Vida, obra y muerte de Lexy Summers

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Lexy Summers

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La imagen de la actriz porno típica es una rubia anglosajona. Nos imaginamos de inmediato un pasado arquetípico de una familia disfuncional: la pobre hija de divorciados que creció en un pueblucho miserable del Sur profundo o el Midwest, una madre infeliz que desperdicia su vida como ama de casa o camarera y un padre alcohólico obrero de la construcción. La muchacha no vislumbra un futuro prometedor, la pobreza la agobia y los estudios le resultan insufribles, por lo que acepta la propuesta de un novio mucho mayor, más pobre y vividor que la lleva a una fotógrafa de segunda.

Sin estudios y sin dinero, su belleza rústica decorará portadas de revistas para white trash como Hustler. Algún camionero, en sus largos y tediosos viajes por las interestatales, alargará excesos de noches de soledad en fantasías por aquel rostro que, gracias a la exposición de la naciente Internet —que permite el acceso a la pornografía a quienes antes miraban de soslayo una revista erótica—, empieza a ser reconocido en lugares tan lejanos como Manila o Buenos Aires.

La muchacha se abruma, recién cae en la realidad de su creciente fama en el inframundo de una industria solapada, criticada pero ampliamente conocida gracias a una cofradía de silenciosos amantes de las «mujeres de fantasía». Se niega a aumentar la paga a su novio reconvertido en agente, termina con él, el dinero empieza a rellenar sus manos y algún productor se le acerca, la invita a cambiar su nombre dixie por algo más erógeno —así dice— y es de esa manera que cae del cielo del erotismo su nueva identidad: Lexy Summers. Usando malas maneras, casi chantajeándola, el mismo productor le dice que una vez dentro de la industria ya no puede salir…, frases rebuscadas, toscas, pero manidas que sólo quieren decirle que ya no puede caer más bajo de lo que está, que su rostro es ampliamente conocido en el mundo softcore pero que ahora exigen más de ella, un poco más, porque ya ¿qué importa que aparezca a gatas mientras un negro la persigue?

Ganaría mucho más en su salto al hardcore, pero ¿la dignidad? ¿Cuál dignidad, dónde está? Mi nombre. ¿Tu nombre? Tu nombre ya no interesa a nadie desde que eres Lexy Summers, ya no eres aquella fracasada de un pueblo sin nombre. Rompe con los precarios lazos que aún la unían con sus padres…, o no tanto, simplemente se marcha a la Gran Ciudad.

2

¿Una actriz porno ama? Esa pregunta la acecha, al parecer son vestigios de su pasado. Una vez que aceptas que has caído, que ya no tienes nombre y que tu cuerpo es el receptáculo de la depravación ¿cuán más bajo se puede caer?

Vana pregunta cuando sólo sigues rodando hacia la propia destrucción. Pero sirve el dinero para acallar ese nombre que a veces suena en el oído. ¿Acaso podrá resurgir aquella criatura? Ser madre…, risa…, sólo me provoca risa la imagen de la puta paseando de la mano con la pequeña niña de bucles dorados. ¿Cómo explicar a la hija la mirada de los padres de las compañeritas de clase? Muecas de burla se contagiarían al entrar al salón durante las reuniones escolares. ¡Canallas! ¡Hipócritas! Algún padre metodista no se contendría y le prohibiría a su hija esa amistad diciéndole la verdad: que la niña de bucles dorados es hija de la perversión.

Mientras dos hombres la manosean en el plató, pasea por su mente una mediocre metáfora sobre la fruta podrida: cuántos hombres soñarían con el brillo cegador de su cuerpo, mientras por dentro todo huele mal. ¡Sí, sí se podía caer más bajo y ya no hay redención para una puta!

Podía hacer más dinero, se retiraría de este medio repugnante después del viaje de trabajo a Budapest y simularía una vida imposible. Regresaría el nombre, escaparía una vez más de su vida.

3

¿Quién hubiera pensado que con la caída del Telón de Acero el mundo descubriría una nación de mujeres hermosas y empobrecidas capaces de cualquier cosa por un mendrugo? Allá, detrás de los escombros, había una fila de muchachas macilentas y con los ojos ansiosos, bastaba un retoque, pensaba ella, la desplazarían, servirían para aniquilarla, y esto no la entristecía. Al fin al cabo, esta es una industria sedienta de caras nuevas y cada vez más jóvenes, con los angulosos rasgos de la fisonomía eslava o magiar y con nombres como Olga o Vlada, y ella ya estaba de retirada: su edad era fuego que la purificaría.

De regreso en el avión soñaba con este viaje vertiginoso de apenas unos años: la miseria la había obligado a escapar y ahora escapaba otra vez de la miseria. Qué ridículo sonaba todo dentro de ella: todo se había podrido, pensaba, nada tenía sentido, ya no había nada por qué luchar dentro de ese cuero curtido por la humillación. Una imagen se sobreponía sobre la anterior como nebuloso dolor que la acompañaba en su tragedia. Años atrás hubiera llorado, ahora una lágrima valía más de lo que recogía de cada escena que filmaba.

