noche caraqueña a la que muchos llegamos tarde, cuando la fiesta había terminado y la ciudad que conocimos fue la violenta y paranoica en la que todavía vivimos hoy (y no sabemos hasta cuándo).