Madrid, siempre Madrid (segunda parte)

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Retorno

And what exactly is a dream?

And what exactly is a joke?

Jugband Blues

Pink Floyd

3

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El río Manzanares no me parece tan impresionante como lo describí en un relato. Es otoño y la brisa levanta las hojas al paso de un hombre de mediana edad que recorre la ribera. El hombre, que luce abatido, se sienta en una banca, enciende un cigarrillo y al cabo de unos minutos se fija en una pareja joven que ríe y se besa en otra banca.

Se les acerca y le pregunta al chico:

—¿Amas a tu chica?

El chico, a pesar de la sorpresa, sonríe ante el extraño y no responde de inmediato. Mira a su chica como buscando en ella una aprobación para responder o no. Cuando lo hace no titubea en afirmar:

—Claro. La amo mucho.

Me detengo en esa frase.

Tengo tiempo sin recordar este relato. En realidad, no lo había escrito hasta este momento. Era simplemente una idea que arrastraba con los años y que iba unida a Syd Barrett, autor de Jugband Blues, y cuyo desenlace me resulta ahora mismo incongruente.

El hombre sonríe. La dicha le resulta tan extraña que se le garabatean pliegues desconocidos en el rostro. Dice:

—Entonces cuida mucho lo que tienes. Eres afortunado.

Se aleja hasta llegar a la barandilla. Del otro lado, el río caudaloso.

Me cuesta ahora terminar este relato. Es mi penúltimo día en Madrid y he salido a caminar. Necesito aire fresco, me dije, y salí. Sin notarlo en los últimos días le he seguido los pasos a este personaje de ficción hasta llegar a la ribera del río Manzanares.

El personaje, al igual que yo, hacía un viaje a Madrid en solitario. La historia previa a su llegada al río Manzanares, donde está a punto de tomar una decisión irrevocable, no la cuento en el relato y no me importan esos detalles.

En mi caso los detalles son otros: hasta llegar aquí le di muchas vueltas a Madrid. Fui dos veces al Parque de El Buen Retiro, un lugar donde hubiera situado mejor a la pareja de mi relato porque allí dos personas la hubiesen pasado mejor que una. Y fui dos veces porque la segunda traté de llegar a un Mercadona que en el mapa aparecer junto al parque y terminé llegando sin querer a Atocha.

Posiblemente el personaje de mi relato hubiese ido a los museos a los que fui. Lo que no yo hubiera escrito en el relato fue la sorpresiva e inesperada admiración que presencié en el Museo de El Prado, donde Las Meninas hizo llorar a varios visitantes. No es para menos cuando te enfrentas a esa monumental referencia cultural pintada por Velázquez. Seguro también hubiera ido al Reina Sofía con la única intención de ver el Guernica de Picasso. En el relato hubiera expuesto mi admiración hacia ese cuadro que, en la realidad, me pareció un poco más pequeño pero igual de fascinante en un museo con obras de Liechtenstein y también una famosa lata de Mierda de artista de Manzoni.

No me equivocaba al afirmar el tiempo en Madrid me quedaría corto. Mis visitas eran guiadas por cronómetro. Un momento en el Museo del Palacio Real, otro en el estadio Santiago Bernabéu, una foto en Plaza de Castilla.

Porque Madrid es una ciudad de extensas avenidas que parecieran pensadas para el recorrido (tal como Valencia, pero a una escala mayor): desde el edificio donde me alojé me bastaba ir de la Calle Alcalá a la Plaza Cibeles, tomar hacia el paseo de Recoletos, cruzar la Plaza de Colón y de allí el paseo de La Castellana hasta llegar a sus famosas torres inclinadas Kio. Terminabas con el gusto de saberte a mitad de una gran ciudad. Pero también pensaba en muchas cosas. Por ejemplo, pensaba en el desenlace de mi relato.

Ese desenlace, les confieso, al principio de mi viaje a Madrid, seguía siendo el mismo que originalmente planteé. Pero no quería escribirlo aún, quería llegar hasta aquí para terminar de redactarlo. Mientras tanto me preocupaban los gastos que producen un viaje. Esta clase de ideas son las que arruinan un viaje. Aunque son inevitables cuando en los últimos días la tarjeta de crédito empieza a resentirse, además de que, como venezolanos, vamos ya cortos de euros.

