La vida estúpida de Sebastián Arana, 10

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Grúas de Caracas

10

La imagen de un Jhonny Rotten desilusionado al borde del escenario, de cuclillas, con la mirada en algún lugar indefinido del público. Suena «No Fun», versión de The Stooges. Sid Vicious se desliza al fondo y en su rostro hay quien quiere ver un fastidio como presagio de la fatalidad; poco tiempo después lo encontrarán muerto de una sobredosis tras el asesinato no aclarado de su novia en Nueva York. La «última» presentación formal de los Sex Pistols pasa a la historia por la frase de Rotten: «¿Habéis sentido alguna vez que os han estafado?»

Saúl mira una y otra vez este vídeo en su laptop. Se pasea por su casa envuelto en una bata y que en pocas horas será cambiada por una bolsa negra. Sin el brillo de Sid, pero de existir otra vida le complacerá saber que sí compartirá una muerte enigmática. Las últimas semanas las pasa encerrado en el apartamento, escribe reflexiones sobre Caracas que espera mandar a cualquier concurso, escribe sobre la vida en los hoteles y repite la frase: «Dormir en una cama de hotel es dormir varias vidas», manda cartas a Amaranta perdonándola pero que no reciben contestación, la chica vive una luna de miel con el fotógrafo con el que se fue, Saúl se considera un Jhonny Rotten desilusionado al borde de caer fuera del escenario. La falta de apetito presagia que ha llegado al límite en el que ya no hay nada más interesante que hurgar en la vida.

El teléfono suena una vez más: en la grabadora se marca el número que está evitando. La contestadora se activa y graba la voz de un hombre molesto, luego de decir que es la tercera vez que llama, suelta: «Tendré que pasar a verte». Fin de la grabación. Bosteza y se deja caer sobre el sofá, el sueño rápidamente acude borrarle la mente.

La primera vez que oyó esa voz fue en aquella reunión en la que Sebastián, minutos antes, le propuso un negocio. Habían salido a dar una vuelta a pie por La Hoyada. Era domingo por la tarde y las calles estaban vacías y el asfalto irradiaba calor y se creaban pequeños espejismos. La silueta de una grúa oxidada se marcaba por delante de un sol, círculo enorme y naranja, que empezaba a esconderse detrás de las montañas. Llevaba años allí, en medio de la construcción abandonada de algún proyecto fallido, entre la maleza que trepaba las paredes cubiertas de grafitis y los escombros, delineando el borde de una ciudad entonces teñida de crepúsculo. «Mira Caracas repleta de proyectos fallidos, le dice Sebastián a Saúl, hay quienes pierden su tiempo buscando una identidad de ciudad en una que no termina de construirse…», y entonces el timbre de su voz demostró aburrimiento y deseos de zanjar pronto la idea, «tengo algo que contarte»:

Mira la Avenida Fuerzas Armadas: las calles picadas para construir el carril exclusivo de una línea de autobús postergada. Época electoral, el alcalde se aprovecha de nuestra mala memoria colectiva y anuncia, seguido por las cámaras y los aplausos de la comunidad organizada, el “inicio” de las obras. Cuatro días después el calor del mediodía desorienta a un obrero cuyo martillo neumático se desvía de los límites demarcados en el pavimento y el ruido del martilleo se ahoga en el estrépito de cuando el piso bajo sus pies se desmorona. Un enorme boquete lo ha devorado. Compañeros acuden corriendo a observar el enorme cráter, pozo, bóveda o cueva prehistórica descubierta en mitad de una ciudad desacostumbrada a los hallazgos arqueológicos. Boquiabiertos, algunos; otros apuntan sus linternas hacia un fondo que se traga la luz como un agujero negro. No transcurren muchos minutos cuando el área está acordonada, camiones de bomberos trancan el tránsito y la policía aleja a los curiosos y le quita las cámaras a unos periodistas a los que se les obliga a decir que lo ocurrido no pasa de ser un lamentable accidente laboral. Sin saberlo, aquel desafortunado obrero había descubierto la estación fantasma de Fuerzas Armadas del Metro de Caracas.

Suele suceder que en las proyecciones de las obras de los subterráneos se planifiquen estaciones que finalmente nunca abrirán por diversos motivos. Cuando en los setenta se inician los trabajos de construcción del Metro de Caracas, sobre el mapa de una ciudad en pleno apogeo urbanístico se pusieron varias tachuelas. Cada una representaba una estación. Algunas fueron canceladas antes de iniciar su construcción, otras, como ésta, siguió un rumbo destinado a quedar bajo toneladas de burocracia y desvíos de fondos públicos. El escándalo fue tal que en las oficinas de las diferentes administraciones esta estación quedó desechada, abandonada y por último silenciada. Bueno, en realidad especulo. Quizá la verdad sea que nadie le prestó atención a esta obra ni se preocupó de la corrupción y así nuestra mala memoria hizo el resto. No convenía darle a conocer a los ciudadanos que bajo la ciudad por donde caminan a diario se mueven túneles de otra ciudad esperando ser habitada cuando el caos se apodere de la superficie. Sigo especulando.

Saúl seguía el paso por las calles del centro de Caracas. La última vez que estuvo por esa zona había llegado en bicicleta con su LOMO para tomar unas fotografías de los «lugares culturales de la vieja Caracas» que colgó en una página y que ninguno de sus amigos que las vio supo ubicar. De aquel voluntarioso Saúl no quedaba ni rastros. Se había vuelto un ser dócil, dejó de congregar gente en su casa y su aspecto era cada vez tan ruinoso como su salud: la tos le impedía mantener conversaciones largas y con frecuencia se quejaba de dolores musculares. Aun así, en las últimas semanas acompañaba a Sebastián a dónde éste le dijera y no dudó en embarcarse en aquella travesía que empezó en los sótanos de un local de reparación de electrodomésticos cercano a la iglesia de Sagrado Corazón de Jesús. En realidad, ahora soy yo quien especula.

