Las acciones de la EDC y la inducción colectiva de Jorge Rodríguez

Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Misantropías

Acciones de la EDC

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En los meses finales de 2006 participé en la oferta pública de acciones que lanzó la Electricidad de Caracas (EDC) con la compra de 1.986 acciones a un costo de Bs. 500 la acción.

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Jorge Rodríguez (flamante vicepresidente de Venezuela) dixit:

«No hubo ningún desplomamiento (sic) de nada. La Bolsa (de Caracas) está más sólida que nunca, la economía está más sólida que nunca, las reservas están más fuertes que nunca, así que nada de eso está pasando».

El día lunes 08-01-07, las acciones de la Electricidad de Caracas (EDC) tenían un valor de Bs. 760 la acción.

El día martes 09-01-07, las acciones de la Electricidad de Caracas (EDC) tenían un valor de Bs. 605 la acción, motivo por el cual su cotización en Bolsa hubo de suspenderse.

Bastó un solo día, tras el disparatado anuncio del Presidente en un acto que desbordaba el culto a la personalidad, para que personalmente perdiese Bs. 300.000. Mientras, el Vicepresidente-psiquiatra dice: «Nada de eso está pasando». ¿Ingeniosa terapia de inducción colectiva?

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Nacionalización de la Electricidad de Caracas, EDC, Acciones EDC, caída de acciones en la Bolsa de Caracas

La piel

Escrito por Álvaro Rafael en Bocetos, Relatos

Dibujo erróneo naïf

Dibujo erróneo (2002),

Álvaro Rafael.

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Una vieja revista de modas era mi único pasatiempo en aquel diminuto consultorio. Una a una fue pasando cada página sin que yo pudiera concentrarme en una lectura que, por lo demás, era vacua. ¿Cómo podía hacerlo si detrás de la puerta aguardaba el médico que confirmaría un diagnóstico que yo ya intuía? Esperé, sin embargo, que el tiempo pasara y en aquella interminable esperaba que precede a toda desgracia fijé mi mirada en la secretaria del consultorio.

Era una mujer muy joven, vestía anticuadamente. Su tiempo, que descubrí durante mi estadía, lo dividía entre aquel trabajo y unos estudios universitarios que no pude especificar entre las ambigüedades de sus conversaciones por celular. Era su celular, pequeño y muy modesto, la única distracción que tenía la joven en aquel espacio asfixiante. No había radio. No había televisor. Apenas la revista que gentilmente me ofreció más allá de gentilezas por el tedio que habría de producirle ver la misma revista vieja todos los días y cuyas páginas había marcado con su nombre en diferentes diseños: su letra era ingenua, flores bordeaban unos trazos muy cuidados. ¿Qué otra cosa podía hacer la joven sino distraerse en aquel pequeño aparato? De pronto la preocupación por mi enfermedad se desplazaba al reducido mundo de aquella joven. Su teléfono celular con el que jugaba, su teléfono celular que repicaba constantemente entre mensajes de texto que la hacían sonreír y llamadas que rápidamente finalizaba entre murmullos y felicidad. En cuanto su teléfono callaba tomaba el auricular del teléfono de la oficina y hacía llamadas a bancos, a servicios, ponía quejas a las centrales telefónicas por las averías que la dejaron con una sola línea en la oficina… El pequeño aparato telefónico era su única distracción en aquel monótono espacio.

La puerta de la oficina del médico se abrió. Durante el recorrido al asiento donde confirmaría mi pálido diagnóstico seguí pensando en la pobre muchacha. Pensé, sin encontrar al principio asociación, en los ascensoristas de mi edificio. Pensé en sus largas jornadas nocturnas…, en su nimio combate contra el sueño y los constantes viajes estériles a lo largo de veinte pisos encontrando esporádicos usuarios. Sube algún violento…, un hombre en su borrachera diaria sube al ascensor y rompe una botella. Cosas de todos los días. Cosas de oficios de la miseria.

Cuando salí de la oficina del médico ya poco me importaba mi propia miseria. Alrededor de nosotros, sin gloria alguna, se mueve un mundo de seres nobles que no protagonizarán ninguna novela digna de contar. La muchacha, con los ojos fijos en el aparato, pulsó el botón de su escritorio y la puerta se abrió. Apenas me miró salir de su mundo.

