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Este blog cumple seis años en línea. Me sorprende mi constancia. Los blogs ya no son como antes. Las redes sociales contribuyeron a disminuir la cantidad y a bajar la calidad de los pocos que aún se mantienen regularmente actualizados. Creo que esta tendencia se irá marcando hasta que llegue el día en que los blogs terminen siendo fagocitados por un estado de Facebook o Twitter. El panorama no es alentador. Hemos sacrificado contenido por inmediatez. Las personas ya no pierden tiempo leyendo una entrada de más de 2.000 caracteres cuando hemos disminuido nuestro pensamiento a sólo 140. Sólo mi terquedad me mantiene, a pesar de perder dinero pagando el hosting. Y seguiré perdiendo los pocos dólares que nos Cadivi por un tiempo más. No creo que la era de los blogs regrese renovada. Pero igual, siempre he pertenecido a otro tiempo. (2)

Las armas no matan, matan los hombres

Escrito por en Estado de política, Estado social

El planeta de los simios

Cuando hace años unos estudiantes sometidos a bullying se creyeron reencarnaciones del trastornado John Rambo y entraron a una escuela de un pueblo de Colorado para saldar deudas, saltaron las alarmas en Estados Unidos. El país de la segunda enmienda a la Constitución (la que permite el uso de armas, aunque con ambigüedades) entraba en shock y ante la consternación muchos señalaron como influencia de la masacre a la música de Marilyn Manson. Los más sensatos, o en otras palabras, los que nunca tienen la razón para la mayoría, señalaron como responsable esa facilidad con la cual unos niñatos enloquecidos podían conseguir armas. Pero en defensa de las armas salió una organización muy poderosa, vocera autodesignada de la América profunda, la National Rifle Association, cuya campaña en favor del uso festivo de las armas de fuego llevó a que repitieran, allí donde les pusieran un micrófono por delante, la frase:

Las armas no matan, matan los hombres

Los sensatos, los que siempre llevan las de perder, lanzaron una no menos ingeniosa réplica a esa frase, que decía:

Pero las armas no mueren, mueren los hombres

Esto en Estados Unidos, un país cuya influencia cultural es capaz de convertir en noticia mundial lo que en países como el nuestro ya es casi cotidiano: la fiesta de la violencia. Y esto indigna. Indigna tener que resignarse a ver morir a muchos venezolanos sin que salten las alarmas que nos llamen a la reflexión sobre la violencia en nuestro país. A diferencia de Estados Unidos, donde la violencia tiene mucho que ver con muchas armas en manos de muchos locos (desde ciudadanos hasta su Gobierno), en nuestro país el problema es de otra índole.

El problema en Venezuela es que rige la ley del más fuerte. La ley de las armas. La ley de la violencia. El acabose de país. Ciérrense las escuelas y repártanse garrotes para acabar a golpes lo que sería perder el tiempo solventando una discusión con palabras moderadas. Yo sigo pensando que este país no se cambia cambiando un presidente: muchas veces pienso que estamos jodidos. Que la violencia extrema (y su justificación por parte de muchos sectores del país) es parte del ADN de la mayoría de venezolanos. Por ejemplo, en un barrio se descubre un violador y los vecinos piden que se le linche. Nadie cree en la justicia, y la culpa la tiene el propio sistema de justicia. La policía no es de fiar porque cuando nos detiene un oficial de inmediato queremos sobornarlo. Y si te lleva preso, luego saldrá alguien a quejarse de tu infinita idiotez por no sobornarlo. Cuando un niño le dice a su padre que en la escuela alguien está burlándose de él, el papá le pega al hijo por gafo y le exige que vuelva a la escuela y le pegue más fuerte (volvemos a los chicos con complejo de John Rambo). La violencia genera más violencia y Venezuela ha caído en un ciclo imparable de autodestrucción.

Hace rato presencié algo que me motivó a escribir estas líneas de indignación: en un tren del Metro de Caracas, un señor mayor, con bastón, cuyas piernas flacas y torcidas apenas podían contener el peso del resto de su voluminoso cuerpo sentado en un puesto azul para ancianos, mujeres embarazadas y discapacitados, trató de resolver una discusión con un joven sacando una pistola y apuntándole a la cara.

Luego de pasar la conmoción cuando sacaron a regañadientes del vagón a este señor, un niño como de quince años se reía a mi lado, no sé si para frivolizar sobre una situación que nos puso tenso a todos (pero sea como fuere revelaba el pensamiento de muchos): decía que hubiese sido a él a quien le apuntaban, le daba un coñazo al viejo y le robaba la pistola. Generación podrida. País sin rumbo.

(No estoy en contra del porte de armas, de hecho considero que una ley de desarme es una de las mayores idioteces que se pueden pedir (porque se acabaría con la venta legal de armas mientras se fomentaría el tráfico ilegal de las mismas, dándole más poder a los malandros), pero es evidente que en este país enloquecido debería haber un control estricto. Una evaluación de antecedentes, de condiciones psicológicas. Pero estamos en Venezuela, si vemos como normal pagar por sacar una licencia de conducir por qué no pagar por sacar una licencia para portar armas.)

A veces uno piensa que no hay solución. Que hacen falta muchas generaciones de venezolanos para que salga una libre de violencia, así como deben pasar muchas generaciones para que las víctimas de Chernobyl se descontaminen.

El título de esta entrada no es casual. Charlton Heston fue presidente de la National Rifle Association. El fue el actor de la clásica El planeta de los simios, y como sobre las ruinas de la antigua ciudad de Nueva York gritaba:

¡Malditos, lo hicieron, malditos!

yo digo:

¡Malditos, lo hicieron, jodieron a Venezuela!

