En este mare mágnum de vida que llevo había dejado pasar que fue junio el mes que simbólicamente elegí como aniversario de este blog que ustedes leen fielmente —ya sea porque llegan por error y les gusta criticar o porque simplemente vienen para bajar música de Dermis Tatú. De hecho, cuando hace cinco años descubrí lo que eran los blogs (buscando, vaya caradurismo el mío, música de Sentimiento Muerto) y decidí que era la mejor vía para publicar mis dibujitos y mis textos, no dudé en que estaría vinculado a la banda de Cayayo Troconis y por ello escogí una frase enigmática de la canción H para darle nombre a esto: cada grieta en el cerebro es un planeta en fuego. Sin quererlo, esa vinculación a la obra de Cayayo me llevó a relacionarme con personas que han determinado muy buenos momentos. En este quinto aniversario de Planeta en fuego, no encuentro mayor agradecimiento que a ustedes, los que leen entradas como estas, porque demuestran una fidelidad de la que siempre estaré agradecido y es por ustedes que este blog, con sus pausas y desaciertos, se mantiene en línea. Gracias. (2)

El consejo de mi hermana

Escrito por Álvaro Rafael en Personales, Relatos

Frances Farmer

Mi hermana es una mujer sensata. Por algo lleva veinte años de casada, tiene tres hijos que van a buenos colegios y universidades, vive en una casa grande y cuando cruza la ciudad para visitarme lo hace en un auto de lujo propio. Me ve y suele darme consejos. En definitiva, sigo siendo el hermano menor al que debe cuidar. Y yo, obviamente, sigo siendo el hermano menor que nunca hace caso. El insensato, el inmaduro, el impulsivo, el que todas se las sabe.

Últimamente me ha dado recomendaciones personales. Me ve todo el tiempo sumido pintando cuadros y con una botella de coñac siempre sobre la mesa. Cuando viene me oye atendiendo llamadas o me encuentra con visitas. Cuando se marchan me recomienda que debería relacionarme con gente normal. Claro, lo dice de buena fe, lo dice como la hermana que me cuidó mucho tiempo cuando éramos niños y en quien desarrolló el instinto maternal que luego pergeñaría en sus tres hijos. La normalidad, para ella, viene siendo todo lo opuesto a lo que soy: un bicho raro. Un bicho raro con la pared llena de reconocimientos profesionales, pero bicho raro al fin. Un gran bicho raro al borde de los treinta años que, a pesar de ello, quiere un poco de estabilidad. Y ella lo sabe. Ella sabe que la estabilidad no la puedo conseguir con la larga lista de amistades y relaciones a lo largo de la vida que le he enumerado. Obviamente, es el mejor de los consejos que no tomaré en cuenta.

Porque la normalidad para ella es que me reúna con gente convencional. Y los convencionalismos me dan grima. Me dan sueño. Me aturden. Me provocan náuseas que amenazan con sacar por la boca mi estómago volteado. ¿Qué puede hacer con gente convencional alguien con mentalidad tan perversa como la mía? ¿Asumir como normalidad el hecho de salir con alguien al cine para ver la comedia de turno, aceptar invitaciones a comer fritangas en la calle porque quien me invita no tiene dinero para algo mejor, ir a un parque de diversiones o a una playa repleta de matones y putas, regalar ramos de flores y peluches en fechas previamente marcadas como aniversarios (yo que tengo pésima memoria), callarme la boca cuando lance gustosamente blasfemias y escupa sobre el nombre de Dios? ¿Hacerme amigo de alguien con amigos que le gustan la música del momento, que no haya leído un libro en su vida, que baile pegado y que piense que una Polar un viernes por la noche mientras se ven películas de acción quemadas en un DVD es el mayor de los placeres? ¿Gente que vive con sus padres, que tiene que verse en hoteles o peor aun en plazas para estar con su pareja, y no espera nada de la vida porque vea con horror la trascendencia o que asuma la posteridad sólo como cosas de muertos?

Y no es que mi hermana haga todo eso, de hecho, ella es muy tranquila y quizá hasta esté al margen de la normalidad que me pide. Pero bueno, ella ya está establecida y quiere que yo me establezca.

Pero ¿establecerme en esa normalidad? Asco. No comulgo con el matrimonio, ni con los hijos. Me gusta la idea de la compañía, pero la compañía que no implique sumisión ni renuncia a la individualidad. Y ello se opone radicalmente a la normalidad. La normalidad está intrínsecamente relacionada a la conformidad. Y la conformidad va de la mano en el tedioso recorrido de la vida con el convencionalismo. No. Mil veces no. Yo voy por todo lo contrario: me gusta la intensidad, mi espíritu busca la emocionalidad al máximo, el placer infinito, el susto en cada acción inesperada. Por eso evado ese consejo de buscar gente normal. Porque yo no lo soy. Porque no tengo nada que buscar en esa gente. Porque las personas que han entrado en mi vida no han sido normales, y no lo digo peyorativamente. Todo lo contrario: he tenido el gusto de conocer y seguir conociendo personas felizmente extrañas. Juzgarlos a ellos sería condenarme a mí mismo. A este sujeto extraño que también soy. A este sujeto extraño que seré. Quiero una estabilidad similar a la que comenté al principio que tiene mi hermana, ¿quién no? Pero una estabilidad a mi manera. Una estabilidad sin convencionalismos. Una estabilidad emocionante.