La joven pareja mira con estupor al extraño subirse sobre la barandilla.

Anoche salí a caminar hasta la Plaza de Colón y la Calle Génova para conocer la sede del Partido Popular. Llegué muy tarde a mi casa, con la convicción de que hoy me levantaría temprano para conocer las últimas partes de Madrid que podía conocer. Pensé que no me daría tiempo llegar al río Manzanares. Pensé que dejaría inconcluso mi relato. Debía regresar temprano para preparar mi maleta, sin embargo quería ver cómo atardecía junto al Manzanares.

Llegué hace unos minutos. Caminé por el puente sobre el río y me acerqué a la barandilla. Hacía una buena brisa y el sol estaba escondiéndose en el horizonte. En ese instante tuve una asombrosa calma. Una calma como pocas veces he sentido. Estaba allí solo, de cara al sol y a la brisa, y entonces me di cuenta de la insignificancia de muchas de las preocupaciones que solemos tener. Estoy aquí ahora, al término de un viaje que en un principio temí si debía hacerlo o no, y me doy cuenta que ha valido la pena. Ha valido la pena cada día que he pasado, y sobre todo ha valido la pena viajar con ella. Me siento afortunado, tontamente afortunado de tener los pies aquí ahora, de ver cómo avanza un río que es muchas veces más pequeño de cómo lo describía, afortunado de poder sentir cada instante y de que ella forme parte de mi vida a su manera y de cada día que llevo conociéndola.

Para poder culminar el relato era necesario que yo llegara hasta aquí, porque entonces ese personaje, al principio abatido, de seguro se hubiera sentido como yo en este momento y en lugar de subirse a la barandilla le hubiera dicho al chico que tuviera el valor de decirle a su novia que cada día la ama más, que le pida perdón por las veces que ha sido desconsiderado con ella y que le haga saber lo importante que es ella en su vida. Todo esto quizá parezca tonto, pero termina cambiando el desenlace original de mi relato.

Por fin lo termino de escribir. Ese giro del relato me ha sorprendido, tal vez lo publique en mi blog cuando regrese a Venezuela. Regresar. Mañana regreso a Venezuela, aunque la verdad es que quisiera quedarme aquí. Al menos me voy como me siento ahora, y eso aplaca cualquier angustia que pudiera aparecer.

Madrid, siempre Madrid (primera parte)

Escrito por en Reseñas, Viajes

Madrid, siempre Madrid

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Hace casi un mes leía en el avión Tokyo Blues de Murakami. Con la lectura poco recomendable de este libro nostálgico iniciaba un viaje de tres semanas que me llevaría por varias ciudades españolas y a Malta. Escribo esta última nota ya de regreso en Venezuela y debajo de cada reseña anterior hay historias que no dejan de ser importantes pese a no haberles dedicado una palabra. Ese silencio fue intencional: porque son las historias personales que conformaron este viaje y que determinaron momentos gratos unos, otros no tanto, pero son las historias que están allí para decirme que he sido afortunado de haberlas vivido.

Cierro la tapa del libro y lo guardo en mi maletín: hemos llegado a Madrid con unas horas de retraso y he perdido el vuelo hacia Girona que me conectaría a Barcelona. No me inquieta en realidad: después de ocho horas de viaje lo que menos quieres es subirte a otro avión. Así que mi primer recuerdo de Madrid se reduce a las largas pasarelas en el aeropuerto de Barajas que me llevaron hasta la estación del Metro y de allí hasta Atocha donde tomé el tren de alta velocidad hasta Barcelona. Así que mi primer recuerdo de Madrid fue ese: el de las vías internas de la ciudad.

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Hubieron de pasar dos semanas para que regresara a Madrid, ya sin el libro de Murakami que perdí en el robo de Valencia. Esta etapa final del viaje se me antojaba extraño porque lo haría solo. Solo en una ciudad de la que únicamente conocía unas pocas estaciones del Metro.

