Madrid, siempre Madrid (primera parte)

Escrito por Álvaro Rafael en Reseñas, Viajes

Madrid, siempre Madrid

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Hace casi un mes leía en el avión Tokyo Blues de Murakami. Con la lectura poco recomendable de este libro nostálgico iniciaba un viaje de tres semanas que me llevaría por varias ciudades españolas y a Malta. Escribo esta última nota ya de regreso en Venezuela y debajo de cada reseña anterior hay historias que no dejan de ser importantes pese a no haberles dedicado una palabra. Ese silencio fue intencional: porque son las historias personales que conformaron este viaje y que determinaron momentos gratos unos, otros no tanto, pero son las historias que están allí para decirme que he sido afortunado de haberlas vivido.

Cierro la tapa del libro y lo guardo en mi maletín: hemos llegado a Madrid con unas horas de retraso y he perdido el vuelo hacia Girona que me conectaría a Barcelona. No me inquieta en realidad: después de ocho horas de viaje lo que menos quieres es subirte a otro avión. Así que mi primer recuerdo de Madrid se reduce a las largas pasarelas en el aeropuerto de Barajas que me llevaron hasta la estación del Metro y de allí hasta Atocha donde tomé el tren de alta velocidad hasta Barcelona. Así que mi primer recuerdo de Madrid fue ese: el de las vías internas de la ciudad.

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Hubieron de pasar dos semanas para que regresara a Madrid, ya sin el libro de Murakami que perdí en el robo de Valencia. Esta etapa final del viaje se me antojaba extraño porque lo haría solo. Solo en una ciudad de la que únicamente conocía unas pocas estaciones del Metro.

El vuelo desde Valencia, a donde llegué de Malta, fue el peor de todos: cuando viajas en compañías áreas de bajo costo como Ryanair sabes que te enfrentas a un servicio donde las ganancias empresariales están por encima de la calidad (y diría que hasta de la seguridad). Como el avión despegó con 20 minutos de retraso, el piloto no halló mejor manera de recuperarlos que impulsando al aparato a una velocidad desconocida para mí en vuelos anteriores. Tal era la rapidez del avión que nadie podía levantarse del asiento, la tripulación no hizo de mercachifle como suele hacer (vendiendo comida, perfumes, loterías) y las alas del avión se batían durante minutos en que por el rugido de las turbinas pensé nebulosamente que el avión se desarmaría en el aire. Pero ni siquiera tuve la oportunidad de desarrollar bien esta idea porque ya habíamos llegado. Un vuelo que suele demorar una hora duró apenas 40 minutos. Los aplausos que suelen dar algunos pasajeros cuando el avión aterriza fueron sustituidos por el suspiro colectivo de que llegamos a salvo a Madrid.

Nuevamente las pasarelas hasta llegar al Metro y de allí diversas conexiones para llegar a la céntrica estación Sol, corazón de Madrid y ombligo de toda España. Con mi enorme mochila salgo de la estación y en el primer lugar que consigo compro un mapa por cuyo tamaño parece de uso militar. ¿Sabes que incluso me haces falta para leer el mapa? Después de dar varias vueltas, entrar a un McDonald’s para usar wi-fi que no consigo y de preguntar en vano, hallo el edificio junto a la calle del Arenal donde se encuentra mi hostal: la Casa de Huéspedes San José. Un hostal que se promociona como una residencia típica española: es decir, pisos de maderas que crujen a cada paso que das y balcones también de madera. La ubicación no puede ser mejor: junto a la Puerta del Sol y detrás de la Gran Vía madrileña, los siete días de hospedaje que pagué valieron la pena.

Dejo caer la mochila, dejo enchufada la laptop y bajo al Starbucks que está en planta baja: si en las tres paradas previas gasté casi mil y pico de euros bebiendo granizados, acá terminaría por sobregirar las tarjetas en ese vicio cafeínico que desarrollé en España. Subo, me tumbo a dormir y no puedo: estoy junto a la Puerta del Sol que nunca duerme. Enciendo la laptop y empiezo a escribir unas líneas que se convertirían en las reseñas de las dos semanas previas del viaje. En estas líneas se repite un nombre que no es el mío. Releo y pronto me vence el agotamiento y me acuesto en la cama.

