Caso excepcional de bicefalia

Escrito por

Águila bicéfala

1

Cada vez que paso por delante de la puerta de la biblioteca de mi bisabuelo pienso en la inacabada recopilación de tomos que narra el caso de las hermanas bicéfalas Echezuría. Pienso en cómo debieron ser sus días desde que el mundo descubrió su caso excepcional de bicefalia. La escasa y vaga literatura de la época, que sobrevivió a mudanzas e incendios, sitúa el descubrimiento de las niñas hacia el año 1874, cuando un brote de cólera en el convento de las carmelitas obligó a las autoridades sanitarias a planificar una inspección del monasterio. Para entonces era muy evidente la animadversión del gobierno hacia un convento que meses después clausuraría. De allí acaso la numerosa comisión que irrumpió al recinto y que luego de horas de censos e incautaciones halló, en la habitación más resguardada, a las hermanas Antonieta y Guillermina.

La conmoción que suscitó el descubrimiento de las niñas no pasó inadvertida a los intereses que se movían entonces en: que unas huérfanas fuesen cuidadas por unas monjas no era inusual; que unas huérfanas bicéfalas fuesen sometidas a los peligros de las epidemias en un claustro de religiosas era un acontecimiento sin desperdicio político. Las monjas fueron presionadas públicamente y la polémica azuzada por pasquines que regaron la teoría según la cual las niñas eran educadas bajo un poderoso misticismo antirrepublicano. Sor Juana Echezuría, la abadesa que dio apellido a las niñas, en última instancia aceptó a regañadientes que las hermanas fuesen trasladadas a una dependencia civil para su estudio y resguardo, no sin antes arrancar de las autoridades encomendadas el compromiso de continuar con el cuidado espiritual de las niñas.

La tradición oral cuenta que el regidor comisionado, un joven dandi un tanto desacostumbrado a los calores del mediodía caraqueño, no contuvo una sonrisa vilipendiosa cuando pasó ante la inscripción Zelo Zelatus Sum Pro Domino Deo Exercituum en la entrada del convento y, mirando de soslayo a sor Juana, musitó: «Mi Señor es la República y sus ejércitos son civiles; todo lo demás son supercherías».

La anciana, iracunda, se inclinó hacia el joven y le reprochó:

—«¡El alma no puede vivir sin amar y cuando no ama a Dios se ama desordenadamente a sí misma!» —citó, mientras blandía su mano comida por la artritis—. Llegará el día en que vuestra soberbia y vanidad desaten la tragedia a vuestro alrededor, y entonces acudiréis al Creador a suplicar clemencia.

Las puertas del claustro se cerraron por última vez detrás de las niñas. Antonieta y Guillermina, más ajenas a su suerte que temerosas, fueron subidas a un carro rodeado de una amplia comitiva que, luego de atravesar la ciudad, hubo de llegar a un anexo del hospital Santiago de León de Caracas en el cual, tras nuevos y más burocráticos controles, se desarrollaría el crecimiento de las niñas.

2

En los primeros documentos de la época se dice que Antonieta siempre se mostró cordial ante el personal médico, interesada en las materias básicas y diestra en el manejo de los instrumentos musicales, en particular con el piano. No así Guillermina, más bien reservada y hosca, sin mayor movilidad corporal que de su propia cabeza. El doctor Alfonso de la Cuesta, médico que llevó el caso de las hermanas desde que entraron a la pubertad —y cuya arrogancia y vanidad prefigurarían lo que una centuria más tarde se daría en llamar vedetismo—, describió con acritud en su correspondencia pública con el célebre doctor Antonie Duc-La Mayotte de París que «sobre el lado izquierdo del cuerpo en común pareciera recaer el fardo de la fealdad».

Esta diferencia entre las hermanas sería apenas un detalle en la literatura médica, una trivialidad corporal ante el afán de desentrañar peculiaridades fisiológicas, cuando desbordaba (aun con discreción) el conocido capítulo de sus fatalidades. «Las tardes en el anexo al Hospital —cuenta lacónicamente el tomo De monstruosidades y otros prodigios (1880) del anatomista español Jordi Macià— se decoraban con las acompasadas notas del piano con el que Antonieta ejercitaba sus lecciones de Joseph Haydn, dadas por las hermanas carmelitas».

