Cuando Venevision se escandaliza por los tatuajes y el ser conservador del venezolano

Escrito por en Estado social

helen_jade

Hay en el Noticiero Venevision una sección de salud llamada Al natural es mejor conducido por una periodista muy atractiva y joven. En esta sección se aborda una variedad de temas manejados con los puntos de vista muy conservadores de ella, o de la persona que escribe los guiones que ella lee. Supongamos que son sus ideas, para claridad de esta nota. Hoy habló de los tatuajes. En realidad, todo el segmento se lo dedicó a los riesgos que implican los tatuajes y a mostrar a quienes se los hacen como seres descerebrados y que poca atención ponen a su salud (estuvo a unas pocas palabras de llamarlos idiotas), para culminar diciendo algo que ni siquiera es una idea propia, sino la manida y reaccionaria frase: «Hacerse un tatuaje es atentar contra el cuerpo» (observación curiosa proviniendo de una chica que claramente ha pasado varias veces por el quirófano para hacerse operaciones estéticas que han alterado su cuerpo).

Cualquiera podría defender los puntos de vista conservadores alegando que «cada quien tiene sus opiniones» y que hay que respetarlas. Recientemente un precandidato a la alcaldía de El Hatillo se refirió a los homosexuales casi como enfermos mentales que podían transmitir su «desviación» si la sociedad lo permitía, y ante la avalancha de críticas que recibió se defendió diciendo que esas eran sus opiniones y pedía respeto como él respetaba las de los demás (claro, lo dice por Twitter quien terminó bloqueando a todas las personas que le criticaron, entre ellos a mí, que tan solo le critiqué que pusiera durante varias horas como privado su perfil público en ese servicio de microblogging). De ser así, tanto Hitler como el nazismo tenían opiniones.

Lo peligroso de dichos puntos de vista está en que muchas veces van con una gran carga discriminatoria. Y de la discriminación se pasa a la negación del otro en un segundo. Las conductas que ellos critican son conductas que no les afectan directamente. Por el contrario, quienes sostienen puntos de vista así actúan sintiéndose envestidos de una autoridad moral que nadie les ha dado para negarle la existencia «al otro». Para negarle los derechos que ellos gozan libremente «a los otros».

Esa frase que la periodista repitió lleva la carga de que hacerse un tatuaje atenta contra el cuerpo porque el cuerpo es sagrado, un tesoro dado por Dios y que solo le pertenece a él, y por lo tanto quien se tatúa es una persona intrínsecamente mala, porque quien se daña a sí mismo y atenta contra Dios puede fácilmente dañar a los demás. Esa es la opinión que, en un país conservador como Venezuela, se repite como una verdad incuestionable y termina estigmatizando a las personas tatuadas como gente que va encaminada, si es que ya no lo está, al mundo del crimen, de las drogas, de la perversión. (Habría que empezar a contar cuántos tatuajes tienen los políticos que alrededor del mundo han hecho tanto daño.) Allí está el peligro de opiniones aparentemente inocentes que repetidas se transforman en herramientas para despreciar al «diferente».

PS: La semana pasada se habló en esta sección sobre «la desnudez en familia». De si es bueno o malo (otra vez la lucha entre el bien y el mal) que los niños vean desnudos a sus padres cuando se bañan. Pero lo trataron de tal manera rancia que la desnudez quedó como algo pervertido, pecaminoso, profano. Tomaron la opinión en la calle de varias personas de diferentes edades y condiciones sociales y todos coincidieron en que la desnudez es un tema tabú para los niños. Podrías pensar que los productores de esta sección seleccionaron a la gente que piensa como ellos, pero no lo creo. Haz esa misma entrevista en la calle y seguro encontrarás respuestas que dejarían pendejo de Benedicto XVI. Porque el venezolano es un pueblo muy conservador.