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Relatos cortos venezolanos, autores inéditos venezolanos, cuentos venezolanos

Recordatorio modesto de Cayayo Troconis

Escrito por Álvaro Rafael en Rock venezolano, Sonidos del mar

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Para Andrea

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Este 17 de noviembre se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Carlos Eduardo Troconis (1968-1999). Vale la fecha para oír una vez más (y conocer, para quien todavía no lo conozca) lo que quizá sea su obra maestra, el disco de Dermis Tatú cuyo nombre fue a principios un enigma pero que ahora se conoce sin misterio como La violó, la mató, la picó. Más abajo, después de evadir la breve nota, algunos de sus otros proyectos: PAN y, por supuesto, Sentimiento Muerto (banda de la que fue fundador junto con Pablo Dagnino; sí, el mismo de Fama, sudor y aplausos para los más jóvenes… del cerrado canal RCTV, para los muchos más jóvenes).

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Cayayo Troconis

Cayayo Troconis (1968-1999)

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Se cumple un nuevo aniversario de aquel desgraciado 17 de noviembre de 1999 en que murió Carlos Eduardo «Cayayo» Troconis. Caminaba por Sabana Grande, tenía 31 años, nos cuentan impasiblemente las muy pocas crónicas, sin pormenores y de la misma manera como anunciarían el clima del día, y trato de pensar en las circunstancias que rodearon el hecho: cómo vestía, quién lo acompañaba, cuál sería su último pensamiento.

En ese lugar anónimo de nuestro perdido bulevar sabanagrense, que tantas veces habría recorrido sin parar Cayayo desde su juventud inquieta, su corazón (nada gris, por cierto) se antojó en detenerse para siempre, llevándose al otro lado una de las más vastas y originales propuestas musicales desarrolladas en este maltrecho país que nunca quiso dejar y que, al final, nunca le gratificó en vida; una injusticia que, lamentablemente, se prolongó con los supuestos homenajes tributados por hacedores de música que jamás habrían entendido sus creaciones: Dermis Tatú o PAN. Homenajes cuestionables en los que hubo algo de responsabilidad, para dolor e incredulidad de los viejos fanáticos, de algunos de los antiguos miembros de Sentimiento Muerto.

Durante algunos meses después de la muerte de Cayayo, se trató de recrear una época que ya se había perdido para siempre, y en medio de esa nostalgia descubrimos que no sólo desapareció Cayayo sino también la autenticidad que llegó a rozar nuestra música. No nos quedan, pues, más que las especulaciones de qué sería hoy el rock venezolano si Cayayo siguiese aquí; seguramente, no estaríamos tan llenos de pastiches de Korn. Especulaciones inútiles con las que tratamos de imaginar que Cayayo sigue todavía aquí, con su extraña figura y su voz airada y su guitarra de canciones como Terrenal, algo que ya no sucederá.

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Nota agregada el 01 de julio de 2007:

Gracias por todos los comentarios hasta la fecha. Lamento no haber podido contestar cada uno. La idea del blog inicialmente era difundir la obra de Cayayo y Dermis Tatú entre aquellos que sólo la conocían por referencias, dado lo difícil que es hallar su único disco. Pero poco a poco comencé a ver comentarios relacionados con esa época de los 80 y 90. Son estos los recuerdos que lo mantienen aún entre nosotros. Comentarios que también reviven una época pasada que hemos aprendido a valorar cada día más. El recuerdo de Cayayo también es parte de nuestra infancia y nuestra juventud, y de aquel país que ahora nos parece tan lejano. Saludos.

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Una nota interesante para ver en equilibrio.net.

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Rock hecho en Venezuela

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Una sutileza de la melancolía

Escrito por Álvaro Rafael en Misery Loves Company, Relatos

Misterio de una noche de verano (1892),

Edvard Munch.

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Conservo entre los pocos objetos de mi pasada vida esta fotografía de nuestra primera comunión. Ayer limpiaba mi estantería donde apilo junto con libros que todavía me acompañan cuadernos que, sin quererlo, fueron convirtiéndose en fastidiosos y melifluos diarios —que ahora me avergüenzan y no releo— y de uno de ellos se deslizó esta vieja fotografía.

Tenía varios años sin verla. Esto es lo único material que me queda de ti.

Del otro lado estaba yo, una figura que corté porque desencajaba con esa graciosa y virginal postura de palmas abiertas mientras esperabas la consagración del cuerpo de Jesús, cuando, al igual que yo, hablabas mal del cura. Pensé con inquietud si tú también habrías conservado algo que te recordara de mí alguna vez. En realidad ya no guardo muchas esperanzas e imagino que, en algún momento, utilizaste las mismas tijeras para desaparecer de tu vida nuestro precario vínculo. Yo, en cambio, tengo la desdicha de conservar una fotografía que sólo me despierta una ligera alegría por algo que nunca más volverá.

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