Guillermina, según sintetizó el doctor de la Cuesta —eclipsando aquel farragoso tomo—, «mostraba en su rostro una silenciosa y tímida oposición a las clases musicales; estoy seguro que odiaba el piano y la música en general le sentaba mal, le parecía horrenda y la atención dispensada a Antonieta une claque directe à la fierté!»

La costumbre o quizá resignación ante la perspectiva de permanecer varias horas sentada con Antonieta al piano llevaron pronto a Guillermina a caer hondamente dormida cada vez que su hermana practicaba. Este hábito sorprendió a Alfonso de la Cuesta, para quien la bicéfala había logrado desarrollar una capacidad formidable de abstracción, que no obstante contradecía otros aspectos en los que mostraba una poderosa distracción.

Imagino cómo su hermana Antonieta golpeaba sensualmente el fino teclado marfilado mientras en Guillermina el tacto que sentía remoto en sus manos así como los aplausos que recibía su hermana debían sentirse y resonar en sus ensueños como una cuña que penetraba en el interior de un cuerpo que hasta entonces nunca le perteneció. La tarde terminaba con la ovación cerrada de desconocidos cada vez más numerosos que la cercaban y en la cual Guillermina, pese a esa sonrisa dormida tantas veces de placer, no era protagonista.[1]

3

La dedicación cada vez más fervorosa de Antonieta hacia la música, repasada constantemente en su imaginación siempre fértil y estimulada por los caballeros que iban de visita para conocerla, comenzó a debilitar el sueño de Guillermina así como su frágil y voluntariosa afición por la botánica. Afición que, tanto en práctica como en teoría, no excedía de contemplar el vasto jardín del hospital y ver romper en flor las capuchinas que trepaban las ventanas de la habitación y que como dedos penetraban la celosía.

Noche tras noche el diario que llevaba sor Juana fue narrando las pesadillas confiadas por Guillermina en las que la sensualidad de las flores y el tormento de un encierro que iba más allá de lo corporal la acosaban y que preveían los momentos de desespero porvenir. Era claro para las religiosas que un cambio atípico a la adolescencia había ocurrido. Para la buena mujer se debía a los exámenes médicos cada vez más rutinarios y responsabilizó a de la Cuesta de contaminarles sus corazones [vide nota 1]. El doctor, en cambio, desestimaba cualquier alteración y acusaba al numeroso entorno de monjas que encontró a su llegada de aterrorizarlas con sus rezos. De genio malhumorado, de la Cuesta se daba tiempo para sonreír cuando reiteraba con ironía a sor Juana que si pretendía asignar simbólicamente al corazón eso del «alma» erraba con las hermanas, ya que tenían un corazón en común.

Inflexible con su teoría, entre colegas destacaba que las monjas pretendían imponerles la creencia de que un ser supremo «(…) las ha bendecido con una esencia incorpórea, definitoria de sus conductas desde la propia concepción, cuando lo que define nuestro ser sólo es una serie de reacciones fisiológicas ante lo que perciben nuestros sentidos —escribió de la Cuesta a su llegada—. El cuerpo humano es tan sólo una caja de resonancia del mundo exterior, una máquina de materia orgánica que va amoldándose ante las circunstancias y el conocimiento y que, al morir, termina deshecha al olvido, sin ánimo de continuidad». Para de la Cuesta, el hecho de que compartiesen un cuerpo en común no implicaba que tuviesen personalidades iguales: «Es evidente que la individualidad de la que hablo se ha desarrollado pese a la unión corporal, y cada una demuestra por sí misma una personalidad opuesta a la otra».

Para mediados del año 1882 ocurrió un incidente extraño, aunque trágicamente tardío, que obligó a detener de lleno sus investigaciones.

El Gobernador de la ciudad,[2] conmovido ante el caso de las bicéfalas, invitó a Antonieta a presentarse en el Teatro Municipal en ocasión de las celebraciones por el aniversario de la fundación de Caracas. La noticia del interés del Gobernador motivó en particular a Alfonso de la Cuesta a encabezar los preparativos y de su propio bolsillo mandó a confeccionar el vestido que llevarían las hermanas el día de la función.[3] Sin embargo, un hecho se interpuso. La narración sobre la invitación apenas ocupa un renglón del diario de sor Juana, y la idea de exponerlas en un espectáculo no era de su agrado. Curiosamente, después cinco páginas arrancadas, la narración termina muy abrupta y breve, tras críticas vilipendiosas a de la Cuesta, diciendo: «El día anterior Guillermina dio señales notables de inquietud y malhumor».

