Winston Smith trabaja en el Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información de Venezuela. La semana pasada estuvo a cargo de los preparativos de la semana del odio que conmemora lo que la historiografía oficial llama el regreso de Chávez, el todo 11 tiene su 13, una tarea cada vez menos laboriosa porque los venezolanos tenemos tan mala memoria que había poco que borrar, así que se dedicó a bajar películas porno. En la prensa oficial no aparece desde hace años el nombre del general Raúl Isaías Baduel, encargado del retorno del líder y que en realidad nunca existió como persona ni como nombre ni como nada, mucho menos el anuncio de la renuncia del comandante de voz del actual embajador de la República en Portugal, el general Lucas Rincón. En su lugar aparece la foto de un macabro viejito y las fotos de las masas populares clamando por la restitución del líder. Winston Smith sabe lo fácil que resulta convencer a la gente que en Venezuela es el pueblo el que pone a sus líderes y no los militares. Se enfunda una camisa roja para la marcha, sube a un metro que hoy será gratuito y las telepantallas rechinan con un voluntarioso saludo revolucionario que no prende a las masas oprimidas: «El Metro de Caracas se une al júbilo que embarga al pueblo venezolano en la conmemoración de los nueve años de la victoria popular frente al golpe de Estado fascista». Se mira reflejado en el vidrio del vagón y sabe muy bien que, como todos en una revolución, es prescindible como todo hombre, porque el único hombre que importa en una revolución es aquel que se confunde entre una masa acrítica y no opina ni contraría la revolución o, mucho mejor: el único hombre que vale en una revolución es aquel que no existe.