patriafantastica

«El Gobernador de Miranda dijo algo que da tristeza, tenemos patria pero no tenemos papel toilet […] De manera que puede agarrar su rollo de papel toilet […] y se lo mete por donde mejor le quepa ¡porque aquí, aquí tenemos patria, revolucionaria, socialista! ¿Ustedes quieren patria o papel toilet?»

Elías Jaua

Canciller de la República, Presidente de Corpomiranda

Exvicepresidente, excandidato a la Gobernación de Miranda

 

 

1

Una amiga espiritual

Recuerdo que mientras buscaba con urgencia y cierta desesperación un apartamento para mudarme envié varios correos a mis contactos para que me informaran de si conocían algún lugar que estuviese en alquiler. Recuerdo que casi todas las respuestas que recibí fueron de aliento y respaldo, salvo una que me envió una amiga que llamaré Maga.

Maga está metida en ese mundillo del new age-hippismo-bobalicón que se ha puesto de moda en ciertos jóvenes de ciudad, en particular universitarios y de clase media que se ufanan en demostrar una supuesta superioridad moral por ser en su mayoría vegetarianos militantes, entusiastas de la preservación del medioambiente y críticos feroces del uso del carro, feministas radicales e indigenistas convencidos (sin tener ellos sangre indígena), adictos a las nuevas tecnologías pero a su vez nostálgicos de viejas y engorrosas técnicas fotográficas, seguidores de doctrinas orientales a las que han llegado mal y con desinformación tales como el budismo y el yoga (al que unen elementos circenses y acrobáticos en modalidades de yoga que nada tienen que ver con sus formas originales, por lo demás respetables para mí, tanto como lo es el budismo) o amazónicas como el ayahuasca, volcados hacia la creencia de hacer ciudad organizando juegos infantiles en plazas en los que solo participan ellos mismos, inclinados con ingenuidad hacia el apoyo de una izquierda a la que le perdonan (o no le quieren ver) el militarismo y el autoritarismo, en fin, gente para quien todas las personas que no somos como ellos somos una pila de títeres consumistas atados por unas cuerdas movidas por el Oscuro Sistema.

Maga, en su correo de más de 50 líneas, no me habló de ningún apartamento y en cambio se dedicó a criticar con acritud lo que para ella era mi excesivo apego a las «cosas materiales» y mi sobrevaloración del dinero. Agregó ella, en su largo alegato de Las Cosas Importantes de La Vida, que cuando peregrinó a India (no escribió viajó, escribió peregrinó) vio que muchas personas vivían en las calles y eran [según ella] sumamente dichosas y felices (en ese momento me imaginé a mí mismo, como cuadro de La Felicidad Encontrada, debajo de un puente en Mumbay pugnando con un perro callejero las sobras arrojadas por un turista occidental que, como Maga, buscaba una espiritualidad en esa India que gente como ellos se inventan en sus cabezas), y que más allá de poseer bienes, lo importante en la vida era desarrollar la «espiritualidad», dejarse llevar por los Ciclos Naturales, por Los Cambios y por todas esa Pila de Pendejadas que enseñan a repetir en cursitos al aire libre y contacto con la Pachamama. Maga remató diciendo, ya en tono conciliador y desde su zona de confort que le brindaba vivir cómodamente en el apartamento de sus padres, que yo no debía preocuparme por conseguir o no un techo, sino que debía entregarme a la fe del cambio interior y así las cosas fluirían mejor.

No lo dijo, pero muy cerca estuvo de preguntarme: «Álvaro, ¿tú quieres paz espiritual o un lugar donde vivir?»

Le respondí diciéndole que cuando se tienen las cosas básicas aseguradas, como un techo propio por ejemplo, era fácil entregarse a cosas espirituales y ver con malos ojos a quienes como yo estamos más pendientes de cosas terrenales tales como trabajar para intentar surgir por cuenta propia, como seguro hicieron los padres de ella, quienes gracias al esfuerzo de años lograron darle a Maga esa vida tranquila y plácida necesaria para que ella se entregara a su espiritualidad. Maga me replicó, me llamó cínico y ateo (lo soy, y no sé dónde está la ofensa), y sin necesidad de decirlo supimos que nuestra amistad se iba terminando en cada nuevo correo que nos enviábamos en esa discusión inútil y pueril sobre lo terrenal y lo espiritual. En el interior de Maga se desarrolló, pude notarlo, un odio hacia mí más poderoso que su paz interior. (No hemos vuelto a hablar y lo último que supe fue que ella se largó a estudiar en el extranjero).