En aquel momento Sebastián apuntó su linterna hacia el anden y las ratas se refugiaron en los rieles. «Un poco de limpieza basta», dijo, con una mueca irónica que pronto se transformó en el fastidio que últimamente guiaban sus palabras. Si Sebastián había dejado la comodidad de su casa en Santa Eduvigis el mejor lugar para continuar su camino hacia la estupidez era lejos del orden, lejos de la normalidad, lejos de la sociedad establecida: en el mundo subterráneo. En la extraña tranquilidad que le brindaba una estación fantasma del metro de Caracas. «Siéntete cómodo, S», dijo Sebastián, y se arrojó en un sofá que seguro arrastró una noche a su cueva desde de la basura superficial. «En minutos tendremos visitas».

Saúl miraba sorprendido, o mejor dicho, imagino que miraba sorprendido a lo largo de un andén apenas iluminado tal vez por velones o algún modo de iluminación primitivo que Sebastián había instalado. Pudo preguntarle cómo conoció aquel lugar, no lo sabemos con claridad, la historia que te cuento en este momento se filtra de una boca a otra y llega a mis oídos como el fino hilo de una voz que se apaga. Lo cierto es que estuvo allí. A partir de ese momento estaría allí otros días. En el mundo subterráneo de un Sebastián apoltronado en un sofá del cual salían resortes retorcidos, con una mirada de satisfacción como el rey de las tinieblas que pretendía ser, complacido de la suciedad del ambiente, de la humedad apenas recortada por algún ventilador industrial, de ese extraño territorio que había conquistado.

Se oyeron unos golpes al otro extremo del túnel. Imagino que Saúl se sobresaltó, que la luz de linterna que lo iluminó algún efecto de sorpresa habría tenido en él. Entonces oyó por primera la voz. Seguro esperó unas palabras que encajaran con el ambiente sombrío. Pero eran más bien saludos amigables de un hombre y una mujer que se acercaban con enormes zancadas. En ese momento Sebastián le propuso lo que luego me contaría Valeria. «Aumentemos el monto de la apuesta», y en seguida explicó que salir con Dwuasileth y con Yargulis, como hasta ahora ellos venían haciendo, era poco para descender, que si querían tocar fondo debían convertirse en explotadores y luego, eventualmente, ser explotados ellos, «en esta parte del juego entran Sumalla primero y luego el Oriente», dijo, encendiendo un cigarrillo, o imagino que lo encendió para darle rigidez a sus palabras. No siguió más: los visitantes ya estaban al lado.

Saúl despierta y consigue a su alcance la libreta en la cual anotaba las citas que le había programado a Yargulis para la semana siguiente: un cliente en Santa Fe, abogado conocido por haber defendido a un sindicalista famoso los meses posteriores al paro petrolero, al parecer encantado con los cabellos ensortijados de Yargulis; otro, un antiguo comediante de Radio Rochela venido a menos, que ahora se gana la vida haciendo stand-up de chistes babosos para un público desagradable que llena bares sórdidos de Sabana Grande y Chacaíto; otro, un ingeniero aeronáutico socio de una aerolínea de envíos que ya había invitado en un vuelo privado a Dwuasileth a Los Roques y que dejó que le tomara fotos durante el sexo que ella luego envió a Sebastián. Fotos porno que ahora decoraban lo que podía llamarse la habitación de Sebastián y que le servían a él para sentirse humillado: «La humillación nos quita la humanidad», decía, mirando las fotos de su novia con este amante, con otro, fotos que cuando salía a la superficie se encargaba de entrar a cibercafés para publicarlas en páginas caseras venezolanas.

En las páginas finales de la misma libreta estaban los nombres de otro tipo de clientes: un joven médico residente en el Periférico de Catia que se mantenía despierto durante las jornadas de fines se semana esnifando cocaína; un viejo profesor universitario de estudios internacionales de la UCV que se le veía rodeado de estudiantes en El Trompezón o en el Ling Nam de Los Chaguaramos con libros de Bakunin agujereados donde escondía piedritas de crack; una estudiante que encendía un porro para tragar sus estudios de ingeniería industrial en la UCAB. Clientes del más diverso estrato, en los puntos más distantes entre sí de la ciudad y siempre fieles.

Sebastián había notado la rentabilidad en el negocio, quería riesgo, quería más, quería subir el precio de la apuesta. Le había exigido a Saúl que no le respondiera más las llamadas a Oriente. Saúl camina por la casa, mira una vez más el vídeo de Jhonny Rotten en su laptop y ahora enciende la televisión: juego de la NBA. Alguien llama a la puerta. Imagino que creyó que era Sebastián, o que creía que era Sebastián. Especulo, seguro sabía quién era. Para sorprenderse hace falta un alma, él ya no la tenía, lo deja pasar, hay una discusión, finge que discute, el visitante enciende la radio para ocultar los gritos, los vecinos lo asumirán como otra noche de farras del hijo de la autora de autoayuda, llaman a la policía que desiste de ir, empiezan los forcejeos y llegan hasta el balcón. Un cuerpo que empuja a otro hacia el vacío. Jhonny Rotten, desilusionado, pregunta al público:

¿Habéis sentido alguna vez que os han estafado?

El vídeo se detiene y aparece la lista de sugerencias de Youtube. Nadie esa noche abrirá otro vídeo.

La vida estúpida de Sebastián Arana, 9

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Saúl Curtis

9

«Soy un pobre dandi perdido en una maldita ciudad». Esa solía ser la frase que repetía Saúl Curtis cuando se presentaba ante los demás. Y no dejó de usarla cuando, bajo sus pies, apareció el enorme espacio que le separaba del piso. Una declaración de principios de lo que decía ser o, en realidad, de lo que aspiraba a ser desde que, abandonado los estudios de teatro en alguna escuela sin renombre, entendió a su manera que la tarea de un actor no era actuar sobre las tablas, sino demostrarle a los demás que vivía en una representación eterna. También fue un plagiador, y esa frase se la robó sin mayores cuidados de Borges. Quizá leyera también «La forma de la espada» y de allí su tendencia a inventarse vidas paralelas. Pero lo más probable es que comenzara mucho antes de esa lectura a mentir sobre quien era.

