La moral vegana: una crítica a cierta militancia

Escrito por en Estado social

Lisa la vegetariana

Adoptar una dieta libre de carnes es una opción válida, tanto como no hacerlo. Conozco de primera línea las dificultades que tienen los vegetarianos y veganos para ser rigurosos con su alimentación cuando la mayoría de las opciones presentes en el mercado facilitan el consumo de una amplia variedad de carnes. Pero con mucha disciplina la cumplen, son fieles a sus principios. Conozco sus puntos de vista porque he asistido a reuniones de grupos vegetarianos/veganos, y son opiniones espirituales/filosóficas respetables. El asunto se tuerce cuando salen a relucir aspectos cuestionables de algunas personas que asumen el estilo de vida vegetariano/vegano con una creencia de superioridad moral frente a los que no tienen el mismo modo de ver la vida de ellos, creencia que en algunos casos llega a tener claros visos de intolerancia e intransigencia.

Esa superioridad moral los lleva a meter en el mismo saco a los que maltratan animales por diversión (corridas de toros, circos, peleas de animales, cacería), a los que experimentan con animales (por razones científicas) y a los que tienen una dieta basada en el consumo de carnes.

Es decir, confunden (sin mala voluntad, vale decir) aspectos éticamente antagónicos y distantes para defender el no-consumo de carne. Porque no hay relación entre el que mata por matar como aquel que mata y come para sustento propio. Pienso en un caso que fue objeto de debate: el accidente aéreo de Los Andes, cuando la necesidad llevó a los sobrevivientes a un extremo impensable: la antropofagia. Lo que en condiciones sociales normales hubiera sido una conducta reprochable (comer carne humana, en este caso, de hombres muertos), ante circunstancias de vivir o morir fue entendido incluso por la iglesia. De igual modo, pienso en el permiso que concede la tradición judía de negar a Dios si de esta manera se preserva la vida propia. El consumo de carne no se hace por diversión, sino para vivir.

De allí que criticar a quienes tienen una alimentación cárnica, de creerlos seres intrínsecamente reprochables porque hacen algo condenable ante la moralidad de ellos, es una muestra de poca aceptación de nuestras diferencias humanas. La imagen que ilustra esta entrada hace referencia a un episodio de Los Simpson titulado «Lisa la vegetariana». La segunda de la prole amarilla descubre el vegetarianismo, y cual evangelista emprende una cruzada contra las costumbres carnívoras de los infieles, encabezados por Homero que prepara un suculento cerdo para honrar en una parrilla «pagana»; Lisa termina arruinando el banquete, se pelea con su «troglodita» padre y por último conoce a Paul McCartney y su (fallecida) esposa Linda, quienes le dan una lección acerca de que las conductas propias no se deben imponer a los demás, quienes por ser diferentes a uno no dejan de ser buenos seres humanos. Happy-ending.

Si hay algo que apoyo sin cuestionamientos es el trato ético hacia los animales y los derechos que estos tienen: esto es oponerse al maltrato, al abandono de mascotas, al comercio de especies, a los circos que tienen animales, a las cacerías, al uso de pieles, a los sacrificios; lo cual no implica que renuncie a mi dieta cárnica, que tampoco es exclusiva de la especie humana: es muy común en la naturaleza. Estudios demuestran que la evolución hacia el homo sapiens sapiens se debió al tránsito que dieron las primeras poblaciones hacia una alimentación con alto contenido en proteínas (carnes). De allí que adoptar el vegetarianismo/veganismo es una conducta asumida de manera voluntaria (muy respetable, repito) desde un plano espiritual, filosófico y cultural, propio del desarrollo de la conciencia humana.

Debe haber respeto por las diferentes opciones alimenticias, tanto de parte de los que comen carne como de los que no lo hacen, ya que unas personas no son mejores que otras por adoptar determinada conducta. Lo cuestionable está en asumir que una postura propia es la correcta, la ideal, la verdad, porque de conductas correctas se pasa fácilmente a la «corrección» de los diferentes, de los equivocados, de los infieles e impuros, y vaya que la humanidad ha tenido que pagar en vidas humanas tantas correcciones.