Vivimos en tiempos supuestamente de revolución, de rebeldía, la propaganda cursi de izquierda nos ataca por todas partes, pero aún los venezolanos nos escandalizamos de ver un culo o de decir coño en televisión. De hecho, este mismo gobierno que se dice progresista y de izquierdas ha creado a Conatel, un organismo encargado de velar por el conservadurismo en la radio y la televisión (si estás pensando en ese programa que pasan al filo de la medianoche en VTV como una muestra de no-conservadurismo, es porque ya tomas como natural que llame maricones para insultar y solo te quedes con la palabra, y no con el mensaje de desprecio hacia los homosexuales, algo típico del ultraconservadurismo más abominable).

Mucho menos se habla en el país de temas que en otros países ya se toman como parte del debate legislativo: hablar del derecho de las mujeres al aborto, de los derechos para la comunidad LGBTI, de la despenalización de las drogas recreativas y de la eutanasia, entre tantas cosas, es algo que no se toca en Venezuela porque los legisladores saben que eso va en contra del «ser venezolano», ya sea que éste se identifique con la izquierda o con la derecha: en el fondo todos son conservadores y muy religiosos.

Incluso el tema se complica cuando desde el mismo Gobierno central se promueve una sociedad regida con un carácter místico-religioso que de seguir así nos llevará al nivel de otro de los aliados imposibles de un gobierno progresista: la república teocrática de Irán.

Desde la guerrilla comunicacional se vende la imagen artificial que en Venezuela se está haciendo la revolución para afuera pero son otros los países que vienen a dictarnos cátedra en el progreso de los derechos individuales, como la pequeña Uruguay (con su presidente amigo del nuestro, o del que teníamos o tenemos, ya no lo sabemos) o el supuestamente conservador Estados Unidos. No me hablen entonces en vano de progresismo, porque quienes dicen promoverlo son los mismos que luego se unen en oración por la salud de un militar.

Los defensores equivocados de Julian Assange

Escrito por en Estado de política

Equipo defensor de Julian Assange

Haz el siguiente experimento: pregúntale a cinco personas corrientes de qué se le acusa a Julian Assange y por qué se pide su extradición a Suecia. Si el tema no fuese lo suficientemente serio ─que lo es cuando una persona está siendo investigada por  delitos graves─, las respuestas llevarían a la perplejidad por lo alejadas que están de la realidad, y lo salpicadas que están de teorías conspirativas y manipulaciones.

La mejor defensa pública que se le puede hacer a Assange es empezar por desmontar la falsa creencia de que se le acusa por ser cabeza de una organización (WikiLeaks) que «extrajo/robó/filtró» cables confidenciales de la diplomacia estadounidense, cuando de hecho esta organización lleva años siendo tan solo una plataforma que utilizan terceros para dar a conocer información sensible de gobiernos de cualquier signo político. (La verdad que el propio Assange poco hace para que la gente deje de creer esto cuando habla de cacerías de brujas dirigidas por el presidente Obama.) A partir de allí, se debe entender que la orden de extradición al reino de Suecia (y no a Estados Unidos, como muchos creen) está relacionada con una investigación (y no acusación) que se le sigue a Assange por denuncias de delitos sexuales que fueron interpuestas… tres meses antes de que fueran publicados aquellos documentos de la discordia. Hay personas que saben esto, y aun así insisten en alegar que esto es un montaje y que de ser extraditado a Suecia, la justicia de este país renunciaría a sus acusaciones y lo entregaría para el sacrificio a Estados Unidos (país que de paso no ha pedido su extradición), de lo cual se infiere que estas mismas personas consideran que Suecia, uno de los países más avanzados del mundo y con un historial inmaculado en defensa de derechos humanos y de los perseguidos, se comportaría como una «monarquía bananera» sometida a las presiones de otra nación.

Parte de todas estas creencias, equivocaciones, paranoias y confusión de términos legales que llevarían a esas cinco personas del experimento a dar respuestas incorrectas se debe a que este caso ha sido descontextualizado y lanzado al pozo de la mala política por los propios «defensores de primera línea» de Julian Assange.