Decía que sus padres le habían abandonado luego de huir del país tras haber ocasionado un accidente automovilístico con fatalidades y que creció en las calles, que la urbe le había enseñado la rudeza (a pesar de sus maneras finas), la supervivencia y por último le habían influido en una «obra» compuesta de unos cuantos dibujos y poemas que mostraba en bares y que trataban sobre la violencia, sobre el desamor y sobre Caracas, su Caracas, su ciudad maldita, aquella ciudad de la que presumía conocer cada tugurio y cada calle. La persona atenta habría notado la influencia de Morrison en esta afirmación de su orfandad, y al notarla, Saúl discretamente evadía el tema y se iba por otros cauces que siempre le aumentaban, o que creía que eso le hacían, esa aura cuidadosamente elaborada de enfant gâté encerrado en un cuerpo esbelto y ligeramente indefinido. Claro que los hubo quienes le creían la historia y se la aplaudían y decían que era un maldito. Fue así como se las ingenió para lograr meter, en los meses previos a su muerte, varios artículos en diferentes blogs y revistas etiquetadas de alternativas. Artículos que eran un culto a sí mismo, que se repetían unos a otros en los mismos temas y que por último eran recortados por más de una chica con la que seguro Saúl logró acostarse sin mucho esfuerzo de seducción. (De allí que su inesperada muerte, cuando empezaba a convertirse en algo como un artista de culto, o autodenimado de culto, haya sorprendido a algunos; para otros, esa muerte trágica venía a confirmar su malditismo).

Lejos de aquella voluntariosa maquinaria [auto]publicitaria, la verdad suele ser tan aburrida que sabe replegarse para que los investigadores no se detengan a inspeccionar a los [pretendidos]dioses. Lo cierto es que su vida no era tan emocionante, aunque quizá tampoco hubiese pasado por poco interesante para algún pretendido biógrafo: su verdadero apellido era Aristiguieta, hijo del mediático Abelardo Aristiguieta, teórico economista que mutó de posturas socialcristianas hacia un vago marxismo criollo, comprometido y sobre todo profundamente de lujo. De los programas de opinión –de donde siempre incurría en la participación más polémica, como cuando lanzó un vaso de agua a Napoleón Bravo cuando éste le acusó de haber participado en la quiebra del Banco Latino– saltó a la diplomacia y de una embajada a otra se perdió en el confort de las noches en Montmartre. Hacía años se había alejado de su mujer, al menos de palabra, ya que seguían compartiendo el apartamento en Santa Eduvigis, debido a que ella era la prolífica autora de autoayuda Marianela Farías, y pesaba en ella el interés de preservar todo aquello que plasmaba en sus libros de superación personal y perfecta vida de pareja, en la que ella ya había firmado años atrás un epílogo de peleas famosas entre los vecinos de la zona. Bestseller nacional, Farías había partido hacía poco a Miami para encargarse de la conducción de un talk show en una radio que nadie más que ella conoció. Sus libros, sin embargo, se siguen vendiendo en las estanterías de las mejores farmacias y supermercados de Venezuela. Para algunos enloqueció y pasa sus días en una casa de retiro en Jacksonville donde dicen que hay una señora que afirma ser una escritora venezolana muy popular, otros parecen haber rastreado palabras de sus libros en diálogos optimistas en telenovelas de Telemundo.

Sea como fuera, de pronto un joven Saúl, cuya adolescencia había pasado entre la introversión y sentirse hijo de unos padres muy conocidos para él y el fastidio en La Salle, se consiguió solo en el enorme apartamento y no tardó en inventarse su pasado. Un nombre que nadie conoce puede darse esos privilegios. Su presente lo constituían una escuela de actuación que tampoco existió, una Terios que nunca estrelló para sobrevivir luego de escapar de las llamas, una novia que lo amaba con quien rompía frecuentemente. Su vida real se repartía entre la postergación de sus estudios de comunicación social que aborrecía en la Universidad Católica Andrés Bello, en vender objetos para comprar ácido y en organizar fiestas dionisíacas consagradas a él y solo a él en un apartamento que decía que heredó de un tío que murió en un asalto. Las innumerables veces que los vecinos se quejaban ante la policía de la música a todo volumen, de los platos que volaban por las ventanas y de los jadeos que llegaban hasta el amanecer, Saúl terminaba firmando un cheque cortesía de las regalías de los libros de autoayuda de su madre y del cargo diplomático de su padre. La infelicidad de los demás la cancelaba con la felicidad que heredó de sus felices padres y buenos días. Otro día más para la fiesta. Seguro que más de un vecino celebró cuando lo recogieron del piso entre palas.

A pesar de ese ritmo de vida, nadie entre sus vecinos presagió su muerte. Cundió una ola de moralismo encabezada por la presidenta de la junta de condominio que sugirió que se le pasaron las drogas y el pobre idiota salió a la ventana a planear con el aire de la urbe. Estupideces así repetidas hasta el cansancio terminaron por convertir en verdades esa vida falsa de Saúl. Esa vida que empezó a declinar en una de sus tantas fiestas en la que apareció alguien de nombre Albert. Albert era un fotógrafo catalán presentado como alguien de cierta reputación, superaba los cincuenta años y llevaba dreadlocks. Si los estereotipos llevaran nombres sería el suyo. Había llegado al país hace poco, invitado por un amigo en común con Saúl que vivía en El Hatillo, para fotografiar a los indígenas del Amazonas, la pereza le ancló en Caracas y terminó financiando su estadía en el Hotel Alba dando lecciones de lomografía a un grupo de chicos con intereses similares. En reuniones en bares de Los Palos Grandes, Albert decía que Caracas era una mierda, una mierda sin plazas, sin museos ni teatros, sin vida cultural, una gran plasta de mierda, y que si querían hacer ciudad empezaran a seguirlo a él y poco a poco fue convirtiéndose en una especie de mesías entre cuyo rebaño cayó hipnotizado Saúl y su novia Amaranta, una chica hipertatuada que estudiaba filosofía en la UCV, a quien conoció por intermedio de su mejor chica llamada Jadna.