Pienso en el ejemplar de Tokyo Blues que he perdido, pienso en el inicio de esta novela en la que el protagonista llega a un aeropuerto y sufre un golpe de melancolía. Entonces entiendo por qué me recomendaron no leerla durante el viaje. Consulto una vez más el enorme mapa y empiezo a trazar las rutas del día siguiente. El tiempo quedaría corto para Madrid.

schweppes gran via

Malta a dos versiones

Escrito por Álvaro Rafael en Reseñas, Viajes

Malta a dos versiones

Álvaro, esto es un peladero de chivos —Virginia, mirando por la ventanilla del avión.

Preámbulo

Esta es la reseña que me mataba por escribir. Ni siquiera la de Barcelona (ciudad que me gustó), ni siquiera la de Valencia (ciudad con un gran acuario), ni siquiera la de Madrid (donde pasé más días). No, ninguna de ellas: escribir sobre Malta era una urgencia casi patológica desde que el avión despegó de esa isla tan contradictoria y bipolar que merece, bien merecida tiene, una reseña igualmente contradictoria y bipolar que he dado en llamar Malta a dos versiones. Estimada lectora, estimado lector, siéntese a leer a gusto la siguiente reseña y si luego de pasar el punto final llega a temer por mi cordura ante tantas contradicciones, ambigüedades y desmentidos de lo que escribiré, tiene toda la razón: Malta es un país que enloquece y enamora a la vez a cualquiera.

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La elección

(Proto-preámbulo o pre-preámbulo o post-preámbulo, ya ni sé)

La elección de Malta como destino turístico se debió quizá al exotismo que despierta un país a caballo (literalmente hablando) entre Europa y África, punto de disputas medievales, hogar de cruzados, ruinas asombrosas e imágenes de agencias de viaje que la venden como todo eso y aun así (con tales advertencias) siguen inundándola olas de turistas que van al encuentro de playas rocosas y a padecer su calor horroroso. Con todo ello, el país tiene algo que enamora: ese aire romántico, de huir de la civilización, de añejas costumbres conservadas por un pueblo que se parte entre la rudeza de sus hombres y la ingenuidad de sus mujeres, con un idioma propio replegado tímidamente ante la fuerza de un inglés legado por su condición de excolonia británica y que suena, para los oídos extranjeros, con un acento greco-siciliano.

Es decir, Malta es un país no-país.

Un país no-país que vive en el paraíso terrenal y que es tan católico que mires donde mires hay una iglesia o la figura tamaño natural de un santo o una virgen (Fig. 0). Incluso el divorcio no se contempla en su legislación. Claro, esto no lo vimos en las imágenes turísticas: vimos sus playas paradisíacas (en fotos tomadas con ángulos que luego descubrimos engañosos) y listo: ofertas de Ryanair y vamos a Malta.

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Versión 1

Cuando el avión empieza a descender sobre Malta lo primero que sientes es el vértigo de creer que te vas a estrellar en una isla donde sólo hay rocas y acantilados y que serás protagonista de una secuela más extraña de Lost dirigida por David Lynch. De pronto aparece el Aeropuerto Internacional de Malta (Fig. 1) y allí tus temores se disipan por un momento… hasta que traspasas la salida y ante el sol abrasador empiezas, en delirios, a apiadarte por cada alimento que has metido en un microondas. Es verano, las temperaturas en el día no bajan de 35 grados y súmale a ello la aridez del país, las horas de vuelo y el equipaje que arrastras para luego: that’s is a bingo!, los malteses son tan pintorescos, simpáticos y nostálgicos que te ofrecen unos autobuses estilo-Habana-vieja (Fig. 2) conducidos por sujetos que parecen versiones diabólicas de Zorba el griego y que llevan en cada dedo enormes sortijas doradas y en el antebrazo el tatuaje de una culebra (y no es mentira).

Por si esto fuera poco, tienen un sistema de paradas radial: por ejemplo, si estás en Chacaíto y quieres llegar a Chacao, tienes que montarte en un autobús que te lleve a La Hoyada y de allí tomar otro que vaya hasta Chacaíto. ¿No son brillantes? Virginia y yo habíamos reservado una habitación en un hostal-finca en Hal-Far, al sur del aeropuerto, pero según el chofer debíamos ir a La Valeta, la capital al norte de la isla, para luego tomar otro autobús rumbo al sur (?). Además, en Malta no hay autopistas como las conocemos, así que los viajes son generalmente lentos y tediosos.