El ideario que dice defender Julian Assange y WikiLeaks por la transparencia de los gobiernos y la libertad de información es inobjetable. Es lo que uno como venezolano le pide a nuestro gobierno, tan empeñado en darle una definición perfecta a la palabra arcano. Sin embargo, paradójicamente, Julian Assange ha conseguido que salgan en su defensa una serie de personajes de dudosa trayectoria y gobiernos que hacen todo lo posible por no ser transparentes y por perseguir a la prensa libre en sus países y que los vincula, a parte del anterior prontuario, el hecho de albergar un profundo espíritu antiestadounidense.

Son estos defensores de primera línea los encargados de enrarecer el caso y de politizarlo, pero cabría preguntarse: ¿A quién de ellos le importa Julian Assange? ¿Al presidente ecuatoriano Rafael Correa, quien persiguió a directores de prensa de su país y luego cual emperador romano «les perdonó la vida» con un gesto de prepotencia y arrogancia, el mismo que demostró cuando fue entrevistado por la periodista española Ana Pastor? ¿A Hugo Chávez, a Vladimir Putin? ¿A Michael Moore, a Oliver Stone, que ya deben estar mirando en el hombre de la cabellera platinada el siguiente protagonista de sus documentales maniqueos? ¿Al juez español Baltasar Garzón, quien consciente de que al inmiscuirse sin competencia en la investigación de los crímenes del franquismo violaba la legislación española y ponía en peligro la continuidad del caso y que aun así prosiguió solo por su propia fama?

A ninguno de ellos ni a otros personajes que ahora salen en su defensa les interesa aclarar el caso ni mucho menos les importa el ideario que dice defender Assange (quien, ante las dificultades legales, no tiene más remedio que hipotecar dicho ideario). A ninguno de ellos le interesaría tampoco contar con un WikiLeaks en sus propias naciones. A todos ellos les mueve un frente político común y Julian Assange es para ellos un arma arrojadiza que, si se descuidan, volverá en algún momento contra ellos, los defensores equivocados.

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Los errores de Diego Arria

Escrito por en Estado de política, Estado social

Diego Arriba - Corte Internacional de Justicia

Hoy el precandidato presidencial Diego Arria introduce una demanda directa contra Hugo Chávez y algunos de sus colaboradores en el Tribunal de La Haya. Leyendo la declaración del demandante queda claro que esta acción tiene una intencionalidad política [en minúsculas], lo cual termina por asemejarlo al chavismo en ese intento por judicializar la política venezolana (mientras Arria va a tribunales internacionales para demandar a Chávez, los chavistas llevan a los tribunales nacionales a dirigentes de oposición).

Más allá de sospechar que esta demanda quedará en nada, lo preocupante es que esta acción podría obstaculizar las aspiraciones de los que queremos un cambio de Gobierno de manera pacífica, democrática, electoral y Política [en mayúsculas], ya que quien ahora detenta sin muchos escrúpulos todo el poder con menos razones lo entregaría tranquilamente cuando a cambio de abandonarlo se le ofrece la cárcel.

Si a Luis XVI se le hubiera puesto a elegir entre el poder absoluto o la guillotina, habría luchado a muerte por terminar su reinado con la cabeza puesta. La oposición venezolana no solo debe ganar las elecciones: debe hacer Política (y esta se hace lejos de los tribunales y en ocasiones amerita tomar decisiones incómodas).


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Instituciones de la Revolución bolivariana

Las instituciones del Estado venezolano están controladas por el partido de Gobierno. Y quien no quiera aceptar esto es porque se tapa los ojos con las manos (teñidas de rojo).

En lugar de servir de manera imparcial a los intereses del Estado (como cuerpo que representa a toda la colectividad nacional, sin distinciones políticas), las instituciones de Venezuela se han pervertido de tal manera que ya ni muestran pudor en ocultar sus simpatías políticas hacia ese pastiche que se llama Revolución bolivariana (ejemplos: las fuerzas armadas responden al presidente, la actual fiscal general de la República, antes de serlo, se jactaba de estar con el proceso ante sus alumnos cuando era profesora de mi Facultad, la página web de la Asamblea Nacional tiene una simbología y noticias de actos proselitistas propios del PSUV, la Controlaría y la Defensoría están dirigidas por antiguos militantes del partido de Gobierno, el TSJ se amplió para darle cabida a magistrados que no se sonrojan al corear las consignas del chavismo cual magistrados del horror de la Alemania nazi).