El grupo empezó a organizar lo que para ellos era hacer ciudad: tomar las plazas para hacer «representaciones épicas», especies de actuaciones improvisadas que se combinaban con juegos tradicionales, y que se dispersaban cuando llegaba la autoridad o en su defecto la otra autoridad reaccionaria que ocupaba la ciudad: los malandros (que eran los más), quienes veían extrañados a esa cuerda de mariquitos lanzándose burbujitas o recitando poemas de Ramos Sucre; en otras ocasiones hacían sino salidas en bicicletas por las congestionadas e inhóspitas calles de Caracas, siendo más de uno atropellado (esa era, de alguna forma, la única forma de desafiliarse de la Secta). Incluso se bautizaron como la Secta: una congregación de chicos de clase media de Caracas jugando a la contracultura de la urbe, con grandes gafas de carey e inclinaciones artísticas difusas, cuando no erráticas y contradictorias.

Un día de reunión de la Secta en el bar de los chinos en Los Palos Grandes aparecieron dos chicos que se sentaron en una mesa lejana a conversar. Por algún motivo Albert los miró mal desde un principio, y levantó la voz para que terminaran escuchándolo a él. Los chicos siguieron hablando hasta que Albert estalló una botella de cerveza en el piso. Gritó que quiénes eran ellos y con el pico de la botella aún con la espuma de la cerveza los amenazó. Saúl se interpuso en el camino y dijo que los conocía, que uno trabajaba en bufete de abogados y el otro en una editorial; esto molestó más a Albert, y la reunión terminó a los golpes, con sillas y botellas partidas más por efectos de la torpeza de las borracheras que por la agilidad de los púgiles, la historia aquí se pierde entre las versiones de Saúl y las que contaría luego Sebastián en los días previos a su desaparición. Según Sebastián la cosa terminó en comisaría, él y Rafael, su acompañante, y los otros seis de la Secta; Saúl invitaba a los chicos a unirse al club, pese a que por el perfil de los dos ninguno encajaba en la Secta.

No importa. Sebastián y Saúl tenían puntos en común sobre política y se conocían por vivir relativamente cerca y estudiar en la misma universidad. Empezaron a frecuentarse más y Sebastián intentó acostarse con Amaranta en alguna de las fiestas de Saúl, no pasando de algunos besos. Esto nunca lo sospechó Saúl, más inquieto en los constantes halagos de Albert a Amaranta hasta que un día llegó tarde a casa y al entrar a la cocina con una gran bolsa de mercado la consiguió a ella agachada a la altura de la cintura de Albert, recostado sobre la mesa de cocina y con la boca abierta en todo su esplendor.

El descenso de los cielos de Albert fue para Saúl, paradójicamente nombre bíblico, el ingreso en la órbita de un Sebastián entregado a la estupidez. Amaranta se perdió de la vida de Saúl y la vida de Saúl empezó a perderse bajo el influjo de Sebastián. De aquel hombre que inventaba historias no quedaba nada, solo un hombrecillo delgado, con una barba larga, descuida, introvertido una vez más, suspendió las fiestas y se entregó al ácido al punto de llegar a pasar días enteros sin salir de casa, acostado en el sofá sin lavar, rumiando la pérdida de la mujer que amaba. Era apenas una marioneta, o según Sebastián, actuaba como el mejor amigo que él necesitaba para una propuesta que tenía en mente: enamorar a una tukky.

La vida estúpida de Sebastián Arana, 8

Escrito por en La vida estúpida de Sebastián Arana

Ikurriña

Una noche de diciembre de 1983 nace, en medio de circunstancias que impedirán demostraciones de afecto, el tercer hijo de los Arana-Sabaleta. Su padre es Ignacio Arana, hombre temperamental y poco dado a la palabra que, sin embargo, demuestra en ocasiones una sensibilidad utópica y un gusto por las bellas artes que le hace recibir entre sus amigos el apodo que terminaría por aceptar de La Bestia Noble. Es dueño por azar junto con su hermano Iñaki de una pescadería en el este de Caracas, hijo de exiliados vascos que luego de errores de trámite terminan calando en el puerto de La Guaira en lugar de Veracruz, financista activo del Movimiento Al Socialismo y que se encuentra, al momento del nacimiento del niño, maldiciendo la reciente derrota electoral de Teodoro Petkoff en el café El Papagayo.

Es el único al parecer, entre un informal comando de campaña compuesto por cineastas, artistas y otros intelectuales que tienen en común el no contar ninguno con obra conocida (y quienes recorrieron en motos media Caracas lanzando panfletos que alertaban sobre el peligro inminente de un gobierno de ultraderecha católica que abriría la puerta a una nueva diáspora española compuesta esta vez por elementos franquistas y nacionalcatolicistas opuestos a la Transición), que creía que la victoria era posible. Por eso su hijo se llamaría Teodoro. El calor de la derrota y las cervezas de más ocasionan una discusión con algunos militantes de base del partido que le acusan de arribista, de apoyar veladamente al traidor de José Vicente Rangel, de timador y de extranjero capitalista sin conciencia nacional, y un tal Evaristo Gómez, en el momento más acalorado, deja relucir una Beretta 92 que conduce a que entre el grupo se desenfunden otras armas de fuego y cuchillos. La discusión, que tiene todas las de terminar en escandalosa tragedia, culmina silenciada en el anecdotario izquierdista caraqueño con la irrupción de un comando conjunto de la PTJ y la Metropolitana que en un operativo de profilaxis social arresta a todos por igual y los hace pasar la noche en los sótanos de un centro de detención ilegal en San Agustín del Sur.

