Juan José Padilla

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Una discusión forzada

La polémica sobre la tauromaquia no está entre mis principales intereses. Esto no quiere decir que sea indiferente al tema; simplemente, vivo en un país (Venezuela) donde las corridas de toros son escasas y en una ciudad (Caracas) cuyo mayor coso taurino (Nuevo Circo) es un edificio que lleva décadas cayéndose a pedazos y cuyo uso actual está destinado a otro tipo de actividades. Por los motivos anteriores, cada vez que oigo hablar sobre corridas de toros eso me suena a pasado remoto, a espectáculos que se dan en países lejanos. Mi nivel de interés hacia esta polémica es el mismo que pudiera tener un caraqueño común por las peleas de niños en Tailandia o un indonesio por la práctica de engordar niñas en algunas regiones de África.

Son tantos los temas que ocupan nuestra atención como venezolanos (la delincuencia, la economía, la política) que apasionarse en discutir a favor o en contra de la tauromaquia, en un país donde esta actividad ya es algo residual y en vías de extinción, me resulta un tema de discusión forzado y ajeno a nuestra realidad y tiempo.

Repito algo que mencioné al principio (porque sé muy bien que en ocasiones una idea necesita repetirse para que pueda ser entendida por la mayoría): esto no implica que uno carezca de una opinión sobre este tema, y la mía se decanta hacia la consideración de las corridas de toros como un espectáculo repulsivo.

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Involucionando: una ventana a la antigua Roma

 

Poner a un animal a luchar hasta su muerte contra un hombre que lleva las de ganar tiene de espectáculo lo mismo que tuvo en la antigua Roma el poner a un hombre a luchar hasta su muerte contra un animal que tiene las de ganar.

Las corridas de toros son un espectáculo bárbaro, y luego de siglos de superación (o al menos, de disminución) del oscurantismo, guerras y tantas otras estupideces humanas yo no pagaría un centavo por involucionar en una plaza de toros.

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Aunque no te guste: un asunto cultural

 

Sin embargo, hay gente que todavía le gusta ver corridas de toros.

Es algo innegable y basta con ver cómo en España o México aún se llenan algunas plazas de toros y cómo ciertos toreros se pasean por algunos países como auténticas estrellas mediáticas.

La tauromaquia, aunque ya sin la fuerza que tuvo en el pasado (algo notorio por el cada vez más reducido circuito taurino en su país más representativo, España), sigue siendo un asunto enraizado en la cultura de algunos sectores de la sociedad, aunque quienes se opongan activamente a ella (los antitaurinos) aleguen que la tauromaquia no es «ni arte ni cultura, sino tortura». Pero que a nosotros nos desagrade algo en particular no implica que a los demás también les deba desagradar (por ejemplo, a mí no me gusta que algunas religiones sigan circuncidando a los niños recién nacidos, pero mi opinión difícilmente logre persuadir a una persona que toma esto como un hecho cultural y, más bien, creerá que el equivocado soy yo; tampoco me gusta el boxeo, pero hay gente que le encanta ver a dos sujetos en calzoncillos pegándose hasta que uno de ellos muerda la lona).

 

Antitaurinos caníbales

El caso Juan José Padilla

 

Argumentos los hay tanto a favor como en contra de la tauromaquia, todos válidos para cada grupo (aunque si hay alguno que sale más beneficiado de este debate es, paradójicamente, el de los taurinos, quienes gracias a esta polémica que despierta su actividad mantienen activa una profesión cuyo interés no dudo que eventualmente sea el mismo que tiene en la actualidad en Venezuela: ninguno).

Los argumentos, sin embargo, en ocasiones saltan las barreras de la inteligencia y caen en el terreno de la visceralidad y la venganza, perdiéndose así toda validez y volviéndose simplemente injurias. Digo esto por el reciente incidente que sufrió el torero español Juan José Padilla, terrible hecho que para mi desagrado ha despertado la burla, cuando no los aplausos, de determinados sectores antitaurinos, que han inundado foros y redes sociales con los más deplorables comentarios.

Actitudes de este tipo contrarían la lucha contra las corridas de toros, porque no se puede ser antitaurino, oponerse al sufrimiento de un animal y luego aplaudir morbosamente cuando un hombre es herido en plena faena. Si hay antitaurinos que celebran esto, dudo que tengan interés genuino por el bienestar de los animales y más bien me convenzo de que muchas veces detrás de estas posturas hay una motivación esnobista.

Es entonces cuando las diferencias entre los antiguos romanos y ciertos antitaurinos actuales se difuminan y ambos grupos pasan a ser el mismo público que aplaude rabiosamente y con placer la tortura de otro hombre.

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