Es extensa la lista de las instituciones venezolanas que se han quitado la etiqueta de «Estado» para ser apéndices del partido de Gobierno, actuando en beneficio exclusivo del Gobierno.


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Un poco de sentido común: es momento de la Política

 

Quien tiene el poder absoluto no lo suelta… a menos que se le ofrezca algo a cambio. Para los gobiernos no democráticos el poder no es un medio para conseguir un fin; es un fin en sí mismo (1984, Orwell), y para lograrlo desmotan los contrapesos del Estado (las instituciones).

Entonces, quitando un momento la visceralidad e indignación que provoca ese control enfermizo que hace el partido de Gobierno de las instituciones del Estado y las medidas abusivas que toman para favorecer sus intereses:

¿Cree usted sinceramente que un Gobierno que lo tiene todo va a soltarlo así, de buenas a primeras, solo porque se lo pida la oposición (así gane las elecciones)?

Si su respuesta es «sí» o «sí, y además ¡hay que llevarlos presos a todos!», es porque también se tapa los ojos (con ingenuidad). Hemos llegado a un punto de perversión del sistema tal que pensar en una transición democrática normal no es realista. Es allí cuando se deben dejar a un lado las tripas y darle paso a la cabeza. Es momento de la Política.


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Las transiciones son negociaciones en las que todos deben ceder algo

 

La oposición venezolana debería aprender de dos transiciones que, en su momento, fueron criticadas por considerarlas como blandas y continuadoras del régimen anterior: la transición española y la transición chilena. En ambos casos, las fuerzas democráticas (y también, las no tantas) debieron sentarse en la misma mesa con los represores (salvando las distancias entre estos últimos y el actual Gobierno venezolano, aquellos eran Represores [con mayúscula], que mataban y desaparecían, algo que dificultaba más la situación de quienes debían sentarse del otro lado de la mesa, que no sabían si luego les esperaba el garrote vil o el exilio).

En estos dos casos se utilizó la Política y no la justicia ni la fuerza bruta: ambas partes negociaron, ambas partes cedieron en muchas de sus pretensiones, pero en todo caso la oposición siempre aceptó una realidad: que estaba negociando contra un Régimen todopoderoso que controlaba las instituciones y las armas, y como tal estaba en condiciones de inferioridad: los demócratas españoles aceptaron a regañadientes la monarquía, la bandera, las instituciones heredaras del franquismo; en Chile fueron más allá y aceptaron la constitución de Pinochet y que él siguiera como comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y luego como senador.

En la actualidad, nadie cuestiona el carácter profundamente democrático de España o Chile.


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Los errores de Arria y la Venezuela postchavista

 

El error de Diego Arria es querer judicializar la política venezolana en instancias internacionales. Esto no es nuevo: lo hace el chavismo en Venezuela.

El error de Arria es amenazar a los que por ahora tienen el poder con llevarlos a la cárcel cuando lo abandonen. Y en estas circunstancias, ¿cree usted que quien tiene todo cambiará esto por la cárcel?

El error de Arria es darle al chavismo dirigente una excusa para asustar al chavismo de base diciéndoles: «Nos van a meter presos si dejamos el poder, por ende no debemos dejar que nos lo arrebaten».

El error de Arria es comparar al régimen de Chávez con los de Gadafi, Hussein o Castro (y con lo terrible que ha sido para Venezuela, las distancias que separan a este régimen de aquellas auténticas tiranías son enormes).

El error de Arria es creer que habrá un bloqueo contra el gobierno de Venezuela.

El error de Arria es, por último, regalarle al chavismo otra excusa para se aferre al poder y, por lo tanto, cierre más las salidas políticas a la oposición.

