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Nunca me ha gustado Bolívar. Su sacralización en las escuelas me generaba repulsa; ya en mis primeros años, cuando empezaba a cuestionar la existencia de Dios, no podía sino sentir fastidio y antipatía ante un humano a quien los profesores trataban con esa mezcla de admiración y terror —para no ofenderlo, claro, ya que suponían su omnipresencia— que produce cualquier divinidad. Bolívar era, más que un simple humano que pensó para su tiempo y sus circunstancias, una divinidad venida a la tierra para convertirse en el padre de una Patria que comenzábamos a descubrir con desilusión porque nada tenía que ver con ese «paraíso» que nos legó al derrumbar a la tiranía española.

Y ante este cuestionamiento hecho público de su magnificencia siempre irrumpía la típica profesora de Bachillerato que espetaba traiciones, desviaciones del Poder y manipulación de sus ideales, así como defendería a Jesucristo o a Mahoma cualquier fanático de nuestros días. Pues era el bolivarianismo una religión patriotera practicada por derrotados y anacrónicos, seres amargados y ofuscados por las imposibilidades de encajar un pensamiento decimonónico en el presente y empeñados en vivir épocas «gloriosas» y justificar las miserias actuales en supuestos extravíos de los dogmas revolucionarios. Una religión de la que me creí por fin libertado cuando egresé sin honores del seminario bolivarianista en 1999.

 

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[Trata de la asunción de Bolívar como figura vigilante del actual proceso político venezolano. La historia es harto conocida y no es tema de este post]

 

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Vivimos en la actualidad vigilados por la figura del Bolívar divino. Todo cuanto nos rodea nos refiere a su figura, ya sea de manera indirecta o directa, como el Gran Hermano orwelliano. Su apellido, estirado hasta límites esquizofrénicos, ha venido a adjetivar desde la República hasta a un sector político, mientras que para los iconoclastas el empleo de la palabra bolivariano se ha convertido en sinónimo de mala calidad, ineficiencia, desidia y militarismo. Cuando una figura religiosa tiende a sobreexponerse inevitablemente terminará siendo vulgarizada por sus propios cultores, y así durante los últimos años Bolívar se ha ido convirtiendo en el fetiche que exhiben quienes estimaban contar con su respaldo divino para hacer creer que son más venezolanos que los otros, quienes no se identifican con el adjetivo bolivariano. Es así como los veneradores de la figura del Bolívar divino se estimaban con la responsabilidad de encaminar al país hacia eso que consideran la «verdad traicionada», la pureza de los ideales del Bolívar divino (muchos de los ideales que le atribuyen hoy en día son, por cierto, dudosos sino francamente apócrifos).

De unos años para acá, en contrapartida a esta sobreexposición de la figura de Bolívar, fue gestándose lo que parecía una nueva y bien estructurada iconoclasia, conformada por seres inteligentísimos que desafiaban ante los micrófonos o en artículos de prensa la figura del Bolívar divino. Ante su magnificencia y sus rasgos guerreristas —enfatizados por la actual propaganda militarista— ponderaban su condición humana y su lado civilista, sin soslayar que era un hombre del pasado. ¡Bolívar ha muerto —decíamos quienes en algún momento creímos ser una secta rebelde, periférica y desconfiada—, Bolívar es pasado, lo hemos superado y no volveremos a invocar su pensamiento ni su protección en estos días…! Y digo que parecía, porque la política nos tiene acostumbrados a sus giros y paradojas.

Porque aquellos mismos personajes que antes desacralizaban la figura de Bolívar son los mismos que hoy se «escandalizan» al ver a un Libertador emplumado desfilar por las calles de Río de Janeiro en su pagana celebración de carnaval. Entonces, cabe preguntarse ¿es que acaso eran unos hipócritas que utilizaban la desacralización de Bolívar como parte del arsenal político opositor (lo cual sería una estrategia frívola y sobre todo incorrecta, que para nada contribuye a la credibilidad que perseguimos, ahora que se muestran como «defensores» del Bolívar-no vulgarizado) o simplemente el bolivarianismo sigue vigente en nuestros días a tal punto que, ante una «profanación», quienes antes lo rechazaban regresan a Él y reaccionan con un fervor tan sólo un escalón por debajo del que han mostrado los musulmanes ante las caricaturas de su profeta Mahoma?

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Escuela de samba Vila Isabel

 

PD: Este agregado lo escribo dos días después del texto precedente, a pocas horas de conocerse la noticia del triunfo de la escuela de samba Vila Isabel. Me llama la atención el doble juego de emociones que ha despertado esta noticia: por una parte hay la «alegría» de los bolivarianos ante una «exquisita» (y costosísima) representación del Bolívar vulgarizado al que rinden culto abierto, mientras que la «indignación» ha correspondido paradójicamente al sector que no se consideraba bolivariano. El derroche del Estado venezolano en financiar este monigote es secundario: las quejas son sobre todo por la «ofensa» al Bolívar divino.

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