Malta a dos versiones

Álvaro, esto es un peladero de chivos —Virginia, mirando por la ventanilla del avión.

Preámbulo

Esta es la reseña que me mataba por escribir. Ni siquiera la de Barcelona (ciudad que me gustó), ni siquiera la de Valencia (ciudad con un gran acuario), ni siquiera la de Madrid (donde pasé más días). No, ninguna de ellas: escribir sobre Malta era una urgencia casi patológica desde que el avión despegó de esa isla tan contradictoria y bipolar que merece, bien merecida tiene, una reseña igualmente contradictoria y bipolar que he dado en llamar Malta a dos versiones. Estimada lectora, estimado lector, siéntese a leer a gusto la siguiente reseña y si luego de pasar el punto final llega a temer por mi cordura ante tantas contradicciones, ambigüedades y desmentidos de lo que escribiré, tiene toda la razón: Malta es un país que enloquece y enamora a la vez a cualquiera.

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La elección

(Proto-preámbulo o pre-preámbulo o post-preámbulo, ya ni sé)

La elección de Malta como destino turístico se debió quizá al exotismo que despierta un país a caballo (literalmente hablando) entre Europa y África, punto de disputas medievales, hogar de cruzados, ruinas asombrosas e imágenes de agencias de viaje que la venden como todo eso y aun así (con tales advertencias) siguen inundándola olas de turistas que van al encuentro de playas rocosas y a padecer su calor horroroso. Con todo ello, el país tiene algo que enamora: ese aire romántico, de huir de la civilización, de añejas costumbres conservadas por un pueblo que se parte entre la rudeza de sus hombres y la ingenuidad de sus mujeres, con un idioma propio replegado tímidamente ante la fuerza de un inglés legado por su condición de excolonia británica y que suena, para los oídos extranjeros, con un acento greco-siciliano.

Es decir, Malta es un país no-país.

Un país no-país que vive en el paraíso terrenal y que es tan católico que mires donde mires hay una iglesia o la figura tamaño natural de un santo o una virgen (Fig. 0). Incluso el divorcio no se contempla en su legislación. Claro, esto no lo vimos en las imágenes turísticas: vimos sus playas paradisíacas (en fotos tomadas con ángulos que luego descubrimos engañosos) y listo: ofertas de Ryanair y vamos a Malta.

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Versión 1

Cuando el avión empieza a descender sobre Malta lo primero que sientes es el vértigo de creer que te vas a estrellar en una isla donde sólo hay rocas y acantilados y que serás protagonista de una secuela más extraña de Lost dirigida por David Lynch. De pronto aparece el Aeropuerto Internacional de Malta (Fig. 1) y allí tus temores se disipan por un momento… hasta que traspasas la salida y ante el sol abrasador empiezas, en delirios, a apiadarte por cada alimento que has metido en un microondas. Es verano, las temperaturas en el día no bajan de 35 grados y súmale a ello la aridez del país, las horas de vuelo y el equipaje que arrastras para luego: that’s is a bingo!, los malteses son tan pintorescos, simpáticos y nostálgicos que te ofrecen unos autobuses estilo-Habana-vieja (Fig. 2) conducidos por sujetos que parecen versiones diabólicas de Zorba el griego y que llevan en cada dedo enormes sortijas doradas y en el antebrazo el tatuaje de una culebra (y no es mentira).

Por si esto fuera poco, tienen un sistema de paradas radial: por ejemplo, si estás en Chacaíto y quieres llegar a Chacao, tienes que montarte en un autobús que te lleve a La Hoyada y de allí tomar otro que vaya hasta Chacaíto. ¿No son brillantes? Virginia y yo habíamos reservado una habitación en un hostal-finca en Hal-Far, al sur del aeropuerto, pero según el chofer debíamos ir a La Valeta, la capital al norte de la isla, para luego tomar otro autobús rumbo al sur (?). Además, en Malta no hay autopistas como las conocemos, así que los viajes son generalmente lentos y tediosos.

La referencia a La Hoyada no es casual: el terminal central de autobuses de Malta se encuentra a las puertas del casco histórico de La Valeta (Fig. 3), y es un terminal que te hace cuestionar si realmente estás en un país miembro de la Unión Europea o si el avión atravesó un portal hasta llegar al terminal de Nuevo Circo un viernes de quincena con Caracas-Magallanes y el metro cerrado. El terminal es la cumbre del antiturismo: una serie de círculos al aire libre y ante el cual prolifera un mercado persa y donde ves caras poco simpáticas.

En el terminal de La Valeta, Virginia y yo consultamos la ruta de nuestro destino en el mapa oficial de paradas y comprobamos que la parada no existía. Al menos no en el mapa oficial. Durante el tiempo que esperamos nuestro autobús fantasma pasaron varios hombres a caballo alrededor de la fuente que hace de punto central del terminal. Por momentos dudamos en si seguir en Malta o regresar al aeropuerto y tomar otro destino: Alguer, Nápoles o Sicilia. Llegó el autobús, se llenó y Virginia y yo éramos los únicos con aspecto occidental y enormes mochilas de turistas. Listo: hasta acá llegó nuestro viaje: hasta la parada final, junto a un barrio de chabolas donde bajaron todos los demás. Para llegar hasta allá tenías que pasar por las «fotogénicas» playas maltesas como Pretty Bay (Fig. 4), que se extiende junto al puerto de carga (es decir, si nadas un poco más allá de la orilla puedes encontrarte con las hélices de un carguero o la mancha de gasoil dejada por un petrolero).

