Este mes de noviembre se cumple una década de la muerte de Cayayo Troconis. Entre los muchos eventos para recordar su aportación a la música contemporánea venezolana hay uno que me resulta reprochable: un grupo de fans de Cayayo está organizando una visita a la tumba del músico. En condiciones de privacidad, algo así no sería criticable y más bien sería loable. El asunto repudiable está en que este tour de la fatalidad ha sido publicitado a través de Facebook, revelándose a miles de personas información privada acerca del lugar donde se encuentra la tumba. Cayayo fue un músico extraordinario, pero también fue un ser humano. Y hay que distinguir muy bien entre ambos lados de su personalidad. Fue miembro de una familia muy numerosa, y en cuanto murió su funeral fue llevado de la manera más privada, silenciosa y rápida posible. Algo dice esto sobre la reserva que quería mantener la familia. Reserva a la que le fue dada una patada por este grupo de fans, cuyo verdadero interés pareciera querer apropiarse de la figura de Cayayo Troconis en beneficio propio, de figurar como representantes auténticos y terrenales cuando los únicos y verdaderos interesados en representar a Cayayo son sus parientes, a quienes, de hecho, no les fue consultado antes su opinión acerca de este tour de la fatalidad. Una vez más, las barreras entre lo público y lo privado ceden. Más allá de nuestro interés por la figura y por lo que musicalmente representa Cayayo Troconis, no podemos olvidar que tuvo un lado privado al que muchos de nosotros nunca fuimos invitados a pasar. Ahora, después de haber muerto trágicamente, forzamos la barrera y queremos hurgar de la manera más miserable y morbosa en su lado más humano. Si realmente les importa la figura de Cayayo Troconis, si realmente quieren respetar su legado, oigan su música, asistan a los eventos públicos que se están organizando, pero no se presten a participar en esta excursión de vouyeristas e interesados.