El vuelo desde Valencia, a donde llegué de Malta, fue el peor de todos: cuando viajas en compañías áreas de bajo costo como Ryanair sabes que te enfrentas a un servicio donde las ganancias empresariales están por encima de la calidad (y diría que hasta de la seguridad). Como el avión despegó con 20 minutos de retraso, el piloto no halló mejor manera de recuperarlos que impulsando al aparato a una velocidad desconocida para mí en vuelos anteriores. Tal era la rapidez del avión que nadie podía levantarse del asiento, la tripulación no hizo de mercachifle como suele hacer (vendiendo comida, perfumes, loterías) y las alas del avión se batían durante minutos en que por el rugido de las turbinas pensé nebulosamente que el avión se desarmaría en el aire. Pero ni siquiera tuve la oportunidad de desarrollar bien esta idea porque ya habíamos llegado. Un vuelo que suele demorar una hora duró apenas 40 minutos. Los aplausos que suelen dar algunos pasajeros cuando el avión aterriza fueron sustituidos por el suspiro colectivo de que llegamos a salvo a Madrid.

Nuevamente las pasarelas hasta llegar al Metro y de allí diversas conexiones para llegar a la céntrica estación Sol, corazón de Madrid y ombligo de toda España. Con mi enorme mochila salgo de la estación y en el primer lugar que consigo compro un mapa por cuyo tamaño parece de uso militar. ¿Sabes que incluso me haces falta para leer el mapa? Después de dar varias vueltas, entrar a un McDonald’s para usar wi-fi que no consigo y de preguntar en vano, hallo el edificio junto a la calle del Arenal donde se encuentra mi hostal: la Casa de Huéspedes San José. Un hostal que se promociona como una residencia típica española: es decir, pisos de maderas que crujen a cada paso que das y balcones también de madera. La ubicación no puede ser mejor: junto a la Puerta del Sol y detrás de la Gran Vía madrileña, los siete días de hospedaje que pagué valieron la pena.

Dejo caer la mochila, dejo enchufada la laptop y bajo al Starbucks que está en planta baja: si en las tres paradas previas gasté casi mil y pico de euros bebiendo granizados, acá terminaría por sobregirar las tarjetas en ese vicio cafeínico que desarrollé en España. Subo, me tumbo a dormir y no puedo: estoy junto a la Puerta del Sol que nunca duerme. Enciendo la laptop y empiezo a escribir unas líneas que se convertirían en las reseñas de las dos semanas previas del viaje. En estas líneas se repite un nombre que no es el mío. Releo y pronto me vence el agotamiento y me acuesto en la cama.

Pienso en el ejemplar de Tokyo Blues que he perdido, pienso en el inicio de esta novela en la que el protagonista llega a un aeropuerto y sufre un golpe de melancolía. Entonces entiendo por qué me recomendaron no leerla durante el viaje. Consulto una vez más el enorme mapa y empiezo a trazar las rutas del día siguiente. El tiempo quedaría corto para Madrid.

schweppes gran via

Malta a dos versiones

Escrito por en Reseñas, Viajes

Malta a dos versiones

Álvaro, esto es un peladero de chivos —Virginia, mirando por la ventanilla del avión.

Preámbulo

Esta es la reseña que me mataba por escribir. Ni siquiera la de Barcelona (ciudad que me gustó), ni siquiera la de Valencia (ciudad con un gran acuario), ni siquiera la de Madrid (donde pasé más días). No, ninguna de ellas: escribir sobre Malta era una urgencia casi patológica desde que el avión despegó de esa isla tan contradictoria y bipolar que merece, bien merecida tiene, una reseña igualmente contradictoria y bipolar que he dado en llamar Malta a dos versiones. Estimada lectora, estimado lector, siéntese a leer a gusto la siguiente reseña y si luego de pasar el punto final llega a temer por mi cordura ante tantas contradicciones, ambigüedades y desmentidos de lo que escribiré, tiene toda la razón: Malta es un país que enloquece y enamora a la vez a cualquiera.