El tomo de Jordi Macià cuenta cómo la alegría manifestada en las semanas previas por Antonieta derivó en vómitos furiosos y «una fiebre fulminante minutos antes de empezar la función la incapacitó para soltar una sola nota que justificara su presentación en público». El doctor Alfonso de la Cuesta, en vigilia desde el día anterior, agotó todas las posibilidades de animar a Antonieta, pero fue en cambio Guillermina quien pareció cobrar energías cuando su hermana, en un arranque de rabia y frustración, destrozó las partituras. Avergonzado, mandó a un subalterno a conversar con la delegación del Gobernador y a los pocos minutos, entre rumores, los decepcionados espectadores fueron vaciando la sala del teatro. El Gobernador insistió con vehemencia en entrar al camerino de las bicéfalas; una recomendación aún desconocida le hizo marcharse del Teatro Municipal, concediendo una nueva fecha para que se diera la función en dos semanas.

Esa noche, tras ordenar a su personal el control de la fiebre de Antonieta, el doctor de la Cuesta se recluyó en su despacho y exigió a la guardia del hospital que no dejara salir del anexo a sor Juana; la buena mujer, en su irritación, había amenazado con llevarse a las hermanas a la catedral de Caracas, culpando a de la Cuesta de insistir en el tormento de las almas de las hermanas. La lluvia que miraba caer desde la ventana de su despacho acentuaba la gravedad de aquella frase solitaria. Algo en particular le ocupaba: un río de lluvia, delgado y cristalino, recorría el vidrio hasta dividirse en dos. La bifurcación de las hermanas, sin embargo, terminaba justo donde empezaba la unificación contradictoria de sus conductas. El doctor de la Cuesta mandó a traer una botella de coñac que abrió y saboreó ante el escritorio cubierto de hojas en blanco que, durante toda la noche, se encargaría en destrozar hasta que fechó la última carta dirigida al doctor Duc-La Mayotte:

«Durante siglos los hombres hemos mirado con perplejidad las cíclicas aberraciones de la naturaleza. Hemos visto lagartos de dos cabezas, águilas bicéfalas pueblan la heráldica europea y más de un deforme espécimen conservado arranca suspiros de fascinación en la colección de algún museo estadounidense. Pero lo que se presenta hoy ante nosotros es un fenómeno cuya trascendencia escapa a nuestra comprensión humana. No tenemos enfrente a una sola entidad biológica, con una unidad de reacciones fisiológicas, sino a dos seres completamente diferenciados, fusionados por la enigmática voluntad de la Naturaleza.

»Las posibilidades de estudio sosegado chocan con el cuestionamiento de qué es lo que define nuestra esencia humana. La señora Juana Echezuría lo llama “alma”. Yo, en cambio, desde joven he sostenido mi teoría de que eso a lo que se refiere la abadesa es la exteriorización de reacciones internas ante el mundo que admiramos, y no una gracia inapreciable otorgada por una deidad desconocida. Aquí hay un solo cuerpo en común que diverge en dos cabezas; si se quiere, según aquella visión, dos ánimas aprisionadas en un mismo cuerpo.

»¿Cómo siente y reacciona ante el mundo dos mentes que componen el mismo cuerpo, encargado de liberar las sustancias de las emociones? Podría pensarse que hay dos sentidos separados, sin embargo acá la individualidad queda suprimida cuando la emoción justificada de una es la misma emoción pero injustificada de la otra. ¿Dónde descansan todos nuestros procesos de aprehensión del mundo cuando, motivado a cualquier circunstancia, nuestro ánimo, nuestra “alma” o nuestro conocimiento se inclina hacia el lado opuesto de su sensibilidad? Obviamente, no es en el corazón, dado que aquí hay uno solo. ¿Dónde se esconde nuestra individualidad que nos define? Si manipulásemos esas reacciones corporales esta máquina orgánica que somos entraría en el caos y sería fácilmente manipulable. Las implicaciones de este caso son aterradoras. En ocasiones, cuando observo el poderoso encanto que ejerce cualquiera de las hermanas sobre la otra, pienso que ésta es prisionera afectiva de aquélla y que, con mucha frecuencia, la sensibilidad de una aplasta por su peso a la debilidad de la otra».

