No hay poesía (2000)

Escrito por en Asides, Bocetos, Botella a la mar, Breviario, Misery Loves Company, Relatos

Torso desnudo

Torso desnudo (2005),

Álvaro Rafael.

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En el enorme cartel sin adornos

se leía en enormes y planas letras azules:

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NO HAY POESÍA

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Había sido colocado en la tarde por

dos trabajadores fatigados

incapaces de comprender

el significado aun sin no estarlo.

El cartel se leía desde muy lejos,

pero cuando Antón salió a mirar por la ventana,

tras una jornada terrible en su trabajo

creyó que era para él.

«¿Es que acaso alguien me pagará de alguna forma

la pureza de mis pensamientos», pensó vagamente.

«El tiempo pasa,

y la paradoja del amor está

en que mientras el que ama dedica todo su tiempo

en pensar en su amor,

en ese mismo momento quien es amado dedica su tiempo

a su vida y nada más».

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Caracas, 2000

Álvaro Rafael

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Ocaso (2000)

Escrito por en Asides, Breviario, Relatos

Imagen tomada de Flickr

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La fecha de este amanecer no podía ser más premonitoriamente paradójica: primero de enero, un nuevo año que empezaba.

En la urbanización todo, o aparentemente todo, era calmo. El rugido constante de las máquinas de la envejecida y desamparada zona industrial cercana había cesado unos cuantos días atrás, y el tráfico de las autopistas era bajo e inconstante. Tan sólo se oía lejano el crujir del riachuelo sucio como indicativo de una persistente continuidad en una durmiente ciudad paralizada por los festejos prolongados de la noche anterior.

—Voy a caminar.

En los edificios, entre sus estrechas calles particulares y sus plazuelas vacías, tal era el silencio que retumbaban los murmullos árabes de una discreta familia maronita. Un pájaro, alguno pequeño y luchando contra el viento, se atrevía de cuando en cuando a revolotear por los cielos, y su canto parecía hermoso.

La noche la había pasado conversando con Alejandra. Desde que meses atrás dejó rencorosamente a su familia, ella era la única persona que él tenía. Y por momentos había sido extraordinariamente feliz; como anoche, mientras conversaban gratamente sentados al filo del balcón, musitándose al oído las palabras de los jóvenes enamorados.

El día había cambiado…, y algo lo había impulsado a abandonarla.

—Cierto desagrado —se decía, sentándose pesadamente en la banca de una plazoleta.

No quería herirla…, ¿cómo podría herirla? Porque en realidad lo que quiso decirle fue: «Hoy quiero estar solo». Pero no lo hizo no por discreción, que nunca la tuvo, sino por el más elemental conocimiento de la contradictoria naturaleza humana que oscila rápidamente entre territorios beligerantes, entre la alegría y la tristeza, entre el deseo de compañía y la soledad absoluta.

«¿Era esto lo que habías buscado desde pequeño?… Siempre lo consideré esquivo para mí —pensó, mirando su reflejo en un charquito de lluvia a sus pies. Había llovido la noche anterior y llovería los días siguientes—. ¿Acaso era esto lo que esperabas, capaz de mover el alma hacia una existencia más gloriosa? Y ahora, todo parece tan ordinario como resulta una conversación sobre cualquier trivialidad. Todo queda reducido a la precariedad de lo real. Dónde quedan esos momentos de felicidad (si alguna vez existieron). Tal vez nunca dejé de ser el mismo torpe y lo dejé pasar frente a mis ojos…

«¿Hacia dónde voy con ella? Ella no se merece alguien como yo, un torpe como yo incapaz de ver la grandeza en lo más ordinario. Quizá eso sea el amor: alegrarse con lo pequeño. Yo, en cambio, desde la oscuridad veo todo llenó de intolerables imperfecciones humanas. Hace pocos años me sentaba aquí y miraba con extravagante desagrado cómo dos jóvenes se acariciaban las manos, manos que minutos antes podían estar con barro y sangre; cómo se besaban ingenuamente, y todo eso me parecía tan grotesco…, ¡y aun así quería vivir mi amor!

«Porque eran parte de mis sueños…, cuando el amor para mí era sueño y grandeza, y no ahora, cuando vivo en la realidad con una mujer hermosa y todo me parece terrible. No hago más que engañarla…, en sus ojos y palabras encuentro la dulzura que siempre esperé de una mujer, el aprecio y el respeto…, tan sólo para un simple idiota como yo que trato de reflejar sus sentimientos. Antes me dolía no tener a nadie a mi lado…, ahora lo tengo y no lo quiero. Mira hacia los lados, el silencio verdadero me atrae. El amor, el verdadero, el sublime y fantástico, el capaz de engendrar la auténtica belleza, tan sólo vive en la imaginación. El otro, el de carne y hueso, es imperfecto y muere como todo lo humano».