Más allá de si la demanda de Arria tiene peso o no para ser considerada, la Venezuela postchavista no se puede ir estableciendo bajo la amenaza de una retaliación político-judicial, la Venezuela postchavista se debe ir moldeando con Política, aceptando de malas que se deberá negociar con las mismas instituciones chavistas para que estas faciliten el tránsito hacia un nuevo gobierno y ello implica aceptar que del otro lado de la mesa habrá un movimiento (con sus dirigentes, nos gusten o no) al que se le deberá respetar y garantizar sus derechos de participación en la política nacional, todo esto con un solo fin: el cambio político de manera pacífica, democrática y electoral. Cuando se intenta confundir la política con la justicia, las dos pierden y con ello perdemos todos.

Legalización de las drogas y la guerra fallida contra el narcotráfico

Escrito por en Estado social, Mi opinión, Microuno

Los recientes hechos ocurridos en Monterrey reafirman que las políticas hacia las drogas están mal enfocadas y solo producen más violencia. El narcotráfico se apodera de las instituciones y el Estado de Derecho se convierte en un chiste. Los Estados son cada vez más incapaces de combatir unos carteles que cada vez son más poderosos y cuando creemos que los erradicamos lo que se consigue es trasladarlos de un país a otro, haciendo de la violencia un negocio transnacional que busca nuevos mercados. Y los objetivos de disminuir el consumo no se dan, y en lugar de proteger a los ciudadanos se les expone a unos niveles de brutalidad cada vez más surrealistas. Toca despojarse de falsos moralismos y aceptar que las drogas son parte de la sociedad y el Estado, en lugar de gastar millones de dólares de impuestos en una guerra que está perdida de antemano, debería dedicarse en cambio a campañas en contra del consumo de drogas. Toda persona es libre de adoptar la conducta que desee a pesar de que esta sea dañina para él. Lo recalco: el respeto a la libertad de decisión de cada persona implica aceptar incluso aquellas conductas que nosotros no adoptaríamos. La lucha contra las drogas fracasó. Hay que ir hacia la legalización de las drogas y de un control estricto de esta industria que ya opera al margen de la legalidad, de imponerles impuestos que sean invertidos en campañas de prevención al consumo. En el pasado el juego y el alcohol eran problemas que se resolvieron con la legalización. Continuar con la prohibición a la producción, tráfico y consumo de drogas no tiene efectos positivos, la gente todavía consume y mientras haya demanda habrá oferta, la violencia prolifera y los Estados van perdiendo autoridad. Mientras sigamos en una guerra indefinida seguirán cayendo muertos indefinidamente.

Cuidado, Julian Assange te vigila

Escrito por en Estado de política, Estado social

Julian Assange

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Un elemento importante para la caricaturización que se hace de la burocracia comunista en La insoportable levedad del ser (novela frecuentemente citada en este blog) de Milan Kundera es la delación y el espionaje. Era una práctica usual en la Checoslovaquia comunista que las autoridades del país instalaran micrófonos ocultos para grabar las conversaciones más triviales de los oponentes del régimen para luego difundirlas por la radio (práctica copiada en la actualidad por nuestro Gobierno, véase un día entero la programación de VTV).

Puedes ser una persona respetable como el escritor Jan Prochazka, uno de los líderes de la Primavera de Praga, pero bastaba con que la radio checoslovaca transmitiera discursos en los que decías malas palabras o hablabas mal de alguien para que la gente se «[indignara] más con su querido Prochazka que con la policía secreta». Porque a pesar de que «la gente emplea palabras groseras de la mañana a la noche (…), cuando oye hablar por la radio a una persona conocida, a la que aprecia, utilizando la palabra “mierda” en cada frase, se siente decepcionada».

El Estado comunista checoslovaco estaba siempre pendiente de cuidar las frágiles mentes de sus gobernados. Y las frágiles mentes se escandalizaban y exigían castigo. Eso justificaba la instalación de micrófonos ocultos.

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En los actuales momentos pareciera ocurrir algo similar con WikiLeaks. Y, como pasaba en la novela de Kundera, acá la gente se escandaliza ante las malas palabras de los funcionarios diplomáticos estadounidenses en lugar de horrorizarse de algo mucho peor: que otra vez hay micrófonos ocultos dispuestos a grabar y a transmitir nuestra privacidad (en este caso es la voz de un delator aparentemente movido por razones alejadas del deber por la verdad).