4

Pasarían décadas para que se valorara con detenimiento el contenido de esta correspondencia y, en particular, lo ocurrido el día previo a la función frustrada. El motivo que siempre argumenté para tal desatención fue la aparición en la historia de un tal Alonso Guzmán, que en las décadas siguientes relegó el protagonismo científico detrás del brillo y la gala de la belle époque.

La existencia de este personaje sería mera especulación si de él no hubiera dado descripciones [manidas] el cronista Juan Cristóbal Arroyo y Díaz. No pocos son los que le atribuyen la paternidad de esta criatura que según ellos habría nacido del imaginario popular dejado por los espectadores de los conciertos de Antonieta. Arroyo y Díaz, en una crónica para el diario La Opinión Nacional, describió así a este joven: «Galante afrancesado, bajo cuyos pies bien calzados movíanse estremecedoras historias de los mejores salones de baile europeos, no resistió a la tentación y dejóse seducir pronto por los armoniosos acordes de Antonieta Echezuría, la mujer bicéfala más hermosa de todos los tiempos».

Así, en su panfletario, confuso y ditirámbico Caracas: El Nacimiento de La Libertad Revolucionaria Liberal[4], nos narra con poca habilidad su presentación a Antonieta: «Alonso Guzmán colmó de besos las manos prodigiosas», mientras denuesta de «aquel apéndice grotesco, lleno de amargura y visceral, sinrazón perturbadora de Gracejo». No dedica tiempo a cómo reaccionó Guillermina al encuentro inicial con el supuesto joven ni cómo le pareció. Su primera mención al nombre de Guillermina lo encontramos en unos documentos que sobrevivieron al incendio del hospital de 1882, en el que afirmaba la continua propensión de Guillermina «(…) al ostracismo personal, a la declinación de su cuello, que contribuyó a desfigurarla incluso más, acentuando así su prognatismo, y cuyo efecto doloroso sobre el trapecio en común no sería advertido por ella (empeñada como estaba en dejarse apagar) sino por la bella Antonieta durante sus lecciones de piano».

Poco a poco Alonso Guzmán fue convirtiéndose en una figura habitual en el anexo del hospital. Cordial y atractivo como pinta Arroyo y Díaz, este joven persuadió truculentamente a sor Juana y a de la Cuesta e ingresó al servicio del hospital. Aquí encontramos varias divergencias: Arroyo y Díaz lo sitúa en un equivalente contemporáneo al jefe de enfermería, cuando existen pruebas fidedignas de un «personaje innominado» que no pasa del simple limpiador de aparejos, poco galante, poco romántico. En todo caso, poco importa para el estudio de este caso, así que no comentaré más sobre ello.

¿Cómo es la vida amorosa de una bicéfala? Esta interrogante constituye uno de los mayores enigmas que ha intrigado a muchas generaciones. Mucho se ha especulado al respecto; nosotros, humanos al fin, no podemos más que engranar la vasta tradición popular y la incompleta documentación para aproximarnos a una verdad que, en todo caso, no estará exenta de equivocaciones y plagios. Queda, en todo caso, partir del hecho conocido según el cual Antonieta cayó rendida ante ese personaje innominado que la cortejaba con finos presentes. Por aquellos años eran muy populares los chocolates en cajas con forma de corazón. En el diario que sor Juana encomendó llevar a sor Magdalena, desde que la artritis la incapacitó para la escritura, estaba claro que «los chocolates gustaban mucho a la joven Antonieta y durante su formación musical nunca le faltaron; como retribución por sus buenos oficios recibía en el almuerzo, de nuestra parte, un chocolate envuelto en un pañuelo blanco, más discreto y decoroso que aquellas cajas».

La pequeña Guillermina, impulsada quizá por un vago sentimiento hostil hacia las prácticas de su hermana, contrariaba aquellos bombones y en más de una ocasión llamó la atención a de la Cuesta cuando, después de sus berrinches, mejoraba de ánimo después de que Antonieta arrojaba molesta al piso los dulces (al tiempo que en ésta también cesaba su rabia repentina). La pasión madurada de Antonieta por la música dejó atrás las retribuciones de chocolates; en cambio, el recuerdo parecía avivarse morbosamente para Guillermina cada vez que observaba cerca un pañuelo.[5]

Quizá a Guillermina nunca le simpatizó Alonso, es lo más seguro, pero sin embargo parecía apreciar en silencio cada visita suya porque el aroma de las rosas que el joven traía estimulaban sonrisas y la hacían lucir feliz. Poco a poco la habitación de las jóvenes bicéfalas fue adquiriendo la alegre apariencia de un invernadero, con filas enormes de rosas y flores secas de begonias esparcidas por el piso alfombrado y que daban color a un recinto que no podía deslastrarse de su condición macilenta de pieza de hospital, testigo de la fatalidad de numerosas epidemias.