Días después de aquellos correos, Maga publicó en Facebook un estado donde lamentaba el robo muy violento de un amigo suyo. En una de esas ironías de la vida, a ese amigo, ferviente impulsor del ciclismo urbano y organizador de olimpiadas de burbujas de agua en plazas de Caracas, le robaron un Yaris y le cayeron a coñazos, le rompieron la cabeza, un brazo, le desprendieron el bazo y de vaina lo mataron.

Me imaginé el epitafio del pobre chico si lo hubiesen matado:

 

«Acá yace un hombre que escogió tener mucha espiritualidad. Sin embargo, nació en Venezuela».

 

2

Tenemos patria

 

Quizá sea cierto lo que me dijo Maga. Le doy mucho valor a las cosas materiales. No creo en la resurrección, no creo en la transmutación del alma. No creo en un paraíso al que podemos llegar después de morir. Para mí la vida es (y usaré con cierta ironía la siguiente frase) aquí y ahora. Y aquí y ahora significa obtener, en este mundo terrenal, todo aquello que nos haga la vida cómoda y placentera. Aquí y ahora significa vivir sin necesidades materiales para poder entregarte a otros tipos de placeres y de ese modo conseguir la tranquilidad interna, la felicidad.

Quizá por ese excesivo apego a las cosas terrenales es que no me convence el siguiente mantra que los chavistas repiten con tanta fe (la fe del que no tiene nada material en esta vida y le convencen de que vivir en esa carestía es lo normal e incluso digno, y que toda aspiración material es reprochable, porque acá lo importante es lo inmaterial, lo que no vemos, lo que sentimos):

 

«Tenemos patria».

 

En esa consigna se resume la «espiritualidad» del chavismo, un proyecto que vive de la ilusión, que alimenta en el creyente chavista la fe de un paraíso que le espera mientras más ciegamente crea en él, un proyecto que trata de convencerlo de que sus necesidades verdaderas pesan menos o incluso son desechables cuando se impone la fantasía de que tenemos una Patria.

La Venezuela verdadera, en cambio, es un país donde la inflación escala picos intolerables, donde la violencia persigue a todos, donde la industria nacional está destruida y se depende de los dólares del petróleo para poder importar comida y medicinas, donde los jóvenes no tienen dónde irse a vivir o dónde ven que sus estudios no valen nada, donde la corrupción y la militarización penetra capas más profundas de la sociedad, donde el panorama es cada vez más aciago, pero desde el poder se insiste en una Venezuela fantástica, se nos pide que cerremos los ojos, nos concentremos, meditemos y olvidemos todas nuestras necesidades más elementales, básicas y reales porque acá lo importante es tener fe revolucionaria. La Patria Grande sincretiza el nirvana, la tierra prometida, el paraíso, el destino final de la irracionalidad chavista.

La dirigencia del chavismo tiene mucho en común con una chica como Maga: es un grupo de personas que vive sin preocupaciones terrenales (porque lo tiene todo y se da la buena vida) y que le pide al pueblo que sacrifique sus necesidades en aras de la espiritualidad chavista (tenemos patria). No importa que no tengamos qué comer, ni dónde dormir, ni vivamos seguros, ni que suframos escasez de productos de higiene, si nos ponen a elegir entre lo que necesitamos para vivir y la fe, lo que importa para la dirigencia chavista es lo segundo, que tengamos una fuerte espiritualidad que nos aleje de las perniciosas preocupaciones terrenales que nos impiden llegar al paraíso revolucionario.

 

 

3

Sobre paisítos de mierda

 

Hace poco noté en todo su esplendor la irracionalidad de eso de «tener patria». A la oficina acudió un técnico de fotocopiadoras, un hombre en sus cincuenta y cuidadoso con las palabras incluso cuando impreca. Es chavista y muchas veces he discutido con él. Ese día se le ocurrió hablar sobre el posible ingreso de Colombia a la OTAN. Indignado —como marca el manual de la repetición del chavista—, maldijo a Colombia y la acusó de prestar su territorio para la invasión a Venezuela, invasión con la que los belicosos chavistas sueñan, y concluyó metiendo a Perú y Chile en esa lista de lo que él denominó con mucho desprecio como «paisítos de mierda entregados a los intereses de Estados Unidos porque les da miedo tener patria».

