Video: Dermis Tatú – El chillido de los taxis

Escrito por en Rock venezolano
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Hay canciones que terminan por definir esa vaga imagen que te has ido creando de tu tiempo y de tu ciudad, sembrando tu gusto por una banda. Es la canción definitiva, es la banda que a partir de ese momento inesperado sabes que se consagrará como de culto. Eran mediados de los noventa cuando empecé a oír El chillido de los taxis en la programación habitual de Rockadencia.

Rockadencia, Aldea Global, El hueco, eran tres programas radiales que sonaban al caer la alta noche y que tenías que seguir con religiosidad si te gustaba esa música que en Venezuela todavía era algo underground y de bichos raros. Eras un niño que mientras oías estos programas sabías que allá afuera la gente se batía hasta el amanecer en locales como Doors o Rockatanga, sabías que había una ciudad llena de luces de neón y que los taxis cruzaban enfurecidos la ciudad.

Esa imagen de una ciudad soñada cobró forma en El chillido de los taxis, y Dermis Tatú se convirtió, al menos para mí, en la banda que definió aquella noche caraqueña a la que muchos llegamos tarde, cuando la fiesta había terminado y la ciudad que conocimos fue la violenta y paranoica en la que todavía vivimos hoy (y no sabemos hasta cuándo).

Un restaurante. En la mesa de al lado, se sientan un chico y una chica en sus veinte años. El chico la está conociendo porque alguien se la presentó recientemente. Y de esto me enteré porque el chico hablaba a gritos, se reía a gritos y soltaba groserías a gritos. Desde mi mesa veía la cara de horror de la chica, de lo cual el chico (niñato al fin) no se daba cuenta. Era tosco a más no poder, sus modales quedaron enterrados junto con lo poco que debió haber aprendido en el colegio y golpeaba los cubiertos contra el plato. Todo esto viene por un motivo: no es la primera persona que veo que actúa así. Como que cada vez más son las personas que han olvidado la importancia de hablar bien ante otra persona, de tener buenas maneras sin llegar a verse afectado, en ser cortés. Lamentablemente, esos detalles se van perdiendo y la costumbre ahora es lucir mal educado y poco inteligente. En este caso, la chica le miraba con horror. Pero he visto reacciones opuestas: de ver personas que ven en la vulgaridad algo divertido. No lo sé, nací en otra época, en la mía todavía la gente se fija en los detalles, es ceremoniosa sin llegar a verse falsa y sabe dirigirse a los demás. En fin. (3)

Misión Gran Ilusión de Vivienda

Escrito por en Estado de política, Estado social

Ranchos de Caracas

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Curando resfriados con eutanasia

La demagogia huele muy bien las necesidades primarias de la gente. Se deja a un lado la administración seria y con proyección de un país para adoptar medidas inmediatas y de propaganda que no buscan solventar los problemas a largo plazo. En tiempos electorales de la IV República los adecos salían a la caza de votos repartiendo cabillas y sacos de cemento en los sectores más empobrecidos del país. Los años pasaron y seguimos con los mismos problemas. Los blancos de antes se mancharon de rojo y ahora reparten ilusión: cuando el referéndum revocatorio amenazaba con arrebatarles el poder sacaron Barrio Adentro, cubriendo las necesidades de salud no mejorando los centros hospitalarios y a los profesionales de la medicina venezolana, sino con propaganda e importando médicos cubanos de dudosa formación. Las cabillas y los sacos de cemento de antes ahora vienen en forma de registros informáticos en listas de vivienda. Las promesas de casas ahora toman la forma de bloques construidos a costa de destruir parques y plazas. El peligro de los demagogos es que curan un resfriado con eutanasia.

Elecciones el próximo año y tiempos de vender una ilusión. En un país pobre como Venezuela, y mantenido así por sus gobernantes cuarto y quintorrepublicanos empeñados en tener una población dependiente del Estado, se asegurarán muchos votos. La creencia en el Estado paternalista. Las gracias al señor presidente por darnos una casa, cuando olvidan que los dineros del Estado salen de nuestros bolsillos y no de los del Presidente, aunque muchas veces el destino de los recursos de ambos (Estado y contribuyentes) terminen en el fondo del mismo bolsillo.