En un momento todo este colorido debió de haber contrastado con los hábitos mustios de las carmelitas, tomadas por sorpresa en todo ello, que sor Juana se vio obligada a actuar ante la creciente influencia sobre Antonieta de ese Alonso Guzmán —a quien había empezado a mirar con muy malos ojos—, a tal punto de diversificar de manera desproporciona las tareas del joven dentro del hospital.

El tiempo que la abadesa quitó a Alonso Guzmán contribuyó a avinagrar la conducta de Antonieta que, como toda muchacha cortejada, comenzaba a mostrarse vanidosa y a contestar con insolencia a sus mayores, por lo que sor Juana finalmente no tuvo más remedio que prohibir toda visita de Alonso Guzmán y amenazó con echarlo «más allá de donde desaparece el Sol».

Según Arroyo y Díaz, «ante las pretensiones de la religión de sofocar su pasión, la joven bicéfala tomó el breviario y lo arrojó contra el piano, el cual entonó como notas de un Himno Libertario. Don Alfonso de la Cuesta, que andaba cerca, precipitóse a la habitación y encaró a la monja para evitar así, como buen Hombre Ilustrado que era, la ciega agresión de la religiosa, diciendo: “La religión…, bestia indómita que devora razones…, algún día será erradicada de la sensibilidad de los hombres, y así la Humanidad avanzará victoriosa e iluminada hacia el Progreso. En tanto que a este ámbito, con mi autoridad civil conferida por las leyes de la República, le prohíbo terminantemente a usted y a sus acolitas que vuelvan a colocar un solo pie en la habitación de las bicéfalas”.»

Las palabras de Arroyo y Díaz eran francamente dramáticas; la realidad suele presentarse con menos adornos y pragmática, y es probable que Alfonso de la Cuesta jamás confrontó a la buena mujer y menos se le podría atribuir la paternidad de tales palabras. No obstante, resulta incuestionable el deterioro de la relación entre de la Cuesta y sor Juana, dados los dilatados canales de comunicación que se levantaron entre ambos y que tenían como protagonistas a los colegas del médico y a sor Magdalena, responsable de llevar las anotaciones que le servían a la superiora para luchar, derrotada ante la deformidad de sus manos, contra un olvido que cada día causaba estragos más atroces en su memoria.[6]

Alonso Guzmán, o ese personaje innominado (o personajes) del imaginario popular que contribuyó a su creación, hubo de hallarse de pronto en una situación comprometida. En efecto, se vio obligado a ingeniar nuevas fórmulas para continuar un cortejo que ya comenzaba a fructificar. Así, las visitas fueron moviéndose a la periferia del día, cuando comían las monjas y descansaba Guillermina, a quien su hermana —a pesar del visible gusto que le infundían las flores— consideraba infidente. (Hay un relato fabuloso que se propagó por la ciudad según el cual Antonieta temía en pesadillas que su hermana era capaz de penetrar a su mente y leer sus pensamientos; fantasías populares, nada más.)

La noticia sobre la presentación en el Teatro Nacional hizo que Alonso Guzmán adelantara su confesión amorosa, previendo que Antonieta marcharía pronto a lugares muy distantes en nuevas funciones. El día anterior, mientras Antonieta dormía y Guillermina había despertado de manera repentina, porque presentía que ese día reventarían en flor las capuchinas en el jardín del hospital, Alonso Guzmán entró en la habitación que ocupaban las hermanas con una enorme caja de chocolates.