Un mes después de traslados por diferentes prisiones, la sombra de Ignacio Arana aparece en la quinta familiar en la 4ta Transversal de Montecristo que heredó de sus padres y al ver al niño en la cuna ya sabe que no se llamará Teodoro. Ignacio es un hombre nuevo. Los días de detención, y una buena dosis de palizas tanto de policías como de antiguos compañeros de partido, quebrantan su ímpetu revolucionario y ahora critica a estos últimos por ser una pila de ñángaras ociosos, sin futuro y sin conciencia de qué quieren.

Donde antes se apilaban las doctrinas revisionistas de Eduard Bernstein y el cuestionamiento hacia la lucha armada ahora florecen las vagas enseñanzas del nacionalismo vasco que oyó de sus padres. Se descubre a sí mismo como un abertzale, habla con su hermano de fundar la primera célula de Herri Batasuna en Venezuela junto con otros exiliados vascos (el grupo finalmente se convertiría en un equipo de pelota vasca sin interés en la política), se cree pariente lejano de Sabino Arana en sus fantasías de gestas heroicas que sólo comparte consigo mismo en la soledad de sus pensamientos, ya que desconfía ahora de su mujer, Leire, quien se opone rotundamente a que el niño se llame Donostia. Tiene que intervenir Iñaki para persuadir a su hermano del inconveniente de bautizar a un niño con ese nombre en un país caribeño. ¿Bautizar? Ignacio Arana se sorprende por el nuevo catolicismo de su hermano y lo repudia y el negocio de la pescadería se fractura. Nadie sabe, sin embargo, qué motivó la concesión ante el despreciable reino español y en lugar de Donostia el niño termina por llamarse Sebastián.

Los primeros años de Sebastián Arana transcurren en la placidez de un hogar donde el padre está involucrado en la política imaginaria independentista vasca en Venezuela y con los negocios familiares que sin embargo son bien llevados por la madre. La partición de la pescadería lleva a la fundación de un automercado que prosperaría con los años. Estudia junto con sus dos hermanos mayores, Ignacio José y Jon, en el colegio San Ignacio de Loyola. Es buen estudiante, practica fútbol y noviazgos no le faltan. Junto con sus hermanos y su madre viaja por todo el país en diferentes vacaciones y cuando no hay más lugar que conocer su pasaporte se empieza a llenar de sellos de ciudades latinoamericanas y europeas. No llega a visitar nunca España mientras vive su padre, cada vez más radicalizado y que le inculca al niño, que nació durante su renacimiento nacionalista, toda su ideología compuesta de disparates y consignas en euskera. El niño no entiende nada. Pero desarrolla cierto aire de rebeldía, de desprecio a las normas, que le traerían problemas al alcanzar la adolescencia. Es lector voraz de Goethe, su manejo del francés le permite leer a medias a los simbolistas y entiende en perfecto inglés a Shelley, Keats y sus primeros pasos en la escritura los da imitando a Walter Scott, llegando a comparar a los pobres escoceses con los «pobres vascos» de los que habla su padre (él nunca se sintió, valga decir, vasco, sino profundamente de ninguna parte). Los curas tratan de corregirlo, Sebastián se involucra en un grupo de anarquistas punketos del Country Club, iguales a él: con mucho dinero para consumir todo lo que la contracultura le ofrece a principios de los noventa. Asiste a conciertos en el Poliedro, mira en vivo a Charly García, a Andrés Calamaro, dice que Soda Stereo le aburre y que prefiere ahorrar para ver a The Cure cuando vengan, acude a ver a Guns N’ Roses disfrazado de Slash, no falta a los conciertos en Bellas Artes y Café Rajatabla de 4to Reich y Dermis Tatú más adelante y empieza a considerar el rock como salvación de su vida. De regalo pide una Fender Stratocaster cuyos primeros acordes los da con temas de Metallica y Pearl Jam. Un hecho impide que forme la banda que tenía en mente: la muerte de su padre.

Ignacio Arana fallece en un accidente de tránsito de camino a Puerto Cabello para buscar unos equipos de refrigeración para su cadena de supermercados. Pierde el control de su Ford Blazer, se habla de que iba ebrio, pero esto nunca se confirma. El hecho genera una conmoción en el mundillo de la izquierda venezolana. El antiguo compañero es rehabilitado. José Vicente Rangel publica un conmovedor artículo en El Universal titulado La nobleza del Vasco. Jorge Olavarría, en cambio, induce a creer en la teoría de la vendetta política, unos hablan de la participación de La Bestia Noble en los golpes de Estado de 1992 (El Vasco, en nombre código), nadie puede confirmarlo tampoco. No importa. Falleció y es enterrado en el Cementerio General del Sur, como buen revolucionario. La tragedia causa una crisis familiar. Leire no quiere saber nada de la quinta en Montecristo. La vende y compra una quinta de dos pisos en Santa Eduvigis y se vuelve sobreprotectora con sus tres hijos. Los mayores ya empiezan los estudios universitarios. Sebastián pierde el toque de rebeldía y se apoya en la literatura con aire meditabundo. Gana el perdón de los curas, pero otros sugieren que sigue en malos pasos: vende drogas en el colegio. Esta vez nadie quiso confirmarlo. Empieza a escribir y posteriormente inicia estudios en Derecho.

Es un buen estudiante en la Universidad Católica Andrés Bello, su tesis sobre aspectos de la crisis carcelaria es alabada por Luis Ugalde, S. J., quien lo califica como «joven con un futuro gustoso para el bien del país». Concluye sus estudios y como no tiene nada que hacer ingresa en Letras. Los años de estudios los combina con viajes, con idas a la playa y novias hermosas hasta que conoce a Alejandra, hija de un hombre millonario de pasado dudoso, con quien se compromete en matrimonio. El futuro parece hecho a la medida de esta pareja inteligente y hermosa. Por debajo, Sebastián no deja sus conquistas. Es mujeriego y asiste a fiestas en las que apuesta con sus amigos a ver quien consigue llevarse a la cama a determinada chica. Publica con la editorial universitaria un poemario titulado El albor de mis raíces, que pasa sin pena ni gloria. Ingresa a diferentes talleres literarios en el Celarg y en Monte Ávila. Sus cuentos tratan sobre la vida en la ciudad y no despiertan gran emoción. Su vida empieza a volverse aburrida cuando por intermediación de su tío Iñaki consigue un trabajo en una multinacional de abogados. Se habla de que pronto montará su propio bufete. Un hecho sin embargo ocurre y de pronto cambia de actitud.

Nadie sabe a qué se debe su vuelta a los malos pasos. Renuncia al bufete en circunstancias bochornosas: reenvía por correo electrónico información confidencial a bufetes rivales e insulta a su jefe de manera oprobiosa. Rompe con la novia y funde el anillo de compromiso. Empieza a salir con una chica de dieciocho años que vive en Petare de nombre impronunciable. Sus apariciones en círculos de amigos son cada vez más escasas y cuando lo hace no deja de mostrar una conducta errática. Unos afirman que perdió la razón. Otros, que sufre una crisis de los treinta. La vida de Sebastián Arana parece imparablemente dirigida al desastre luego de que sufre un accidente de tránsito. El amigo que le acompañaba sugiere que fue un accidente intencionado. De pronto ese accidente marca un punto de no retorno: Sebastián Arana desaparece. Su madre, en una crisis de nervios, niega que el hijo menor se haya marchado. Según ella, está dedicado a nuevos estudios. Ignacio José y Jon no saben nada de su hermano. Tampoco les interesa saber. El mundo alrededor de Sebastián parece colapsar. Uno de los últimos amigos que le frecuentan se arroja desde un apartamento de Santa Eduvigis y la policía trata de ubicarlo en vano. Sebastián se ha ido. Su nueva novia se ha ido, suponen que con él. La joven promesa termina en la clandestinidad de la misma manera como antaño lo hicieron los mejores amigos de su padre en los peores años de la lucha guerrillera que financió. No hay quien falte que diga que su hijo ha decidido ir más allá de los pasos que dio su padre: aseguran que está formando un grupo terrorista. Los que estudiaron con él en el colegio señalan que este grupo tendrá tendencias nacionalistas propias de la familia, seguro que se cree un salvador de patrias, dicen, los amigos de su padre que se enteran de su desaparición no se decantan por señalar si su grupo tenderá a la derecha o a la izquierda, dicen, en Sebastián Arana todo es imprevisible y hasta cierto punto volátil. Otros, sus allegados, se ríen de estas versiones y señalan el desinterés guerrerista de Sebastián, creen que se fue de juerga total. Pasan meses y aún no sabemos nada de Sebastián Arana.

La vida estúpida de Sebastián Arana, 7

Escrito por en La vida estúpida de Sebastián Arana

Alddin

Echa un vistazo a tu alrededor y entre gente común como tú no serás capaz de identificar a una acompañante y su cliente. Visten como tú, asisten a la misma universidad a la que vas tú, es el odontólogo que mete en tu boca las mismas manos que horas antes ató a una cama la chica que con frecuencia consigues comprando frutas en Automercados Plaza’s o paseando un pug carlino por el bulevar de El Cafetal. La imagen dista mucho de la puta de sexo indefinido parada en una gran avenida caraqueña iluminada por el anuncio de neón de un restaurante abierto las 24 horas al día. En la ciudad se mueven personas con vidas ocultas que sólo serán iluminadas cuando la casualidad te lleve a conseguirte con una antigua compañera de clases, con la hermana de un amigo, con la asesora del banco donde depositas tus ahorros. Y en momentos así asumes el papel de tu doble vida con la tenue sonrisa de la complicidad que da saberte parte del submundo del sexo comercial de lujo.

No conocía este submundo hasta que la empresa en la que trabajo me transfirió a su nueva sede en El Rosal. En los ratos de aburrimiento me asomo por la ventana de mi oficina y veo al frente el hotel Dallas. El estacionamiento se traga grandes carros que entran manejados discretamente por un cliente con una vida ajena a ese microcosmos del hotel: tienen esposas, son empresarios, son padres modelos, hermanos confiables, socios honestos, hijos con un gran futuro en una firma equis. Mujeres llegan en taxis y entran y salen a cada hora. Los rostros ya me son conocidos. Si te preguntas cómo son, es la chica que verías una noche de viernes en el San Ignacio. Cuento el número de veces y calculo las ganancias que tienen según los portales de acompañantes y superan los miles de bolívares a la semana. Ganan más de lo que tú puedas ganar al mes impregnándote de aroma de aceite de papas fritas en un McDonald’s, desvelándote hasta la madrugada en una agencia de diseño o en un turno de hospital, llenándote de polvo en una oficina o contando dinero como dependiente de una tienda, en un trabajo honrado. La honradez muchas veces viene en forma de esclavitud.

El director de la empresa me encuentra a veces mirando por la ventana. Me llama la atención con indignación, aunque es tan joven como yo su evangelismo militante lo envejece varias décadas, me dice que esas mujeres son esclavas y de inmediato cierra las persianas y me manda a trabajar. Se pregunta cómo hay hombres que gastan dinero en putas. Saco cuentas de una cita sin garantías de nada: una cena completa para dos en Bonsai Sushi: Bs. 240. Entradas al cine para ver el estreno de la semana en un cine de cualquier centro comercial, snacks, dos bebidas, antojos extras: Bs. 120. En menos de seis horas, Bs. 360. Si se queda contigo: habitación noche completa en un tiradero del eje El Rosal-Plaza Venezuela: Bs. 300. Desayuno al despertar en algún café de Los Palos Grandes: Bs. 140. En menos de 24 horas: Bs. 800. Multiplica esta cuenta por cuatro a cinco veces al mes que repetirás para impresionar a una persona que finalmente te dirá que no o si te dice que sí acarreará más gastos de pareja, sin contar en que terminarás esclavizado en tediosos compromisos, en ansiedades celosas, en escenas patéticas donde pierdes tu identidad individual.