Vuelvo al tema de las promesas de vivienda. Promesas que terminan en contradicciones: millones de viviendas para dentro de unos meses, luego unos años, finalmente cuando pasen las elecciones y se hayan asegurado la reelección «todos podemos esperar» (con hambre y sin empleo con Chávez me resteo). El venezolano confunde paciencia con apendejamiento y dentro de otros años comprará otra cajita feliz de promesas. Aún no aprendemos a exigir proyectos creíbles y duraderos para el país. Pensamos en el país como algo abstracto y mientras nos cubran nuestras necesidades (o nos hagan creer que lo hacen) con medidas pasajeras estamos felices. No lo cambie hasta que no se rompa.

Por ahora, registro para saber las necesidades reales de vivienda de la población venezolana. ¿Acaso los políticos que nos gobiernan no ven la cantidad de viviendas precarias que rodean la ciudad? Capaz no: viven ahora en hermosas viviendas con ventanas que dan hacia montañas verdes.


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Destruyendo ciudades

La vivienda es una necesidad básica, quizá la más importante de todas. La cantidad de personas que habitan viviendas en pésimas condiciones es cada vez mayor y lo lamentable es que cada día crece un nuevo asentamiento irregular. El Gobierno huele este problema en tiempos electorales y lanza promesas increíbles, y en otros casos, peligrosas: seguir abarrotando la ciudad.

No se combate la falta de viviendas expropiando edificios abandonados ni prometiendo la construcción de viviendas donde ahora hay parques y paseos, como lo harán con el Paseo Vargas para levantar allí mismo espantosos bloques old-fashioned soviet (destruir parques para levantar edificios, algo doblemente atroz si consideramos que Caracas es una ciudad donde casi no hay parques ni plazas y cuyos únicos lugares de reunión son inevitablemente los centros comerciales).

Algo igualmente terrible es que, con estas medidas, el Gobierno no sólo contribuye a empeorar la situación de una ciudad cada vez más inhabitable como Caracas (colapsada por el tráfico, la contaminación, la suciedad, la delincuencia, el hacinamiento, por la marginalidad entendida como la negación de servicios básicos, los malos servicios públicos), sino que fomenta la especulación: mientras más gente quiera vivir en una ciudad como Caracas (cámbiale el nombre, puede ser Maracaibo, Maracay, Valencia, Pto. La Cruz), más caras serán las viviendas y menos oportunidad habrá para quien no pueda pagar precios que ya superan los Bs. 1.000 en lugares medianamente buenos-tirando a malos.

 

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Ciudades satélites y alquiler, alternativas

La solución no está dentro de las grandes ciudades, sino en el desarrollo de ciudades satélites que cuenten con vías de acceso fáciles a la ciudad (trenes, autopistas), servicios propios, que cuenten con un buen urbanismo. Que sean lugares donde los jóvenes profesionales puedan empezar a desarrollar sus vidas. Ejemplos ya los tenemos: Guaneras, Guatire, los Valles del Tuy ahora conectados a la capital con un tren, Caricuao dentro de la propia Caracas.

La solución está en incentivar el alquiler de viviendas, pero esto no se consigue amenazando a los propietarios con discursos incendiarios en contra de la propiedad ni con leyes que en lugar de ayudar a los inquilinos perjudican el alquiler.

Mientras no se tomen medidas sensatas, elección tras elección estaremos frente a medidas populistas, poco claras y terriblemente ineficientes para solucionar el problema de la vivienda y no me extrañaría que, en unos cuantos años, veamos ranchos crecer sobre las azoteas de los grandes edificios o el Parque del Este convertido en un nuevo barrio.

Proyecto de Maqueta Paseo Vargas

Proyecto de maqueta para nuevos edificios en el Paseo Vargas de Caracas (Foto tomada del grupo en Facebook Defensores del Paseo Vargas)

La vida estúpida de Sebastián Arana, 6

Escrito por en La vida estúpida de Sebastián Arana

Sofá

Hoy es un día para no hacer nada. Para no abrir un libro. Para no ver televisión. Para permanecer todo el día acostado en este sofá largo de mi apartamento y ni estar consciente del tiempo. Alguna vez, de niño, me dio por romper todos los relojes de mi casa. Pensé que si eso abstracto que era el tiempo me llevaba siempre a clases, si me negaba a ver su concreción en forma de reloj estaba renunciando a la certeza de ver cada mañana a una profesora que odiaba. Tonterías de niño que se grabaron en mi memoria.