La referencia a La Hoyada no es casual: el terminal central de autobuses de Malta se encuentra a las puertas del casco histórico de La Valeta (Fig. 3), y es un terminal que te hace cuestionar si realmente estás en un país miembro de la Unión Europea o si el avión atravesó un portal hasta llegar al terminal de Nuevo Circo un viernes de quincena con Caracas-Magallanes y el metro cerrado. El terminal es la cumbre del antiturismo: una serie de círculos al aire libre y ante el cual prolifera un mercado persa y donde ves caras poco simpáticas.

En el terminal de La Valeta, Virginia y yo consultamos la ruta de nuestro destino en el mapa oficial de paradas y comprobamos que la parada no existía. Al menos no en el mapa oficial. Durante el tiempo que esperamos nuestro autobús fantasma pasaron varios hombres a caballo alrededor de la fuente que hace de punto central del terminal. Por momentos dudamos en si seguir en Malta o regresar al aeropuerto y tomar otro destino: Alguer, Nápoles o Sicilia. Llegó el autobús, se llenó y Virginia y yo éramos los únicos con aspecto occidental y enormes mochilas de turistas. Listo: hasta acá llegó nuestro viaje: hasta la parada final, junto a un barrio de chabolas donde bajaron todos los demás. Para llegar hasta allá tenías que pasar por las «fotogénicas» playas maltesas como Pretty Bay (Fig. 4), que se extiende junto al puerto de carga (es decir, si nadas un poco más allá de la orilla puedes encontrarte con las hélices de un carguero o la mancha de gasoil dejada por un petrolero).

La parada final estaba rodeada por el barrio y por enormes granjas vinícolas, pero nuestro hostal-finca no aparecía. Luego de dar vueltas sin encontrarlo tomamos el autobús de regreso al aeropuerto y pensamos que ese era el mejor sitio de Malta: porque de allí te puedes ir de la isla.

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Versión 2

Cuando llegues a Malta dispón del efectivo suficiente y la licencia para conducir un vehículo al modo británico. Es la mejor manera de moverse por la isla. Si no, contrata los servicios de un taxi o desconfía del inglés de los choferes de autobuses: para llegar del aeropuerto a Hal-Far podías hacer una transferencia a medio camino y no era necesario llegar hasta La Valeta, como nos habían indicado.

Luego de decidir que seguiríamos con el viaje, tomamos un taxi hasta Hal-Far por €16 y el taxista telefoneó al dueño del hostal, quien nos recibió al borde de la carretera y nos llevó en camioneta hasta su casa: el hostal fue el Ta’Bertu Guest House, una finca con una extraordinaria casa de estilo mediterráneo donde producen vinos y mermeladas —que eventualmente probaríamos—, tienen una amplia piscina y una confianza en disponer de las cosas de su hogar que choca con nosotros, los venezolanos, tan dados a jugar caribe donde sea. La atención fue magnífica en todo momento, y quizá hasta hubo sobreatención, pero lo atribuímos al carácter cordial y tranquilo de los malteses. Instalados en una amplia habitación, y frente a lo que resultó ser un campo de refugiados del norte de África, nos acostamos a dormir esperando por conocer buenas playas los cuatro días restantes de viaje.

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Versión 1

Salir de paseo en Malta puede ser un dolor de cabeza. No sé si por ser verano, pero las tiendas abren a partir de las 11 am y cierran antes de las 4 pm. Los autobuses demoran en pasar y los taxis no se ven a menudo. De esa manera anduvimos por toda la isla buscando playas que en lugar de piedras tuvieran arena donde hundir nuestros pies reventados: St. Thomas Bay, una playa-peñón desde donde hacen clavados llamada Peter’s Pool, Marsaskala, Marsaxlokk, todas ellas en el sur y poco amistosas. Si quieres playas con arena, debes dirigirte hasta el norte de Malta y allí encontrarás Golden Bay (Fig. 5), la mejor playa que vimos pero a la que llegas tras cruzar con la nariz cubierta enormes granjas de no sé qué alimento que nunca quisieras probar.