«La sola comprobación de ese objeto por parte de Guillermina —anotaría de la Cuesta en la última carta dirigida a Duc-La Mayotte— provocó en la bicéfala reacciones inesperadas. De pronto la embargó, según el testimonio de aquel joven, un oscuro terror, que paralizó el lado derecho del cuerpo en común, la parte coronada por la cabeza de Antonieta, y se desmayó. Antonieta, cuando despertó a mitad de la mañana, se halló tendida en el suelo, bajo la mirada escrutadora de las carmelitas. La parálisis había pasado, lo comprobé in situ cuando examiné a las bicéfalas. El brazo derecho describía movimientos frenéticos, acelerados, golpeaban ora la cama ora el cuerpo en común.

»Guillermina se mostraba menos desconcertada que Antonieta, por quien pedí un vaso de agua para tranquilizarla y verificar el estado del miembro superior. Antonieta cogió el vaso con la mano derecha pero cuando rozaba su boca lo dejó caer. El vaso fue a quebrarse contra la alfombra para servir el estrépito como fondo a una risa atroz de Guillermina. Retrocedí varios pasos, choqué contra la mesa de noche y mi mano se posó sobre un pañuelo. No recuerdo por qué, pero mi reacción inmediata fue colocarme a la izquierda de las bicéfalas y arrogarlo hacia Guillermina, dando de lleno contra su cara. Recogí el pañuelo, me situé esta vez a la derecha y de novo lo lancé contra la misma bicéfala: un movimiento veloz del brazo derecho evadió la amenaza».

«El día anterior Guillermina dio señales notables de inquietud y malhumor —dictó sor Juana a Magdalena—. Una carcajada demoníaca la poseyó en la mañana, y el médico exigió a las enfermeras no sé qué pócima para sedarlas, cuando en realidad era su propia conciencia la que pretendía acallar».

5

Alfonso de la Cuesta comenzó a evidenciar un acelerado deterioro y una barba le erizaba el rostro. Suspendió toda comunicación con Duc-La Mayotte porque se consideraba indispuesto de escribir cartas moderadas. Se le veía vagar por los pasillos del hospital, cabizbajo, con las manos entrecruzadas a la espalda, musitando entre dientes frases cada vez más ininteligibles. Su estado alarmaba a las carmelitas, que sin embargo le achacaban su estado porque en fin era un hombre que se debía más a la ciencia que a las cuestiones del alma.

Una madrugada Alfonso de la Cuesta despertó súbitamente. Encendió la lámpara de aceite sobre la cómoda, se enfundó su bata y salió hacia la habitación de las bicéfalas en el anexo y lo que encontró sirvió para atizar su desazón. Abrió la puerta sin llamar, y vio de lleno a Antonieta sentada al piano, improvisando con ambos brazos una pieza musical, sin mucha armonía, pero con aparente control.

La lámpara iluminó en la cara de la joven una enigmática sonrisa. Antonieta llevó a los labios encarnados la mano y extendió verticalmente el índice y lo que dijo, con algunas variaciones, habría sido:

—Shhh…, silencio, que mi hermana duerme placidamente. Debo practicar para la función de mañana.

En efecto, la cabeza de Guillermina lucía inclinada como de costumbre y los ojos bien hundidos y un leve gruñido confirmaba un sueño profundo.

Alfonso de la Cuesta retrocedió unos pasos, salió de la habitación y cruzó corriendo todo el piso. Llamó apresuradamente a la puerta de sor Juana. La puerta se entreabrió y el rostro apergaminado y anguloso de la buena mujer emergió de la oscuridad. «Necesito de su ayuda», dijo de la Cuesta, según los diarios que dejaron las escribientes de la abadesa.

—¡Vos sois el culpable de lo que pasa con las hermanas! —gritó sor Juana—. ¡Vuestro corazón lo disputan la maldad y el egoísmo! ¡Queréis diseccionar el alma y por ello estáis enloqueciendo y enloquecéis a las hermanas con vuestros malos sentimientos!

—¿Cuáles sentimientos? ¡No hay corazones, no hay sentimientos! —espetó de la Cuesta.

[El largo silencio testimonial en los diarios de las carmelitas debió haberse llenado con la petición reiterada de ayuda que, en último momento, hubo de aceptar Juana Echezuría.]

Las notas leves del piano seguían dilatándose a lo largo del anexo del hospital a oscuras. El candelabro de sor Juana iluminó toda la habitación de las bicéfalas y la luz se proyectó sobre el rostro de Antonieta. «Os pido que no hagáis ruido, que mi hermana descansa», dijo Antonieta, sin dejar de golpear las teclas de su piano, con una mueca exultada que escandalizaba a la buena mujer. Alfonso de la Cuesta se acercó quedamente a Antonieta, pronto descubrió lo innecesario de sus escrúpulos porque en la excitación de la salida de su habitación había olvidado calzarse las babuchas. Bastó la comprobación de que andaba descalzo para que un escalofrío le sobrecogiera y de sus manos dejó escapar una caja de chocolates que dio a bocajarro contra el teclado.