Hoy es el típico día que no se grabará en el recuerdo. A diferencia del de ayer: estuve en tribunales, un caso esporádico que me cayó: un divorcio. Pareja profesional, ambos de treinta años, diez años de noviazgo y la convivencia conyugal destruyó todo en menos de dos años. Gritos, peleas, agresión física, mientras peor sean los argumentos que ella me mencioné mejor será para que salga su divorcio. Muchas veces los abogados hacemos un poco de psicólogos, y ya sé aspectos de su vida que en realidad nunca me interesaron saber. Por ejemplo, el divorcio para ella es gran un fracaso sentimental. En el fondo me río: el verdadero perdedor de todo divorcio es la economía personal. Más que sentimental, es un fracaso que acarrea deudas que llevan al empobrecimiento porque las deudas que antes eran de dos ahora tendrás que cubrir sola con unas ganancias que también estarán divididas hacia abajo. En un momento de extraño brillo, le pregunto si acaso no hay manera de evitar el divorcio: ella me dice que no, tajantemente no, que su vida está destinada a cosas más grandes.

 

COSAS MÁS GRANDES

A veces creemos que estamos trazando el mapa de la Historia, cuando no estamos más que dibujando malos bocetos que, de seguirlos, nos llevarán a naufragar en el fondo de nuestro propio ego.

 

Volvamos a los tribunales

Los abogados que sueles ver son de dos tipos: los que llevan varios años ejerciendo y los que están empezando. Quedémosnos en estos últimos: la mayoría son chicos pretenciosos que creen que se las saben todas, recién vestidos con trajes comprados en Zara con la primera paga, muy llamativos porque los llevan muy ceñidos al cuerpo y con rayas, pequeñas versiones de Al Capone modernos, zapatos de aguja pronunciada y corbatas brillantes, malolientes a combinaciones descontinuadas de Perfume Factory, en sus papales de los Futuros Abogados Importantes de la Ciudad y que basta con que los detengas y cuestiones sobre la disposición más elemental del Derecho para que toda su construcción de importancia se desmorone y no tengan más remedio que llamar al equipo interior del engreimiento y la vanidad para que cubran las ruinas de sus egos. Viven de eso: de una imagen de lo que aspiran ser, ¿y qué aspiran ser? Convertirse en el primer tipo de abogados, el de los veteranos en más de una batalla del envilecimiento, en expertos timadores, en tejedores de intrigas, pero conocidos, venerados y honrados como el progreso de la sociedad.

Saúl me decía que luchar llevaba implícita la renuncia de lo que nos hace seres humanos, y por eso él no luchaba contra nada, iba por la vida con la tranquilidad de quien no le hacía mal a nadie, creo que hasta era vegano y en su apartamento de Santa Eduvigis sonaba últimamente música new age. Risas, me reía siempre de sus aforismos sacados de revista juvenil en decadencia. Porque creo todo lo contrario: la lucha es lo que nos hace ser humanos, y quienes no lo hacen terminan envilecidos por la nada o conquistados por otros, como animales, como esclavos, jugando a querer volar lanzándose por las ventanas. Pero algo noté ayer: la lucha de muchos es para, sin saberlo, ser unos grandes estúpidos. En simular que cambian el mundo, o incluso el suyo propio. En jugar a ser los motores de la sociedad, cuando no son más que su carga pesada. En creerse grandes cartógrafos cuando no son más que pobres artistas sin habilidad de usar cuadrantes. Enciérralos a todos en un tribunal y de allí no saldrán nunca. No crearán nada que sea para la posteridad, que es lo único que vale la pena: esa aventura hacia la creación de algo que perdure.

Suena mi celular y me saca de estas ensoñaciones inútiles. Lo tengo al pie del sofá y veo que la pantalla se marca un mensaje de Valeria. Dice que quiere hablar conmigo. No hablo con ella desde hace un mes aproximadamente y la verdad que no me intriga saber qué me quiere contar. Me levanto con la única motivación de hacer algo. La nada me hastía. Me cambio y antes de salir me asomo por la ventana de mi apartamento: el mundo está lleno de personas como Sebastián.