Cuán insoportable le resultaba imaginarse a su primer novio de secundaria. ¿Qué estaría haciendo? ¿Se habría casado? ¿Tendría hijos que mantiene con el salario de vendedor de electrodomésticos? Por lo menos ella sobresalió del resto que la menospreciaba. ¡Qué patético resultaba todo!

¿Para qué reír?

¿Para qué llorar?

Mientras regresaba a su casa en Los Ángeles, en un Mercedes o en un Mustang en el que jamás hubiera colocado un pie aquel nombre despreciado de su juventud, imaginaba, sin formular palabras para la escena, su final:

4

Leería en la prensa que Hungría es la nueva capital de la pornografía, la aterrorizaría más descubrir que entre la lista negra de un brote de VIH en la industria está un compañero reciente. Sería un simulacro de horror, lo sabe, correría con una simulada premura al laboratorio y tres días después simularía un desmayo ante la mejicana gorda que asentó que sí, había un fondo al que se llega después de tanto caer.

La noticia correría entre las primeras planas de los tabloides sensacionalistas y think thak conservadores utilizarían su nombre fabricado, antes desdeñado por ellos mismos, como una cruzada de cabildeo contra la pervertida industria del entretenimiento para adultos. Ella aceptaría ser la vocera de ese movimiento de restauración moral, se dejaría persuadir y repetiría los discursos sobre la explotación de muchachas pobres por grandes corporaciones y no sin dificultad y con poca credibilidad repetiría la melodramática frase:

—Ahora tengo un nuevo amante, y él se llama sida, es un amante con el que viviré el resto de mi vida —diría, y dejará correr una lágrima bien remunerada por un rostro demacrado por el virus y acentuado por algún pastor evangélico manipulador y que ella estimaría como un antiguo admirador de su obra.

Ja…, tanto huir de la miseria para al final dejarse manipular por unos fanáticos de la ultraderecha religiosa.

Esa sería su nueva vida, su viejo nombre regresaría para acompañar su cadavérico rostro en las ediciones de 60 minutes o Primetime…, hablarían de su triste infancia, aparecería la infaltable referencia de un abuso sexual en su niñez, el novio chulo resucitado gozaría de sus quince minutos de fama aunque sea como el villano de esta sórdida película.

Qué ridículo era todo, su muerte después de años batallando otra vez en la pobreza y el anonimato ocuparía un pequeño banner de un portal amarillista. ¿Quiénes acudirían a su entierro? ¿Deudos de cuál nombre? ¿De su nombre real o de Lexy Summers? ¿Su madre, algún hermano, alguna puta entrañable o el novio chulo del brazo de alguna heroinómana? Y en el funeral, adornado al mejor estilo de Las Vegas, no faltarían las fotos en tamaño familiar de cuando era una niña tierna que mudaba los dientes, y su madre —previamente enfocada por una cámara— se lanzaría contra el ataúd, lo abriría, expondría el cuerpo y gritaría por qué, en qué fallamos…

¡Basta!

Merecía ahora mismo corroerse, dejarse comer por la podredumbre como lo haría una manzana el suelo. Algo surgiría de ella en silencio y sin testigos: ¿Una flor? Fue apenas una pérdida de tiempo, un accidente del tiempo que únicamente decoró los bajos deseos humanos. Su vida valió mucho menos de lo que pagaban por una mediocre sesión de softcore.

Otro tipo de muerte sería para ella más glorioso: tomaría un revólver, se reventaría la cabeza, su vida es tan necia que se daría un mal disparo y tendría tiempo para llamar al *911 y pedir auxilio…, esa grabación agonizante y desesperada ocuparía un lugar importante en la edición de alguna reconstrucción exagerada de su vida para la televisión, llegarían los paramédicos y en la ambulancia la llevarían aún con vida. Moriría al llegar al hospital, no faltaría quien a su lado la reconociera y tomara fotografías del cuerpo que luego publicaría en algún portal snuff o algún sujeto que comentara su belleza malograda y de manera cursi se echara a llorar al pie de la camilla donde ella se elevó a los aires como cisne.

No, no merecía una muerte tan espectacular, pensaba mientras entraba a una casa enorme en Los Ángeles, su fin sería más modesto, se apagaría, su cuerpo se apergaminaría y sus tetas caídas despertarían cuando no la gracia, el rechazo de productores sin interés en películas MILF. Se miraba en el espejo peruano de la antesala: era hermosa, lo cómico es que algún admirador joven y tímido estaría en ese preciso instante pensando ¿Cómo una mujer tan hermosa se dejó desperdiciar por esa industria? La respuesta era demasiado larga para articularla, le bastaba con recorrer su vida en imágenes desenfrenadas y tragicómicas, estaba muy cansada.

Además, la belleza es pasajera, todo se derrumba y se pudre. Ella, algún día, se decía a sí misma, mientras se adormecía sola en su inmensa cama en forma de corazón, también desaparecería. En un viaje de trabajo por Ibiza entró en una tienda de obsequios y leyó una edición bilingüe de un libro titulado Life is a Dream. No lo compró, en su vida jamás había leído por completo un libro, pero pensar que la vida es un sueño la fascinó. Quizá, algún día, despertaría en una vida mejor. Por supuesto, nunca ideó esa frase. Tenía mucho sueño.

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