La parada final estaba rodeada por el barrio y por enormes granjas vinícolas, pero nuestro hostal-finca no aparecía. Luego de dar vueltas sin encontrarlo tomamos el autobús de regreso al aeropuerto y pensamos que ese era el mejor sitio de Malta: porque de allí te puedes ir de la isla.

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Versión 2

Cuando llegues a Malta dispón del efectivo suficiente y la licencia para conducir un vehículo al modo británico. Es la mejor manera de moverse por la isla. Si no, contrata los servicios de un taxi o desconfía del inglés de los choferes de autobuses: para llegar del aeropuerto a Hal-Far podías hacer una transferencia a medio camino y no era necesario llegar hasta La Valeta, como nos habían indicado.

Luego de decidir que seguiríamos con el viaje, tomamos un taxi hasta Hal-Far por €16 y el taxista telefoneó al dueño del hostal, quien nos recibió al borde de la carretera y nos llevó en camioneta hasta su casa: el hostal fue el Ta’Bertu Guest House, una finca con una extraordinaria casa de estilo mediterráneo donde producen vinos y mermeladas —que eventualmente probaríamos—, tienen una amplia piscina y una confianza en disponer de las cosas de su hogar que choca con nosotros, los venezolanos, tan dados a jugar caribe donde sea. La atención fue magnífica en todo momento, y quizá hasta hubo sobreatención, pero lo atribuímos al carácter cordial y tranquilo de los malteses. Instalados en una amplia habitación, y frente a lo que resultó ser un campo de refugiados del norte de África, nos acostamos a dormir esperando por conocer buenas playas los cuatro días restantes de viaje.

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Versión 1

Salir de paseo en Malta puede ser un dolor de cabeza. No sé si por ser verano, pero las tiendas abren a partir de las 11 am y cierran antes de las 4 pm. Los autobuses demoran en pasar y los taxis no se ven a menudo. De esa manera anduvimos por toda la isla buscando playas que en lugar de piedras tuvieran arena donde hundir nuestros pies reventados: St. Thomas Bay, una playa-peñón desde donde hacen clavados llamada Peter’s Pool, Marsaskala, Marsaxlokk, todas ellas en el sur y poco amistosas. Si quieres playas con arena, debes dirigirte hasta el norte de Malta y allí encontrarás Golden Bay (Fig. 5), la mejor playa que vimos pero a la que llegas tras cruzar con la nariz cubierta enormes granjas de no sé qué alimento que nunca quisieras probar.

En todo ese recorrido por la isla (que puedes conocer por completo gracias al transporte medieval) conoces la gran mala influencia que ha ejercido Jersey Shore sobre la juventud maltesa: todos visten así y con lentes de reggeatoneros. La música en Malta es otra cosa: las radios suenan con baladas rancias de los noventa o sino con algo tan indefinido que llegamos a llamar changa maltesa, con conciertos publicitados por toda la isla con afiches de pasante de curso de diseño gráfico de la Baralt. En fin.

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Versión 2

Malta tiene como mayor atractivo turístico su casco histórico (Fig. 6). [Nota: recordar qué más hicimos en el casco histórico que se pueda agregar aquí, corregir que los hombres a caballo hacen paseos turísticos]

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Versión 1

Después de las 4 pm todo está muerto y con el casco histórico casi cerrado, donde por supuesto lo único abierto son sus iglesias (en las cuales hay varios Caravaggio que no vimos para evitar hacer cola bajo el sol de la tarde), lo mejor es irte a casa, disfrutar de la piscina y luego encerrarte en la habitación para tomarte fotos sin sentido (Fig. 7). Tienes que esperar que amanezca para planificar qué hacer durante las primeras horas del día siguiente.

Blue Grotto: situada al sur de la isla, es sin dudas lo mejor que ofrece Malta (Fig. 8) [borrar capítulo 2, versión 2]. Una serie de grutas en el mar al que llegas en lancha. Un paseo corto pero en el que aprecias la majestuosidad del Mediterráneo en todo su esplendor.

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Las últimas horas de tu visita a Malta quizá sean las mejores. Entonces haces balance de tu estadía y te das cuenta que, a pesar de todo, no la has pasado tan mal. Que ha sido un viaje necesario incluso como escarmiento: Malta tiene dos versiones: la que ves desde afuera y la que conoces adentro, así que averigua mejor a dónde irás, no te dejes deslumbrar por las imágenes que promueven el turismo y deja el orgullo y hazle caso a tus amigos que ya tienen referencias de la isla. Pero también, necesario para conocer otra culturas y formas de asumir la vida. El maltés es tranquilo, vive una vida sin muchas preocupaciones y trata de ser cordial con los turistas.

Con el temor de perder el vuelo en un país con tanta impuntualidad, el taxi que nos llevaría hasta el aeropuerto apareció antes de las 5 am y en menos de cinco minutos llegamos. Era el fin de Malta y del viaje compartido con Virginia: yo tomaría rumbo a Valencia para luego conectar con Madrid, ella regresaría por la noche a Londres. Por momentos hubiera preferido quedarme atrapado en esta isla unos días más.

El avión alzó vuelo sobre Malta y pensé que quería escribir esta reseña por muchas razones. Unas están escritas aquí, otras no. Llegué al aeropuerto de Valencia, y esperé varias horas hasta que, un poco triste, subí a otro avión que me llevaba más lejos todavía, rumbo a Madrid.

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