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La elección

(Proto-preámbulo o pre-preámbulo o post-preámbulo, ya ni sé)

La elección de Malta como destino turístico se debió quizá al exotismo que despierta un país a caballo (literalmente hablando) entre Europa y África, punto de disputas medievales, hogar de cruzados, ruinas asombrosas e imágenes de agencias de viaje que la venden como todo eso y aun así (con tales advertencias) siguen inundándola olas de turistas que van al encuentro de playas rocosas y a padecer su calor horroroso. Con todo ello, el país tiene algo que enamora: ese aire romántico, de huir de la civilización, de añejas costumbres conservadas por un pueblo que se parte entre la rudeza de sus hombres y la ingenuidad de sus mujeres, con un idioma propio replegado tímidamente ante la fuerza de un inglés legado por su condición de excolonia británica y que suena, para los oídos extranjeros, con un acento greco-siciliano.

Es decir, Malta es un país no-país.

Un país no-país que vive en el paraíso terrenal y que es tan católico que mires donde mires hay una iglesia o la figura tamaño natural de un santo o una virgen (Fig. 0). Incluso el divorcio no se contempla en su legislación. Claro, esto no lo vimos en las imágenes turísticas: vimos sus playas paradisíacas (en fotos tomadas con ángulos que luego descubrimos engañosos) y listo: ofertas de Ryanair y vamos a Malta.

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Versión 1

Cuando el avión empieza a descender sobre Malta lo primero que sientes es el vértigo de creer que te vas a estrellar en una isla donde sólo hay rocas y acantilados y que serás protagonista de una secuela más extraña de Lost dirigida por David Lynch. De pronto aparece el Aeropuerto Internacional de Malta (Fig. 1) y allí tus temores se disipan por un momento… hasta que traspasas la salida y ante el sol abrasador empiezas, en delirios, a apiadarte por cada alimento que has metido en un microondas. Es verano, las temperaturas en el día no bajan de 35 grados y súmale a ello la aridez del país, las horas de vuelo y el equipaje que arrastras para luego: that’s is a bingo!, los malteses son tan pintorescos, simpáticos y nostálgicos que te ofrecen unos autobuses estilo-Habana-vieja (Fig. 2) conducidos por sujetos que parecen versiones diabólicas de Zorba el griego y que llevan en cada dedo enormes sortijas doradas y en el antebrazo el tatuaje de una culebra (y no es mentira).

Por si esto fuera poco, tienen un sistema de paradas radial: por ejemplo, si estás en Chacaíto y quieres llegar a Chacao, tienes que montarte en un autobús que te lleve a La Hoyada y de allí tomar otro que vaya hasta Chacaíto. ¿No son brillantes? Virginia y yo habíamos reservado una habitación en un hostal-finca en Hal-Far, al sur del aeropuerto, pero según el chofer debíamos ir a La Valeta, la capital al norte de la isla, para luego tomar otro autobús rumbo al sur (?). Además, en Malta no hay autopistas como las conocemos, así que los viajes son generalmente lentos y tediosos.

La referencia a La Hoyada no es casual: el terminal central de autobuses de Malta se encuentra a las puertas del casco histórico de La Valeta (Fig. 3), y es un terminal que te hace cuestionar si realmente estás en un país miembro de la Unión Europea o si el avión atravesó un portal hasta llegar al terminal de Nuevo Circo un viernes de quincena con Caracas-Magallanes y el metro cerrado. El terminal es la cumbre del antiturismo: una serie de círculos al aire libre y ante el cual prolifera un mercado persa y donde ves caras poco simpáticas.

En el terminal de La Valeta, Virginia y yo consultamos la ruta de nuestro destino en el mapa oficial de paradas y comprobamos que la parada no existía. Al menos no en el mapa oficial. Durante el tiempo que esperamos nuestro autobús fantasma pasaron varios hombres a caballo alrededor de la fuente que hace de punto central del terminal. Por momentos dudamos en si seguir en Malta o regresar al aeropuerto y tomar otro destino: Alguer, Nápoles o Sicilia. Llegó el autobús, se llenó y Virginia y yo éramos los únicos con aspecto occidental y enormes mochilas de turistas. Listo: hasta acá llegó nuestro viaje: hasta la parada final, junto a un barrio de chabolas donde bajaron todos los demás. Para llegar hasta allá tenías que pasar por las «fotogénicas» playas maltesas como Pretty Bay (Fig. 4), que se extiende junto al puerto de carga (es decir, si nadas un poco más allá de la orilla puedes encontrarte con las hélices de un carguero o la mancha de gasoil dejada por un petrolero).

La parada final estaba rodeada por el barrio y por enormes granjas vinícolas, pero nuestro hostal-finca no aparecía. Luego de dar vueltas sin encontrarlo tomamos el autobús de regreso al aeropuerto y pensamos que ese era el mejor sitio de Malta: porque de allí te puedes ir de la isla.

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Versión 2

Cuando llegues a Malta dispón del efectivo suficiente y la licencia para conducir un vehículo al modo británico. Es la mejor manera de moverse por la isla. Si no, contrata los servicios de un taxi o desconfía del inglés de los choferes de autobuses: para llegar del aeropuerto a Hal-Far podías hacer una transferencia a medio camino y no era necesario llegar hasta La Valeta, como nos habían indicado.

Luego de decidir que seguiríamos con el viaje, tomamos un taxi hasta Hal-Far por €16 y el taxista telefoneó al dueño del hostal, quien nos recibió al borde de la carretera y nos llevó en camioneta hasta su casa: el hostal fue el Ta’Bertu Guest House, una finca con una extraordinaria casa de estilo mediterráneo donde producen vinos y mermeladas —que eventualmente probaríamos—, tienen una amplia piscina y una confianza en disponer de las cosas de su hogar que choca con nosotros, los venezolanos, tan dados a jugar caribe donde sea. La atención fue magnífica en todo momento, y quizá hasta hubo sobreatención, pero lo atribuímos al carácter cordial y tranquilo de los malteses. Instalados en una amplia habitación, y frente a lo que resultó ser un campo de refugiados del norte de África, nos acostamos a dormir esperando por conocer buenas playas los cuatro días restantes de viaje.

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Versión 1

Salir de paseo en Malta puede ser un dolor de cabeza. No sé si por ser verano, pero las tiendas abren a partir de las 11 am y cierran antes de las 4 pm. Los autobuses demoran en pasar y los taxis no se ven a menudo. De esa manera anduvimos por toda la isla buscando playas que en lugar de piedras tuvieran arena donde hundir nuestros pies reventados: St. Thomas Bay, una playa-peñón desde donde hacen clavados llamada Peter’s Pool, Marsaskala, Marsaxlokk, todas ellas en el sur y poco amistosas. Si quieres playas con arena, debes dirigirte hasta el norte de Malta y allí encontrarás Golden Bay (Fig. 5), la mejor playa que vimos pero a la que llegas tras cruzar con la nariz cubierta enormes granjas de no sé qué alimento que nunca quisieras probar.

En todo ese recorrido por la isla (que puedes conocer por completo gracias al transporte medieval) conoces la gran mala influencia que ha ejercido Jersey Shore sobre la juventud maltesa: todos visten así y con lentes de reggeatoneros. La música en Malta es otra cosa: las radios suenan con baladas rancias de los noventa o sino con algo tan indefinido que llegamos a llamar changa maltesa, con conciertos publicitados por toda la isla con afiches de pasante de curso de diseño gráfico de la Baralt. En fin.

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Versión 2

Malta tiene como mayor atractivo turístico su casco histórico (Fig. 6). [Nota: recordar qué más hicimos en el casco histórico que se pueda agregar aquí, corregir que los hombres a caballo hacen paseos turísticos]

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Versión 1

Después de las 4 pm todo está muerto y con el casco histórico casi cerrado, donde por supuesto lo único abierto son sus iglesias (en las cuales hay varios Caravaggio que no vimos para evitar hacer cola bajo el sol de la tarde), lo mejor es irte a casa, disfrutar de la piscina y luego encerrarte en la habitación para tomarte fotos sin sentido (Fig. 7). Tienes que esperar que amanezca para planificar qué hacer durante las primeras horas del día siguiente.

Blue Grotto: situada al sur de la isla, es sin dudas lo mejor que ofrece Malta (Fig. 8) [borrar capítulo 2, versión 2]. Una serie de grutas en el mar al que llegas en lancha. Un paseo corto pero en el que aprecias la majestuosidad del Mediterráneo en todo su esplendor.

