Una propuesta política para Venezuela

Una de las principales quejas que ocupa el discurso actual de los que aspiran a ocupar cargos de Gobierno es la exagerada concentración de poder en un solo hombre. Critican, con sobradas razones, la peligrosidad que implica esta práctica común en nuestra política, y luego enumeran sus consecuencias perjudiciales:

  1. Culto a la personalidad,

  2. alejamiento de los políticos de los problemas cotidianos de los ciudadanos,

  3. confusión entre las funciones del Estado-Gobierno y finalmente partido político gobernante, que terminan siendo una mezcla de apoyo sin condiciones al gobernante,

  4. debilitamiento o completa ausencia de controles (cuando no, supresión de los mecanismos que deberían controlar el alto poder, desde contralorías pasando por órganos legislativos hasta medios de comunicación), con los resultantes problemas de corrupción, manejo personal de los recursos del Estado, enquistamiento en el aparato del Estado de una camarilla política.

La lista es larga y constantemente repetida, y bien conocemos la frase de Lord Acton que el poder absoluto corrompe absolutamente, y añadiría que el poder absoluto desemboca en pequeñas monarquías que contravienen el carácter republicano de nuestra nación (y de otras naciones, basta con ver a algunos gobernantes de países árabes luchando sangrientamente por permanecer en el poder en países convertidos en la práctica en monarquías personales [Libia] o hereditarias [Siria]).

Sin embargo, pocos de estos aspirantes se detienen a proponer alguna solución en concreto que contenga (y evite) este problema; incluso, me atrevería a decir que muchos de ellos critican la concentración de poder en un solo hombre que no sea alguno de ellos. Y que de llegar al gobierno, ellos mismos se verían investidos (quizá sin esperarlo) de un grado tal de poder que no tendrían más remedio que ponerse al mando de la maquinaria fabricante de los mismos errores que ellos critican ahora. Pero la culpa, más allá de las posibles ambiciones personales desmedidas que pudieran tener, está en el propio sistema por el cual acceden al poder: el presidencialismo.

El presidencialismo no ha demostrado ser efectivo en Venezuela y elección tras elección se abre la puerta para que se entronicen esos pequeños monarcas de los que he hablado en el párrafo anterior. Si miramos los casos en los que el presidencialismo ha demostrado efectividad, nos damos cuenta que lo ha conseguido gracias a la fortaleza de los demás poderes del Estado (un legislativo fuerte y autónomo, un poder judicial constituido por jueces de carrera, larga trayectoria y estabilidad en sus funciones). En Venezuela se ha convertido en hábito que el presidencialismo controle todo: poderes legislativo y judicial. Estos órganos se convierten en apéndices. Los errores siguen repitiéndose y la concentración de poder se transforma en poder ilimitado.

Si realmente queremos cambiar el país, debemos empezar por cambiar un sistema de Gobierno que no funciona y que sólo lleva a la concentración de poder en un solo hombre. Por lo tanto, debemos empezar a «democratizar» el poder, transfiriendo efectivamente competencias desde el Estado central a las regiones, abriendo la puerta a gobiernos regionales más cercanos a sus ciudadanos y que puedan ser mejor controlados. Esto no puede conseguirse en un sistema tan cerrado, inflexible y riguroso, pero sobre todo, corrompido, como el presidencialista.

En la Venezuela que imagino su sistema de Gobierno es el parlamentarismo descentralizado dentro de un verdadero Estado federal. El poder ejecutivo nacional recaería en un Gobierno central salido del legislativo, con un consejo de Ministros presidido por un Primer Ministro. Que sea un Gobierno central controlado por un poder legislativo fuerte y en constante vigilancia. Que sea un Gobierno central cuyas funciones estén claramente limitadas para evitar el manejo discrecional de las cuestiones de Estado. Que sea un Gobierno central que deba rendir cuentas a menudo ante el legislativo presentando a sus ministros en igualdad de condiciones ante los demás parlamentarios (ministros con verdadera responsabilidad, no simples voceros del presidente). En definitiva, que la época de muy pocos políticos controlando mucho poder termine y pasemos a una desconcentracion del poder, con un Gobierno central limitado, con un poder distribuido entre las regiones y que en cada región los que tengan la tarea de gobernar también estén sometidos al control de sus respectivos legislativos.

Hace falta mucha voluntad política para renunciar a los privilegios de un poder ilimitado. Pero si realmente queremos cambiar un país se debe aceptar que hay condiciones que no se pueden continuar y que implican pensar en algo diferente.

Share: