Las culturas se enriquecen cuando intercambian entre sí costumbres, inventos, idioma. Le debemos mucho al ingenio chino, le debemos mucho a la civilización grecorromano, le debemos mucho a la cultura española (de hecho, me considero hondamente hispanoamericano). Usamos una lengua que no nació en nuestro continente, comulgamos con religiones que se originaron allende los mares, vestimos con una tradición occidental. Toda esta mezcla nos hace únicos en la diversidad del mundo. Esta mezcla es innovadora, nos impulsa a evolucionar. Pero de allí a adoptar partes del folclore de otras naciones la distancia es más larga y querer llegar hasta ese lado de las barreras que nos diferencian tiene como consecuencia el parecer enanos culturales e imitadores lamentables. Halloween no es una tradición nuestra, ni siquiera el Halloween que se celebra en Estados Unidos tiene que ver con el origen de esta celebración, que es una deformación de tradiciones celtas (luego cristianizadas) relacionadas con el cambio de estación y que fue llevada a Norteamérica por la diáspora irlandesa. Por eso celebrar Halloween en un país tropical como Venezuela, sin estaciones ni influencia celta, tiene un sabor de exotismo ridículo y consumista. Yo no veo en un suburbio de Kentucky a unos niños saliendo disfrazados de diablos de Yare ni en Iowa a una familia anglosajona comiendo una hallaca. Porque los estadounidenses tienen una cultura y un folclore propios, y no se dejan seducir por lo que viene de otros países en paquete de consumismo. (1)

Antitaurinos caníbales

Escrito por en Estado social

Juan José Padilla

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Una discusión forzada

La polémica sobre la tauromaquia no está entre mis principales intereses. Esto no quiere decir que sea indiferente al tema; simplemente, vivo en un país (Venezuela) donde las corridas de toros son escasas y en una ciudad (Caracas) cuyo mayor coso taurino (Nuevo Circo) es un edificio que lleva décadas cayéndose a pedazos y cuyo uso actual está destinado a otro tipo de actividades. Por los motivos anteriores, cada vez que oigo hablar sobre corridas de toros eso me suena a pasado remoto, a espectáculos que se dan en países lejanos. Mi nivel de interés hacia esta polémica es el mismo que pudiera tener un caraqueño común por las peleas de niños en Tailandia o un indonesio por la práctica de engordar niñas en algunas regiones de África.

Son tantos los temas que ocupan nuestra atención como venezolanos (la delincuencia, la economía, la política) que apasionarse en discutir a favor o en contra de la tauromaquia, en un país donde esta actividad ya es algo residual y en vías de extinción, me resulta un tema de discusión forzado y ajeno a nuestra realidad y tiempo.

Repito algo que mencioné al principio (porque sé muy bien que en ocasiones una idea necesita repetirse para que pueda ser entendida por la mayoría): esto no implica que uno carezca de una opinión sobre este tema, y la mía se decanta hacia la consideración de las corridas de toros como un espectáculo repulsivo.

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Involucionando: una ventana a la antigua Roma

 

Poner a un animal a luchar hasta su muerte contra un hombre que lleva las de ganar tiene de espectáculo lo mismo que tuvo en la antigua Roma el poner a un hombre a luchar hasta su muerte contra un animal que tiene las de ganar.

Las corridas de toros son un espectáculo bárbaro, y luego de siglos de superación (o al menos, de disminución) del oscurantismo, guerras y tantas otras estupideces humanas yo no pagaría un centavo por involucionar en una plaza de toros.

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Aunque no te guste: un asunto cultural

 

Sin embargo, hay gente que todavía le gusta ver corridas de toros.

Es algo innegable y basta con ver cómo en España o México aún se llenan algunas plazas de toros y cómo ciertos toreros se pasean por algunos países como auténticas estrellas mediáticas.

La tauromaquia, aunque ya sin la fuerza que tuvo en el pasado (algo notorio por el cada vez más reducido circuito taurino en su país más representativo, España), sigue siendo un asunto enraizado en la cultura de algunos sectores de la sociedad, aunque quienes se opongan activamente a ella (los antitaurinos) aleguen que la tauromaquia no es «ni arte ni cultura, sino tortura». Pero que a nosotros nos desagrade algo en particular no implica que a los demás también les deba desagradar (por ejemplo, a mí no me gusta que algunas religiones sigan circuncidando a los niños recién nacidos, pero mi opinión difícilmente logre persuadir a una persona que toma esto como un hecho cultural y, más bien, creerá que el equivocado soy yo; tampoco me gusta el boxeo, pero hay gente que le encanta ver a dos sujetos en calzoncillos pegándose hasta que uno de ellos muerda la lona).

 

Antitaurinos caníbales

El caso Juan José Padilla

 

Argumentos los hay tanto a favor como en contra de la tauromaquia, todos válidos para cada grupo (aunque si hay alguno que sale más beneficiado de este debate es, paradójicamente, el de los taurinos, quienes gracias a esta polémica que despierta su actividad mantienen activa una profesión cuyo interés no dudo que eventualmente sea el mismo que tiene en la actualidad en Venezuela: ninguno).

Los argumentos, sin embargo, en ocasiones saltan las barreras de la inteligencia y caen en el terreno de la visceralidad y la venganza, perdiéndose así toda validez y volviéndose simplemente injurias. Digo esto por el reciente incidente que sufrió el torero español Juan José Padilla, terrible hecho que para mi desagrado ha despertado la burla, cuando no los aplausos, de determinados sectores antitaurinos, que han inundado foros y redes sociales con los más deplorables comentarios.

Actitudes de este tipo contrarían la lucha contra las corridas de toros, porque no se puede ser antitaurino, oponerse al sufrimiento de un animal y luego aplaudir morbosamente cuando un hombre es herido en plena faena. Si hay antitaurinos que celebran esto, dudo que tengan interés genuino por el bienestar de los animales y más bien me convenzo de que muchas veces detrás de estas posturas hay una motivación esnobista.

Es entonces cuando las diferencias entre los antiguos romanos y ciertos antitaurinos actuales se difuminan y ambos grupos pasan a ser el mismo público que aplaude rabiosamente y con placer la tortura de otro hombre.

Reacciones ante profilaxis canina en Venezuela

Escrito por en Estado social

Profilaxis canina en Venezuela

Con un asombro que rápidamente se convirtió en repulsa nos hemos enterado de los planes de realizar un operativo para eliminar perros callejeros en el Municipio Mariño de Nueva Esparta. La condena corrió por las redes sociales y se empezaron a recoger firmas para evitar un operativo que demuestra que el Estado recurre siempre a medidas poco inteligentes y de escasa sensibilidad para tratar de solucionar sus «problemas»; cuando algo «estorba» hay que eliminarlo (algunos cínicos podrían preguntarse si es que acaso los políticos no son un estorbo desde hace tiempo).

He visto en las redes sociales y en algunos foros (como el de Noticias24) dos tipos de reacciones que quisiera tratar en esta entrada. Por una parte, están los escépticos, que han cuestionado eso que se ha venido a llamar ciberactivismo, alegando que no se hace nada desde la comodidad de una PC: yo vivo en Caracas y sólo me queda la palabra escrita. Pero la palabra de quienes hemos manifestado por estas vías nuestra indignación tiene el poder de movilizar, por ejemplo, a los lugareños que todavía no estuvieran enterados para que salgan a retirar el veneno (perversamente llamado en la circular como carnada) y de persuadir a las autoridades para que no realicen este tipo de operativos en otros lugares del país.

Otros comentarios, los más lamentables, se burlan del interés por evitar que animales sean masacrados. Según algunos de estos comentarios, había detrás de esta denuncia un ánimo de figurar, de ser movidos por las modas, de ser progres. Evidentemente, hay gente que le gusta la pose, pero ante casos como este hay un zumbido en la conciencia que te impide permanecer impasible ante un abuso desproporcionado. Y esa capacidad por sentirse indignado es algo que nos hace humanos. Lamentablemente, he visto que muchas personas que andan a pie y que parecen humanos tienen menos condición humana que los pobres perros que seguro están muriendo en este momento. Algo que trato es ser un mejor humano, porque no nacemos así. Es algo que se aprende.

A veces cito La insoportable levedad del ser de Kundera hasta fastidiar a mis interlocutores. Pero me parece un libro total, de esos que pondría de primero en mi lista de cosas que llevaría a una isla deshabitada. Recordé entonces el libro de Kundera porque allí aparece una afirmación poderosa: dice que la humanidad solo puede mostrar su verdadera bondad y esencia ante los seres más indefensos: los animales. Y, ciertamente, los animales están a nuestra merced, somos quienes disponemos de ellos a nuestro antojo como no lo hace ninguna otra especie, somos jueces de la vida de otros que no pueden argumentar una defensa. Debemos, de algún modo, levantar una muestra de protesta. Tenemos una responsabilidad ante lo que ocurre, y la indiferencia no es alternativa.

Nevermind: veinte años de nuestras vidas

Escrito por en Personales, Sonidos del mar
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Hubo un tiempo en el que contábamos, todavía consternados, que Kurt Cobain cumplía apenas tres o cinco años de muerto. La música de la banda que creó para distraerse de una vida gris en el gris y lluvioso noroeste estadounidense seguía sonando con frecuencia en las radios y sus videos ocupaban la rotación diaria de MTV.

El tiempo se empeña en alejarnos de la conmemoración de fechas que ya dejan de despertarnos el mismo interés de antes, y así cada 8 de abril pasaba como otro año más de la muerte de Cobain. Sin quererlo, de tanto que recordamos esa fecha dimos a poner en un segundo plano su obra musical: Nirvana, más que la banda, más que el trío de desaliñados genial que cambió la música y enterró toda la frivolidad de la década de los ochenta, era para muchos una banda marcada por el suicidio de su cantante.

Hoy se cumplen veinte años de la publicación del disco que los catapultó a una fama inesperada, Nevermind, un disco que, de una manera u otra, nos hizo a todos los que lo hemos escuchado personas diferentes. Es momento de reivindicarlo no solo como una obra maestra, genial y vigente, sino como un disco con el que hemos crecido en los últimos veinte años y que forma parte inseparable de nuestras vidas.

Los recientes hechos ocurridos en Monterrey reafirman que las políticas hacia las drogas están mal enfocadas y solo producen más violencia. El narcotráfico se apodera de las instituciones y el Estado de Derecho se convierte en un chiste. Los Estados son cada vez más incapaces de combatir unos carteles que cada vez son más poderosos y cuando creemos que los erradicamos lo que se consigue es trasladarlos de un país a otro, haciendo de la violencia un negocio transnacional que busca nuevos mercados. Y los objetivos de disminuir el consumo no se dan, y en lugar de proteger a los ciudadanos se les expone a unos niveles de brutalidad cada vez más surrealistas. Toca despojarse de falsos moralismos y aceptar que las drogas son parte de la sociedad y el Estado, en lugar de gastar millones de dólares de impuestos en una guerra que está perdida de antemano, debería dedicarse en cambio a campañas en contra del consumo de drogas. Toda persona es libre de adoptar la conducta que desee a pesar de que esta sea dañina para él. Lo recalco: el respeto a la libertad de decisión de cada persona implica aceptar incluso aquellas conductas que nosotros no adoptaríamos. La lucha contra las drogas fracasó. Hay que ir hacia la legalización de las drogas y de un control estricto de esta industria que ya opera al margen de la legalidad, de imponerles impuestos que sean invertidos en campañas de prevención al consumo. En el pasado el juego y el alcohol eran problemas que se resolvieron con la legalización. Continuar con la prohibición a la producción, tráfico y consumo de drogas no tiene efectos positivos, la gente todavía consume y mientras haya demanda habrá oferta, la violencia prolifera y los Estados van perdiendo autoridad. Mientras sigamos en una guerra indefinida seguirán cayendo muertos indefinidamente. (0)