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Las últimas horas de tu visita a Malta quizá sean las mejores. Entonces haces balance de tu estadía y te das cuenta que, a pesar de todo, no la has pasado tan mal. Que ha sido un viaje necesario incluso como escarmiento: Malta tiene dos versiones: la que ves desde afuera y la que conoces adentro, así que averigua mejor a dónde irás, no te dejes deslumbrar por las imágenes que promueven el turismo y deja el orgullo y hazle caso a tus amigos que ya tienen referencias de la isla. Pero también, necesario para conocer otra culturas y formas de asumir la vida. El maltés es tranquilo, vive una vida sin muchas preocupaciones y trata de ser cordial con los turistas.

Con el temor de perder el vuelo en un país con tanta impuntualidad, el taxi que nos llevaría hasta el aeropuerto apareció antes de las 5 am y en menos de cinco minutos llegamos. Era el fin de Malta y del viaje compartido con Virginia: yo tomaría rumbo a Valencia para luego conectar con Madrid, ella regresaría por la noche a Londres. Por momentos hubiera preferido quedarme atrapado en esta isla unos días más.

El avión alzó vuelo sobre Malta y pensé que quería escribir esta reseña por muchas razones. Unas están escritas aquí, otras no. Llegué al aeropuerto de Valencia, y esperé varias horas hasta que, un poco triste, subí a otro avión que me llevaba más lejos todavía, rumbo a Madrid.

Valencia a contrarreloj

Escrito por en Reseñas, Viajes

Valencia

La segunda etapa del viaje nos llevó a Valencia. Llegamos en Renfe a la Estació del Nord, situada junto a la Plaza de toros y cerca del Ayuntamiento. Para alguien a quien las corridas de toros le resultan indiferentes (para escándalo de algunos de los lectores entusiastas de este blog, que esperan mi «compromiso» con todas las causas), me impresionó la monumentalidad del coso y el arraigo que hay en parte de la sociedad española que ese día hacía una larga cola para comprar los tickets para una corrida (Fig. 1). No me interesan las corridas de toro: me impresionan cómo mueven masas.

De entrada Valencia es una ciudad que destaca por su relativamente nuevo Museo de las Ciencias y de las Artes (Figs. 2 a la 5), construido sobre el antiguo cauce del río Turia. Un complejo que se me antoja como una forma ingeniosa de cambiar la fisonomía de una ciudad y hacerla más habitable (para segundo disgusto de los hipsters que alegarán que cambiar el curso de un río con tendencia al desborde es un ecocidio). Estoy parcializado ante la obra de Calatrava, así como para la de Gaudí. Era inevitable que me gustara de principio a fin, aunque el día que fuimos había edificios cerrados por obras (el Palacios de las Artes Reina Sofía [Fig. 6] y el Ágora [Fig. 7]). Pero estaba abierto, en cambio, el Oceanogràfic.

Si a pesar de leer este blog tan impertérrito conservas un alma de niño y te gustan los parques llenos de animalitos y esas cosas, L’Oceanogràfic es tu lugar. Por alrededor de €20 disfrutas de una selección de la fauna marina de varios continentes. Los enormes acuarios están dispuestos en forma de túnel, lo que te permite observar cardúmenes pasando sobre tu cabeza o encontrarte frente a frente con la dentadura de un tiburón (Figs. 8-15). A lo largo de este recinto encontrarás también aves, desde las tropicales (Fig. 16) hasta los pingüinos con su tan peculiar olor.

Esta etapa del viaje fue más corta y el tiempo no alcanzó para ir al Bioparc. Otros lugares cercanos, como La Albufera, quedarán para otra ocasión. Valencia se presta para largas caminatas sin destino. Si lo hubiere, el único sería disfrutar en compañía de sus grandes espacios abiertos bajo un cielo fresco de verano.

