
Digamos que la chica se llama Jadna. Sufre el complejo UCV: salió del colegio creyéndose una chica bohemia, aunque ni ella misma sabía definir lo que era esa palabra, simplemente soltaba niñerías como que ser bohemio era ser hippie y perder el tiempo entre Bellas Artes y Plaza de los Museos. Por eso mismo debía estudiar en la UCV, la universidad donde está Tierra de Nadie y estudian todos los bohemios como ella. Por eso mismo concursó en todas las pruebas internas: desde comunicación social hasta antropología. No quedó en ninguna carrera.
Se sentía más bruta de lo que realmente era, o podía ser. Juró que se tomaría un año sabático, debía intentar el año siguiente volver a ingresar a la UCV, la universidad a la que quieren entrar todos los chicos (y ya no sólo los bohemios). Así que se inscribió en un propedéutico en Las Mercedes; era el más caro de todos, pero sus padres apoyaban el deseo de su hija de ser ucevista: no sólo es una universidad gratuita, sino que su hija tenía que tener título universitario.
Jadna fue a todas las clases, hizo amigos y el día del examen final del propedéutico sacó la mejor nota. No quedó seleccionada en la UCV. Lloró, y con unos cuantos correazos encima, Jadna finalmente optó por una universidad privada y sin mucho esfuerzo quedó en la USM. Estudiaría comunicación social. El sueño de ser estudiante bohemia nunca se fue. Sólo que ahora, en una universidad de modelos y misses cabezas huecas, la cosa era más heavy. Ser bicho raro en la UCV es bastante sencillo. Ser bicho raro, tener la cabeza hueca como Jadna y estudiar en la USM ya eran atributos humanamente irrepetibles. Los semestres fueron pasando y ella prefirió no acompañarlos: repitió hasta el hartazgo y hasta el límite del crédito de las tarjetas de sus padres. Sus padres, cansados, le dieron un ultimátum: o trabajaba o terminaba en un TSU de la avenida Baralt.
Así fue como Jadna consiguió el empleo en McDonald’s de Santa Mónica. Cada tarde al llegar a su trabajo el Metrobús pasaba frente a la UCV. Los ojos se le aguaban cuando miraba a los malaspecto jugar fuchi o hacer malabares en la entrada de la universidad. Mientras preparaba las papas fritas y la cara se le llenaba de grasa pensaba en su vida ucevista: caña, rock y sexo, más nada. En cambio, estaba pudriéndose en la monotonía casi burocrática de una universidad de hijitos de papá donde ella era la más fea y la más rara y la más Jadna. Al menos quedaba el consuelo de Facebook: despotricar cada día en contra de su universidad y afiliarse a todos los grupos de estudiantes de la UCV, aunque ella fuese en cambio usemista.
Muchos años después, cuando por fin Jadna llegó al último semestre de su carrera, se enteró de que el Gobierno intervino la UCV y había eliminado las siniestras pruebas de ingreso. Los ojos de Jadna, secos de tanto llorar, dieron por primera vez en años señales de brillo. ¡Qué carajo la maldita tesis sobre el efecto de la televisión sobre la pantalla de las televisores de plasma! (total, cualquier bodrio de tesis en la USM es aprobada). Jadna, al borde de los treinta años, pateó la carrera que había sacado adelante tras años escupiendo McPollos y envidiar a los malaspecto (que seguían siendo los mismos en el mismo lugar de siempre) y se fue directo a la UCV a inscribirse en educación. Orgullosa, con una sonrisa que abarcaba todo el rostro, entró a la sala de inscripciones y con la misma mueca, pero al revés, salió cuando descubrió que ya se habían agotado los cupos. ¡Malditos! ¡Otra vez le habían robado el sueño de ser ucevista! Una niñita que había llegado de Delta Amacuro fue la que le había arrebatado el último cupo. Era la primera vez que estaba en una ciudad como Caracas. La acompañaba su mamá, quien le prometió que la llevaría a celebrar su ingreso a los estudios superiores paseándola por la bella ciudad de Caracas. Jadna escuchó esa promesa y sonrió otra vez de alegría: quizá la llevaría a comer McPollo en McDonald’s.
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