La moda venezolana por los BlackBerry

Escrito por en Estado social, Microuno

Si faltaba una prueba que demostrara lo esnobista que somos los venezolanos, ésta apareció de la mano de los handheld BlackBerry (es probable que el 99% de los usuarios venezolanos de BlackBerry ni siquiera sepa qué demonios es un handheld). Ya lo escribía hace tiempo: a los venezolanos nos molesta tener dinero y buscamos formas para deshacernos de él. Pero esta moda por los BlackBerry ya sobrepasa el límite del absurdo y la insensatez: dentro de poco tiempo olvidaré el nombre de mis contactos de messenger que lo han sustituido por el famoso BB PIN. Porque la moda de tener un handheld BlackBerry es el famoso pin. «¿Tienes BB pin?» Los esnobistas que tienen un BlackBerry pontifican el uso del BlackBerry diciendo que gracias al pin pueden comunicarse gratuitamente con otros usuarios de BlackBerry. Pero olvidan que para disfrutar de este servicio deben contar con la afiliación a un plan telefónico, y si a eso le sumas que debes mandar mensajes de texto a otras personas que no tienen un BlackBerry, bingo: te has hecho acreedor de una considerable renta mensual para presumir de tener un aparato que, estéticamente, es horrible. Este último detalle se puede pasar por alto si fuese un teléfono útil… pero no es el caso del handheld BlackBerry: si quieres teléfonos buenos compra un Nokia o un Sony Ericsson: cuestan mucho menos y desde estos puedes realizar las mismas funciones: navegar por Internet, enviar correos, enviar mensajes y tomar fotos que serán mejores que las pésimas que toma el handheld BlackBerry. Como ejemplo, esta entrada la redacté y la subí a mi blog usando mi teléfono Sony Ericsson c902. Si quieres reírte un rato sobre este nuevo episodio de nuestra venezolanidad, haz clic en este vínculo.

La paradoja del hombre ecológico

Escrito por en Microuno, Misantropías

Aparentar ser ecologista está de moda entre los que actúan el papel de comprometidos y con conciencia por la sociedad y el medio ambiente. El ser ecologista está entre los primeros lugares del ranking para este tipo de personas. El otro día estaba saliendo del mercado y me conseguí a uno. Miró mis bolsas. Torció las cejas y me dijo: «¡Álvaro, estás usando bolsas de plástico! ¿Sabes lo contaminantes que son? Usa bolsas de papel, ¡pardiez!» Entonces le pregunté que cuántos árboles tienen que tumbar para crear una bolsa de papel. Mi amigo ecologista mi miró con profundo odio. Por unos momentos imaginé que mi amigo imaginó que me ahorcaba con una soga 100% de algodón. La paradoja del hombre ecológico es que es capaz de imaginar cómo matar a otro hombre cuando, al mismo tiempo, apoya la preservación de otras especies. Frunció el ceño y se marchó rojo como un tomate de la rabia. La paradoja del hombre ecológico está en que para preservar una cosa tiene que destruir otra. Conozco bien a mi amigo ecologista, y en él hay una autoculpación por el progreso humano. En sus sueños, desearía regresar a épocas primitivas. Es vegano furibundo porque no puede «dañar a un ser vivo», pero al mismo tiempo cuando comíamos juntos por su boca pasaba un holocausto vegetal: sus ensaladas eran de una frondosidad orgiástica y sin piedad. La paradoja del hombre ecológico está en que la vida misma para preservarse requiere alimentarse de otro ser vivo.

Los buenos seres humanos

Escrito por en Estado social, Misantropías

Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

Parte II

Buenos seres humanos

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Parte I – El precio de la solidaridad

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El deseo de aquel futuro colega de renunciar a todo para ayudar a los más necesitados podría parecer loable, de no ser porque su gestualidad encajaba en el patrón de quien intenta parecer buen ser humano. Muchas veces —sino todas—, bajo el altruismo y las buenas acciones de algunas personas se esconde la vanidad y la egolatría ante la ilimitada posibilidad que tienen de demostrar generosidad y compasión ante un niño desnutrido, una mujer golpeada, un monje budista apaleado, una foca atravesada por un pico.

Imágenes que ciertamente impactan a esas personas, pero por hacerles sentir como seres bondadosos, y que suelen olvidar cuando el interés particular se distrae en otras cuestiones. Imágenes que componen el mosaico de lo que Kundera llama «la historia universal del kitsch» y que llevan a tales personas a conformar un cada vez más numeroso grupo social: los «esnobistas de conciencia».

Lo que mueve realmente al esnobista de conciencia no es la presión moral de ayudar al prójimo (si es que la hay), sino su propia vanidad. Su deseo de verse glorificado. De sentirse el Mesías. Para figurar dentro de la comedia de la solidaridad busca estar rodeado de aquel cuya debilidad sirva para resaltar su «bondad» y sus «buenas acciones», convirtiendo al necesitado en alimento de su vanidad y egolatría. Como el esnobista de conciencia comprende que la vanidad es criticable, la difumina en organizaciones sociales aceptadas; es por ello que el esnobista de conciencia ha encontrado su punto de reunión natural en ONG o fundaciones que, ya sean de derechas o de izquierdas, representan (para el mundo ante quien personifica su papel de «buen ser humano») una causa justa. El esnobista de conciencia publicita ampliamente su colaboración en dichas causas, ya que así es como se integra en la sociedad del espectáculo que es, en definitiva, la que le consagra definitivamente como buen ser humano.