En comparación con la bulliciosa Barcelona, Valencia es una ciudad más sosegada y con unos toques añejos evidenciados en una numerosa población anciana que seguramente disfrutará de la benignidad de un clima mediterráneo. De hecho, gran parte de las obras arquitectónicas que alcanzamos a ver acentuaban en sus elementos una claridad que se confundía con el cielo azul y soleado. Es también una ciudad lujosa, no en balde es sede de etapas de las exclusivas Fórmula Uno y de la Copa América de vela, circuitos que faldean la larga costa valenciana en playas que, en principio, no me resultaban muy simpáticas. Había que recorrer parte del paseo marítimo para llegar a la atractiva Malva-rosa.

No obstante ese lujo, o quizá, debido a él, Valencia tiene un aspecto muy común a las grandes ciudades: la delincuencia, de la que este atribulado y pichirre autor fue víctima cuando, para no pagar sobreequipaje en su vuelo hacia Malta (viaje del que hablaré en la siguiente entrada), la maleta que dejó consignada ante el dueño del hostal donde se alojó (el Valencia Beach, que a pesar de ello vale la pena) fue robada en el carro de éste (hecho del que nos enteramos en Malta). Moraleja: más vale pagar por el equipaje extra que perder una maleta cuyo contenido multiplicaba el valor de ese recargo (por ejemplo, la chaqueta que llevo puesta en la foto).

Salimos de Valencia temprano hacia el aeropuerto, con una maleta menos y con la ropa limpia luego de pagar €30 de lavandería, con destino a Malta vía Ryanair (de la que hablaré en la entrada sobre Madrid, la ciudad que cierra mi viaje). Minutos antes de llegar al Aeropuerto Internacional de Malta, y cuando ya la isla se apreciaba desde el avión, Virginia exclamó: «¡Esto es un peladero de chivos!» La frase me pareció graciosa. Sin saberlo, efectivamente estábamos llegando al último peladero de chivos en la faz de la Tierra.

El encanto de Barcelona

Escrito por en Reseñas, Viajes

Barcelona

Barcelona es una ciudad que te enamora. Nada más antipático que afirmar que uno conoce una ciudad cuando apenas está de paso unos días. Por lo cual no puedo decir que conocí la ciudad condal, pero sí que me encantó haberla elegido como apertura de mi viaje de este año. Porque la capital catalana tiene un encanto que muy bien sabe vender con su carácter bohemio y cosmopolita.

Barcelona es una ciudad global, multicultural (a pesar del celo demostrado hacia su identidad, como el uso prioritario de la lengua catalana en todos sus ámbitos) y dotada con unos atractivos turísticos que hacen que tu agenda de viaje siempre quede corta. Lo notas al poner tu pie fuera de alguna de las estaciones de su Metro, parte de un sistema de transporte (Fig. 0) general con una efectividad y puntualidad desconocidas para alguien que llega de una ciudad tan caótica como Caracas. Su sistema de transporte municipal (metro, autobuses, etcétera) es preciso, rápido y conecta de un extremo a otro de la ciudad en apenas minutos. Con tales presupuestos es de esperar que, en mis cinco días de estadía, nunca observara una cola (atascamiento) en las calles o avenidas barcelonesas.

Llegué a Barcelona en tren desde Madrid (ciudad que cierra mi viaje); el plan inicial estaba en viajar en avión desde la capital española hasta Girona y de allí conectar en autobús con Barcelona, donde me encontraría con Virginia Palomo (Fig. 1), mi compañera en parte del viaje, pero tuve que cambiarlo ya que no podía dejar Venezuela (ironías ahora que hablo de lo puntillosos que son los catalanes, ¿no?) sin librarme de nuestras tan características muestras de impuntualidad e ineficacia demostradas con el retraso de cinco horas de Santa Bárbara Airlines.

Si viajan con el presupuesto limitado (y si son venezolanos castigados por Cadivi, serán de esos viajeros) y la aventura no les da asco, la mejor opción de alojamiento son los muchos hostales que prestan servicios mayoritariamente a jóvenes mochileros. Nos alojamos en un hostal llamado Albergue Estudio, ubicado cerca de la estación de metro L6 Reina Elisenda. Si esperas atención al estilo Hilton o Marriot este no es tu lugar: las habitaciones son pequeñas, compartidas y el desayuno es mejor comprarlo en los siempre salvadores supermercados Carrefour o Mercadona para evitar así esos dos trozos de pan-rompe-dientes que un huésped australiano llamó sin sutilezas crap (los venezolanos usamos otro término: tremenda mierda).