En todo ese recorrido por la isla (que puedes conocer por completo gracias al transporte medieval) conoces la gran mala influencia que ha ejercido Jersey Shore sobre la juventud maltesa: todos visten así y con lentes de reggeatoneros. La música en Malta es otra cosa: las radios suenan con baladas rancias de los noventa o sino con algo tan indefinido que llegamos a llamar changa maltesa, con conciertos publicitados por toda la isla con afiches de pasante de curso de diseño gráfico de la Baralt. En fin.

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Versión 2

Malta tiene como mayor atractivo turístico su casco histórico (Fig. 6). [Nota: recordar qué más hicimos en el casco histórico que se pueda agregar aquí, corregir que los hombres a caballo hacen paseos turísticos]

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Versión 1

Después de las 4 pm todo está muerto y con el casco histórico casi cerrado, donde por supuesto lo único abierto son sus iglesias (en las cuales hay varios Caravaggio que no vimos para evitar hacer cola bajo el sol de la tarde), lo mejor es irte a casa, disfrutar de la piscina y luego encerrarte en la habitación para tomarte fotos sin sentido (Fig. 7). Tienes que esperar que amanezca para planificar qué hacer durante las primeras horas del día siguiente.

Blue Grotto: situada al sur de la isla, es sin dudas lo mejor que ofrece Malta (Fig. 8) [borrar capítulo 2, versión 2]. Una serie de grutas en el mar al que llegas en lancha. Un paseo corto pero en el que aprecias la majestuosidad del Mediterráneo en todo su esplendor.

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Las últimas horas de tu visita a Malta quizá sean las mejores. Entonces haces balance de tu estadía y te das cuenta que, a pesar de todo, no la has pasado tan mal. Que ha sido un viaje necesario incluso como escarmiento: Malta tiene dos versiones: la que ves desde afuera y la que conoces adentro, así que averigua mejor a dónde irás, no te dejes deslumbrar por las imágenes que promueven el turismo y deja el orgullo y hazle caso a tus amigos que ya tienen referencias de la isla. Pero también, necesario para conocer otra culturas y formas de asumir la vida. El maltés es tranquilo, vive una vida sin muchas preocupaciones y trata de ser cordial con los turistas.

Con el temor de perder el vuelo en un país con tanta impuntualidad, el taxi que nos llevaría hasta el aeropuerto apareció antes de las 5 am y en menos de cinco minutos llegamos. Era el fin de Malta y del viaje compartido con Virginia: yo tomaría rumbo a Valencia para luego conectar con Madrid, ella regresaría por la noche a Londres. Por momentos hubiera preferido quedarme atrapado en esta isla unos días más.

El avión alzó vuelo sobre Malta y pensé que quería escribir esta reseña por muchas razones. Unas están escritas aquí, otras no. Llegué al aeropuerto de Valencia, y esperé varias horas hasta que, un poco triste, subí a otro avión que me llevaba más lejos todavía, rumbo a Madrid.

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Antiguía útil del viajero: Venezuela

Escrito por Álvaro Rafael en Antiayuda

Antiguía turística

Consejos prácticos para el turista que llega a Venezuela.

Tras regresar a Venezuela lo primero que sentí fueron ganas de llorar. Pero no por añoranza ni ganas de poner el pie sobre el sangrado suelo patrio: no, porque no quería regresar. Porque quería que la huelga de controladores aéreos españoles se desatara antes de mi regreso o que la crisis colombovenezolana me dejara retenido en Barajas al mejor estilo Tom Hanks en The Terminal. Como la realidad nos disgusta con mucha frecuencia, nada de eso pasó y regresé. Pero regresé diferente, los viajes siempre cambian a las personas y como viví la experiencia siempre complicada del turista que llega a países desconocidos, me di cuenta de que quienes se aventuran a venir a Venezuela requieren ayuda y es por ello que he decidido contribuir de manera desinteresada en publicar estos consejos prácticos para que el turista que planea venir no pase un mal momento en el país. Acá tienen, y no pierdan su dinero en las aburridas e hipócritas guías Anaya Touring Club.

