Apartheid a la venezolana

Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política

Caricatura de Weil

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En Venezuela desapareció el parlamento, así de sencillo. A partir de hoy, murió la pluralidad de ideas que caracteriza los debates parlamentarios de los países democráticos del mundo; a partir de hoy, tenemos una sola voz política que decidirá por todos nosotros. Las cifras de las encuestas sobre adhesión a cualquiera de los dos grandes bloques políticos ya no importan: serán más, serán menos, lo que no se puede aceptar es que el 100% del país coincida con el proyecto que trata de imponernos un teniente coronel golpista, que nos es más que fascismo teñido de rojo; cifra total que ahora domina nuestra antigua Asamblea Nacional, hoy convertida en Comité Político del chavismo.

Comité Político al que los diputados recién llegados creerán ingenuamente que podrán aportar ideas: serán más de 160 diputados los que jurarán en sus cargos, pero no serán más de diez diputados los que llevarán el control de este Comité Político (los mismos de siempre, los que todos conocemos, los mismos que sólo abren la boca para amedrentar, amenazar, acusar, insultar, injuriar, difamar, criminalizar, ridiculizar, a quienes piensan distinto, así como también para apologizar el delito, el terrorismo internacional y sobre todo el creciente militarismo que domina nuestra escena política actual). Control que en todo caso no será autónomo, porque están ahí —y lo triste es que lo saben— únicamente para obedecer los designios del Poder ejecutivo.

Y ¿el resto del país, qué? Pues simplemente ha sido descartado por el Poder central. No tenemos voz parlamentaria y nuestros derechos serán siendo limitados: ayer mismo vimos cómo una diputada reelecta (perteneciente a ese grupo de diez) amenazaba con despedir de la administración pública a los trabajadores que se abstuvieran de votar. Otro ejemplo más del calvario que viven quienes no coinciden con el proyecto político del teniente coronel, y que el Poder central tiene perfectamente identificados porque cuando las personas firmaron a favor del referéndum presidencial del año 2003 lo que hicieron en realidad fue anotarse en listas negras del chavismo; listas con las que postergan la entrega de documentos de identificación, con las que niegan servicios públicos y puestos de trabajo en instituciones no sólo del Estado, sino también en las privadas que tengan relaciones contractuales con el Estado. Listas a las que contribuyó crear el organismo electoral al ceder la data de los firmantes a los partidos oficialistas.

Organismo electoral que, desde que fue ilegalmente nombrado por el máximo tribunal de justicia, se ha empeñado en convertirse en un organismo antielectoral, ganándose la desconfianza de una considerable porción de los venezolanos, gracias al ventajismos y apoyo frontal que ha dado a favor de la corriente oficialista. Organismo electoral que hoy se convierte en el gran responsable de acallar a una parte importante del país, responsable de que apenas 2 de 10 venezolanos decidan por los otros 8, responsable de colocar en el Poder legislativo a personas que desde ya anuncian cambios en la constitución porque el periodo presidencial de seis años les parece poco, personas cuya función será actuar desde el plano «legal» para seguir criminalizando a los sectores adversos, hasta llevar a muchos venezolanos primero a la periferia política y luego le quite definitivamente sus derechos alegando que quienes no están a favor del proyecto revolucionario son antivenezolanos y que, por ello, hasta la ciudadanía les queda grande. Porque es eso lo que a partir de hoy, abiertamente, se ha establecido en Venezuela: un sistema de apartheid, un sistema de discriminación política, un sistema donde un pequeño grupo dominará la escena política del país mientras el resto se dividirá en dos: quienes los apoyan silenciosamente o quienes les adversan (y deberán ser exterminados). Lamentablemente, cuestan creer los comentarios halagüeños de la prensa y los políticos extranjeros. Triste historia proveniente de muchos cuyos familiares fueron exterminados en el pasado por otro proyecto político subestimado al principio y que, cuando ya era tarde, terminó por exterminar un pueblo.

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Divagancias # 1

Escrito por Álvaro Rafael en Bocetos, Misery Loves Company, Relatos

Será otro día (2005),

Álvaro Rafael.