El piano largó en la penumbra una nota de terrible llanto. Guillermina se agitó, hubo un gruñido. El susto detenido en seco sin embargo pasmó la cara de sor Juana, cuyo horror pareció excitar de manera pueril a Antonieta. Alfonso de la Cuesta se hincó y recogió uno a uno los chocolates desperdigados por el suelo, iluminado por el enorme candelabro sostenido trémulamente por sor Juana. Desenvolvió uno y extendió el brazo con el chocolate hacia Antonieta. «Cómalo…, cómalo», murmuró, pero Antonieta se opuso caprichosa —para mala sorpresa de sor Juana, desacostumbrada a esa conducta de una joven a quien había educado en la humildad del alma y la obediencia a sus mayores, y que siempre quiso con el mismo cariño que hubiera sentido por una hija, de haber sido madre.

Alfonso de la Cuesta se acercó a la bicéfala y un solo brazo que pasó por encima de los pechos incipientes de Antonieta la retuvo mientras con la otra mano le introdujo a la fuerza el chocolate en la boca. Antonieta se resistió al principio, pero al final hubo de degustarlo, lo llevó por toda la boca y lo tragó, tras lo cual de la Cuesta le preguntó qué tal le había parecido. «No es secreto para nadie mi afición por la música y los chocolates», dijo con placer, sonriendo, consternando a sor Juana al punto que su grito despertó a Guillermina.

6

En sus pesadillas dedos de plantas entraban por la celosía de la habitación y la apresaban. Esa mañana reventaron las capuchinas y Guillermina confesó a sor Magdalena que no soportaba más. Cuando abrió los ojos, los brazos del doctor de la Cuesta cercaban su pecho y su respiración avivaba el control de los brazos en común.

El espectáculo era calamitoso en cuanto de la Cuesta fue empujado. Las bicéfalas estaban de pie, pero su andanza era caótica. Los brazos se extendían como largos tentáculos por las paredes de la habitación y todo cayó a los suelos: floreros, partituras, el piano fue azotado por una mano.

—¡Déjame aunque sea alguna vez quieta y dueña de mí! —gritó Guillermina.

Los gritos en la oscuridad de sor Juana fueron iluminados por el candelabro y una mano se lanzó contra ella. La abadesa pudo esquivarla, pero el fuego del candelabro tocó una de las cortinas y así la habitación se encendió pronto en llamas. En un instante corrían por los pasillos las carmelitas y sus gritos de auxilio alertaron a las autoridades del hospital a buscar ayuda. De la Cuesta logró ponerse en pie entre el humo espeso que lo rodeaba, pero el dintel de la puerta que se desprendió sobre su cabeza lo tumbó. El desorden había llevado a las hermanas a chocarse con las paredes y a caer en un piso cuya alfombra chamuscada se levantaba sobre sí.

—¡Socorro! —sor Juana, incapaz de ser socorrida a través de la puerta obstruida, volvió a pedir ayuda.

Los cristales de la ventana reventaron, en el alba caraqueño el personal del hospital trató de extinguir con medios precarios el incendio cuyas lengüetas infernales eran las únicas que rompieron la celosía y ascendieron con libertad hasta el cielo. Alonso Guzmán, o quien quiera que haya sido, se lanzó entre el fuego de la puerta y encontró a las bicéfalas danzando un macabro juego infantil.

El humo más espeso y el techo que empezaba a desprenderse obstaculizaban los intentos del joven por acercarse hasta las hermanas; desde afuera una mano le arrojó a sus pies un atizador, lo recogió y se estiró como pudo hasta alcanzar la mano que creyó era de Antonieta.

—¡Era mi última oportunidad hoy! —gritó Antonieta.