  1. Devuélvase, ni se le ocurra salir del aeropuerto. Aún tiene tiempo de reparar este error.
  2. Si desoyó el consejo anterior, entonces no confíe en nadie que le ofrezca ayuda a la salida: seguro que lo quieren timar.
  3. Si lo timaron, no acuda a la policía: un error es admisible, dos ya es de estúpidos.
  4. No introduzca su tarjeta de crédito en los cajeros esperando que la máquina le devuelva billetes verdes. Capaz y caiga en un limbo llamado CADIVI.
  5. Si luego de profundas explicaciones comprende qué demonios es CADIVI (lo felicito, nosotros todavía no estamos claros), entonces consiga dinero a dólar oficial y luego haga negocios vendiéndolo al precio paralelo.
  6. Si tuvo lógica para entender cómo funciona CADIVI, renuncie a su lógica: Venezuela es el país donde todo puede pasar.
  7. Sí, todo puede pasar.

  8. Y como todo puede pasar, antes de viajar utilice Youtube para dejar constancia a sus amigos de que irá a Venezuela. Sus hijos pequeños apreciarán ese video dentro de varios años.
  9. Si usted es terco y desatendió el consejo 1, 2 y 3, pasó sin grandes apuros el 4 e hizo negocios fructíferos con el 5 para luego aceptar el 6 y releer el 7 para concluir que el 8 puede serle útil, felicitaciones, sobrevivió a su primera hora en Venezuela.
  10. Luego de sobrevivir a su primera hora, y con el dinero extra de su debut en el mercado negro venezolano, alquile un carro en el aeropuerto: no querrá usar el sistema de transporte venezolano.
  11. Pero no celebre tan pronto el consejo anterior: bienvenido a las colas de Venezuela: si su plan era viajar una semana al país, perderá el equivalente a seis días atrapado en una cola. No se desanime: allí conocerá mejor la idiosincrasia nacional que en cualquier lugar exótico: motorizados, groserías venezolanas, matraqueos y hasta verá a las protagonistas de las famosas y exportadas telenovelas venezolanas en candentes películas porno amateur vendidas en DVD quemados que no pagan derechos de autor (acá nada lo hace). Quizá sea el mejor suvenir que se lleve (si es que vuelve a su país).
  12. No se preocupe de perder tanto tiempo: de todas maneras perdería ese tiempo con la impuntualidad venezolana. Si le citan para una hora determinada, llegue luego de dos horas para que recién anuncien su llegada; lo atenderán una hora después.
  13. Si no alquila un carro en el aeropuerto, relea el consejo 7. El sistema de transporte venezolano se rige por las leyes de la ilógica. Los autobuses son chatarras andantes y de seguro usted apreciará más la vida cuando tenga que soportar un retraso de varias horas en el metro porque un supuesto suicida se acaba de lanzar a los rieles.
  14. Muévase por sitios seguros: el lobby del hotel será muy entretenido. Los sistemas de televisión satelital también tienen buenas opciones.
  15. Vea un Aló presidente: esto confirmará el consejo 13 y usted amará más la vida por tener en su país a una clase política aburrida.
  16. Si decide salir del hotel, diríjase a los centros comerciales más conocidos. Verá lo pretencioso que somos en comprar productos desechados en su país.
  17. Si busca experiencias extremas, acuda a un Caracas-Magallanes en gradas o vaya al Estadio Olímpico con ropa negra y amarilla: la corrida que dará dejará a Usain Bolt como un pobre niñato de pecho.
  18. Obvie el punto anterior: venir a Venezuela ya es de por sí una experiencia extrema.
  19. Si pasa sin dificultades todos los puntos anteriores, usted entrará en las estadísticas inusuales del país y nadie le creería de que estuvo acá.
  20. Celebre su último día en Venezuela: de seguro nunca más estará en un país donde la joda es la filosofía nacional. Nada se respeta ni nada se toma en serio, así que si usted decide tomar en serio esta antiguía, es porque no le hizo caso al consejo 7: acá todo puede pasar.

De vuelta a su país, acomódese en el asiento del avión, vea películas, vea las casitas simpáticas que crecen junto a las montañas y piense que va de regreso a su país y tal vez no llore como yo. Su país es tan aburrido que ni provoca llorar. Venezuela tiene algo especial que nosotros definimos como simpatía. Quizá no sea ello, quizá sea que apreciamos la vida a cada segundo.