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La muchacha que ahora espero en este restaurante apareció sin aviso en mi oficina, detrás de la esposa de mi jefe que lacónicamente me la presentó: «Trabajará en nuestra sede, pero no pertenecerá a nuestra compañía», dijo confusamente, para luego aclarar que sería la secretaria a distancia de su hijo, comerciante de las dietas.

Desde un primer momento me fascinó: había en su apariencia algo candido y me resultaban agradables sus delicadas facciones en una piel oscura, sus ojos negros vivaces, demasiados para las palabras que me dio, mientras yo balbuceaba unas palabras de bienvenida y trataba de recomponerme.

Los meses fueron transcurriendo y mientras ella iba revelándose como una muchacha grandiosa y encantadora vi cómo se desmoronaba mi creencia sobre la imposibilidad de que una relación de oficina pudiese derivar en una verdadera amistad. Amistad para la cual este almuerzo de hoy constituye el doloroso principio de su declinación que concluirá la semana siguiente cuando ella —para tristeza mía— finalice su contrato y se marche.

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Uno de los temas que más me han preocupado desde muy niño es el asunto de la credibilidad. Recuerdo cómo en mi infancia me esforzaba tozudamente en que me creyeran cada acto u opinión que yo realizaba sinceramente, ya que sabía muy bien desde entonces la incredulidad que provocan los niños; yo mismo desestimaba cada opinión o acto de mis compañeros y las tachaba de exageraciones pueriles; ello fue moldeando la incredulidad que tengo en la actualidad hacia la opinión de las personas en general.

Recuerdo concretamente, en este momento de espera, el asunto del amor. Durante mi niñez y adolescencia, ninguno de los «niños» que me rodeaban podían sentir amor con la seriedad y pasión mías (aunque, veo que ahora podría asimilar a muchos hombres a esos niños). El hombre con los años se vuelve más escéptico, y va perdiendo la ilusión y la ensoñación que años atrás le impulsaba; estos años me han develado que yo, humano al fin, no estuve exento de «cierta» exageración pueril y veo que de los muchos «amores» que sentí (la mayoría, en secreto) sólo dos han sido auténticos.

Y entrecomillo cierta, ya que esta falta —que me llevó a fantasear sobre palabras, miradas o sentimientos que únicamente existieron para mí— ahora la encuentro muy justificable: el hombre requiere motivaciones para vivir, y así mis amores que rápidamente se convertían en desamores eran la excusa para mantenerme ocupado en mi marcha por un mundo que en general siempre se me presentaba gris pero que parecía tener en alguna parte la clave para acceder a esa palabra tan abstracta llamada «felicidad».

Así, fui descartando de mi lista amorosa (por cierto, larga) nombres que sólo eran caprichos sensuales (que eran los más); en otros hallé tardíamente la diferenciación entre lo que es amor y amistad —la muchacha que ahora espero contribuyó decisivamente en esto: admito que durante varias semanas la quise intensa y confusamente, hasta reconocer que si la quiero a mi lado no es más que para conversar larga y tendidamente sobre nuestras vicisitudes que, curiosamente, nos han tocado vivir siendo aún muy jóvenes—, hasta que aquella lista vasta y heterogénea quedó depurada, simplificada y corregida, en dos nombres cuya pronunciación provoca en mí tan opuestas reacciones: porque mientras a una la sitúo en los recuerdos gratos, la otra pertenece a la galería hiriente. Nombres que con mucha seguridad ya no pronunciaré a viva voz ni despertarán la reacción de sus poseedoras, bien por la larguísima distancia que nos separan.

Ella no tardará en llegar; apuro la letra, más tarde me tocará suavizar estas líneas. ¿A dónde lleva un escéptico las peticiones para que un momento (este momento) sea infinito?

