El planeta de los simios

Cuando hace años unos estudiantes sometidos a bullying se creyeron reencarnaciones del trastornado John Rambo y entraron a una escuela de un pueblo de Colorado para saldar deudas, saltaron las alarmas en Estados Unidos. El país de la segunda enmienda a la Constitución (la que permite el uso de armas, aunque con ambigüedades) entraba en shock y ante la consternación muchos señalaron como influencia de la masacre a la música de Marilyn Manson. Los más sensatos, o en otras palabras, los que nunca tienen la razón para la mayoría, señalaron como responsable esa facilidad con la cual unos niñatos enloquecidos podían conseguir armas. Pero en defensa de las armas salió una organización muy poderosa, vocera autodesignada de la América profunda, la National Rifle Association, cuya campaña en favor del uso festivo de las armas de fuego llevó a que repitieran, allí donde les pusieran un micrófono por delante, la frase:

Las armas no matan, matan los hombres

Los sensatos, los que siempre llevan las de perder, lanzaron una no menos ingeniosa réplica a esa frase, que decía:

Pero las armas no mueren, mueren los hombres

Esto en Estados Unidos, un país cuya influencia cultural es capaz de convertir en noticia mundial lo que en países como el nuestro ya es casi cotidiano: la fiesta de la violencia. Y esto indigna. Indigna tener que resignarse a ver morir a muchos venezolanos sin que salten las alarmas que nos llamen a la reflexión sobre la violencia en nuestro país. A diferencia de Estados Unidos, donde la violencia tiene mucho que ver con muchas armas en manos de muchos locos (desde ciudadanos hasta su Gobierno), en nuestro país el problema es de otra índole.

El problema en Venezuela es que rige la ley del más fuerte. La ley de las armas. La ley de la violencia. El acabose de país. Ciérrense las escuelas y repártanse garrotes para acabar a golpes lo que sería perder el tiempo solventando una discusión con palabras moderadas. Yo sigo pensando que este país no se cambia cambiando un presidente: muchas veces pienso que estamos jodidos. Que la violencia extrema (y su justificación por parte de muchos sectores del país) es parte del ADN de la mayoría de venezolanos. Por ejemplo, en un barrio se descubre un violador y los vecinos piden que se le linche. Nadie cree en la justicia, y la culpa la tiene el propio sistema de justicia. La policía no es de fiar porque cuando nos detiene un oficial de inmediato queremos sobornarlo. Y si te lleva preso, luego saldrá alguien a quejarse de tu infinita idiotez por no sobornarlo. Cuando un niño le dice a su padre que en la escuela alguien está burlándose de él, el papá le pega al hijo por gafo y le exige que vuelva a la escuela y le pegue más fuerte (volvemos a los chicos con complejo de John Rambo). La violencia genera más violencia y Venezuela ha caído en un ciclo imparable de autodestrucción.

Hace rato presencié algo que me motivó a escribir estas líneas de indignación: en un tren del Metro de Caracas, un señor mayor, con bastón, cuyas piernas flacas y torcidas apenas podían contener el peso del resto de su voluminoso cuerpo sentado en un puesto azul para ancianos, mujeres embarazadas y discapacitados, trató de resolver una discusión con un joven sacando una pistola y apuntándole a la cara.

Luego de pasar la conmoción cuando sacaron a regañadientes del vagón a este señor, un niño como de quince años se reía a mi lado, no sé si para frivolizar sobre una situación que nos puso tenso a todos (pero sea como fuere revelaba el pensamiento de muchos): decía que hubiese sido a él a quien le apuntaban, le daba un coñazo al viejo y le robaba la pistola. Generación podrida. País sin rumbo.

(No estoy en contra del porte de armas, de hecho considero que una ley de desarme es una de las mayores idioteces que se pueden pedir (porque se acabaría con la venta legal de armas mientras se fomentaría el tráfico ilegal de las mismas, dándole más poder a los malandros), pero es evidente que en este país enloquecido debería haber un control estricto. Una evaluación de antecedentes, de condiciones psicológicas. Pero estamos en Venezuela, si vemos como normal pagar por sacar una licencia de conducir por qué no pagar por sacar una licencia para portar armas.)

A veces uno piensa que no hay solución. Que hacen falta muchas generaciones de venezolanos para que salga una libre de violencia, así como deben pasar muchas generaciones para que las víctimas de Chernobyl se descontaminen.

El título de esta entrada no es casual. Charlton Heston fue presidente de la National Rifle Association. El fue el actor de la clásica El planeta de los simios, y como sobre las ruinas de la antigua ciudad de Nueva York gritaba:

¡Malditos, lo hicieron, malditos!

yo digo:

¡Malditos, lo hicieron, jodieron a Venezuela!

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