Cambio de color de la Vinotinto

Héctor Rodríguez, ministro para el Deporte, repitió hoy la posibilidad de que las selecciones deportivas de Venezuela cambien de color. Estas declaraciones desafortunadas de Rodríguez no deben tomarse sólo como una muestra de desprecio absoluto hacia el arraigo que tiene este color en la población venezolana, tampoco como ignorancia supina cuando alega que los países juegan con los colores de sus banderas (¿acaso hay azul en la bandera italiana, blanco en la de Alemania y Ghana?), sino que deben tomarse como una señal poderosa del poder ilimitado que tiene el Gobierno y de que ellos pueden hacer lo que les da la gana y no hay quien los detenga. En realidad, a ellos no les interesa el color de la Vinotinto, tampoco el deporte, simplemente quieren desmoralizar a la población (chavista o no), porque un pueblo desmoralizado es más fácil de dominar. Estas declaraciones poco inteligentes de Rodríguez me recordaron Invictus, cuando seguidores radicales del ANC querían cambiarle el nombre y los emblemas a los Springboks, hasta que la aparición de Mandela evitó esto. Y el alegato de Mandela fue simple: los símbolos se respetan por su importancia psicológica para las personas. En el caso de la Vinotinto, somos muchos los que hemos tomado este color como sello que nos identifica en el mundo deportivo. Es como si un día alguien propusiera cambiarle los colores al Barcelona FC o los colores al AC Milan. Cambios han tenido a lo largo de su historia los equipos, pero cuando unos colores y unos símbolos se arraigan en la cultura, eso merece todo el respeto. Siendo un país donde el deporte nos interesa más que otras cosas, espero que la reacción popular detenga esta propuesta que nos asimilaría a las selecciones de Colombia y Ecuador.

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