Su identidad era lo que buscaba Valeria, pese a que nadie la conocía. Nunca le conté de mi transferencia a El Rosal (en realidad ni era mi amiga para estar contándole estas cosas; ahora que lo pienso, desde hace tiempo que me he vuelto un ermitaño, incluso la barba me cae por los lados de la cara y el cabello me empieza a cubrir los ojos para preocupación de mis jefes. ¿Te preguntabas por qué la transferencia? Allí la tienes: supongo que tarde o temprano me lanzarán a la calle, y no me interesa).

No me sorprendió entonces verla entrar de un momento a otro al hotel. Algo debía explicar la ostentación de que daba muestras últimamente. Fue entonces que me di cuenta de las llamadas que le hacía Sebastián y sus constantes salidas por las noches para visitarla. Sentí asco. La noche del accidente íbamos a «visitarla». Joder, qué cretino fui al no darme cuenta de estas cosas que pasaban ante mí. De hecho, Sebastián me comentaba con frecuencia que contrataba prostitutas las noches en que no quería ver a su novia. Yo simplemente lo tomaba como anécdotas para alardear de su masculinidad y no le prestaba atención a sus primeras señales de querer lanzarse al pozo de la estupidez. Me hablaba del poderío de pagar por sexo, de usar tu dinero para contratar el placer sin compromisos, de arrancarle al sexo su lado humano y de usar la bestialidad que habita en nosotros, su lado izquierdista se difuminaba cuando me hablaba de la salida con una puta de lujo llamada Roxanna a quien llevó a Puerto Azul un fin de semana que su novia estaba de viaje en Buenos Aires de donde le traería varias camisetas de fútbol y demás tonterías a su futuro esposo perfecto. Eran las semanas previas a que rompiera con Alejandra.

Valeria entraba y salía varias veces del hotel. Una tarde salí de mi oficina temprano para atender un caso legal (el divorcio de la mujer) e imagino que me vio. Me ignoró y entró con sus enormes tacones en la punta de unas piernas descubiertas por una falda corta. El sábado sonó mi teléfono y era ella que quería hablar conmigo. Ok, hablemos.

La cité, no sin malevolencia, en el McDonald’s de El Rosal que está de frente al Dallas. En cuanto llegó vestida con un aburrido conjunto verde felpa me dijo que ya sabía todo. Todo qué. Todo lo que vi de ella. Sí, me vio. Era evidente. Qué cosa. No te hagas el idiota. ¿Qué buscas con este trabajo? Entonces me dijo algo que no lo esperaba de ella: que buscaba su identidad. Mira a tu alrededor: todos queremos saber quiénes somos y qué queremos de diferente modo. No sólo Sebastián quería tener el control de las cosas. Tal vez, Sebastián era el controlado de la cosa. Y, efectivamente, lo era.

Valeria sin decírmelo me descubrió que en la búsqueda de ese poder de la independencia sexual Sebastián se había vuelto un adicto que gastaba miles de bolívares al mes pagando por servicios de chicas. Que el sexo pagado había dejado de ser un placer y se había vuelto en una conquista imposible de una satisfacción cada vez más reducida. Consume heroína y sabrás que mientras más acostumbrado estés a ella más te pincharás buscando llegar a una cima cada vez más inalcanzable. Esa era una estupidez que Sebastián no buscaba, sobre las manos del portentoso cazador que portaba un rifle había caído la trampa de la aparentemente ingenua presa que lo retenía envilecido por el sexo. Y ella, Valeria, mi «amiga» Valeria, poco le importaba. De hecho, disfrutaba con una maldad desconocida para mí el ser la droga que inyectaba en los brazos de incautos que creían que también controlaban la situación.

Le pregunté si disfrutaba lo que hacía, y me respondió que sí, que sentía el placer del poder, del dinero en sus manos, de los hombres de diferentes edades que perdían sus fuerzas con las manos envueltas en la cadera de Valeria mientras la penetraban una, dos o hasta cinco veces al día. Sin darte cuenta, ahora mira a tu alrededor y encuentras una ciudad completamente rendida a un súcubo adorablemente envuelto en un ordinario conjunto de felpa verde. La verdadera arma que te destruye es la que crees apuntar a los demás.

Entonces me dijo algo que no esperaba oír. Que lo último que supo de Sebastián era que estaba en algún estado del oriente del país como regente de un burdel de quinta categoría. Quizá alguna pensión en Margarita en la cual utilizaría su dominio del inglés y del francés para atender a una extensa clientela que llegaba más que por las playas por el turismo sexual de las famosas mujeres venezolanas. Que incluso había intentado introducir en el negocio a Dwuaylet. Mira a tu alrededor: la maldad se esconde en los ojos brillantes de una chica que hasta hace poco era alguien sensible al suicidio de un pobre diablo.

Sebastián convertido en un proxeneta. En el fondo me causaba risa. En su búsqueda de la degradación quería hundir a los demás en su vicio. En el fondo, tenía un sentido perverso de la lógica. Y qué querías contarme. Lo están buscando. Quién lo busca. Qué sé yo. Se habrá metido en problemas, pero hay gente de acá que me ha preguntado por él. Saben que lo conozco. ¿Lo matarán? No seas novelero. Entonces para qué me lo contaste. No lo sé, es tu amigo. Mira a tu alrededor: tus amigos son los que más cosas tienen que ocultarte, así que no confío en nadie. No confío en él, le dije, por decir algo. El teléfono de Valeria sonó varias veces mientras hablábamos. No atendió ninguna llamada.