¡Países que no quieren tener patria como nosotros, maldita sea!

Dejé la conversación allí. Hablarle de la realidad a alguien que vive enganchado en la fantasía es una pérdida de tiempo. Por eso decidí no discutir nunca más con chavistas. El técnico se fue sin reparar la fotocopiadora: la pieza faltante ya no se consigue en el país.

De regreso a casa, luego de otro retraso en el metro que colapsó toda la ciudad, pensé en la expresión «paisítos de mierda».

Tengo primos que han crecido en Lima y en Milán. Hablaré de los primeros, por cuestiones de similitud entre países sudamericanos. Ellos y yo hemos crecido en familias de clase media, con casi las mismas oportunidades de progreso. Hace veinte años, ellos vivían en una situación precaria, padecían las consecuencias del nefasto gobierno de izquierda populista de Alan García, padecían el terrorismo desatado por los comunistas de Sendero Luminoso y del MRTA. A diferencia de ellos, a mi familia y a mí no nos faltaba nada en Venezuela, aunque tampoco vivíamos en la abundancia.

En estos veinte años, las situaciones han cambiado. Si medimos la calidad de vida de mis primos y la mía, saltan las diferencias: la economía peruana, así como la chilena y la colombiana —las que para este técnico de impresoras y muchos más chavistas son paisítos de mierda—, vive momentos de crecimiento sin precedentes gracias a gobiernos responsables y serios, alejados de venderle al pueblo una ilusión, una tierra prometida.

Si medimos la calidad de vida de mis primos y la mía en el aspecto material, salta a la vista la prosperidad en la que ellos viven. No padecen de escasez de alimentos, de hecho cuentan con cadenas de supermercados donde consiguen cualquier producto en una variedad de marcas que compiten entre sí para ofrecer el mejor precio al consumidor, tampoco tienen que anotarse en listas de miseria para comprarse un apartamento asignado por el Estado ni recurren a un banco para comprarse un carro financiado, de hecho, compran el apartamento que quieren donde quieren y cambian de carro con facilidad cada cierto tiempo pagándolo en efectivo a precios no-exagerados como acá.

Si medimos la calidad de vida de mis primos y la mía por la tranquilidad, es evidente cómo ellos la pasan mejor, no tienen miedo de salir a las calles por las noches, pueden dedicarse a estudiar libremente y saber que sus estudios les ayudarán a seguir progresando materialmente y este progreso les llevará a una verdadera tranquilidad espiritual, una tranquilidad de saberse con las necesidades básicas cubiertas para poder entregarse a su familia, a la felicidad, a vivir de verdad y no como nosotros, a malvivir creyendo que estamos en la dicha de un proyecto revolucionario que tiene como objetivo fundamental la dignificación del ser humano cuando lo que ha conseguido es todo lo contrario: reducirlo a la servidumbre de depender de un Estado que le lanza migajas, e infundirle el fanatismo de creer que tiene algo, de que tiene patria.

¿Es esta la patria que queremos?

¿Es esta la patria de la que se ufana Elías Jaua? Le respondería con palabras de Rafael Caldera:

 

«A un pueblo no se le puede pedir sacrificios mientras pasa hambre».

 

¿Queremos seguir engañados en la mentira de que Venezuela es un gran país y que los países que nos rodean y no están entregados a la idiotez del socialismo lo pasan mal?

A mí no me venden esa mentira de que «tenemos patria». A mí no me importa tener patria si la patria que me ofrecen es una ilusión. Una ilusión que no soporta un minuto de realidad, que solo puede ser sostenida con consignas para un pueblo alienado, como las que usa Elías Jaua. Soy muy apegado a este mundo, a lo terrenal, para caer en esta fantasía de tener patria. Yo lo que quiero es un país que de verdad ofrezca a sus ciudadanos cosas concretas y no le pida vivir de fantasías.

Y esto último, al parecer, es lo único que puede ofrecer el chavismo: la ilusión de una patria que no existe.