El apostador

Escrito por Álvaro Rafael en Relatos

El apostador

1

Todo en la vida es una apuesta de alto riesgo, me comentó mientras mirábamos la tarima. La emoción que los días previos demostraba por el concierto de The Misfits se había ido. No me quiso contar lo que había sucedido esa tarde, pero igual pensé de qué se trataba todo. Las cosas pueden salir bien, mal o simplemente no darse como uno quisiera, agregó, pero es de cobardes no intentar hacer algo. Entonces me invitó a jugar a las cartas mientras esperábamos que iniciara el concierto.

Nos sentamos en un espacio al final de la sala del CECIM de City Market habilitada para una noche de horror punk. Repartió las cartas y me comentó, como para sacarme de mis dudas, de que su vida había entrado esa misma tarde en un «punto y aparte». La explicación que vino después no fue clara, pareció querer justificar la actitud de su chica que yo nunca entendí. Habló de etapas de cuestionamientos, de que ella buscaba reconsiderar las cosas y que ahora necesitaba soledad, perderse un tiempo fuera del país y luego regresar para replantearse sus necesidades. Así que él no insistió más.

2

Jugábamos al póquer y sus manos habían sido buenas hasta entonces, cuando dijo que había apostado a replantear las cosas y seguir. Me comentó que eran más las cosas que los unían que las que los separaban. Entonces pensé ¿para qué perder una relación así?, pero no se lo dije. Dejé que hablara, necesitaba hablar más que nunca.

Dijo que había aprendido mucho con ella, y creía que el aprendizaje había sido mutuo y que sentía que quedaban muchas cosas más por descubrir juntos. Los conozco a los dos y sé que son personas maduras y tienen trabajos que les sirven para vivir con independencia. A veces él se quedaba en su casa o ella en la casa de él. Quise seguir, me dijo, aposté, siempre he sido un apostador, pero no gané en esta ocasión. Ahora hay que seguir, dijo, y lanzó una buena mano con la que ganó la ronda.

Mientras miraba mis cartas malas y a la gente que empezaba a llenar la sala, me comentó que las cosas duelen. Evidentemente, duelen, insistió. Aunque sabía que era una reacción natural y temporal ante la ausencia de un ser querido. Pensé que quizá demoraría más en equilibrarse por esa facilidad que tiene para apegarse a determinadas personas. Pero sé que seguirá, pensé, cuando las luces se apagaron y empezó a sonar el intro macabro del concierto. Recogimos las cartas, nos pusimos de pie y corrimos para mezclarnos entre el público.

3

El peor sonido que hemos escuchado. Salimos con una mezcla de rabia y tristeza, con la certera indignación de que podemos decir que estuvimos y no estuvimos a la vez en The Misfits en Caracas. Las canciones pasaban una tras otra con mucho ruido y nuestro máximo logro era adivinar cuál era.

Mientras desalojamos el centro comercial, nos topamos con una pareja que salía también del concierto y discutía airadamente. Un vigilante miraba de lejos, dudando entre seguir sentado o intervenir entre un chico con cabeza llena de pinchos y una chica con la cara pintada de calavera. Finalmente esperó que la pareja saliera entre gritos del centro comercial. Mi amigo me comentó que ellos nunca habían peleado por cosas serias, que incluso la conversación en que pusieron las cosas en claro fue amistosa y por instantes llena de risas por el recuerdo de los momentos vividos.

Mientras recorríamos el bulevar de Sabana Grande hacia la avenida principal lo noté con un toque de melancolía y calma. Supongo que estaba claro de que debía adaptarse a la situación en la que estaba. Sabía que todo sería aburrido ahora que debía replantear las cosas: el viaje a Europa con ella quedaba suspendido, así como vivir juntos, así como tener una mascota juntos. Al menos, me dijo, tenía el consuelo de que no hay alguien por allí que le odia ni que el quedó tan herido como para odiar a alguien (aptitud inmadura que vemos en otras personas cuando suspenden o terminan sus relaciones). Por eso mismo, me dijo, hablaba al comienzo de que esto había sido «un punto y aparte». El futuro seguro les tenía reservado una tarde con un café de por medio y de recordar los buenos momentos.

Por ahora, a él sólo le quedaba seguir apostando. Las partidas no debían parar, había que seguir apostando, por ella, por quien sea o por lo que sea. Aún nos faltaba para llegar a la gran avenida. El peligro del bulevar a esas horas se mantenía. Pero había que seguir. Siempre hay que seguir apostando.

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Lecturas sugeridas » En el correo me invitaban a leer un cuento acerca de Cayayo Troconis. Pensé, antes de pinchar en el vínculo del cuento en Prodavinci, en lo difícil que debe ser contar, en la extensión siempre rigurosamente breve de un cuento, la vida de un personaje fundamental en dos décadas del rock venezolano. La impresión de inexactitud previa a la lectura se fue diluyendo al comenzar un cuento que, aunque trata de Cayayo, no es estrictamente de Cayayo: es un cuento de fanáticos para fanáticos. Del fanático que persigue recopilar los elementos de la vida del músico que marcó el destino de muchos que pararon haciendo música o escribiendo en blogs como este. La figura de Cayayo se convierte en la clave para entenderse a sí mismo. El cuento se titula Dejar la peluca, de Carlos Ávila, y para leerlo sólo tienes que hacer clic acá. (1)