De pronto la imaginé a Valeria como una heroína de historietas. Una heroína cocainómana ocasional que ante el mundo era una chica aburrida. Su otra identidad, la identidad que buscaba, tenía a una legión de seguidores. O de esclavos, da lo mismo. El decorado de la ciudad era el de una Ciudad Gótica donde yo era el único que no sabía que estábamos en una historieta. No lo sé, idioteces que pienso mientras al frente descubro a Valeria atendiendo por fin una llamada. Al parecer alguien la quiere en el Aladdin para las 4 pm. No me deja con la duda: ha llegado un empresario inglés y ella es la que habla su lengua de la agencia. Pago en dólares seguro. Le pregunto hasta cuándo trabajará en esto. Me dice que no lo sabe, hasta que sienta que perdió sus facultades como los superhéroes retirados de Watchmen, y se ríe. No recuerdo haberle comentado mis comparaciones con superhéroes y me siento extraño. El mundo es diferente a partir de ese momento. Antes de irse me anota en una servilleta su otro número que hasta ese momento no existía para mí. Un mundo colisiona con otro. La Valeria que conozco se funde con la otra Valeria y yo sigo estando ajeno a este mundo y cualquier otro. Echa un vistazo a tu alrededor y entre la gente que conoces nunca sabrás quién eres tú para ellos.

La vida estúpida de Sebastián Arana, 6

Escrito por en La vida estúpida de Sebastián Arana

Sofá

Hoy es un día para no hacer nada. Para no abrir un libro. Para no ver televisión. Para permanecer todo el día acostado en este sofá largo de mi apartamento y ni estar consciente del tiempo. Alguna vez, de niño, me dio por romper todos los relojes de mi casa. Pensé que si eso abstracto que era el tiempo me llevaba siempre a clases, si me negaba a ver su concreción en forma de reloj estaba renunciando a la certeza de ver cada mañana a una profesora que odiaba. Tonterías de niño que se grabaron en mi memoria.

Hoy es el típico día que no se grabará en el recuerdo. A diferencia del de ayer: estuve en tribunales, un caso esporádico que me cayó: un divorcio. Pareja profesional, ambos de treinta años, diez años de noviazgo y la convivencia conyugal destruyó todo en menos de dos años. Gritos, peleas, agresión física, mientras peor sean los argumentos que ella me mencioné mejor será para que salga su divorcio. Muchas veces los abogados hacemos un poco de psicólogos, y ya sé aspectos de su vida que en realidad nunca me interesaron saber. Por ejemplo, el divorcio para ella es gran un fracaso sentimental. En el fondo me río: el verdadero perdedor de todo divorcio es la economía personal. Más que sentimental, es un fracaso que acarrea deudas que llevan al empobrecimiento porque las deudas que antes eran de dos ahora tendrás que cubrir sola con unas ganancias que también estarán divididas hacia abajo. En un momento de extraño brillo, le pregunto si acaso no hay manera de evitar el divorcio: ella me dice que no, tajantemente no, que su vida está destinada a cosas más grandes.

 

COSAS MÁS GRANDES

A veces creemos que estamos trazando el mapa de la Historia, cuando no estamos más que dibujando malos bocetos que, de seguirlos, nos llevarán a naufragar en el fondo de nuestro propio ego.

 

Volvamos a los tribunales

Los abogados que sueles ver son de dos tipos: los que llevan varios años ejerciendo y los que están empezando. Quedémosnos en estos últimos: la mayoría son chicos pretenciosos que creen que se las saben todas, recién vestidos con trajes comprados en Zara con la primera paga, muy llamativos porque los llevan muy ceñidos al cuerpo y con rayas, pequeñas versiones de Al Capone modernos, zapatos de aguja pronunciada y corbatas brillantes, malolientes a combinaciones descontinuadas de Perfume Factory, en sus papales de los Futuros Abogados Importantes de la Ciudad y que basta con que los detengas y cuestiones sobre la disposición más elemental del Derecho para que toda su construcción de importancia se desmorone y no tengan más remedio que llamar al equipo interior del engreimiento y la vanidad para que cubran las ruinas de sus egos. Viven de eso: de una imagen de lo que aspiran ser, ¿y qué aspiran ser? Convertirse en el primer tipo de abogados, el de los veteranos en más de una batalla del envilecimiento, en expertos timadores, en tejedores de intrigas, pero conocidos, venerados y honrados como el progreso de la sociedad.

Saúl me decía que luchar llevaba implícita la renuncia de lo que nos hace seres humanos, y por eso él no luchaba contra nada, iba por la vida con la tranquilidad de quien no le hacía mal a nadie, creo que hasta era vegano y en su apartamento de Santa Eduvigis sonaba últimamente música new age. Risas, me reía siempre de sus aforismos sacados de revista juvenil en decadencia. Porque creo todo lo contrario: la lucha es lo que nos hace ser humanos, y quienes no lo hacen terminan envilecidos por la nada o conquistados por otros, como animales, como esclavos, jugando a querer volar lanzándose por las ventanas. Pero algo noté ayer: la lucha de muchos es para, sin saberlo, ser unos grandes estúpidos. En simular que cambian el mundo, o incluso el suyo propio. En jugar a ser los motores de la sociedad, cuando no son más que su carga pesada. En creerse grandes cartógrafos cuando no son más que pobres artistas sin habilidad de usar cuadrantes. Enciérralos a todos en un tribunal y de allí no saldrán nunca. No crearán nada que sea para la posteridad, que es lo único que vale la pena: esa aventura hacia la creación de algo que perdure.

Suena mi celular y me saca de estas ensoñaciones inútiles. Lo tengo al pie del sofá y veo que la pantalla se marca un mensaje de Valeria. Dice que quiere hablar conmigo. No hablo con ella desde hace un mes aproximadamente y la verdad que no me intriga saber qué me quiere contar. Me levanto con la única motivación de hacer algo. La nada me hastía. Me cambio y antes de salir me asomo por la ventana de mi apartamento: el mundo está lleno de personas como Sebastián.

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