En ese paroxismo de vanidad, muchas ONG y fundaciones fichan a personajes públicos en un afán publicitario para atraer más espectadores a su buena causa, el tipo de persona cuya implicación es más simbólica que real. El hombre afortunado de un país del primer mundo que dedica parte de su vida a las penurias del mundo subdesarrollado es el icono de esta cultura del buen ser humano. Basta con ir unas veces a África y comprar niños en una aldea para llevárselos a una «vida mejor», basta con fotografiarse con la familia multirracial en una revista rosa de ventas millonarias, basta con desnudarse o teñir de rojo la ropa de otros, basta con representar falsos espectáculos en grandes plazas para simpatizar con la causa justa, para ser un buen ser humano.

En la era en la que el espectáculo mueve a las masas, no es difícil imaginar que se haya impuesto la moda por ser mejores seres humanos y la crítica a tales conductas sean tomadas como falta de sensibilidad y ética. En la liturgia que predican muchas ONG, fundaciones o personajes públicos, lo que importa es el ánimo de figurar más por lo que podemos aparentar que por lo que realmente somos. Entonces, la vanidad deja de brillar, barnizada con esta moral del nuevo ser humano.

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El precio de la solidaridad o cómo sobrevivir a las ONG

Escrito por en Estado social, Misantropías

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Historia real sobre los esbonistas de conciencia y falsedad e hipocresía de las ONG en la sociedad del espectáculo

Parte I

El precio de la solidaridad

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1

Hace no mucho caminaba por las calles de Chacao junto con un futuro colega cuando observamos pegado en una pared el anuncio de una ONG internacional para hacer voluntariado en África.

En una extraña iluminación altruista mi futuro colega se vio a sí mismo en la sabana africana o en el desierto del Sahara, postergando su graduación o cualquier interés particular para darle valor a su pequeña vida en la ayuda a los más necesitados. Bajo el irritante sol caraqueño me sentí momentáneamente acompañado por un Bob Geldof criollo, del que le irradiaban rayitos de amor y bondad de su cabeza coronada por un aura mágica.

Durante varios días más pasé por la misma calle y durante todos esos días pensé que muchos más de los que vieron ese anuncio sonrieron con la misma aura angelical y mesiánica: la vanidad es uno de los motores del Progreso Humano, como diría Sabato transfigurado en el perverso y misántropo Juan Pablo Castel de El túnel, y «se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad». Es la vanidad de la modestia en acción.

—Tengo que llamar, ¡necesitamos ayudar! ¿No entiendes que el Mundo te llama a veces? —diría mi futuro colega; pero como no sé qué diablos pasó por su cabeza, imaginemos que algo así habría pensado porque en efecto anotó el número, lo guardó y al cabo de unas horas llamó a la ONG de ayuda africana.

Imaginemos también cómo fue el cortocircuito que apagó los rayitos de su aura en cuanto comprobó cómo era el asunto.

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2

El asunto es que tenías que pagar 4 mil dólares para recibir un curso de voluntariado en una paradisíaca isla caribeña, rodeado seguramente de negritas en minifalda y con sostenes de coco sirviéndote un mamajuana. Un momento…, lo olvidaba: el pasaje y la estadía por tres meses los pagabas tú aparte, es decir, para realizar tu voluntariado debías desembolsar voluntariamente un promedio cercano a los 6 mil dólares.

Todo sea por amor al prójimo. Pero… y ¿cuándo nos vamos a África?

Espera: una vez concluido el curso, tendrías que regresar a tu casa y esperar (sentado mirando la CNN) que la ONG probablemente te llamara para solicitar la aplicación de tus conocimientos en caso de un probable conflicto bélico.

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3

Es decir, que luego de hacer un curso de 6 mil dólares para aprender a amar al prójimo, debías cruzar los dedos y rezar para que estallara una brutal y sangrienta guerra en algún país africano para ir a amar más aun y en persona al prójimo.

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4

Entonces regresarías de nuevo a la paradisíaca isla caribeña y de allí volarías a África eso sí… ¡esta vez gratis!, lo cual debería compensar el hecho de que abandonas a las negritas caribeñas en cocos para ver a otras negritas menos saludables.

Considerando que nuestro país toma un rumbo de necesitar pronto, no que enviemos venezolanos a hacer voluntariado en otros países, sino que vengan de otros países a hacer voluntariado en Venezuela, y tomando en cuenta que si no eres una señorona que viaja en un Audi con un perrito en su cartera para hacer Tai-Chi en algún club de Valle Arriba (o tal vez en el Petare Country Club), muy pocos en este país (incluido mi futuro colega, como finalmente ocurrió) se pueden dar el lujo de ser buenos seres humanos.

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Parte II – Buenos seres humanos

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