Así como los micrófonos checoslovacos, encargados de desprestigiar a los oponentes del régimen comunista mediante la exhibición del lado más vulgar de ellos, las «revelaciones» que WikiLeaks ha filtrado (como una novela de suspenso por entregas publicada en diversos diarios) no pasan de ser chismorreos que en su mayoría no aportan nada nuevo, ni siquiera son pruebas de delitos (no son Watergate ni las denuncias de maletines repletos de dólares que viajan en aviones del Estado venezolano), sólo son opiniones (muy desafortunadas, es cierto) de funcionarios diplomáticos, y hasta estos momentos opinar no es delito, ni siquiera cuando hablas mal de alguien (por eso no me extraña que los mayores entusiastas de WikiLeaks sean gobiernos de países que están estableciendo legislaciones para criminalizar la opinión [Gobierno de Bolivia habilita una página con material de WikiLeaks]).

Repito: lo que ha «revelado» WikiLeaks no aporta nada nuevo, pero en cambio destruye mucho.

Porque, en lugar de ponerse en favor del derecho a la libertad de información como lo hicieron con Asesinato colateral, estos documentos poco útiles dinamitan el delicado ejercicio de la diplomacia e inflan el ego de una persona que parece salida de una película de ciencia ficción como lo es Julian Assange, cuya vida está marcada por unos secretos que él no revelará (de hecho, borró su blog, al que sólo se llega a través de historiales web).

Como diría Walter Martínez (en su época vieja) los países no son amigos, sino aliados circunstanciales. Para que uno pueda vivir en un mundo medianamente tranquilo existe la diplomacia. Y la diplomacia se basa en establecer negociaciones muchas veces incómodas y se mueve como un elefante en una cristalería. En la diplomacia hay mucha hipocresía y conveniencias. Además, tampoco es secreto que los diplomáticos analizan las situaciones de los países donde están afincados y emiten opiniones a sus gobiernos. Eso no sólo lo hace EUA: lo hacen los diplomáticos de Venezuela, de Rusia, de Cuba, de cualquier país. Puedes no creerlo y unirte a quienes piensan ingenuamente que podemos vivir en una aldea de gentes desinteresadas. Pero no es así.

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Más allá de los cargos por los cuales se le está acusando (cargos que le fueron levantados el 20 de agosto, tres meses antes de la publicación de los documentos de la polémica), Julian Assange (y con él, WikiLeaks) violó algo sagrado que, al parecer, como que ahora no le interesa a nadie en esta época de sobreexposición en la que vivimos: el derecho a la privacidad.

El derecho a la privacidad, el derecho de poder comunicar en un entorno privado opiniones que no necesariamente debe conocer otro. En tu propia vida también hay cosas que no quisieras que otros sepan.

Cada persona tiene su propio espacio, donde actúa con la libertad de saber que no habrá micrófonos ocultos grabando. Los diplomáticos no son la excepción. Las opiniones que ellos han emitido, por lo que conocemos a cuentagotas por WikiLeaks, son opiniones. ¿Acaso tú no emites en una reunión opiniones que pudieran ser poco agradables para la persona que faltó? No creo que te gustaría que esas opiniones salieran de ese ámbito y afectaran tus relaciones personales.

Si se apoya a WikiLeaks justificando que actúa contra el país más poderoso del mundo, no veo por qué no se tendría que apoyar que el país más poderoso del mundo espíe y publique información de cualquier persona.

De hecho, a George W. Bush y Julian Assange los une la «defensa de la libertad», sin importar que para ello haya que violar el derecho del otro.

Creo que en lugar de andar defiendo a priori a Julian Assange y ver teorías conspirativas hasta en la sopa debería valorarse con más detenimiento el peligro de convertirnos en una sociedad a la caza de revelar los secretos de otros. Porque tarde o temprano los micrófonos apuntarán hacia ti.

PS: Lo que WikiLeaks hizo ya no se puede borrar, por lo que resulta reprochable el boicot asumido por empresas Amazon, PayPal, MasterCard, Twitter.