Video: Cayayo – Aura

Escrito por en Rock venezolano
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Donación presunta de órganos en Venezuela

Escrito por en Estado social, Mi opinión

Recientemente la Asamblea Nacional de Venezuela ha propuesto la modificación de la actual ley de trasplantes de órganos para instaurar el concepto de la donación presunta que nos convertiría a todos en donantes potenciales a menos que en vida hayamos manifestado nuestra oposición a serlo. Mi opinión al respecto:

 

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Hecho en Venezuela

Los argumentos a favor de esta medida se basan en aspectos emocionales a los que casi nadie puede ser indiferente: la solidaridad que debe existir entre seres humanos y la angustia de estar en una lista de espera para recibir un órgano y no morir en la espera (como, lamentablemente, suele ocurrir). Como seres humanos tenemos emociones, pero las leyes no deben basarse en la emocionalidad sino en la racionalidad, porque cuando dejamos que sean las emociones las que legislen se termina por instaurar un sistema de leyes que fluctuarán entre los altibajos emocionales de los legisladores (leyes que, con el tiempo, cuando las emociones se atemperen, no tendrán aplicación efectiva a menos que se impongan por la fuerza).

Cuando entramos al fondo del tema, empiezan a relucir aspectos preocupantes.

En primer lugar, ¿puede el Estado instaurar por ley la solidaridad y la ayuda entre los hombres? Cuando la solidaridad se decreta no es solidaridad, es obligatoriedad y cumplimiento y esto nada tiene que ver con sentimientos altruistas que busquen hacernos mejores seres humanos.

En segundo lugar, y lo que es más alarmante, es ¿podemos cederle al Estado la competencia sobre nosotros mismos? Lo preocupante, y hasta aterrador, de la donación presunta es que cada uno de nosotros naceríamos siendo propiedad del Estado a menos que decidamos «cedernos» a nosotros mismos «nuestra» propiedad.

Cada uno nacería con una etiqueta de Hecho en Venezuela. Productos para ser reciclados cuando perdamos nuestra utilidad original.

 

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«El cuerpo no te pertenece,

es sagrado porque es de Dios»

Me gustan los ejemplos simples y las comparaciones efectivas: ayer, mientras almorzaba en un restaurante equis, presencié la clásica escena de la adolescente regañada por su madre que acaba de descubrir que se hizo un tatuaje.

La madre, como casi siempre pasa, le recriminaba por haberse «deformado» un cuerpo que no le pertenece ya que «es sagrado porque es de Dios».

Paradójico resulta que ahora, un gobierno que se dice de izquierdas y progresista asuma el papel de la madre ofendida porque su hija cometa un «sacrilegio» con su integridad corporal divina. Este Gobierno (desde el aparato del Estado, aunque en la realidad de hoy Gobierno-Estado son la misma cosa) será quien decida qué podemos hacer cada uno con nuestros cuerpos.

El Gobierno-Estado pasa a ser Dios: no tienes decisión sobre tu cuerpo porque este no te pertenece, le pertenece a unos burócratas militares con complejo de Dios.

 

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Y ¿cómo preservaremos los órganos?

Vayamos a un aspecto práctico:

¿Podrá el Estado venezolano preservar tanto material orgánico cuando es manifiestamente incapaz de hacer frente a su eterna crisis hospitalaria y cuando ni siquiera puede mantener la principal morgue de Caracas a donde arroja sus muertos como animales sin honor hasta que se pudran (yo he ido a la morgue, y es todo lo peor que puedas imaginar de una película de terror)?

Porque en un país donde casi nadie se preocupa por hacer testamento, por renovar la cédula o el pasaporte, por legalizar sus partidas de nacimiento, y con un Estado enmarañado en su burocracia a lo Brazil de Terry Gilliam que te complica todo trámite, nadie se ocupará en decir: «No quiero ser donante». Además, ¿cómo manifestaremos nuestra oposición de ser donantes? ¿Ante un comité que nos juzgue como pésimos seres humanos y egoístas insalvables y nos ponga infinitud de trabas?

Ya lo imagino: Venezuela se convertirá en un gran mercado de órganos, con militares decidiendo los contratos y la vida de cada uno de nosotros. Sálvese quien pueda.

 

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Todos deberíamos ser donantes

Todos deberíamos ser donantes. Yo deseo ser donante, pero no porque me obliguen, sino porque creo que darle a otro la esperanza de vivir cuando yo haya dejado este mundo es la mejor disposición final que puedas firmar.

La solidaridad debe nacer de forma natural, debemos generar una conciencia de ayudar a quien más lo necesita que, en algún momento, podemos ser nosotros mismos. El Estado tiene que emprender campañas más efectivas para llevar la voluntad de ser donantes de manera más clara y sin apelar a la fuerza.

Por ejemplo, y teniendo un Gobierno antiestadounidense que siempre apela a lo que se hace o no en Estados Unidos para compararnos, en muchos estados de aquel país cuando te sacas la licencia de conducir (en la práctica, el documento de identidad de Estados Unidos) te preguntan si deseas ser donante o no.

Es lo más sensato: cuando en Venezuela te toque sacar o renovar un documento de identidad, así como te inscriben «voluntariamente» al Consejo Nacional Electoral (aunque seas abstencionista), te pregunten si quieres que a tu muerte haya la posibilidad de que tus órganos sean donados.

Que se fomenten campañas sin inducir a nadie a que haga algo contra su voluntad y sin imponernos con la bota militar el amor al prójimo.

Un poco de cabeza y menos emocionalidad para legislar. La solidaridad entre los hombres nace voluntariamente, no a punta de leyes.

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Curando resfriados con eutanasia