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Valencia a contrarreloj

Escrito por Álvaro Rafael en Reseñas, Viajes

Valencia

La segunda etapa del viaje nos llevó a Valencia. Llegamos en Renfe a la Estació del Nord, situada junto a la Plaza de toros y cerca del Ayuntamiento. Para alguien a quien las corridas de toros le resultan indiferentes (para escándalo de algunos de los lectores entusiastas de este blog, que esperan mi «compromiso» con todas las causas), me impresionó la monumentalidad del coso y el arraigo que hay en parte de la sociedad española que ese día hacía una larga cola para comprar los tickets para una corrida (Fig. 1). No me interesan las corridas de toro: me impresionan cómo mueven masas.

De entrada Valencia es una ciudad que destaca por su relativamente nuevo Museo de las Ciencias y de las Artes (Figs. 2 a la 5), construido sobre el antiguo cauce del río Turia. Un complejo que se me antoja como una forma ingeniosa de cambiar la fisonomía de una ciudad y hacerla más habitable (para segundo disgusto de los hipsters que alegarán que cambiar el curso de un río con tendencia al desborde es un ecocidio). Estoy parcializado ante la obra de Calatrava, así como para la de Gaudí. Era inevitable que me gustara de principio a fin, aunque el día que fuimos había edificios cerrados por obras (el Palacios de las Artes Reina Sofía [Fig. 6] y el Ágora [Fig. 7]). Pero estaba abierto, en cambio, el Oceanogràfic.

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Si a pesar de leer este blog tan impertérrito conservas un alma de niño y te gustan los parques llenos de animalitos y esas cosas, L’Oceanogràfic es tu lugar. Por alrededor de €20 disfrutas de una selección de la fauna marina de varios continentes. Los enormes acuarios están dispuestos en forma de túnel, lo que te permite observar cardúmenes pasando sobre tu cabeza o encontrarte frente a frente con la dentadura de un tiburón (Figs. 8-15). A lo largo de este recinto encontrarás también aves, desde las tropicales (Fig. 16) hasta los pingüinos con su tan peculiar olor.

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Esta etapa del viaje fue más corta y el tiempo no alcanzó para ir al Bioparc. Otros lugares cercanos, como La Albufera, quedarán para otra ocasión. Valencia se presta para largas caminatas sin destino. Si lo hubiere, el único sería disfrutar en compañía de sus grandes espacios abiertos bajo un cielo fresco de verano.

En comparación con la bulliciosa Barcelona, Valencia es una ciudad más sosegada y con unos toques añejos evidenciados en una numerosa población anciana que seguramente disfrutará de la benignidad de un clima mediterráneo. De hecho, gran parte de las obras arquitectónicas que alcanzamos a ver acentuaban en sus elementos una claridad que se confundía con el cielo azul y soleado. Es también una ciudad lujosa, no en balde es sede de etapas de las exclusivas Fórmula Uno y de la Copa América de vela, circuitos que faldean la larga costa valenciana en playas que, en principio, no me resultaban muy simpáticas. Había que recorrer parte del paseo marítimo para llegar a la atractiva Malva-rosa.

No obstante ese lujo, o quizá, debido a él, Valencia tiene un aspecto muy común a las grandes ciudades: la delincuencia, de la que este atribulado y pichirre autor fue víctima cuando, para no pagar sobreequipaje en su vuelo hacia Malta (viaje del que hablaré en la siguiente entrada), la maleta que dejó consignada ante el dueño del hostal donde se alojó (el Valencia Beach, que a pesar de ello vale la pena) fue robada en el carro de éste (hecho del que nos enteramos en Malta). Moraleja: más vale pagar por el equipaje extra que perder una maleta cuyo contenido multiplicaba el valor de ese recargo (por ejemplo, la chaqueta que llevo puesta en la foto).

Salimos de Valencia temprano hacia el aeropuerto, con una maleta menos y con la ropa limpia luego de pagar €30 de lavandería, con destino a Malta vía Ryanair (de la que hablaré en la entrada sobre Madrid, la ciudad que cierra mi viaje). Minutos antes de llegar al Aeropuerto Internacional de Malta, y cuando ya la isla se apreciaba desde el avión, Virginia exclamó: «¡Esto es un peladero de chivos!» La frase me pareció graciosa. Sin saberlo, efectivamente estábamos llegando al último peladero de chivos en la faz de la Tierra.

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