Alonso vio cómo el hierro candente empezaba a quemar sus manos y soltó el atizador. La mano que lo había asido fue la de Guillermina. La bicéfala bramó, cayó sobre el piano en llamas, y con el atizador sostenido por la mitad lo llevó hasta el cuello de su hermana y la sangre brotó a borbotones contra su propia cara. Los ojos de Antonieta se cerraron, su respiración fue deteniéndose pero de su cuello la sangre siguió manando. Las ánimas de las hermanas, que Alfonso de la Cuesta había sospechado confundirse en una misma, volvieron a bifurcarse durante los segundos previos en los que Guillermina vio cómo moría su propia hermana, como preludio de presenciar la proximidad de su propia muerte. ¿Dos vidas, una sola atrapada en un mismo cuerpo? La joven se desplomó en un rincón que empezaba a ser devorado por las llamas; nadie como ella pudo ver llegar su propio final.

A la mitad de la mañana el fuego había devorado todo el anexo y parte del hospital. Una vez extinguido, sólo se lograron salvar algunas posesiones de las carmelitas y algunos libros que servirían para alimentar especulaciones futuras. El último cuerpo que recuperaron fue el de mi bisabuelo que, como siempre quiso, fue enterrado con discreción y sin formalidades y cuyo recuerdo fue clausurado en una biblioteca.

El párroco de la iglesia, para quien una de las hermanas había demostrado ser presa de la maldad, dudó en cómo debía ser el sepelio. Sor Magdalena insistió y se llegó en última instancia a la extraña conclusión de hacer misa tan sólo para Antonieta. La carmelita leyó muy conmovida a los pocos presentes —el Gobernador prohibió la asistencia al acto a los funcionarios públicos, ni siquiera Arroyo y Díaz— una oración para el descanso de las hermanas, en particular para Guillermina, quien días antes de la fatalidad le había confesado, mientras dormía Antonieta:

«No tengo control sobre mi propio cuerpo, soy una persona en quien la felicidad y la tristeza se entrelazan a la vez, sin anunciar principio ni final, chocan entre sí y me dejan flotando a la deriva. Tengo un cuerpo que recorre el mundo sin espíritu. Soy una persona, pero dentro de mí habitan varias más. ¿Puedo vivir así, cuando en lugar de llegar la dicha se interpone el infortunio?»

En uno de los extremos del cementerio general descansa el féretro de las hermanas Echezuría, apartadas lentamente del recuerdo popular que, acaso, nunca buscaron conseguir. La historia, sin embargo, les tenía reservada para ellas un capítulo vergonzoso.


[1]Sonrisa que tanto inquietaba a sor Juana, como consta en su diario: «Nuestro Padre Señor Jesucristo ha dotado a Antonieta de buen temperamento y talento para la música; a Guillermina, de moderación. Desde la llegada al hospital del señor de la Cuesta, no obstante, su vigilancia científica abrumadora y nada deferente hacia las adolescentes ha inquietado el ánimo de Guillermina, cuya conducta empieza a evidenciar señales erráticas».

[2] Venancio Pulgar (1838-1897), gobernador del Distrito Capital entre los años 1879-1884, aunque su nombre, probablemente por antagonismos políticos, fue tachado de los registros del caso.

[3] Más que aquel sujeto Gobernador, que señalaba de arribista y extranjero, a de la Cuesta le sedujo el ideal de poder político, que más de una vez se propuso conseguir.

[4] Uno de los motivos del descrédito actual de Juan Cristóbal Arroyo y Díaz (1850-1911) fue su devoción por el caudillo Antonio Guzmán Blanco (1829-1898), que nunca veló en vida sino que desbordó en obras salpicadas de mayúsculas por doquier y tan zalameras que una de ellas, El Mecate Guinda (1886), originaría una expresión popular de adulancia. Alonso Guzmán sería la criatura parisiense que ofrendó a su admirado caudillo afrancesado, poco antes de que recibiera el encargo de cronista de la ciudad de Caracas.

[5]Alfonso de la Cuesta escribió sobre ello a Duc-La Mayotte, quien le sugirió que podría tratarse de un tipo de sobreexcitación que constituía la pieza fundamental de unos estudios que recientemente había llevado a cabo en un viaje docente a la Universidad de Breslau, una especie de histerismo que habría de tener gran difusión en los alumnos de su cátedra.

[6] Tal era su dramático combate que sor Magdalena, la más ducha en cuestiones de misiones allende los mares, escribió: «He visto morir a pequeñas criaturas bajó la manta morbosa de la malaria y la viruela, pero el olvido es la consumición más abyecta del cuerpo».

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