—Hoy diré adiós.

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Capri (2001)

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Imagen tomada de Flickr

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Era la vez que bailabas únicamente para mí, y bailabas únicamente con la camisa azul que cogiste del prendedor de algún hombre mayor; porque todo el mundo parecía para ti gigante, y mientras este mundo envejecido nos arrastraba el paso de los días marcaba pliegues en mi cara bailabas tú frente a los ojos de un desconocido y era como si al tiempo hubieras renunciado pero de pronto me apenaba la idea de que también como yo envejecerías; tu juventud se consumiría mirándote estas veces en que reías únicamente para mí con esa larga camisa azul que a cada paso dejabas escurrir por tu piel bronceada y los contornos de tu cuerpo se habrán desfigurado como dunas en nuestro árido recuerdo compartido entre muchos; ¿dónde estarás… dónde te ubicaré cuando te hayas ido? Y así el tiempo pasa y yo cada día me voy borrando de tu misma tierra, sólo me queda el precario consuelo de verte en el pasado y saber que por este espacio bailas únicamente para mí y nadie más.

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Caracas, 2001

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Breviario

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Rubia sentada en una cama

Rubia sentada en una cama (2001),

Álvaro Rafael.

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Estoy mirando y analizando viejos textos que he escrito (textos anteriores al año 2004). Como eran muchos para colocarlos en una sola entrada decidí crear una categoría llamada Breviario. Allí iré colocando todos esos textos que no deseo que se empolven ni que por cualquier motivo personal nunca se lleguen a ver (y escribir para que nadie te lea es una pérdida de tiempo).

Trataré de cumplir algo: no borrar ninguno.

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Elegía a Luisiana Camps

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En una nota dejada sobre la cama leí tu delgada letra, temblorosa como cuando te encontré por primera vez sentada sola a la sombra de un enorme castaño, y tus manos recorrían una hoja y un lápiz pequeño y risible formaba temerosamente la figura de una gran ave, y me decía que te marchabas por un tiempo, que habías despertado del sueño que pasaste días en mi cama para regresar a la compañía de tu marido, porque al final buscabas la estabilidad y yo te ofrecía a cambio el desorden y así, sobre sábanas maltrechas, hallé tu nota, pequeña y sin adornos, y te confieso que la besé, besé cada letra porque al extremo de ellas imaginaba tus dedos finos escribiendo entre lágrimas esa nota de abandono y podía sentir en mis labios que te besaba las manos y que tus manos se hundían en mi cabello y grité al vacío tu nombre que nunca más oirías de mi boca que tantas veces tocó tu piel, tu piel que temblaba como temblaban al dibujar un animal que me contaste que tenía la libertad que seguro ansiabas, esa libertad que traté de darte en cada caricia y en cada abrazo y sentía tu hermoso cuerpo amoldarse a mis brazos y noté que mi voz temblaba y te soltaba a tus oídos palabras que golpeaban como un zigzag que retumbaban en la humedad de tu cuerpo y sentí tus caderas sobre mis caderas y cada letra que leía de esta nota se hundía en tu cuerpo imaginario que tenía en este momento y hundía más aun cada letra de gozo que te solté tantas veces en que te di momentos para ser libre, en un lenguaje seco y robusto que tardarían siglos en traducir en palabras necias y lejanas al fervor con que solté cada letra y así la nota en mis manos temblaba y la estrechaba contra mi pecho y mi corazón saltaba al sentir tu cabeza sobre mi pecho y besar tu cabello y oírte decir cada madrugada de silencio tras paseos en que siempre solías llevar un tenue vestido rosa que abandonarías a tu esposo y te marcharías en el sinsentido del vacío porque la vida misma es un falso relleno para acallar las mayores pasiones y te amaba y sentía tus pechos en el calor de mi pecho y sinceramente te amaba y me quedaba ahora una nota que rellenaba la silenciosa soledad en la que quedaba y grité tu nombre… grité tu nombre y saboreé por última vez las letras de tu nombre con el placer del que disfruté de tu piel mientras eras mía en el desorden al que renunciaste por vivir la vida. No había ecos. No había sombras. No había quien oyera mi llanto. En ese momento, estarías llegando a tu casa, saludando a tus hijos y besando a tu marido… El silencio era sólo mío un amanecer sin sentido y lo único que me quedaba de una miserable nota era un sueño del que tan sólo despertaste para continuar una necia comedia.

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