Como buenos barcelonistas que somos, debíamos empezar nuestra peregrinación catalana por el templo del equipo que es más que un club: el Nou Camp (Fig. 2).

Entrada del Nou Camp

Fig. 2. Entrada del Nou Camp.

Un estadio al que por una cifra cercana a los €20 accedes a su museo repleto de copas (Figs. 3 y 4) y al campo por el que tantas glorias del balompié han pasado (Fig. 5). Para ser franco, el campo me pareció más pequeño de lo que luce en pantalla (Fig. 6). Pero debe ser por la disposición de las butacas, que ayudan a que tengas una muy buen visual del terreno así estés sentado en la última fila. Una experiencia grandiosa y que vale la pena vivir así no te guste el fútbol, aunque es seguro de que saldrás cantando:

Tot el camp

és un clam

som la gent blaugrana

Tant se val d’on venim

si del sud o del nord

ara estem d’acord, ara estem d’acord,

una bandera ens agermana.

Blaugrana al vent

un crit valent

tenim un nom

el sap tothom:

Barça, Barça, Baaarça!

Tras ese éxtasis deportivo, al día siguiente tomamos la ruta hacia el imponente Monumento a Colón (Fig. 7) y terminamos en el Puerto de Barcelona (Figs. 8 a la 11), un ejemplo de cómo un lugar que fácilmente puede caer en la depresión económica es vigorizado al ser transformado en un paseo con el gran centro comercial Maremagnum de fondo (era imposible no asociar lo que se podría hacer en La Guaira si no tuviésemos un gobierno declarado enemigo del capitalismo). De allí el Teleférico del Puerto (Fig. 12, vista) te lleva hasta la montaña de Montjuïc (Fig. 13, vista) (la cual, ya por cansancio, no recorrimos completamente).

Figs. 0 a la 13.


Algo que no podía dejar fuera de este viaje era conocer en persona la obra de Gaudí. Como buen turista (que no suelo ser uno de ellos, ya que me gusta en cambio lo menos turístico) pasemos por el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia (Figs. 14 a la 17), esa imponente obra inacabada que puede verse desde gran parte de la ciudad. Para escapar de las largas colas de acceso al museo entramos por la puerta trasera al interior de la iglesia para presenciar un bautizo. De allí nos perdimos en la L5 y comprendimos que la inseguridad es también común en las grandes ciudades cuando un agente de policía y un inmigrante africano sacaron a rastras del vagón a un hombre drogado. Los otros edificios emblemáticos gaudianos se me escaparon por falta de tiempo, pero logramos llegar al Park Güell (Figs. 18 a la 22), con sus miles de turistas montados sobre el famoso dragón (Fig. 23).

Turistas haciendo de turistas; lástima que el dragón no sea de verdad

Fig. 23. Turistas haciendo de turistas; lástima que el dragón no sea real.

Figs. 14 a la 22.

Otros lugares que visitamos fueron el Palau Nacional, sede del Museu Nacional d’Art de Catalunya (Figs. 24 a la 27), un edificio imponente visto desde la cercana Plaza España (Fig. 28), el barrio gótico, la Torre Agbar (Fig. 29), las playas barcelonesas (Fig. 30), el Museo d’Art Contemporani de Barcelona (Fig. 31).

Torre Agbar

Fig. 29. Torre Agbar.

Figs. 24 a la 31.

Barcelona es interminable. Mires desde donde la mires, Barcelona se impone como un destino que te quitará varias horas en largas caminatas retribuidas por esa fascinación plasmada en la fase de Woody Allen: «Barcelona es la mejor ciudad del mundo». Siendo honesto, quien escribe no puede aproximarse a esa afirmación de alguien que ha recorrido medio mundo, pero debe estar cerca de la realidad cuando comparas en ella todo lo que podría ser tu propia ciudad (en mi caso, Caracas) si sus autoridades se dedicaran a gobernar de manera ordenada y eficaz.

Dejamos Barcelona en un tren al sur con destino a Valencia. Me quedaron ganas de regresar pronto a la capital catalana. Seguro nos veremos de vuelta.

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