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Mercadohorror: las desventajas de Mercadolibre

Escrito por Álvaro Rafael en Misantropías

Logo Mercadolibre

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Hace unas cuantas semanas pasé a formar parte de la lista de anónimas víctimas de la delincuencia caraqueña, terminando así con mi discursillo de la invulnerabilidad que contaba con cierta mueca de gracia cuando salía alguien a mi alrededor citando la trillada frase: «Pero, chico, quién no tiene un familiar a quien no haigan robado». Pues bien, una tarde, en plena congestión del tráfico de terror del centro de nuestro bolivariano municipio, mientras iba yo (pensará el lector, distraído en sandeces) en uno de los bloques con cauchos productores de smog que tienen la desgracia de transitar por nuestras avenidas donde un solo carril es para los vehículos y los otros tres para los buhoneros, se montaron dos infelices pistola bajo camisa y nos peinaron a toditos: salieron relojes, billeteras, uno que otro adorno y celulares. Así, me desprendía yo de mi celular anticuado y sin reparo, el cual, cada vez que recibía una llamada, no sólo hacía temblar el piso, sino que cuando era contestada la llamada se apagaba automáticamente. Así, le entregué sin mucha resistencia y con una profunda y maliciosa satisfacción el aparato al infeliz, sabiendo que el pobre diablo en unas horas pasaría de la alegría de tener un celular por primera vez en su miserable vida a la rabia porque no funcionaba ni para accesorio de correa.

Tenía, por fin, un pretexto válido para sortear mi tacañería nata. El aparato que compré al cabo de dos semanas llenaba las expectativas de mi otra parte, la lúdica y tal vez esnobista. Uno de los complementos del aparatico que más me encantó era su cámara, por lo que empecé a fotografiar todo cuanto satisficiera más mi sensibilidad que mi intelecto: el objeto principal de mi lente, una compañera de la oficina donde me desvelo: de perfil, tres cuartos, mientras golpea las teclas de su negro teclado, con el regalo que le compré para su cumpleaños. Al poco tiempo, tuve lo que un padre debe sentir cuando ve que su pequeño niño empieza a salir solo a la calle: el terror de perder eso que tanto adoro, víctima otra vez de la delincuencia; ella se irá de este trabajo dentro de poco, me dije, y esas fotografías serán lo único que me quede de ella. Razón por la cual empecé a buscar los cables que transmitieran esas imágenes a mi PC. He aquí cuando encontré a Mercadohorror.

Suelo ser un usuario frecuente de las páginas de compra y venta on-line, me parecen lugares excelentes y sencillos para poner en venta cualquier bagatela y, francamente, nunca había tenido problemas con esos servicios. Hallé y compré los cables para mi teléfono, y entre depositar el dinero a la cuenta del desconocido vendedor o depositar a la cuenta de la página de compra y venta, decidí por esta última y aparente confiable opción. Cuál ha sido mi sorpresa que hoy, después de transcurridos cuatro días de la compra, aún la página no acredita mi depósito y por ello aún no he recibido los cables que compré, para mi rabia y frustración. Porque, para este momento, sigo andando por las calles sintiendo que mi hijo juega fuera de casa, expuesto a los peligros que ello implica, pudiendo perder en cualquier momento algo que aprecio inconmensurablemente. Espero, sigo y espero, mientras tanto, estas líneas ayudan a pasar el tiempo.

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Los libros en la era de Internet » Otra vez aparece el tema del fin del libro por responsabilidad de la difusión de los medios electrónicos. Te prometí que te llamaría, pero no lo hice. Aquí te envío brevemente parte de mi respuesta: «Sin llegar a ser profeta, Internet jamás acabará con el libro impreso porque aquél es un medio siempre cambiante y empeñado acaso en su degeneración, los libros impresos trascienden los caprichos temporales del hombre y persisten el paso del tiempo y se constituyen en monumentos de un momento en particular, y no creo que nadie esté dispuesto a renunciar a la memoria. Los libros, por último, han sobrevivido todo intento de destrucción, y lo que no consiguieron las dictaduras menos lo conseguirán unos tontos con mucho dinero y tiempo. A lo sumo, el papel de los medios electrónicos podría servir en la difusión de las obras y sus autores, pero nunca destruir los libros. (1)