La Venezuela que imagino II

Escrito por en Elecciones 2012

Una propuesta política para Venezuela

Una de las principales quejas que ocupa el discurso actual de los que aspiran a ocupar cargos de Gobierno es la exagerada concentración de poder en un solo hombre. Critican, con sobradas razones, la peligrosidad que implica esta práctica común en nuestra política, y luego enumeran sus consecuencias perjudiciales:

  1. Culto a la personalidad,

  2. alejamiento de los políticos de los problemas cotidianos de los ciudadanos,

  3. confusión entre las funciones del Estado-Gobierno y finalmente partido político gobernante, que terminan siendo una mezcla de apoyo sin condiciones al gobernante,

  4. debilitamiento o completa ausencia de controles (cuando no, supresión de los mecanismos que deberían controlar el alto poder, desde contralorías pasando por órganos legislativos hasta medios de comunicación), con los resultantes problemas de corrupción, manejo personal de los recursos del Estado, enquistamiento en el aparato del Estado de una camarilla política.

La lista es larga y constantemente repetida, y bien conocemos la frase de Lord Acton que el poder absoluto corrompe absolutamente, y añadiría que el poder absoluto desemboca en pequeñas monarquías que contravienen el carácter republicano de nuestra nación (y de otras naciones, basta con ver a algunos gobernantes de países árabes luchando sangrientamente por permanecer en el poder en países convertidos en la práctica en monarquías personales [Libia] o hereditarias [Siria]).

Sin embargo, pocos de estos aspirantes se detienen a proponer alguna solución en concreto que contenga (y evite) este problema; incluso, me atrevería a decir que muchos de ellos critican la concentración de poder en un solo hombre que no sea alguno de ellos. Y que de llegar al gobierno, ellos mismos se verían investidos (quizá sin esperarlo) de un grado tal de poder que no tendrían más remedio que ponerse al mando de la maquinaria fabricante de los mismos errores que ellos critican ahora. Pero la culpa, más allá de las posibles ambiciones personales desmedidas que pudieran tener, está en el propio sistema por el cual acceden al poder: el presidencialismo.

El presidencialismo no ha demostrado ser efectivo en Venezuela y elección tras elección se abre la puerta para que se entronicen esos pequeños monarcas de los que he hablado en el párrafo anterior. Si miramos los casos en los que el presidencialismo ha demostrado efectividad, nos damos cuenta que lo ha conseguido gracias a la fortaleza de los demás poderes del Estado (un legislativo fuerte y autónomo, un poder judicial constituido por jueces de carrera, larga trayectoria y estabilidad en sus funciones). En Venezuela se ha convertido en hábito que el presidencialismo controle todo: poderes legislativo y judicial. Estos órganos se convierten en apéndices. Los errores siguen repitiéndose y la concentración de poder se transforma en poder ilimitado.

Si realmente queremos cambiar el país, debemos empezar por cambiar un sistema de Gobierno que no funciona y que sólo lleva a la concentración de poder en un solo hombre. Por lo tanto, debemos empezar a «democratizar» el poder, transfiriendo efectivamente competencias desde el Estado central a las regiones, abriendo la puerta a gobiernos regionales más cercanos a sus ciudadanos y que puedan ser mejor controlados. Esto no puede conseguirse en un sistema tan cerrado, inflexible y riguroso, pero sobre todo, corrompido, como el presidencialista.

En la Venezuela que imagino su sistema de Gobierno es el parlamentarismo descentralizado dentro de un verdadero Estado federal. El poder ejecutivo nacional recaería en un Gobierno central salido del legislativo, con un consejo de Ministros presidido por un Primer Ministro. Que sea un Gobierno central controlado por un poder legislativo fuerte y en constante vigilancia. Que sea un Gobierno central cuyas funciones estén claramente limitadas para evitar el manejo discrecional de las cuestiones de Estado. Que sea un Gobierno central que deba rendir cuentas a menudo ante el legislativo presentando a sus ministros en igualdad de condiciones ante los demás parlamentarios (ministros con verdadera responsabilidad, no simples voceros del presidente). En definitiva, que la época de muy pocos políticos controlando mucho poder termine y pasemos a una desconcentracion del poder, con un Gobierno central limitado, con un poder distribuido entre las regiones y que en cada región los que tengan la tarea de gobernar también estén sometidos al control de sus respectivos legislativos.

Hace falta mucha voluntad política para renunciar a los privilegios de un poder ilimitado. Pero si realmente queremos cambiar un país se debe aceptar que hay condiciones que no se pueden continuar y que implican pensar en algo diferente.